febrero 2019

Email del 28 de febrero 2019

Odd Nerdrum. The kiss (2002)

Una de mis exnovias ha editado un libro titulado Yo copulé con un orco de Mordor. Ayer recibí una copia de un remitente anónimo y hace un rato he terminado de leerlo. ¿Mi conclusión? El tipo del que habla y pone a caldo en los 57 capítulos soy yo. Ha intentado disimularlo renombrándolo  como Honorio Pérez López, supongo que para evitar una denuncia que pienso presentar en cuanto me tome siete u ocho lexatines. Por el momento he decidido no enviarle dos sicarios chilenos -que son más económicos que los colombianos- para que le destrocen lo que más quiere en la vida: su vestidor con tocador (donde a menudo me invitaba a que la tocara) y su ropa de marca, aunque no estoy del todo seguro de cuanto tiempo seré capaz de comportarme como un individuo empírico y racionalista.

Lo que más me ha jorobado es la descripción que hace sobre mí al principio del capítulo 3, bueno, mejor te copio un fragmento y opinas por ti misma:

«Honorio se comportaba como si fuera el único ser del universo con capacidad para perdonar. Por ese motivo, cada vez que según él y sus conceptos resquebrajadamente judeocristianos me absolvían de alguna pretendida ofensa, yo tenía que arrodillarme y persignarme mientras trataba de prometerle que nunca más volvería a causarle dolor o pena alguna».

Y eso no es todo. En el decimotercer párrafo del vigésimo cuarto capítulo se atreve a escribir que…

«En una ocasión me preguntó qué puntuación (del 0 al 10) le pondría a su pene si ambos estuviéramos en un concurso, yo como jueza y él como concursante semidiós. Cuando le respondí que no superior a un dos o a un tres, enfureció de tal manera que por un instante creí que su cabeza iba a explosionar. Cuando acabó de romper todos los muebles de la casa a cabezazos, se arrojó sobre el suelo y se puso a llorar como una niñita a la que sus padres le han escondido el juguete Hogarín. Por supuesto yo no le hice el menor caso, me desarreglé un poco y me puse una película de John Holmes en la habitación de enfrente».

Podría transcribir tres cuartas partes del libro, porque no hay una sola página en que no se carcajee de mí. Desde luego el colmo de los colmos está rubricado en el último e injurioso párrafo:

«Cuando pienso en él con la perspectiva que produce el tiempo, solo veo a un imbécil mal criado que a falta de algún talento innato, siempre se comportó como un insecto, pero no como una mariposa o incluso una mariquita, sino como una mosca cojonera. Aún a día de hoy, y es preciso recordar al lector que hace 14 años que -afortunadamente- le perdí de vista, no he dejado de tener pesadillas ni siquiera cuando hago la siesta.

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Email del 27 de febrero 2019

John Bratby. The toilet (1955)

Yo, Gregorio López Pérez, en pleno uso de mis facultades mentales, y con bastante más de medio siglo sobre la espalda, he decidido que a partir de mañana jueves 28 de febrero de 2019, dejaré de llevar ese «bastante más de medio siglo» sobre la espalda, para pasar a soportarlo sobre una de mis asentaderas. Todavía no he resuelto en cuál, aunque todo apunta a la izquierda (supongo que no me puedo quitar de encima esa especie de fijación marxista que me asaltó por primera vez a los 14 años). Por lo tanto, me gustaría traer a Colación, que es el pueblecito donde vivo desde hace 25 años que:

1- No estoy dispuesto a sacarme el miembro viril delante de una mujer (aunque esté perfectamente disfrazada de albéitar) nunca más. Si alguien desea ver mi pene tendrá que acudir al Museo de Prehistoria de Valencia (AKA Museu de Prehistòria de València) donde entre otros falos añosos se exhibe el de Amasvindo III de Gandía (sin tilde en catalán), comendador y fundador de la Real Orden de los Pendolistas Entecos.
2- Por el contrario, sí estoy dispuesto a sacarme el miembro viril delante de un inodoro, por supuesto, siempre que este sea confortable, funcional, elegante, higiénicamente impecable y «für ein modernes zuhause».

Que así se escriba y así se cumpla.

