octubre 2018

Email del 29 de octubre 2018

David Teniers the Younger. Monkeys in a kitchen (1645)

En ocasiones veo almendras, sobre todo cuando dirijo la vista al tarro donde las suelo conservar. Pero para dirigir mi vista hacia ese frasco, antes debo redireccionarla hasta la puerta del armario donde guardo el resto de tarros. Y mucho antes hacia la puerta de la cocina que me permite entrar. Claro que para llegar a la cocina he de caminar 35 pasos si procedo desde la entrada al domicilio, 28 si lo hago desde mi dormitorio, 19 desde el aseo y solo 8 si inicio el recorrido desde el comedor. Sin embargo, si en lugar de caminar, intento llegar a la cocina reptando, me ensucio la ropa y luego tengo que meterla en la lavadora. Por esa razón, en ocasiones también veo lavadoras.

P.S.
A todos los lectores de este blog:
Enviad un sms con las palabras ENVOLTURA TESTICULAR al 22445 y estaréis contribuyendo con 1.20 euros a mi próximo lifting de escroto.

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Email del 28 de octubre 2018

Victoria Contreras. El naufragio (1990)

Amiga:

Estiré la parte superior del cuerpo y luego inspiré. Volví a la posición inicial, pero me olvidé por completo de expirar, por lo que mi cara adquirió una bonita tonalidad rojiza y a mi profesora de yoga no le quedó más remedio que hacerme el boca a boca. Mientras ella intentaba resucitarme, yo vi pasar por delante todos los calzoncillos que había usado en mi vida. No me preguntes por qué. Unos ven pasar sus existencias y yo vi pasar mis calzoncillos. No existe ninguna explicación coherente. Cuando recuperé la consciencia pedí perdón por mi indisposición y por los posibles inconvenientes que esta pudiera haber ocasionado al resto de alumnos y me largué de allí. Cinco minutos más tarde me encontraba sentado en el interior de un bar mirando a través del cristal todo lo que sucedía en la calle. Y vi lo de siempre, ya sabes, manchas en el vidrio a un lado y gente caminando sin rumbo fijo al otro. Mientras intentaba llegar a alguna conclusión sobre el episodio de los gayumbos noté que alguien me miraba. Era un tipo con aspecto de mantis religiosa desgalichada que estaba acomodado en un taburete situado a un lado de la barra. De repente el curioso se acercó a mi mesa y me pidió permiso para sentarse junto a mí. Cuando se lo concedí comenzó a disculparse.
-Perdone que siendo un extraño haya querido sentarme con usted. Y más con tantas mesas vacías.
-No importa. ¿Qué es lo que quiere?
-Nada. Yo no quiero nada de usted. Quizá es usted el que desea algo de mí.
Llegados a ese punto estuve en un tris de mandarlo al sagrado carajo perpendicular, pero decidí continuar escuchando lo que tenía que decirme.
-¿No se acuerda de mí, verdad?
-No. ¿Debería recordarlo?
-Yo creo que sí, ya que usted me insultó hace 37 años.
-Señor, yo he insultado a mucha gente desde que aprendí a insultar. Y además me consta que lo hago maravillosamente. ¿Qué es lo que le dije? ¿Que era un hijo de puta? ¿Que su cara me recordaba a la mierda espesa de jabalí facoquero?
-No, no, no. Nada de eso. Usted me insultó al rechazar acostarse con mi mujer.
-Creo que se equivoca, amigo. Jamás he rechazado acostarme con ninguna mujer en toda mi vida.
-¡Ah! Entonces… Entonces, debo haberle confundido con otro. Le ruego que acepte mis disculpas.
¿Entonces? ¡Entonces! Sí. Entonces el tipo se levantó y salió por la puerta. Mientras se alejaba intenté devolver a mi sorprendido rostro la expresión de calma habitual. ¡Estaba claro que el día todavía no había terminado! A decir verdad quedaba un poco más de la mitad. Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. Pagué mi consumición y salí del bar con destino al domicilio de Rita Gilabert. Hacía un par de semanas que no la veía y tenía ganas de encontrarme con ella y preguntarle cómo le iba todo. El taxista que me recogió no paraba de hablar. Yo le contestaba con monosílabos y muecas infrahumanas hasta que llegó un momento en que en lugar de largar y largar comenzó a sollozar. Detuvo el coche en un lateral, salió y se arrodilló junto a un árbol, creo que era un sicomoro. Dejó pasar unos dos minutos sin hacer ningún movimiento y de repente comenzó a comportarse como un perro loco. ¡Créeme! Sé lo que digo porque en una ocasión tuve un perro que enloqueció. ¿De qué manera se comporta un perro loco? De la misma manera que una persona demente, pero husmeando con la trufa en lugar de usar las manos para autolesionarse. Como no quería que me pegara un mordisco me alejé lo más rápidamente posible y caminé hasta la casa de mi amiga. Una vez allí me quedé atrapado en el ascensor durante 15 minutos y cuando el conserje logró sacarme de la cabina, mi humor era asquerosamente espantoso. Ya en casa de Rita me senté en uno de sus mullidos sillones mientras ella me preparaba una tila.
-Llevo un día muy malo. Bueno, más que malo yo diría que extraño.
-Llevas un día muy malo. Bueno, más que malo tú dirías que extraño.
-No estoy para coñas, Rita.
-No estás para coñas, Greg.
-Has de saber que casi la palmo en clase de yoga, que he visto calzoncillos y que después un tipo me ha acusado de no acostarme con su mujer.
-Relájate, Greg. Estás en mi casa, hombre. ¡Aquí no puede suceder nada!
¡Exacto! ¡Nada! Nada más acabar la frase escuchamos un ruido que en un primer momento me recordó al que hace un hipopótamo con obesidad mórbida cuando cae de cabeza desde un décimo octavo piso. Nos asomamos por la ventana y contemplamos un autobús empotrado en otro autobús que a su vez estaba empotrado en otro autobús.
-¿Cómo es posible que tres autobuses choquen?
-No lo sé, Greg, pero es la primera vez que algún vehículo colisiona en la calle desde que vivo aquí. Y ya llevo 25 años residiendo en este domicilio.
-¡Soy yo! ¡Es eso! ¡Soy yo! ¡Ahora lo sé! ¡Está claro!. Creo que una fuerza sobrenatural se ha introducido dentro de mi cu…
-¿Dentro de tu culito? ¿Quieres decir que algo se ha metido dentro de ti por ese bonito culito que tienes? ¡Basta ya, Greg! Es solo un puto accidente de tráfico.
