Email del 29 de septiembre 2020
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| Rembrandt Harmenszoon van Rijn. The anatomy lesson of Dr. Deijman (1656) |
Querida:
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| Rembrandt Harmenszoon van Rijn. The anatomy lesson of Dr. Deijman (1656) |
Querida:
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| Andy Warhol. Telephone (1961) |
Al final se hizo de noche y yo me dispuse a destender mi pijama de ositos azules que ya estaba completamente seco.
Email del 25 de septiembre 2020 Leer más »
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| José Clemente Orozco. The dismembered man (1947) |
Algunos de mis comportamientos inconscientes, como por ejemplo el rechinar constante de los pocos dientes que todavía permanecen en su lugar, o la discontinua sialorrea que invariablemente termina por empapar cada uno de mis baberitos bordados a mano, se deben por entero a una especie de desasosiego psicológico producido por la angustia existencial. ¿Te he hablado alguna vez de la doctora Velasco? La recuerdo sobre todo porque tenía un rostro semejante al de una cucaburra ventrirrufa. Pero también la recuerdo porque me obligaba a lamerle los pezones. Y en ocasiones a penetrarle el culo con los dedos. Si alguna vez me negaba a obedecer sus órdenes ella me lanzaba el lubricante anal Durex Play Eternal con base de silicona a la cabeza. Una vez, mientras dormía a mi lado con mi dedo índice todavía incrustado en su ojete, pude sentir parte de sus heces moviéndose como si intentaran transformarse en algo irreal. Sin embargo cuando saqué el dedo, este se encontraba perfectamente limpio e higienizado. ¡De hecho olía a Blighia sapida! ¡O quizá a Blighia unijugata! Y como yo adoro los ackees me pasé la media hora siguiente relamiendo desde la yema hasta la articulación con gran deleite. Cuando la doctora se despertó, lo primero que hizo fue subirse las bragas, luego se sentó a mi lado y me contó una extraña historia sobre las reacciones primales, en la que los conceptos biológicos de la sintopía, la simpatría, la alopatría y la parapatría se sumían en un desequilibrio biogeográfico. O por lo menos eso sentí en aquella ocasión. Cuando le contesté que me importaban un pimiento sus historias sin sentido se desabrochó la blusa y me dio a elegir entre vomitarle en las tetas o acabar descuartizado en la bañera. Yo, por supuesto, elegí la última.
Email del 23 de septiembre 2020 Leer más »
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| Agim Sulaj. Shoe (XX cent.) |
Mis amigos y conocidos están totalmente convencidos de que nunca he escrito nada mejor que el cuento El zapato con botas, la historia de un zapato que hace lo impensable para hacer rico a su dueño, y de paso que una princesa acabe rendida a sus pies. Bueno, en realidad nunca he tenido demasiado aprecio por esa antigualla, pues lo escribí en 1985 y no es más que una copia barata del mundialmente conocido recopilado por Perrault en el siglo XVII titulado El gato con botas. Ese mismo año también escribí el relato infantil Méame, que en realidad se titulaba Menéame, aunque en la imprenta se equivocaron y se distribuyó con ese horrible título que nada tenía que ver con el argumento, el cual trata sobre un juguete tentetieso perdido cuyo único afán en la vida es ser meneado con la cabeza por un niño ciego, cojo, manco y sordomudo. La verdad es que no debería quejarme, pues la primera edición se agotó en dos días, mientras que la siguiente, ya con el título original, solo vendió 23 ejemplares en un periodo aproximado de dos lustros. Siete años más tarde escribí una novela que se titulaba Méame, más que nada para aprovechar la tirada que la lluvia amarilla tenía en esa época, y sobre todo o en parte, por mi experiencia anterior. Desgraciadamente en la imprenta se volvieron a equivocar y salió a la venta como Las aventuras y desventuras del lobito Pancracio y su cuñado Serafín, con lo cual acabé con más de siete mil denuncias por corrupción literaria de menores.