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Email del 26 de febrero 2019

Franz Marc. Donkey frieze (1911)

Querida:

Me encontraba descortezando un tronco de azarollo, cuando una de las jacas del tío Minervino (creo que la potranca Sofronia) se puso a relinchar. ¡Espera! Quizá fui yo el que relinchaba mientras el tío Minervino descortezaba un tronco de azarollo con la ayuda de su jaca Sofronia. ¿Qué más da? Jamás he descortezado ningún árbol ni he alternado con nadie que se llamara Minervino. Desde luego, he conocido a algunos caballos y a un desorbitado número de burros, pero la mayoría de estos últimos eran bípedos y en lugar de rebuznar intentaban convencer a sus allegados de que el planeta Tierra tiene forma hexaquisoctaédrica. De todas las maneras, voy a usar la primera línea de este texto para construir algo semejante a un cuento montaraz, rústico y agreste. Pero eso será mañana, pues en unos instantes voy a ponerme a seguir unas pautas, o puede que a intentar conseguir unas flautas. ¡Todavía no lo tengo claro!

Greg

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Email del 25 de febrero 2019

A. M. Dietch. Two eggs (21st century)

Hola:

Contemplar mis testículos es sumamente relajante. Y no lo digo yo, lo proclaman cientos de personas en varios continentes. Por esa razón, y tras meses de constante desarrollo, estoy a punto de lanzar al mercado la app TestiGreg (para Android) y TurmaGreg (para MacOS). ¡La solución multimedia para contrarrestar el desasosiego, la inquietud y el histerismo! Te mantendré informada.

Greg

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Email del 24 de febrero 2019

Francisco de Goya. Nadie se conoce (1799)

Querida:

Tengo cierta información que jamás he compartido con nadie. Sobre todo porque Nadie, que es como llamamos a Carlos, no existe. Sí, ya sé que lo que te acabo de relatar puede parecer un lío enorme, pero no lo es en absoluto. ¡Trataré de desenmarañar el embrollo! Al principio Carlos era una anchoa del Cantábrico, la última de su lata, pero cuando me la comí junto a unos calabacines macerados con alcaparras, heredó automáticamente el nombre una mención relativamente imprecisa sobre el miedo cerval que una amiga pronunció en una valiente disertación en un conciliábulo secreto. Pero como esa referencia no debía ser conocida por ningún sujeto que no perteneciese a la Orden Hermética del Hipogeo de la Asnilla, se decidió rebautizar a la alusión como don Nadie. Con el tiempo el tratamiento de respeto desapareció y don Nadie se quedó simplemente en Nadie. Obviamente como Nadie no era mucho más que algo semejante a nada, cuatro de nosotros decidimos dotarlo de una apariencia ficticia, así que determinamos que su cuerpo debía tener la forma de un tubo de Pitot y su cabeza aspecto de manómetro diferencial hidrostático. Sin embargo, por algún motivo, nos olvidamos de imaginar sus piernas y sus brazos, aunque ese inocente descuido no repercutió en exceso sobre su probada y eficaz inexistencia.

Con el paso del tiempo sucedieron dos cosas: la primera y menos importante fue que yo me afeité el bigote, pues estaba harto de que cada vez que comía tallarines se me quedasen pegados al labio superior dos o tres de ellos. La segunda, y quizá la única imperativa para que este texto avance un poco, fue que Nadie desapareció cuando más necesaria era su no presencia. Trataré de explicarte lo que realmente aconteció sin florituras o adornos innecesarios. Todo comenzó el segundo viernes de abril de ese año, o puede que del siguiente, ahora no me encuentro en condiciones psicológicas para hilar tan fino. Nadie ese día no se levantó satisfecho, más que nada porque algo que no existe es incapaz de mostrar emociones. El resto del día Nadie tuvo verdaderos problemas para seguir siendo lo que desde luego no era, sobre todo cuando debía ser visto caminado de lado a lado por las ventanas. Por si fuera poco, cuando parecía que los que vigilaban a Nadie desde la calle empezaban a convencerse de que este era un tipo muy poco convencional, llamó a la puerta el ventanero y se llevó una ventana para repararla tranquilamente en la soledad de su poco iluminado taller (sic).

