Email del 3 de septiembre 2020

Henri Matisse. The dream (1935)

¡Siempre he odiado a Honorato! Su rostro de trífido de Wyndham continúa inquietándome y, con los años, su carácter aborrecible ha ido transformando ese odio en algo parecido a la aversión y la inquina. Sin embargo en algunas ocasiones he de aguantarlo, pues es el hermano de la mujer que me explica conceptos filosóficos como el iusnaturalismo o la transmutación axiológica antes de hacerme una o varias felaciones. Hace un par de días, después de que finalizara la mamada perteneciente a la charla sobre el maquiavelismo, entró ese gilipollas en la habitación y me gritó que estaba harto de mis alaridos de placer y que si quería seguir con las lecciones debería buscarme otra casa. Y es que en realidad vivo con ambos. Y son ellos los que pagan el alquiler y la comida.

Si yo fuera un tipo violento seguramente hubiera finiquitado el asunto suministrándole novichok por una de sus orejas mientras estuviese durmiendo, pues en ese estado suele entrar en una especie de aletargamiento tónico similar al que experimentan algunas especies de tiburones cuando se encuentran con una amenaza o un amenazo, sin embargo opté por agarrar a su hermana, desnudarla, tumbarla sobre la cama y hacerle un salvaje, aunque poco higiénico, beso negro que tranquilizó mis impulsos emponzoñadores. Cuando me dirigí al aseo a lavarme la lengua escuché un sonido semejante al que produce un extremo cercano cuando es empujado por un borde distante. Intenté averiguar de qué se trataba pero los párpados me pesaban demasiado.

Abrí los despertadores, agarré con enfado el ojo y lo lancé contra la pared.