Lo primero que hice cuando salí de la cárcel, ocho meses más tarde, fue sentarme en el banquito más occidental del parque más oriental de mi barrio. Desde entonces solo me he movido de allí en 17523 ocasiones. Sobre todo para orinar, defecar, echar la primitiva o para comprar provisiones.
Email del 21 de septiembre 2020 Leer más »
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| Ivan Albright. And man created God in his own image (1930) |
Email del 18 de septiembre 2020 Leer más »
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| Nicolae Tonitza. The japanese woman (XIX-XX cent) |
Tengo una cajita. Bueno, tengo varias cajitas. ¡En ellas guardo las sonrisas de Anselma!
Anselma tenía cara de japonesa, aunque había nacido en pleno barrio de Els Orriols. Quizá por esa razón siempre la llamamos Konnichi Wa. O puede que fuese porque Anselma nos sonaba a nombre pueblerino y vulgar. En realidad eso no es importante ahora. ¡Anselma falleció antes de ayer! Bueno, antes de antes de ayer. Ahora ya es otro día. El día siguiente al día en que me enteré de su deceso. Y cuando me dieron la noticia ya habían pasado 24 horas de su abandono corporal. Claro, que si como tengo pensado este texto acaba subido a mi blog mañana, entonces todo se complicará, porque el día anterior a antes de ayer es hace tres días, casi cuatro. Podría… podría hacer trampa. No creo que a nadie le importara. Podría decir que Anselma murió hace dos días. O que espichó hace algunos días. O que aunque la muerte es el final de todo, para ella, para Konnichi Wa, solo era una especie de principio elemental. Y todos los principios, ya sean elementales o simplemente secundarios son de alguna manera atemporales. Es decir, existen porque se parapetan en algún recóndito paraje de nuestra memoria. ¡Anselma está muerta! Supongo que si acercara mi nariz a su cuerpo notaría la pestilencia que produce un cuerpo corrompido. Pero Anselma… Anselma siempre olía bien. ¡Siempre! Joder, juro por mi incapacidad para ser feliz que Konnichi, Konnichi Wa, desprendía un aroma similar al que se obtiene juntando diferentes especies de frutos secos en un tarro de cristal cerrado.
Anselma tenía unas piernas fuertes. Y eso que jamás hacía gimnasia. Ella decía que era por ir aguantando todo el rato al resto de su cuerpo. Yo también soporto al resto de mi cuerpo y mis piernas son de pajarito. Por lo menos eso es lo que decían todas las personas que me las pudieron ver antes de que decidiera que nadie me vería las piernas. Las piernas de pajarito. ¡Anselma! Cuando Anselma miraba directamente a los ojos de alguien solía inclinar la cabeza hacia el lado derecho. Si alguna vez la inclinaba hacia el lado izquierdo era porque se estaba mirando en un espejo. Yo nunca me miro en un espejo. Ni siquiera en los cristales de las ventanas. Odio contemplar la manera en que mi rostro se arruga como una uva seca de la talla 59. Recuerdo el día en que Anselma me contó que había sido penetrada por primera vez. Y recuerdo que a partir de ese instante siempre me recordó cada vez que la penetraban. Nunca me dijo lo que sentía en cada ocasión, si es que sentía algo. Simplemente me lo relataba, como si yo fuese su diario de fornicaciones.
Anselma tenía un pito. Yo también tenía otro pito. Ambos pitábamos juntos cuando nos apetecía pitar. A veces pitábamos en su casa. Otras veces en la mía. Si alguna vez no pitábamos juntos, cada uno pitaba pensando en el otro. Y cuando ninguno pitábamos por la circunstancia que fuese, siempre teníamos claro que la limpieza de los pitos era fundamental. Ella limpiaba su pito con detergente. Yo limpiaba el mío con un paño humedecido en una mezcla al 50 % con agua y vinagre de manzana. Hasta el día en que de la abertura del pito salió un gusano verde. Cuando le conté mi experiencia a Anselma me miró, inclinó la cabeza hacia la derecha, como ya he dicho que hacía siempre, y sonrió.