Afortunadamente todo se arregló un poco cuando pudimos convencer a los individuos que nos espiaban de que Nadie era realmente alguien (o algo) por medio de la adulteración auditiva. Por desgracia no me está permitido extenderme más sobre esa variedad de engaño desarrollada por un ingeniero sordo e insensible, así que pasaré directamente al día en que por fin se descubrió el pastel. ¡Todavía lo recuerdo todo! Estábamos los cuatro conspiradores reunidos ante la mesa y una señorita de aspecto muy tuteable desenvolvió con cierta reverencia el papel que envolvía una caja abierta por arriba. De repente frente a nosotros se hallaba una tarta de crema de queso, turrón, merengue y chocolate con la siguiente información nutricional (para una cantidad por 100 gramos) escrita a mano en una tarjeta depositada en el centro:

Calorías 980
Grasas totales 421 g
Ácidos grasos saturados 19,8 g
Ácidos grasos poliinsaturados 11,5 g
Ácidos grasos monoinsaturados 16,7 g
Colesterol 95 mg
Sodio 568 mg
Potasio 99 mg
Hidratos de carbono 256 g
Fibra alimentaria 0,5 g
Azúcares 85,9 g

Estaba claro que querían acabar con nosotros de una manera muy sutil. Pero como los cuatro éramos viejos en el arte de no dejarnos engañar por las sutilezas, decidimos comernos solamente tres cuartos del gigantesco y apetecible pastel. El resultado: Amadora Sandemetrio y Elpidia Llagaria ingresadas graves vomitando espumarajos de color verde «Midori Mojito» por la boca, y Froilán Arrubal y yo ingresados al borde de la muerte, pero con fuerzas suficientes para ser capaces de canturrear Me siento satisfecha de ser tu amante en do menor, con la nariz.

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Email del 23 de febrero 2019

Pavel Filonov. People (1930

Amiga:

Al final siempre llego a un punto en el que dejo de seguir las normas establecidas y me invento unas nuevas que no impliquen demasiado sacrificio. Sin embargo, cuando alguien alaba mi total sumisión a esos preceptos implantados con el único fundamento de hacernos sentir un poco más pequeños cada vez, le respondo que soy el tipo más respetuoso social y emocionalmente que existe. Quizá también el más prostituido. Aunque toda mi verborrea particular forma parte de una tradición establecida por los López Pérez desde tiempos inmemoriales para poder sobrevivir a tanta mierda sin contratiempos ni dificultades. Porque todos somos, de una forma u otra, como plastinudos, y hacemos cosas de plastinudos. Y cuando nuestro abrazo plástico se afloja un poco, buscamos otro asidero al que agarrarnos. Y cuando el asimiento no es el apropiado no nos importa en absoluto saltar a otro. Y a otro. Y a otro.

Ayer la merluza comprada en Consum me habló. Bueno, la verdad es que fue una de sus rodajas ultracongeladas la que se dirigió a mí y me dijo que aunque tenía forma de bloque adoquinado, en otras circunstancias anteriores había sido un pez fuerte y hermoso. Cuando le pregunté qué es lo que se siente con el cuerpo troceado, simplemente se limitó a lanzar una carcajada cuya musicalidad argentina me heló la sangre, pero no hasta ese punto de ultracongelación al que me referí antes, sino hasta un helor de tres estrellas semejante al que proporcionaría un frigorífico de los años setenta. Quizá por esa razón me teñí las canas de las pestañas y salí a la calle dispuesto a sollozar. Desnudo pero con las pestañas bien negras, para que nadie pudiese creer cualquier cosa. Y cuando me disponía a llorar desde un lado de la acera se acercó a mí un argentino y me denunció por el uso indebido de mis carcajadas anteriores; y de repente sentí que el mundo, dentro de esa indisposición concluyente, no es más que una jodida letrina. Y mientras llegaba a esa conclusión, también francamente determinante, mi próstata estalló en una especie de multitud de colores y formas semejantes a mariposas plagiadas de cuadros antiguos, y todo lo que hasta ese instante era blanco… siguió siendo blanco, aunque de un blanco un poco más sucio, ya sabes, parecido a ese blanco que nunca queda del blanco que define a lo que es un blanco real o académico. O para que te hagas una idea, de ese blanco natural que consigue mi vecina con el mismo modelo de lavadora. O para que te hagas otra idea, de ese blanco cuyo resplandor singular me recuerda al bicarbonato con el que mi madre intentaba que vomitara las tres pastillas de chocolate Valor que en un arrebato de cólera me había tragado… sin sentido… ¿Existe el sinsentido? Por supuesto que sí. Yo lo vivo un poco cada día. Desde luego mi sinsentido es diferente a los sinsentidos del resto de la gente. Pero por eso yo no me parezco en lo más mínimo al resto de la gente. ¡Nadie defeca haciendo el pino!

