octubre 2018

Email del 4 de octubre 2018

Francisco Ibañez. Mortadelo y Filemón (siglo XX d. C.)

Hola:

¿Cuándo comenzaron los picores? Es imposible fijar una fecha, pero estoy convencido de que fue por la misma época en que conocí a Dorotea Alcarria. En realidad se llamaba Gemma, pero escondía tantas cosas -y todas realmente execrables- que no podía ir por la vida con su verdadero nombre. Aquello hubiera sido como caminar desnuda por una plaza abarrotada de comercios textiles y, si en algo destacaba era en saber permanecer en un segundo plano para que solo los elegidos pudieran notar su presencia. Cuando ella desapareció de mi vida, esta comenzó a mejorar y los picazones desaparecieron como por arte de magia. Pero en realidad no quería perder ni un jodido segundo escribiendo sobre esa cobarde algolágnica activa sádica, aunque era necesario como introducción a lo que realmente quiero demostrar. ¿Recuerdas la novela sobre dos asesinas nictofílicas que escribí hace años? Piensa. Intenta estrujarte un poquito la sesera, ¡coño! ¿Cómo se llamaban las dos psicópatas protagonistas? ¡Bingo! ¡Dorotea y Gemma!

Ahora recuerda el capítulo 22. En él las homicidas intentan deshacerse del cuerpo de su última víctima, el fabricante de ropa interior femenina -arriesgada y atrevida- que intentó seducirse a sí mismo, causando el desconcierto y la furia homicida de Dorotea al sentirse rechazada. Recuerda que antes de despedazar el cadáver, Gemma entona el cántico persa utilizado por los antiguos persas -para santificar los desmembramientos- que le enseñó un tipo persa en una reunión de tipos persas organizada para traficar con dinero persa falso, en el barrio persa situado a las afueras de Mislata. 

GEMMA: (canturreando) Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah!
DOROTEA: ¡Quieres dejar de hacer el iraní de una puta vez y ayudarme un poco! Me está costando un montón extraer el epiplón gastroesplénico.
GEMMA: Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah!
DOROTEA: ¡Gem! ¡Ven aquí! Coge ese extremo y saca el páncreas de la bolsa omental, por favor. Mientras, yo seccionaré el mesosigmoides.
GEMMA: Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! Huma, huma, huma. ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah! ¡Ha-ra-lah!

¡Perfecto! Creo que ya sabes exactamente lo que quiero expresar. Si es así, te rogaría que te apiades de mí y me lo dijeses, porque no tengo ni puta idea de qué cojones va este texto. Solo sé que me recuerda a Mortadelo y Filemón. Y yo lo que deseo es escribir La tempestad 2.

Greg Ibañez

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Email del 3 de octubre 2018

David Alfaro Siqueiros. The good neighbor (1951) 

Me costó varios años de duros ensayos, pero al final fui capaz de imitar la voz femenina a la perfección. ¡Y todo para no aburrirme tanto! Pero creo que voy demasiado rápido y es posible que no entiendas a qué me refiero. ¡Es tan simple! Puede que hasta parezca algo infantil o enfermizo, pero me ha producido tantas y tantas risas. Y dicen que una carcajada equivale a un microinstante de felicidad. Imagina que son las dos de la noche, estás durmiendo plácidamente y, de repente y a un volumen realmente elevado, escuchas por el deslunado una voz de mujer excitada gritando «¡Ahhh, cómo me gusta que me toques el conductooooo, corazóoooon!» o «¡Ahhh, eres el que mejor me hace el malditooooo besooooo negrooooo, cariñooooo!». Lo importante de la broma no es el placer y el descojono que me pueda provocar en esos momentos, no. Ni siquiera que el lenguaje usado pueda recordar a uno de esos relatos porno que publicaba la revista Playboy. Lo realmente trascendente es lo que suele suceder al día siguiente cuando los vecinos y las vecinas comentan el suceso totalmente indignados y se preguntan quién fue la (¿concupiscente?) que les despertó (y que les puso a cien). Es en ese instante cuando se puede decir que la broma ha triunfado.

