 |
| Michelangelo. Two figures (XV-XVI cent) |
Querida:
Últimamente, cada vez que intento escribir algo necesito la ayuda de las malditas musas. Sin embargo, cada vez que trato de invocar a alguna aparece la versión ibérica de una Leanan sídhe que me aterroriza. Por esa razón he decidido prescindir de cualquier clase de asistencia numinosa. De ahora en adelante me sentaré frente al ordenador hasta que alguna jodida historia aparezca. Sí, ya sé, quizá te preguntarás cómo estoy tan seguro de que esas apariciones son versiones españolizadas de las hechiceras galesas pertenecientes a la raza de los Aos-Sí. Pero la respuesta es tremendamente sencilla: porque el hada siempre lleva puesta una peineta valenciana, e incluso en ocasiones, un delantal fallero.
En mi barrio existen multitud de anécdotas. Supongo que como en todos los barrios. Unas pocas son ciertas, aunque la mayor parte no son más que embustes manufacturados. Dos de esas historias pertenecientes al primer apartado tratan sobre un par de tipos raros que hace décadas pulularon por las calles vecinales y a los que tuve la suerte de conocer.
La primera trata sobre «El hombre que no podía dejar de caminar», y aunque los hechos sucedieron hace casi 30 años, algunos vecinos todavía hablan de él con la ayuda de unas cuantas cervezas. Yo trataré de contarte la verdad, o por lo menos, la verdad que yo viví en aquella época. Fueras donde fueras y hablaras con quien hablases siempre surgía el mismo tema…
-Federica, mira, es el hombre que no puede dejar de andar.
-Ya conozco la historia ¿No te creerás esas estupideces, verdad?
-Federica, es verdad. Ese pobre hombre tiene un problema muy serio con el corazón y el médico no le permite parar. Si alguna vez para de andar su patata dejará de bombear y la palmará.
-¿Patata?
-Federica, patata es corazón.
-¿Mujer, quieres decirme que duerme por las noches andando?
-Federica, es verdad. Todo el mundo lo sabe. Camina día y noche. No se detiene nunca. Josefa Martín, ¿sabes quién es la Josefa, no?, pues la Josefa lo ha visto comer caminando y mi hijo hace unas semanas lo vio orinando mientras andaba. Dice que se la sacó por un lado y como si fuera un perro…
-¡No me digas!
-Federica, como te lo cuento. Aunque hay quien dice que sí que se detiene para dormir. Dicen que tiene una máquina a la que se conecta seis horas por las noches. Una máquina carísima que paga su mujer puteando con hombres.
-¡Eso ya lo veo más lógico!
-Federica, ¿ves más lógico que su mujer fornique con hombres?
-Noooo. ¡Válgame Dios! Me refería a que es más lógico que tenga una máquina que le…
-Federica, ¡pero lo de mear y cagar andando es verdad!
-¿Cómo? ¡No me dijiste que también hacía popó mientras caminaba! Solo que orinaba…
-Federica. ¡A ver si espabilas!
Un día soleado. Lo recuerdo como si fuera ayer. Caminaba por una acera meditando sobre los secretos y las propiedades de la achicoria cuando me fijé en que «El hombre que no podía dejar de caminar» venía en dirección contraria y que, a menos que uno de los dos variase su rumbo, no tardaríamos en cruzarnos. Cuando estaba a poco más de cuatro pasos, varió el ángulo de sus pisadas y se dirigió hacía mí. Se plantó justo delante y entonces… ¡ambos nos detuvimos!
-Hola, perdone que le moleste. ¿Tiene un par de minutos? Me gustaría hacerle unas preguntas -su voz sonaba débil pero era bastante agradable.
-Claro que sí. ¡Dígame!
-Ah, veo por la cara de asombro que pone, que usted también es de los que se creen esa historia que cuentan sobre mí.
-No, yo… yo…
-No se preocupe. Todo el barrio la cuenta. Y lo que es peor, ¡se la creen! Como verá estoy parado y no me sucede nada.
-Sí. Cierto, pero yo… yo…
-Bueno. Lo que quería preguntarle… Alguien me dijo que usted mantiene y cría serpientes, ¿no es así?