-¿Un puto accidente de tráfico? Acaban de chocar tres autobuses entre sí. ¿No te das cuenta? ¡Soy un asesino! ¡Un asesino por poderes sobrenaturales! Soy la iniquidad pers…
-Creo que debí ponerte tres cucharadas más de tila. Y eso que es un té de tilo fortísimo. A ver, no creo que haya muerto nadie. Y mucho menos que tú seas el causante.
-Soy malo. Soy malo. Mi padre y la madre de mi padre tenían toda la razón. ¡Soy malo! ¡Soy malo! ¡Ruin! ¡Apestosamente ruin!
-¡Basta ya! Me recuerdas a mi abuela cuando sufría un ataque de neurosis histérica.
-¿Pero no te das cuenta? El día de hoy. Todo raro… cosas… yoga… calzoncillos… el tipo ese… su mujer… el taxista canino… el ascensor… los autobuses…
-¡Y las tortuguitas! ¡No olvides las tortuguitas!
-¿Qué tortuguitas? ¿Pero qué tonterías estás diciendo?
-No digo nada. Simplemente quiero que te calmes. Me estás poniendo nerviosa. ¡Siéntate ahí! ¡Tranquilízate! Y no quiero escuchar ni una palabra.
-Pero Rita…
-¡He dicho ni una puta palabra! ¿Acaso ya no entiendes el castellano?
Supongo que me relajé demasiado porque acabé durmiéndome. Cuando desperté un par de horas más tarde me encontraba fuerte como un roble centenario. Lo primero que hice fue asomarme por la ventana. Ni rastro del accidente. En ese momento entró en el salón Rita.
-¡Por fin te has despertado! ¿Cómo te encuentras ahora, asesino psicópata a distancia?
-Me encuentro fuerte. Me encuentro superbién. Me encuentro con la moral «tan altaaaa como laaaa lunaaaa, ay ay, comoooo laaaa lunaaaa, comoooo laaaa lunaaaa.»
-Así me gusta. Preciosa canción. Muy, muy bonita. Voy a prepararte un café cargado.
-No, no. Es muy tarde. Me voy volando. Todavía tengo que asistir a una reunión.
-Vaya, ¿tú eres de los que se reúnen?
-Sin coñas, Rita.
Me despedí de ella con un besazo excesivamente sonoro y bajé por las escaleras a una velocidad increíble para un tipo de mi edad. Caminé durante 40 minutos hasta que al fin llegué al edificio donde solíamos reunirnos varios amigos todos los martes de la primera semana de cada mes para beber hasta perder el conocimiento. Cuando accedí al interior la mayoría de ellos ya estaban por los suelos, pero afortunadamente Fede y Roberto aún eran capaces de mantenerse en pie, por supuesto apoyándose el uno sobre el otro. Me preparé un ron cuádruple y me quité los zapatos para estar más cómodo, pero me clavé algo en el dedo de un pie y este empezó a sangrar profusamente. Busqué por todo el piso pero no había ni un jodido botiquín, así que metí el dedo sangrante en la boca de uno de los que estaban tirados por el suelo y completamente alcoholizados. La idea fue fantástica porque en un periquete dejé de sangrar.
-Qué suerte tiene Fede de ser mu-mudo…
-Roberto, Fede no es mudo.
-¿Fede no es mu-mudo?
-No, Fede no es mudo.
-¿Y por qué no dice nada?
-Porque su cogorza es infinitamente superior a la tuya.
-¿Por qué le has metido el pie-pie en la boca a Bernardo?
-Porque me sangraba.
-¿Y tú-tú? ¿Tú?
-¿Yo?
-¿Tú?
-Roberto, déjame tranquilo. Llevo un día horripilante. Espero estar pronto en las mismas condiciones que tú, amigo mío.
-¿Yo? ¿yo?
Pero por algún motivo no terminé por los suelos. Y eso que me bebí cuatro rones cuádruples y seis ginebras séxtuples. ¿Qué podía hacer? Decidí irme a casa y acostarme. Aunque pueda parecer insólito no me sucedió nada malo durante el trayecto. Eran más o menos las 11 de la noche cuando abrí la puerta de casa. Y lo primero que vi fue a una mujer de unos 70 años depilándose el, ejem, el, bueno ya sabes, el potorro, y un chihuahua con cara de acelga a su lado, repantigado cómodamente. Resulta que me había equivocado de puerta. Lo que no puedo entender es la razón por la que pude abrir esa casa con mis llaves. Pero bueno, ¿qué importa? La señora, a la que no conocía ya que solo llevaba una semana residiendo en ese domicilio se quedó petrificada al verme y, sobre todo, al ser pillada infraganti en una postura tan comprometedora. Yo también me quedé helado al contemplar su petrificamiento y lo que estaba haciendo hasta que la interrumpí. Ambos empezamos a chillar al unísono y no terminamos hasta que algunos vecinos llegaron alarmados por los gritos. Al ver a tanta gente, la señora que se trataba de depilar el, ya sabes, intento tapar sus partes agarrando al chihuahua y poniéndoselo delante, cosa que no le hizo demasiada gracia al perro pues le dedicó a su dueña una bonita meadita caliente y entrecortada. Te juro por San Crispino que nadie sabía qué hacer.
-Perdone señora, yo…
-Guarro. Marrano. ¡Váyase al infierno!
Salí tan disparado como me permitieron mis pobres piernas. Cuando llegué a la relativa seguridad de mi hogar me tumbé en el sofá, pero este, que ya era tan viejo como yo, se quebró por la mitad. Ni siquiera lo pensé. Me dirigí al dormitorio y me lancé como un campeón de salto de trampolín sobre la cama. Esta, que era más resistente, seguramente porque era de Ikea, no se rompió pero la lámpara que colgaba del techo comenzó a incendiarse. En pocos minutos el fuego alcanzó toda la finca y parte de los edificios contiguos, por lo que todos los vecinos y propietarios tuvieron que salir a la vía pública con lo puesto. Y cuando digo todos, me refiero a casi todos. El señor Jonás Barbanegra y su mujer Petronila Cienfuegos acurrucados bajo una manta bastante ajada. El señor José Belenguer, viudo de 98 años aplastado sobre su tacatá de uranio enriquecido. La señora Flor Amparo, su hija Maximina y el gato de ambas, Lucerito Tracatrá. El tipo de la puerta cuatro junto a otro tipo, posiblemente su amante bandido. Los señores Marcelinos (la señora Marcelina y su consorte el señor Marcelino). Y por supuesto, la señora desnuda de cintura hacía abajo, con el chihuahua haciendo de culotte de Women’secret.
-¡Ha sido ese tipo! ¡El fuego empezó en su casa! ¡Ha sido ese tipo! ¡Ha sido ese tipo!
-Señores, les juro que…
-¡Ha sido él! ¡Ha sido él! ¡Ha sido ese tipo!
No me quedó más remedio que admitir mi responsabilidad. Después de disculparme gimoteando sentí un mareo y caí al suelo. Antes de perder por segunda vez el conocimiento en el mismo día, volví a ver pasar por delante todos los calzoncillos que había usado en mi vida. ¡Y algunos pares de calcetines!