Tengo una cajita. Bueno, tengo varias cajitas. ¡En ellas guardo las sonrisas de Konnichi Wa!
Email del 12 de septiembre 2020 Leer más »
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| Albert Anker. A mouse with a peanut (XIX-XX cent.) |
¡La editorial Bolitas lo ha vuelto a conseguir! Siete meses después de su best seller Leontina chiquirritina y chocolatina negrestina ha conseguido otro número uno. Se trata de Yo sané al ratoncito Pérez. Su autor, Gregorio Sandemetrio Pruñonosa, científico renombrado y autor de algunos de los artículos de divulgación más sensacionales que se han escrito en los últimos 60 años, ha tratado de rizar el rizo investigando la trayectoria del roedor desde su nacimiento a mediados del siglo XVIII hasta su decimonovena defunción, obviando sus siguientes 347 reencarnaciones documentadas. A continuación, y gracias a la ayuda prestada por los herederos del ratoncito y, sobre todo, a la de la viuda viuda viuda del insigne Juan Juan Juan, podemos ofrecer a todos los lectores, espías y cotillas profesionales de El despotricador anhedónico varios extractos de la obra.
Cuando sujeté al ratoncito Pérez con mis fuertes manos observé la miasma de desarreglos emocionales y problemas de inadaptación que atenazaban su propia identidad. Por un instante creí que aplastarlo contra el suelo sería la forma menos cruel de devolverle cierta dignidad, pero al final, me dejé convencer por la zona de mi cerebro donde se fabrica ese tremedal llamado clemencia.
Hoy he charlado durante 45 minutos con el ratoncito Pérez en su idioma Muridae-ratonil. Durante alguna de mis respuestas a alguna de sus preguntas he sentido algún dolor en algún hombro. Creo que en el derecho. Afortunadamente, el padecimiento ha remitido a los 37 minutos de comenzar y aún he sido capaz de indagar lo que pudo suceder en algunas de sus vidas, de las vidas del ratoncito Pérez, sobre todo cuando fue apalizado violentamente por el dueño de un diente molar superior.
Mientras trataba de convencer a la ratoncita López, pareja sentimental y sexual del ratoncito Pérez, para que me enseñara alguna teta, quiero decir, alguna treta de las que utilizaba para tranquilizar los ánimos, a menudo desorbitados y ciertamente cuasiviolentos del ratoncito Pérez, se fue la luz en todo el edificio. Cuando me acerqué a la ventana perdí el pie y estuve a punto de caerme a la calle. ¡Nunca pude encontrarlo! Desde ese día camino gracias a un implante ortopédico fabricado para mí por el famoso luthier Edelmiro Fa, su hijo Edelmiro Sol y su nieto Edelmirín La.
Esta mañana me he acercado al ratoncito Pérez mientras trataba de hacer sus necesidades en el pequeño aseo a escala Rodentia, pero totalmente cohibido, me ha pedido, por favor, que le dejara defecar a solas. Por supuesto he accedido a sus ruegos y he esperado a que terminara sentado en un puff marroquí que me regalaron por mi último cumpleaños las Ce, es decir, Celedonia, Celestina y Celina, las señoras que limpian tanto los habitáculos de los animales como el mío mismo.
Los resultados de los test de inteligencia del ratoncito Pérez han sido decepcionantes. Sin embargo el bocadillo de tortilla de acelgas que me he comido a continuación me ha levantado el ánimo. Ahora, con el denuedo reforzado, me dirijo a amenazar de muerte al primer hijo de puta que se cruce en mi camino.