-Sí. Trabajo en el zoo, en la sección de reptiles…
-Me fascinan las serpientes. Por eso le he parado. Me gustaría tener una.
-Bueno, no hay ningún problema. Yo puedo conseguirle una. ¿Me permite una pregunta?
-Claro que sí. ¡Pero déjeme adivinarla! A usted le interesa saber cómo comenzó todo eso de que yo no podía dejar de caminar, ¿verdad?
-¡Sí!
-¿Sabe por qué camino a todas horas? Porque me gusta caminar. No existe nada en el mundo que me proporcione más placer y felicidad. Por eso, siempre que puedo lo hago.
-Comprendo. Creo que he hecho una pregunta idiota…
-No existen las preguntas idiotas. Recuérdelo siempre…
Al final intercambiamos los números de teléfono -entonces no existían los móviles- y con el tiempo nos hicimos buenos amigos. Fernando, que es como se llamaba, murió hace 12 años debido a una peritonitis. Dos semanas después de su entierro escuché la siguiente conversación en la puerta de una verdulería…
-Federica. ¡La espichó! Al final la espichó. Paró durante un minuto a atarse los zapatos y su patata petó.
-¡Jolines! Entonces era cierto. ¡No podía parar de andar!
-Federica, ya te lo había dicho.
-Pero, ¿quién le ataría los zapatos en las ocasiones anteriores?
-Federica, nunca llevaba zapatos, sino mocasines. Ese fue el primer día que se puso zapatos. Y mira como acabó.
-¡La virgen!
-Federica, se los regaló su mujer a quien a su vez se los había regalado un representante de calzado a cambio de ciertos servicios anales.
-¡Servicios anales! ¡Me tiemblan las piernas! ¿Entonces tú crees que…?
-Federica. ¡A ver si espabilas!
La segunda historia es sobre «Ento-encia» que es como llamaban a un pobre chalado que no se metía con nadie. Ento-encia era un tipo diferente. Nunca pronunciaba ninguna palabra que no fuese «¡Ento! ¡Encia!». Obviamente por eso lo llamaban de esa manera, aunque su nombre verdadero era Aniceto. Este buen hombre con cerebro de niño a menudo solía sentarse con la gente en las terrazas de los bares y escuchaba atentamente sus conversaciones. Cuando algo le parecía gracioso o reprochable se levantaba como si fuese un resorte nuevo y gritaba «¡Ento! ¡Encia! ¡Ento! ¡Encia!» hasta que alguien lo tranquilizaba diciéndole a su vez «Si, Aniceto. ¡Ento! ¡Encia!».
En 1987 tuve que ausentarme de Benimaclet durante un año por motivos profesionales. Cuando regresé me pareció extraño no coincidir nunca con Aniceto. Un día le pregunté a un amigo por él y me contó todo lo que había sucedido en mi ausencia. Resulta que Aniceto cada día se comportaba más imbécilmente y empezaba a resultar un incordio. Cierta jornada matinal, mientras estaba escuchando la conversación de unos albañiles, se puso realmente histérico y no paró de gritar su mantra favorito «¡Ento! ¡Encia! ¡Ento! ¡Encia!» durante casi una hora. En cierto momento, uno de los albañiles, harto del espectáculo, se levantó cabreado, lo cogió por lo hombros y le gritó «¡AyuntamiENTO de ValENCIA!. En ese mismo instante, Aniceto sufrió una transformación y se convirtió en una persona normal, pero no sin antes saltarle al cuello al albañil y cubrirlo de abrazos y besos mientras le daba las gracias. Según contó Aniceto cuando se tranquilizó, un bedel del Ayuntamiento de Valencia le había echado un conjuro cuando él tenía 14 años y desde entonces… Bueno, ya sabemos lo que sucedía desde entonces. A partir de ese momento Aniceto desapareció del barrio y nunca más se supo de él.
Supongo que en un futuro cercano cogeré ambas historias y las trabajaré para conformar, junto a otras parecidas, un libro de cuentos sobre tipos raros del barrio o algo parecido. No sé. A veces creo que soy capaz de escribir cualquier cosa, pero otras siento que debería dejar de perder el tiempo y dedicar mis horas libres a otros menesteres… como por ejemplo…
G