Greg

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Email del 25 de octubre 2018

Rene Magritte. The menaced assassin (1927)

A la atención de cualquiera que esté en condiciones de ayudarme:

El 17 de febrero del 2000 aparecí asesinado en el interior de un armario en mi propio hogar. ¡Nadie fue acusado del crimen! Tres años después se encontró mi cuerpo desmembrado dentro de una maleta Samsonite. Tras varios años sin encontrar una sola pista del asesino, el caso fue archivado. Sin embargo el 14 de septiembre del 2012 fui detenido y acusado de ejecutarme a mí mismo en dos ocasiones, aunque para el fiscal, eso solo era la punta del iceberg (sic), pues estaba seguro de que mis autohomicidios podían llegar a varias decenas, por lo cual se me podía catalogar perfectamente como autoasesino en serie de un número indeterminado de «sí mismos». El proceso fue largo y tuve que aguantar un montón de estupideces, pero al final pudieron probar que por lo menos era el responsable de la desaparición y posible homicidio de 19 yoes. Me condenaron a cadena perpetua y desde entonces estoy encerrado por matarme en numerosas ocasiones.

La cama de la celda es dura, no se parece en nada al colchón LoMonaco (¿o es Lo Monaco?) que tenía en mi casa y que todavía sigo pagando. La ventana, si se le puede llamar así, está situada a una altura de casi tres metros y es del tamaño de una caja de botas de montaña de la marca Chiruca. La poca luz que es capaz de entrar por ella acaba difuminándose antes de llegar a poder tocar mi cuerpo, por lo que siempre estoy frío. Ahora mismo, mientras escribo esto mis manos tiemblan como si padeciera Parkinson, pero lo que de verdad padezco es de mala suerte.

Yo nunca me he matado. ¿Cómo podría ser capaz de semejante abominación? Y menos en tantas ocasiones. Sí, de acuerdo, se han descubierto dos cuerpos míos (algunas fuentes en la actualidad contabilizan hasta cuatro o cinco) situados en las probables escenas de los crímenes, pero eso no implica que yo haya sido el homicida. Si le preguntáis a mi mamá, os dirá que soy un tipo buenazo y agradable. ¡Básicamente lo que se conoce como un humanista! Pero en el juicio, o mejor, en esa pantomima de proceso solo subieron al estrado a mi padre, esa fiera corrupia borracha y mentirosa que declaró que yo era un psicópata en ciernes y que si no me encerraban acabaría por matarme el doble o triple de veces.