Un signo de citación ha saltado sobre mi yugular mientras escribía en mi diario. Al principio he podido sujetarlo de una forma varonil, pero con el tiempo solo he sido capaz de sujetarlo de una forma bastante femenina y pusilánime. Mientras trataba de que esa maldita ««» no me chupara demasiada sangre he escuchado una risotada que procedía de la jaula del ratoncito Pérez. Después he escuchado otra risotada que procedía de la jaula de veraneo del ratoncito Pérez. Después he escuchado otra risotada que procedía de la segunda vivienda (el adosado que comparte con la ratoncita López) del ratoncito Pérez. Después he escuchado dos risotadas… ¡dos! que procedían del lupanar favorito del ratoncito Pérez y de su hermano el ratoncito García. Después no he escuchado ninguna risotada, ni siquiera una risita o sonrisa, de nadie que perteneciese al clan Pérez porque he acabado en el suelo, desmayado.
Email del 11 de septiembre 2020 Leer más »
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| Patrick Henne. Landscape with dick (2018) |
Amiga:
Mi amigo Rodosmo me ha pedido que escriba el prólogo para su novela Ataque fálico. Como he aceptado su proposición -aunque a regañadientes- ahora me toca leer las 2698 páginas del relato. Y tengo solamente dos días, pues pasado mañana entra en imprenta. De momento voy por el capítulo 47, en el que el sevicio y givoso falo de Emigdio, el protagonista, es confundido con una víbora ponzoñosamente mortífera y es apaleado sin compasión por los tres emes, es decir, Mancio, Medardo y Minervino. Durante el linchamiento, uno de los tres emes, Medardo, pierde el anillo de oro que le regaló su abuelo Magín en el lecho de muerte y culpa a Mancio de haberselo afanado. Este jura y perjura que él no ha robado nada en su vida y Minervino se pone de su parte. Mientras los tres emes discuten, Emigdio aprovecha para huir a toda prisa. Según me ha contado Licinia, la hermana de Rodosmo, Emigdio continúa escapando hasta el capítulo 95, en el que una piedrecita se le mete por dentro de la sandalia y le produce una herida bastante grave que lo lleva directamente al hospital. En el capítulo 147, Emigdio sale de la clínica y continúa escapando sin preocuparse por el mañana. A partir de aquí, desconozco el argumento del resto de la obra, ya que Licinia fue incapaz de seguir leyendo y Rodosmo quiere que lo averigüe por mi cuenta.
La verdad es que no sé por qué te escribo esto. Podría haberte contado que ayer me desapareció un ojo, por supuesto, el de cristal, o que esta mañana se me ha desprendido la oreja de látex. También podría haberte llamado por teléfono para que escucharas mi nueva voz o para invitarte a que leyeses Ataque fálico a partir del capítulo 195 hasta el final (capítulo 345), mientras yo leía del 47 hasta el 194. Una ayudita, sobre todo si viene de una grandísima amiga siempre viene bien, ya sabes…
Greg
Email del 5 de septiembre 2020 Leer más »
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| Henri Matisse. The dream (1935) |
¡Siempre he odiado a Honorato! Su rostro de trífido de Wyndham continúa inquietándome y, con los años, su carácter aborrecible ha ido transformando ese odio en algo parecido a la aversión y la inquina. Sin embargo en algunas ocasiones he de aguantarlo, pues es el hermano de la mujer que me explica conceptos filosóficos como el iusnaturalismo o la transmutación axiológica antes de hacerme una o varias felaciones. Hace un par de días, después de que finalizara la mamada perteneciente a la charla sobre el maquiavelismo, entró ese gilipollas en la habitación y me gritó que estaba harto de mis alaridos de placer y que si quería seguir con las lecciones debería buscarme otra casa. Y es que en realidad vivo con ambos. Y son ellos los que pagan el alquiler y la comida.
Si yo fuera un tipo violento seguramente hubiera finiquitado el asunto suministrándole novichok por una de sus orejas mientras estuviese durmiendo, pues en ese estado suele entrar en una especie de aletargamiento tónico similar al que experimentan algunas especies de tiburones cuando se encuentran con una amenaza o un amenazo, sin embargo opté por agarrar a su hermana, desnudarla, tumbarla sobre la cama y hacerle un salvaje, aunque poco higiénico, beso negro que tranquilizó mis impulsos emponzoñadores. Cuando me dirigí al aseo a lavarme la lengua escuché un sonido semejante al que produce un extremo cercano cuando es empujado por un borde distante. Intenté averiguar de qué se trataba pero los párpados me pesaban demasiado.