Hace un ratito una norma establecida (si sigues sin diferenciar una norma establecida de un efecto discordante inmisericordioso vuelve a leer la primera línea del primer párrafo) se ha posado sobre mi hombro. Ha movido la cola como si no tuviese nada que ver con el resto de normas y ha reiniciado el vuelo. Mientras trataba de alejarse por el pasillo, yo he cargado mi rifle de balines y la he asesinado. Ahora pienso hacerme una foto con su cadáver y subirla a Instagram para que la gente que me sigue vuelva a sentirse orgullosa de mí.

Greg.

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Email del 22 de febrero 2019

Francis Bacon. Crucifixion (1933)

Hola:

Vale la pena recorrer brevemente esa especie de aventura ridícula que algunos llaman «proceso creativo», pero no como una forma de pergeñar la propia incapacidad compositiva, sino como un acercamiento tentativo o un análisis pragmático sobre la posible efectividad de la misma. En pocas palabras: me voy a la cocina a sonarme las narices. ¿Por qué a la cocina? Muy sencillo, porque allí cuelga -desde un dispensador extraordinariamente moderno- el papel de cocina con el que normalmente me las adecento. Podría meter la napia en el lavavajillas o incluso en la lavadora, pero el resultado no sería el mismo, es decir, esa limpieza natural y exagerada que solo de una forma completamente manual puede ser llevada a cabo con las mayores garantías de éxito.

Podemos dotar de un sentido meramente sociolingüístico a cada afirmación deíctica sobre cualquiera de los procesos de los anteriores enunciados, o por lo menos de los anteriores enunciados desarrollados hasta el primer punto y seguido. Pero entonces, es posible que la jaqueca vuelva a mi cabeza y no tenga más remedio que abrir el cajón donde guardo los medicamentos y comerme media caja de ibuprofeno y un cajetín de cualquier marca de ansiolíticos cuya composición esté formada principalmente por hidroxicina en un porcentaje superior a la media. Es lo que sucede cuando se quiere abarcar más de lo recomendable, intelectualmente hablando, por supuesto.

Dentro de este incipiente desasosiego que se entroniza en mi cerebro… ¿tengo cerebro? Yupiiiiiiiiiiiiii. ¡Qué feliz que sou! Perdón, quería poner «soy» pero me salió «sou». Repetiré la exclamación de alegría por si alguno de mis lectores se ha incorporado tarde: yupiiiiiiiiiiiiii. Y ahora, después de casi tres párrafos inútiles, voy a reintentar recorrer brevemente esa especie de aventura ridícula de la que hablaba en la primera línea y que a mí, en numerosas ocasiones, me la pone tan blanda como un polímero plástico gelatinoso.

Greg

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Email del 21 de febrero 2019

Eugene Ivanov. Work with witnesses (XXI century)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El churrero castañero ambulante García Pérez contra el chacinero tocinero artesano Martínez López.