Mi abogado nunca me trae buenas noticias. Ayer se acercó por aquí y me dijo que estaba luchando con todas sus fuerzas para que pueda salir de este tugurio dentro de 95 años. Cuando le obligué a que cambiara su estrategia de defensa y que se centrara en que en los tres años que llevo encerrado no me he matado a mí mismo en ninguna jodida ocasión -por lo que es imposible que yo sea el asesino de todos esos yoes- me contestó que aunque estaba seguro de mi culpabilidad, su trabajo era devolverme la libertad lo más pronto posible y que yo no era quién para decirle cómo debía hacer su desagradable trabajo.

Ahora es de noche. Dentro de unas pocas horas será de día. Luego volverá la noche, y el día, y la noche; y yo me haré un poco más viejo cada vez. Estoy pensando seriamente en suicidarme, pero sé lo que sucederá: «El asesino de los Gregorios se ha vuelto a matar, esta vez de una forma menos procesal e infinitamente menos carnicera». Y en lugar de terminar, todo volvería a empezar.

Por favor, solo necesito que alguien me ayude.

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Email del 24 de octubre 2018

Edward Burne-Jones. The merciful knight (1863)

Hola:

Las conclusiones ilógicas acerca de la lógica están sujetas a los propios desvaríos ilógicos de los individuos que se atreven a emitirlos y que se creen los seres más formidablemente lógicos. No existe ninguna lógica en acariciar un pepinillo en vinagre o una torrija casera -por poner dos ejemplos realmente extremos- sin embargo tampoco deberíamos tachar de ilógicos a los individuos que puedan llegar a obtener placer haciéndolo. No sé si me explico. El sentido común solo mantiene dicho sentido si se carece por completo de coherencia. Y la coherencia no es más que esa maldita e inconsecuente conexión que a menudo más bien parece una inconexión maravillosamente prolongada, y que de alguna forma está supeditada a cualquier tipo de inestabilidad intelectual, emocional, material o irreal. Y ahora, con tu permiso, voy a desayunar. Creo que estoy hipoglucémico perdido.

G

P.S.
No estoy demasiado seguro de saber qué es y para qué cojones sirve eso que algunos llaman «misericordia». Claro que tampoco he dedicado un mínimo de tiempo a intentar comprender a los que pregonan sus virtudes. Algunos dicen que si pones la mejilla recibirás un golpe, otros que si pones el golpe recibirás una mejilla. ¿Y si pongo el culo? Es todo demasiado confuso. ¿Para qué quiero una mejilla si ya dispongo de dos? Además, a mí los golpes me desequilibran. Yo lo que necesito es contemplar una implosión. ¡La del planeta Tierra! Pero de momento me conformaría con que mis amigos hicieran una visita a Bankia e ingresaran en mi cuenta todo lo que pudieran sin tener que llegar a la indigencia. ¿Quién mejor que yo va a gastar sus ahorros de toda una vida? Una vez acudí a un brujo haitiano llamado Pierre-Alexandre Martínez Garrigasait para que por medio de la magia negra ordenara a todos mis enemigos que no se cambiaran de ropa interior en 34 meses. Ignoro si funcionó, pero sé a ciencia cierta que tres de las cuatro mercerías de mi barrio quebraron definitivamente. ¡Quizá toda esa mierda funciona! Por eso quiero hacer una segunda prueba antes de llevar a cabo la bancaria, que sería la definitiva y la culminación de mi carrera de hijo de la gran puta resalado y rebonico. Mañana visitaré a Pierre-Alexandre y le pagaré para que logre que sus tres espectaculares mujeres se vengan a vivir -en estado de total y permanente desnudez- conmigo. Si eso sucede estaré seguro de que su magia funciona y de que no es un jodido y desgraciado híbrido haitiano-dominicano-español farsante.

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Email del 23 de octubre 2018

Bartolomeo Passerotti. Caricature (Century XVI)

Para los amiguitos de mi amiguita del alma:

La finalidad del pervertido es deteriorar de cualquier manera posible la moral de los individuos que todavía puedan creer en ella como el eje de sus existencias. Para los lectores que solamente conozcan a Eliodoro Piernavieja Cayado como el ganador de los últimos siete premios otorgados a la inmoralidad más manifiesta en los certámenes organizados por la AEDI, o comúnmente llamada, Asociación Española de Depravados Inmundos, me gustaría ofrecerles una pequeña reseña con el objeto de que puedan sentirse libres para cambiar la errónea perspectiva sobre dicha personalidad fundamental de nuestra época.

12 de enero de 1952. Nace Eliodoro rodeado de meconio, justo el mismo día en que su padre Teodoro intenta batir el récord mundial de esturionismo en horizontalidad. Esturionear es un ejercicio poco convencional y absolutamente repudiado por el Comité Olímpico Internacional, cuyo fin es imitar al esturión mientras se contonea delante de una esturiona ficticia. Por lo tanto, es un deporte masculino en el que no está permitida la participación femenina, ni siquiera como árbitros o jueces, por lo que suele encabezar las listas de actividades machistas que se confeccionan anualmente. Existen tres modalidades de esturionismo: en horizontalidad, en verticalidad y haciendo el pino.

17 de noviembre de 1960. La madre de Eliodoro, Lucrecia, se pierde mientras se dirige de la cocina al aseo. Su cuerpo jamás es encontrado aunque su voz sigue dirigiendo con mano dura la vida de su hijo y de su marido y el correcto funcionamiento del hogar hasta principios de la primavera de 1971, fecha en la cual y, después de varias toses secas francamente preocupantes, deja de volver a escucharse.