Abrí los despertadores, agarré con enfado el ojo y lo lancé contra la pared.
Email del 3 de septiembre 2020 Leer más »
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| Autor desconocido. Título desconocido. Año desconocido. |
Querida:
He decidido que no voy a publicar ¡Estoy completamente loco por mí!, el tomo IX de la serie de crestomatías y florilegios sin periodicidad o cadencia extraídos de mi abundante catálogo bibliográfico. Y voy a archivarlo en el cajón donde guardo los textos fallidos porque creo que los lectores todavía no están lo suficientemente preparados. Lo demostraron con sus feroces críticas a los ocho volúmenes anteriores. Es más, he llegado a la conclusión de que no sé si debo seguir haciendo todo lo que hago, ya que tanto todo lo que hago, como lo que hice en el pasado (y posiblemente lo que sea capaz de hacer en el futuro), de alguna extraña manera está ya hecho. Y no creas que únicamente me refiero a escribir y editar ensayos, cuentos y alguna que otra novela larga. Alguien dijo alguna vez que hay que golpearse la cabeza con un costillar porcino congelado para saber lo que realmente es el dolor. Yo sé lo que es el dolor, aunque nunca he sido golpeado con tegumento torácico aterido.
Hay momentos en los que subo y momentos en los que bajo. Los primeros podrían ser descritos como algo semejante a la alegría infinita; los segundos como un reflejo de la aflicción mortal. Ambos son respuestas involuntarias a estímulos disímiles y arcanos. Sin embargo, uno de esos momentos sin el otro delante, detrás o a alguno de los lados, puede llegar a convertirse en un maldito contratiempo. Sobre todo cuando me valgo de estrambos a la hora de materializarme como víctima suprema, aunque sin llegar a ese punto en el que la necesidad de convencimiento emocional se convierte en mera obligación.
¿Sabes por qué guardo las fotos antiguas en una caja metálica relativamente moderna? Yo sí lo se, por supuesto, pero me gustaría que me ofrecieras una contestación lo más simple posible. Mi respuesta es demasiado freudiana. ¡Joder, no puedo seguir contando la misma sandez a todos los que me hacen esa misma pregunta! Y te aseguro que me la hacen constantemente, quizá asombrados por los dibujos en forma de ositos cariñosos que adornan la tapa y los laterales y que según los dictámenes de los que dicen ser eruditos en comportamiento humano, no pintan demasiado con mi engolada personalidad.
Mientras escribía el párrafo anterior he decidido que sí voy a llevar a la imprenta el volumen IX de ¡Estoy completamente loco por mí!, aunque con el nuevo título de ¡Me voy a follar a mí mismo, pero con condón! Y si una parte de los lectores sienten arcadas después de leerlo, que se jodan. Nacer es una jodienda. Vivir es una jodienda. Pagar facturas es una jodienda. Todo es una puta jodienda. Incluso follar con otra o con otro no deja de ser una jodienda. Sin embargo contemplar cómo follan dos mujeres es el auténtico nirvana, por lo menos eso pienso en los instantes en los que me siento más y más heterosexual. ¿Morir es una jodienda? No puedo pronunciarme por la sencilla razón de que no he vivido esa experiencia, pero no me sorprendería en absoluto que lo fuese.
(Ossip) Gregorovius
P.S.
Te juro por Garbancito de la Mancha, aunque también por Manazas, Pelanas y Pajarón, que no sé qué diantres quiere decir el vocablo «estrambo» que he utilizado en su forma plural en el segundo párrafo.
Email del 1 de septiembre del año de la pandemia 2020 Leer más »