-A la señora Car-me-la la golpearon justo en esta parte de su dor-mi-to-rio, bastante cerca de la puerta. El asesino o asesina se encontraba es-con-di-do detrás de las cortinas. Luego ella, la pobre víc-ti-ma, caminó como pudo, seguramente tam-ba-le-án-do-se y au-llan-do de dolor por el pasillo hasta caerse sin fuerzas al lado de la es-ca-le-ra.
-Querido señor García Pérez, gran churrero y castañero pero horripilante detective aficionado, a la señora no la golpearon en el dormitorio sino en el baño. Si el cadáver de la pobre mujer está cerca de las escaleras es porque al salir del aseo caminó hasta el sitio más cercano para morir como una dama.
-¿Y usted, señor Mar-tí-nez López, chacinero, tocinero de pro-fe-sión, se cree Sherlock Holmes? Por como va vestido nor-mal-men-te nadie diría que se dedica a los derivados cár-ni-cos sino a…
-Ya sé, ya sé a qué me parezco según usted, pues me lo ha dicho en numerosas ocasiones. Ni siquiera le voy a contestar lo que normalmente le contesto, aunque lo esté deseando. En cuanto a mi caso…
-¿Su caso? Yo lle-gué mucho an-tes…
-Pero la señora Carmela era la prima de la suegra de mi ex-vecina, por lo que me siento con pleno derecho de…

Después de 35 minutos de conversación cancerígena llegó una dotación constituida por un sargento y tres agentes de la Guardia Civil y ambos detectives aficionados decidieron al unísono posponer por un instante la batalla. El sargento, un tipo con cara de E pluribus unum mioclónico se sentó sobre una silla y con un ademán casi distinguido les amenazó con expulsarles del lugar del crimen si volvían a abrir la boca.

-Pero sargento Mi-ra-vi-lles…
-Le avisé. ¡Ustedes dos, saquen a este imbécil de aquí!
-Sargento Mi-ra-vi-lles, si no me permite seguir aquí, aunque sea de mi-rón o apoyo ex-tra-o-fi-cial no tendré más remedio que contar a todos los presentes que usted en cierta ocasión que se-gu-ra-men-te recordará…
-Está bien. Puede quedarse, pero haga el favor de cerrar el pico y no molestar demasiado.
-Sargento Miravilles, ¡muy bien dicho!
-Vaya, señor chacinero tocinero artesano Martínez López. ¿Sabe que la última vez que mi mujer le compró panceta estuvimos de caguetas durante tres días?
-Yo… yo, ejem…
-Así me gusta. Calladito. Bueno, vamos a ver qué cojones ha pasado aquí. Usted Domenech, traigame un café. Usted Berlanga, llame a mi mujer y dígale que llegaré sobre las cuatro. Usted Yáñez, cuénteme lo que ha sucedido.
-Pero sargento. Yo acabo de llegar con usted.
-Mierda, es verdad. ¡Oh, no! A ver señor churrero castañero ambulante García Pérez, ¿qué coño es lo que usted cree que ha sucedido?
-Sargento Mi-ra-vi-lles, le contaré, no lo que creo ha su-ce-di-do, sino lo que re-al-men-te ha sucedido.
-Sargento, el señor García Pérez le va a contar una película.
-¡Callese, tocinero del demonio!
-¡Perdone, mi sargento!
-García, continúe.
-Gracias sar-gen-to. La señora Carmela se-gu-ra-men-te escuchó un ruido y se levantó. Así. Luego se puso la ne-gli-gé por encima, así, y se dirigió al pa-si-llo, así.
-Jajaja. ¡Es patético!
-¡Señor Martínez López, no se lo volveré a repetir.
-¡Perdone, mi sargento!
-García, continúe.
-Gracias sar-gen-to. Antes de que la señora pu-die-ra darse cuenta, el asesino salió de su es-con-di-te, la cortina, y la golpeó en la ca-be-za con esta figura de mármol, así… ¡Ay, ay, ay!
-¿Qué le sucede García Pérez?
-Mi hombro. Mi hombro. Se me ha dislocado el hombro. ¡Do-lor! ¡Do-lor!
-¿Qué es usted, una especie de mariposilla?
-¡Señor Martínez López!
-¡Perdone, mi sargento!
-Señor García Pérez, no tiene edad para actuar con esa fuerza… A ver, usted, Domenech, traigame otro café. Esta vez con un poco de Magno. Usted, Berlanga, vaya a buscar a un médico rápidamente. Usted, Yáñez, intente ayudar al señor García Pérez.
-Yo lo llamaría la señorita García Pérez.
-¡Señor Martínez López!
-¡Perdone, mi sargento!
-¡Ay! ¡Ay! ¡Do-lor! ¡Do-lor!