23 de abril de 1969. Eliodoro intenta violar a una molécula indeterminadamente indefinida y es puesto a disposición ginecológica por error. Pronto es subsanada dicha confusión y Eliodoro es transferido a una caja de cartón corrugado donde permanece los siguientes cuatro minutos. Al salir de la caja Eliodoro ha cambiado por completo. Ya nunca será ese niño dócil y bondadoso que acariciaba a los gatitos y a los perritos. A partir de ese momento se los comerá, con o sin guarnición de acompañamiento.

9 de febrero de 1973. Eliodoro comienza a trabajar en una neumática de fábricos y pronto es ascendido a encargado de los aseos de los sustitutos de los delegados de los directivos organizadores. Ante tal responsabilidad Eliodoro sufre un ataque de parálisis craneal y es puesto en tratamiento bajo la supervisión de un médico fingidamente calvo y tres enfermeras falsamente desvestidas.

27 de marzo de 1978. Es detenido mientras intenta hacerse pasar por baldosa para espiar a una chica por debajo de la falda. El juez le impone una condena de seis meses de los cuales solo cumple siete y es puesto en libertad bajo una serie de condiciones. Son esa serie de condiciones las que le impulsan a escribir su primer libro Condiciones, abrojos y música extradiegética que se convierte en un éxito de ventas instantáneo.

20 de agosto de 1992. El día de su 40 cumpleaños, Eliodoro se traspasa un muslo. Más tarde se traspasa la pantorrilla. Antes de acostarse se traspasa la rodilla y el antebrazo. Después se duerme. Cuando se levanta al día siguiente se traspasa una oreja (a día de hoy se desconoce qué oreja) y el codo derecho. Tras desayunar se retraspasa el primer traspaso, el del muslo derecho. Y como se siente realmente traspasador vuelve a retraspasar el segundo retraspaso al muslo derecho e intenta traspasar el muslo izquierdo con tan mala fortuna que se le escapa el instrumento traspasador y se traspasa la muñeca izquierda. Como traspasar la muñeca izquierda no estaba en sus planes, sale a la calle cabreado y refunfuñando y traspasa a todos los viandantes que pasan por su lado hasta que es detenido intentando traspasar algo intraspasable y es internado en un manicomio para locos furiosos, coléricos y rabiosos.

30 de septiembre de 1995. Sale del frenopático convertido en un hombre nuevo. Su futuro se antoja radiante. Mientras camina por una calle del centro, uno de sus zapatos sale disparado hacía arriba y acaba atorado entre una antena parabólica y una antena dipolo multi-elemento. Cuando llega a casa escribe su famoso tratado El zapato volador que le abrirá las puertas del elogiado Club de pilotos de zapatos voladores donde acaba siendo ascendido a encargado de los aseos de los sustitutos de los delegados de los pilotos jefe organizadores. Ante tal responsabilidad Eliodoro sufre un segundo ataque de parálisis craneal y es vuelto a poner en tratamiento bajo supervisión tétrica (Nota: Seguramente se trata de un error de transcripción entre los vocablos «médica» y «tétrica»).

1 de enero del 2000. Publica un prospecto promocionando el autoestrangulamiento que es secuestrado por las autoridades competentes.

2 de enero del 2000. Publica un prospecto promocionando el prospecto secuestrado el día anterior, pero es censurado, pisoteado y secuestrado, esta vez por los organismos incompetentes.

3 de enero del 2000. No publica ningún prospecto. Las autoridades competentes no pueden secuestrar nada y deciden reunirse en un prostíbulo.

27 de noviembre del 2002. A los 87 años y a causa del punto blanco muere en su acuario preferido Teodoro, el padre de Eliodoro. A sus exequias acuden políticos, mafiosos y pescaderos al por menor de todo el planeta.

12 de abril del 2012. Eliodoro se compra un bikini. La noticia rápidamente se filtra y es expulsado del Club de pilotos de zapatos voladores, pero algunos días después es aceptado en el AEDI donde en poco tiempo es nombrado encargado de la señora de la limpieza de los aseos de los sustitutos de los delegados de los apoderados de ciertos ejecutivos. De nuevo ante tal responsabilidad Eliodoro sufre un tercer ataque de parálisis craneal que es el definitivo.

15 de abril del 2012. A las 10:30 de la mañana, el alcalde de la ciudad comunica su fallecimiento (el de Eliodoro, no el del mismo alcalde). La gente llora por las calles. La gente llora por los callejones. La gente llora por las avenidas, las plazas y los bulevares. El AEDI lanza un comunicado donde implora su santificación. La Iglesia lo entiende como una blasfemia. Por la tarde se reúnen en la calle para pegarse algunos miembros del AEDI y varios curas exaltados. El resultado es incierto.