Claro, que en ocasiones es preferible sustituir el barriobajerismo pseudoninfomaniaco por la enfermedad angustiosa o casi mortal. Y la voz femenina por la masculina. Ya sabes: son las dos de la noche y bla, bla, bla. De repente una voz de hombre grita dolorido «¡Me duele muchooooo la fisuraaaaa anaaaaal! ¡Mierdaputaaaaaa!» o «¿Por qué me molestaaaaa tantooooo cuando meooooo? ¡Cagondiooooos!». Pero bramar esas insensateces con mi voz hubiera sido como admitir delante de la vecindad que estoy enfermo y necesito ser encerrado en algún húmedo sótano estatal lo más rápidamente posible. Por esa razón cambié el tono y la musicalidad de mi maravillosa voz e imité al residente de la puerta 8. Al día siguiente todos los dedos acusaron a ese pobre tipo, su mujer recogió todos sus bártulos, a sus cuatro hijos y a los dos perros y se largó a casa de su amante mientras la Policía lo fichaba por marraneo y escándalo público. Eso ocurrió hace casi dos años. Dos semanas después de que me hiciera pasar por vecina hipersexual.

Nunca sentí remordimientos. Ni siquiera nada parecido a un pequeñísimo sentimiento de inquietud por haber separado una pareja que hasta ese momento actuaba como si se llevara fenomenalmente. Pero dejé que pasaran un par de meses y una noche calurosa de junio volví a las andadas. Esta vez imité el roznido de un burro libidinoso francamente apesadumbrado, pero cometí varios errores fonéticos y los vecinos creyeron que eran truenos. Después de ese fallido intento dejé las candongas, las carabas y las cuchufletas totalmente y me convertí en el tío aquiescente, serio y garante que soy ahora.

Greeeeeg

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Email del 2 de octubre 2018

Ellsworth Kelly. Black and white from the series line form color (1951)

-Escúpeme a la cara, pero por favor, antes enjuágate la boca con agua y después utiliza el colutorio durante dos minutos. No olvides que hace media hora te zampaste un cruasán de chocolate. 
-Si de verdad quieres que te escupa tendrás que joderte. No pienso limpiarme la boca para que tú alcances un orgasmo.
-¿Quién te ha dicho que tengo un orgasmo cada vez que me escupes? La mayor parte de las veces finjo. ¡He conocido a tanta gente que escupía mejor que tú! ¡Pero si no sabes ni apuntar!
-¿Sí? Pues entonces te va a escupir tu p…
-¡No lo digas! ¡Cállate! ¡No me hagas daño! ¡No me hagas daño!

El diálogo anterior es completamente verídico. Lo escuché pegando la oreja a la puerta del vecino de mi psiquiatra hace 35 años. No ha pasado ni un solo día en que no le dé vueltas en la cabeza. Se supone que ambos, dos hombres, eran amantes y disfrutaban plenamente…

-¿Haciéndose daño? ¿Eso es lo que vas decir? Por ser una pareja masculina ya no pueden comportarse de una forma racional, ¿no es así? ¡Eres un maldito homófobo! ¡Deberían comprimirte!
-¿Quién cojones eres tú? ¿Cómo te atreves a interrumpir mi narración? ¿Eh? ¡Hay alguien ahí?

Debo habérmelo imaginado. No estoy bien. Proseguiré. Decía que ambos, dos hombres, eran amantes y disfrutaban plenamente. ¡No! Malsanamente es la palabra adecuada. Ambos disfrutaban de forma malsana su relación. Solo ese vocablo definía cada una de las frases que salían de sus bocas.

-¿Sabes lo que te digo? Ya no quiero que me escupas en la cara. A la mierda. Puedes irte a la mierda y no volver hasta que crezcas un poco. ¡Estás tan verde todavía!
-No pensaba escupirte en la cara, ¡imbécil! Siempre he odiado tener que fingir que me gustaba obedecer tus jodidas órdenes. 
-No comprendo cómo te he aguantado hasta hoy. Pero lo nuestro se ha terminado. C’est fini.
-Perfecto. ¡Menuda pareja! Siempre haciéndonos…

-¿Daño? ¿Eso es lo que vas a poner en la boca de uno de esos tipos que según tú era una pareja de gays ochenteros pero que te estás inventando ahora mismo para poder escribir uno de tus putos y horribles emails? ¡Emails a una amiga? Menuda tontería. ¡Ni que fueras Antonio Gala!
-¿De nuevo inmiscuyéndote en mis asuntos? ¿Pero quién narices eres? ¿Por qué me haces esto? ¡Contesta! ¿Otra vez desapareciste? ¡Maldita voz hija de puta y cobarde!