Email del 21 de febrero 2019 Leer más »

Email del 19 de febrero 2019

Sam Jackson. Dirty south (2017)

Querida:

Verifico la proximidad, cuantifico la proporción y prorrateo el área. ¿Parezco una aplicación meteorológica? Solo intento que todo lo que tiene que acontecer -porque de alguna forma está escrito en alguna parte- se desarrolle de la mejor forma posible. Y aunque las probabilidades son relativamente precisas, la infalibilidad no está totalmente garantizada. Podría expresarte que en estos momentos de mi vida me siento confusamente atemorizado, pero no sería más que una mentira. Básicamente porque estos momentos de mi vida no son tan diferentes de otros momentos de mi vida. O quizá porque mi vida no es mi vida, sino una correcta escenificación cuyo pretexto es contentar a la galería. Mi vida real, la que nadie conoce, es del color de un escondrijo. ¿De qué color son los escondrijos? No sé de qué color son tus escondrijos, o los del resto de la gente. A veces ni siquiera estoy seguro de si lo que yo creo que es un escondrijo es realmente un escondrijo o una madriguera que me sirve de guarida. Aunque también podría ser un agujero, un foso, una concavidad o un socavón. ¡Resulta tan complicado diferenciar los vocablos en estos tiempos!

Recuerdo a mi piedra. Era una piedra redondeada con apariencia de guijarro común. Mis amigos de entonces tenían palos de madera fabricados con ramas y tocones. Un día alguien se ofreció a limpiarme la piedra. Por supuesto me negué. Otro día yo me ofrecí a bruñir algunos palos. Ellos aceptaron y mientras yo trataba de adecentar los muñones de sus maderos alguien me robó la piedra. Y yo me vi obligado a sustraer sus palos. Todavía los guardo en un armario. Puedes venir a mi casa y contemplarlos. ¡Casi 50 años guardados en un jodido y oscuro armario! A menudo he pensado en devolvérselos a sus legítimos dueños a cambio de mi piedra, pero sus legítimos dueños están todos muertos. ¿Eso me convierte en un superviviente? No, simplemente en un imbécil. En un imbécil sin su piedra. Sin su piedra redondeada con apariencia de guijarro común.

En ninguna parte se está mejor que en esta parte. Esta parte forma parte de una parte. Supongo que todas las partes fueron en sus comienzos parte de muchas partes. Pero mi parte es singular ya que es la parte de una parte que siempre estuvo considerada como una parte aparte. Eso le confiere algo semejante a un buqué fraccional e indeterminado. Me siento tan satisfecho de mi parte. Bueno, esta última afirmación suena pornográfica pero te juro que no quería hacer un chiste. Mi parte no es esa parte. Esa parte no me interesa, aunque intento mimarla al mínimo precio posible. Mi parte, o por lo menos lo que yo considero que es mi parte, es la parte que todos deberíamos ensalzar como la única parte válida de un ser humano. Ya sabes, es esa parte que se encuentra en la cabeza y que sirve para imaginar qué es en realidad una parte y para qué sirven el resto de las partes. Por eso sé -y te lo vuelvo a repetir- que en ninguna parte se está mejor que en esta parte.

¡Todos los pretéritos están corrompidos! Imagínate por un instante uno que no lo esté. ¿Ya? Guárdatelo en un bolsillo. ¿Ya? Ahora sácatelo del bolsillo ¿Ya? Métetelo en la boca y mastícalo. ¿Ya? ¡Escúpelo! ¿Ya? ¡Pisotéalo! ¿Ya? ¿Por qué haces todo lo que te digo? ¿Dónde escondiste tu dignidad? ¿Sabes lo que es la dignidad? A ver, define su significado. ¡Te estoy esperando! ¿No es sencillo, verdad? ¿Serías capaz de guardarte algo que te resulta imposible de definir en un bolsillo? ¿Y sacártelo del bolsillo? ¿Podrías metértelo en la boca y masticarlo? ¿Y escupirlo? ¿Y pisotearlo?

¡Yo sí!

Greg

Email del 19 de febrero 2019 Leer más »