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Email del 22 de otubre 2018

Michael Sowa. Diving pig (Unknow year)

Querida:
¡Me encanta que me tilden de anhedónico! Yo mismo me diagnostiqué de esa incapacidad a los 15 o 16 años. Podría haberme evaluado de otra manera, como por ejemplo esquizoide en prácticas o pedisueco depresivo reconcomido y penitente, pero me decidí por la anhedonia porque hasta ese instante nunca había sido feliz. Bueno, la verdad es que sigo sin serlo, y todavía continúo sin entender a los que se califican de esa manera. Un ser feliz, si es que realmente existe alguno, nunca iría por ahí proclamando su alegría. Los únicos que pregonan lo que de verdad sienten son los que no creen en ese estado de ánimo. Por esa razón escribo este adminiculado -y debería decir también que apendiculado- texto. Y porque el tinnitus, que padezco desde hace décadas, no me permite conciliar el maldito sueño. ¡Sí! ¡Vale! ¡Me considero el adalid de la resignación y del autojorobamiento! No lo voy a negar. Pero eso no quiere decir que necesite la bendición de todos los que puedan leer este texto -con gafas o sin ellas-, sobre todo porque me importa una mierda nihilomaga lo que pueda pensar de mí cualquier forma de vida que no posea mi cerebro y mi cuerpo o que mantenga a la totalidad de sus cuentas bancarias escasamente sodomizadas. La existencia, tal y como la hemos (re)diseñado, es decir, nóumena, azuzona y resquemada, no tiene sentido alguno. Por lo menos yo no se lo puedo encontrar. Y en parte me alegro. Quiero decir… He conocido cantidad de tipos y tipas que se levantaban y acostaban morreando con lengua a la vida (¿se puede morrear sin lengua?). ¡Ahora están muertos! ¿Sabes lo duro que puede ser para un mescalinoso ambiguo (AKA positivista desorientado) darse cuenta de repente de su terrible equivocación? Sin embargo, a la gente de mi calaña, que vemos todo tan negro como la canción de los Rolling Stones, y que estamos preparados para afrontar las verdades resquemadas sin sentir un atisbo de grandeza subliminal recorriendo nuestras espinas dorsales, lo único que nos puede avasallar es… ¿Qué es? Porque no se me ocurre nada. Pero nada de nada. Y me gustaría ser capaz de llegar a alguna conclusión. Y no esta maldita oclusión mental que me aprisiona justo en estos momentos en que debería ser capaz de proclamarme el nictógrafo más mezquino y cínico salido de una incubadora neonatal marca Dräger. 
Hace años me introduje cinco centímetros de un lápiz por la nariz. Quería llegar hasta el cerebro, pero lo único que conseguí fue que se me quedara atascada la goma de borrar entre el seno esfenoidal y el epitelio columnar de las amígdalas faríngeas. Tuvieron que operarme en siete ocasiones. Quizá te preguntes por qué razón hice esa imbecilidad. Trataré de contestarte: porque me apetecía. Todo lo que hago, lo hago porque me apetece. Y porque soy dueño de mí mismo. Y porque quiero despilfarrar eso que algunos llaman «libertad individual». Y porque también soy dueño de lo que no hago. Y de lo que puede que haga alguna vez si encuentro al público apropiado.
G

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Email del 20 de octubre 2018

Cyril Mann. Ecce Homo (1978)

¡Eh, tú!:

Creo que mi sinecura como amanuense acoquinado está tocando a su fin. Supongo que después de interpretar multitud de papeles durante 56 años, debería dedicarme a sacar a flote el último y quizá más importante de todos: el de anciano clueco y decrépito. ¡Pero me niego! No voy a preparar ningún puto papel. Lo único que me apetece preparar es estos instantes de mi vida es una orgía. Así que ahí te quedas con tu jodida nefrolitiasis. Yo voy a presentarme al casting para un gangbang gerontológico. Y si después todavía me quedan fuerzas me presentaré al casting para un boybang gerontológico. Y si después mi corazón no da signos de desgaste me presentaré al casting para un bukkake gerontológico. Y si después todavía me queda semen en el epidídimo lo donaré a cualquier banco de esperma (¿gerontológico?), y lo que sobre lo venderé para que se fabriquen cosméticos y colonias de gama baja, gerontológicas supongo. Los añosos menesterosos también tienen derecho a oler bien.

Está hasta las pelotas del maldito coitocentrismo,

Greg (El empotrador aherrojante)

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Email del 19 de octubre 2018

Franz Marc. The dream (1912)

Querida:

¡Qué suerte tienen las Turritopsis! Son casi inmortales y no necesitan justificar su paso por esta vida. Yo no soy una medusa, sino un tipo que intenta escribir mejor cada día. El problema es que cada uno de esos días es un infierno. Y no lo digo por los dolores de parto inherentes a la creación artística, sino por la mala suerte que arrastro desde el 14 de enero de 1962 y que se incrementó de forma exponencial a partir de 1986, año en que tomé conciencia en lugar de seguir tomando absenta, orujo, tequila o mezcal. ¿De qué diantres tomé conciencia? Supongo que de infinidad de cosas. Y creo que ese fue el verdadero problema, el punto de inflexión, pues a partir de ese instante empecé a caminar de una manera retorcida, casi doblada. El peso de todas esas (demasiadas) cosas me impedía recuperar la verdadera y exitosa verticalidad de la que hacía gala hasta entonces. Pero también comencé a tener sueños engurruñados, plisados y circunscritos. Algunas de esas pesadillas ya las conoces, pues te las he contado en numerosas ocasiones. Otras las he escrito en este mismo blog, quizá un poco tamizadas para no herir demasiadas sensibilidades. ¡Hay tanta gente excesivamente susceptible!

Pero hoy es un día especial. Y es especial porque a falta de días realmente especiales he decidido que hoy fuera una jornada especial. Por esa razón voy a transcribirte el sueño que tuve ayer sin ninguna clase de autocensura. Y lo que es más importante, sin publicidad antes, durante o después de la narración de dicha alucinación desasosegante. Para hacer más sencilla la redacción, y sobre todo, para mantener la tensión hasta el final, voy a escribirlo en primera persona y utilizando el tiempo presente.

«Estoy intentando introducir la cabeza en la vagina de una prostituta cuando, de repente, cae el telón y el público aplaude entusiasmado. Está claro que ambos, la furcia y yo, somos actores y la vagina es de goma o látex. Saludamos al público y nos retiramos. Pero como soy actor hasta la médula, me marcho con unos sublimes movimientos cuasigallináceos que estremecen al director de la obra que observa todo desde una esquina. Cuando estoy a punto de entrar al camerino, el director me regala una víscera de fibra sintética, seguramente tergal o rayón, y me pide matrimonio. En ese momento mi hiperheterosexualidad estalla como los frutos del árbol del habillo, y le clavo la víscera de tela en el ojo derecho, con tan mala suerte que se le queda incrustado un minúsculo filamento entre la conjuntiva y la esclerótica que le produce un cáncer fulminante y terminal que acaba con su vida antes de que me de tiempo a desmaquillarme.»

A partir de ese momento el sueño pierde el sonido y continúa durante unos minutos como el cine mudo, por lo que no me entero de nada, pero en cuanto se corrige el error me despierto y tengo que correr al aseo. La hiperplasia benigna de próstata, ya sabes. Vuelvo al catre e intento concentrarme a ver si soy capaz de reanudar la misma pelícu…, quiero decir, el mismo sueño, pero en cuanto entro en fase REM todo resulta muy diferente…

«Una mujer está intentando meter la cabeza por mi uretra cuando de repente cae el telón y el público nos abuchea. Está claro que somos actores porno y mi uretra es demasiado estrecha para el cabezón (talla 62) que se gasta la individua. Salimos disparados por la puerta de emergencias antes de que los espectadores logren lapidarnos. Intento coger un taxi, pero ninguno quiere parar, quizá porque llevo la pilindrina fuera. Me la meto con la discreción de una alcahueta y enseguida paran 94 taxis. Cuando me decido por uno vienen corriendo 94 personas y me dejan sin transporte. Vuelvo a levantar la mano para detener otro, pero lo único que consigo es que la gente que camina por la calle note la mancha blanca dejada por el desodorante en mi axila. Avergonzado la emprendo a zapatazos con mis sobacos hasta que en un momento dado regresan los 94 taxis y me exigen que pague la cuenta. En ese momento me despierto aterrorizado y no me queda otra opción que llamar a El Teléfono de la Esperanza y pedir que me envíen cuatro señoritas esperanzadoras.»

Greg

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Email del 18 de octubre 2018

Piet Mondrian. White rose in a glass (1921)

Querida amiga:

¿Qué es un contrarrecipiente? Conozco el significado de contraventana, contraindicación, contraataque, contraluz o contracultura. Claro que si me esfuerzo un poco es posible que pueda recordar dos o tres vocablos más con el prefijo «contra», pero mi cerebro es incapaz de asimilar un despropósito como el que protagoniza la pregunta que abre este texto. Y esa ilusión fonética, un contrarrecipiente, es lo que me gritó que me iba a lanzar un abuelo de unos 92 años cuando me pilló podando una rosa blanca que sobresalía hacia la calle desde su minúsculo jardín hace unos pocos días. Al verme acorralado yo le respondí que si él me tiraba un contrarrecipiente yo le pegaría una contrapatada a la integridad estructural de sus contracojones decrépitos. Después le arrojé la jodida flor por encima de la papada que le rodeaba casi por completo la contracabeza y me alejé de ese vejestorio contraamargado y de sus pliegues carunculados. Mientras me largaba tuve que aguantar algunos berridos insultantes sobre mis muertos y sus mascotas, así que decidí darle una lección que no olvidara nunca. Dejé pasar 11 minutos y salté la valla por la parte trasera. Como le pillé totalmente desprevenido no pudo usar su mortífera arma en forma de cachava de madera de abedul sobre mi rozagante cuerpo. Una vez lo tuve bien atado a la pata de una mesa, abrí un libro inexistente sobre buenos modales y estuve cerca de cinco horas enseñándole educación, cortesía y afabilidad. Cuando creí que se había aprendido de una manera aceptable el tema, le puse un examen sorpresa, pero solo fue capaz de sacar un 5. Te juro que estuve a punto de suspenderle el parcial y dejar que recuperara la asignatura en septiembre, pero al final le solté un par de sopapos muy cerca de donde se suele situar la próstata y me largué bailando una versión muy personal de El lago de los cisnes.

Una vez en casa me dediqué a contraproseguir con la lectura del libro que me tiene chiflado y cuyo título Trapalones a trompicones continúa fascinándome. Su autor, Grig Lop Prez (pronunciado Griag Lap Praiz) asegura, entre otras muchas cosas, que si toda la población mundial en edad de tener orgasmos, tuviera uno al mismo tiempo, no pasaría absolutamente nada, simplemente habrían tenido un orgasmo en comandita ecuménica o internacional. Pero si en lugar de tener un orgasmo sincronizado, tuvieran dos orgasmos consecutivos (simultaneados), toda la población planetaria exigiría afectitos postculminatorios urgentes. Y si en lugar de dos orgasmos tuvieran una serie de 17 orgasmos continuados, por supuesto a nivel total, general y universal, el planeta se convertiría en una gran cueva de lujuriosos lascivos hedonistas concupiscentes y entonces él, Grig Lop Prez (pronunciado Griag Lap Praiz), cuya animadversión por la obscenidad y el libertinaje es mítica, se tendría que largar a residir a Ganímedes, Calisto o S/2003 J 2.

(Más tarde)
Recuerdo a mi padre. Y recuerdo su aforismo favorito: «¡Recontracojones dijo la marquesa poniendo las bragas sobre la mesa!». Como podrás observar no era un gran intelectual. Un día que intenté corregirle manifestando que no eran bragas sobre la mesa, sino tetas, es decir, pechos, senos o protuberancias voluminosas, se sintió tan ofendido que intentó tirarme por la ventana. En aquella época vivíamos en un octavo piso. Más tarde se disculpó, pero ya no había vuelta atrás, pues lo había denunciado a los maderos, a los picoletos y al cuerpo de defensores de afrentas intergaláctico. Cuando se enteró de mi traición consanguínea y colateral, volvió a intentar tirarme por la ventana, pero con tan mala suerte que fueron él y un benemérito que padecía tendinitis, bursitis y osteoartritis quienes cayeron y se hicieron añicos. Dicen los médicos que los atendieron que las últimas palabras de mi padre fueron «¡Bragas sobre la mesa!» y las del guardia civil «¡Traedme el águila ahora mismo. Quiero besarla!».

(Mucho más tarde)
Mi idea en estos instantes es introducir el pene húmedo en cualquier enchufe de la luz y producir un cortocircuito. Sé que esa estúpida acción puede llegar a resultar mortal y que la factura del electricista también puede llegar a ser mortal, pero necesito demostrarme que soy capaz de poner en práctica todo lo que se me pasa por la chola. No me preguntes la razón, porque ni yo mismo la conozco. Quizá quiero palmarla electrocutado mientras me descojono de mi salvaje ocurrencia, o simplemente que se hable durante años de mi minga impecablemente carbonizada. Lo único que me molesta de mi repentina idea es que justo ayer compré cinco calzoncillos boxer en algodón elástico de punto sencillo y logos en la cintura de la marca Hugo Boss.

Greg

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Email del 17 de octubre 2018

Leah Saulnier. Bullshitter (Unknown year. Ni falta que hace)

«Siempre recordaré con nostalgia… ¿Nostalgia, yo?
Siempre recordaré con cariño… ¿Cariño? ¡Qué cojones es eso!
Siempre recordaré…»
(Adagio de los depravados. Versos 78-79-80)

Me gusta vivir entre vacas. Las prefiero a la mayor parte de humanos. Pero también me lo paso en grande rodeado de perros, gatos, cerdos, cabras, ovejas, velociraptores de plástico fabricados en China o Taiwan, armarios roperos empotrados, sandalias gladiadoras sin pies en el interior, mucosidades alienígenas esputadas con precisión, prospectos troceados y supositorios de glicerina. ¡Y guillotinas! Nadie necesita que le recuerde que está aquí, en esto que llamamos existencia, porque sus padres, y antes los padres de sus padres, intentaron obtener un poquito de placer de un jodido y rápido polvo. Claro que entonces quizá no se denominaban así. Para ellos significaba amor puro y duradero, semejante al que representan un par de alianzas de oro con incrustaciones de piedrecitas refulgentes parecidas a las que intenta vender el canal Galería del Coleccionista. Yo colecciono desacuerdos, emociones tiroteadas, fluidos corporales repletos de virus, vacilos y gérmenes, inmundicias amarillentas poco o nada compactadas.

«Hecho de menos acariciarte… Jajajaja. ¡Esa si que es buena!
Hecho de menos oler tu piel y beber de tu boca… Sinceramente, yo prefiero oler y beber mistela.
Hecho de menos…»
(Adagio de los depravados. Versos 189-190-191)

Adoro oler el estiércol. El estiércol que producen las vacas. Lo prefiero a oler el de los humanos. Pero también me lo paso en grande olisqueando el de perros, gatos, cerdos, cabras y ovejas. Me recuerda que en otra vida cagaba. ¡Sí! ¡Qué lejos queda todo aquello! No me refiero al hecho de defecar, sino a todo lo que implicaba tener que comportarse como un invento fallido. Como un conjunto peligrosamente equilibrado de sensaciones enfermizas a punto de detonar. En otras palabras, como un individuo nacido de madre. Supongo que cualquiera que lea este texto será capaz de distinguir -o por lo menos definir en su correcto significado- el vocablo «individuo». Tampoco es algo que me quite el sueño, sobre todo porque soy insomne. Gracias a ese padecimiento podré salir de la cárcel en trescientos o cuatrocientos años a lo sumo, cuando vierta los restos de un bukake antiguo y muy concurrido en la planta potabilizadora de la ciudad donde vivo. ¡Porque yo vivo! ¡Yo vivo! Aunque si lo que creo que es vivir es vivir, debería pensar en morir y morir. Dos veces, es decir, doble acción, seguridad máxima.

«Me gusta ver rielar a las margaritas… ¡A mí pisotearlas!
Me gusta sentir las sonrisas de los niños… ¡Piensa que esos niños crecerán y se convertirán en alcahuetes y psicópatas!
Me gusta…»
(Adagio de los depravados. Versos 234-235-236)

P.D.
¿Salir a la calle con un polar sin camiseta debajo es de guarros, miserables o inadaptados? ¿O incluso de depravados?

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