-Perfecto. ¡Menuda pareja! Siempre haciéndonos daño. Debería convertirme en heterosexual. 
-¡Pues hazlo! ¡Hazlo! La última vez que escupiste a una tía te tuvieron que inyectar penicilina. O por lo menos eso es lo que me contaste. ¡Mentiroso! ¡Maldito mentiroso!
-Es verdad. Sucedió cuando tenía 16 años. Desde ese día nunca he vuelto a escupir a otra mujer.
-¡Pero lo has pensado! ¡Te conozco!
-Sí! Lo he pensado, pero ¿y qué? Nunca lo he hecho porque te…

-¿Quiero? ¡Menuda cursilada! Deberías dedicarte a escribir imbecilidades. No sirves para ponerte profundo. Me dan ganas de llorar y así lo haría si no fuese una voz…
-Una voz de mierda. ¡Ya no volverás a interrumpirme! Me acabo de tomar 36 paracetamoles, 29 sobres de Almax y 75 dolalgiales. Moriré, sí, pero por lo menos te enviaré a donde perteneces. Pero hasta que los primeros dolores de estómago comiencen…

-Nunca lo he hecho porque te quiero. ¡Te quería! Escupirte, y esto es algo que quería decirte desde hacía tiempo, ya no me pone. ¡No me pone! En realidad ya no me pones. Lo único que verdaderamente me excita es cantar canciones de Ana Belén mientras imito a las manecillas de un  rel…

-¿Unas manecillas? Creo que el coctel de pastillas te empieza a hacer efecto…
-¿Otra vez tú?

-¿Cantar canciones de Ana Belén mientras imitas a unas manecillas? Tú no eres el tipo del que me enamoré. ¡Un demonio se ha metido dentro! ¡Un demonio se ha metido dentro! 

-Sí. ¡Otra vez yo! Pero la última. Te estás muriendo. Me gusta sentir como la vida se escapa por tus ojos. Da sentido a mi (no) vida. A mi voz. A mí (sí) voz. A la voz que solo existe porque tú quieres que exista. Te vas. Te vas. ¿Notas cómo te desvaneces? ¿Puedes sentir cada músculo…?

-¡A la puta mierda el texto! ¡Joder!

Greg

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Email del 1 de octubre 2018

Michelangelo. Two figures (XV-XVI cent)

Querida:

Últimamente, cada vez que intento escribir algo necesito la ayuda de las malditas musas. Sin embargo, cada vez que trato de invocar a alguna aparece la versión ibérica de una Leanan sídhe que me aterroriza. Por esa razón he decidido prescindir de cualquier clase de asistencia numinosa. De ahora en adelante me sentaré frente al ordenador hasta que alguna jodida historia aparezca. Sí, ya sé, quizá te preguntarás cómo estoy tan seguro de que esas apariciones son versiones españolizadas de las hechiceras galesas pertenecientes a la raza de los Aos-Sí. Pero la respuesta es tremendamente sencilla: porque el hada siempre lleva puesta una peineta valenciana, e incluso en ocasiones, un delantal fallero.

En mi barrio existen multitud de anécdotas. Supongo que como en todos los barrios. Unas pocas son ciertas, aunque la mayor parte no son más que embustes manufacturados. Dos de esas historias pertenecientes al primer apartado tratan sobre un par de tipos raros que hace décadas pulularon por las calles vecinales y a los que tuve la suerte de conocer.

La primera trata sobre «El hombre que no podía dejar de caminar», y aunque los hechos sucedieron hace casi 30 años, algunos vecinos todavía hablan de él con la ayuda de unas cuantas cervezas. Yo trataré de contarte la verdad, o por lo menos, la verdad que yo viví en aquella época. Fueras donde fueras y hablaras con quien hablases siempre surgía el mismo tema…

-Federica, mira, es el hombre que no puede dejar de andar.
-Ya conozco la historia ¿No te creerás esas estupideces, verdad?
-Federica, es verdad. Ese pobre hombre tiene un problema muy serio con el corazón y el médico no le permite parar. Si alguna vez para de andar su patata dejará de bombear y la palmará.
-¿Patata?
-Federica, patata es corazón.
-¿Mujer, quieres decirme que duerme por las noches andando?
-Federica, es verdad. Todo el mundo lo sabe. Camina día y noche. No se detiene nunca. Josefa Martín, ¿sabes quién es la Josefa, no?, pues la Josefa lo ha visto comer caminando y mi hijo hace unas semanas lo vio orinando mientras andaba. Dice que se la sacó por un lado y como si fuera un perro…
-¡No me digas!
-Federica, como te lo cuento. Aunque hay quien dice que sí que se detiene para dormir. Dicen que tiene una máquina a la que se conecta seis horas por las noches. Una máquina carísima que paga su mujer puteando con hombres.
-¡Eso ya lo veo más lógico!
-Federica, ¿ves más lógico que su mujer fornique con hombres?
-Noooo. ¡Válgame Dios! Me refería a que es más lógico que tenga una máquina que le…
-Federica, ¡pero lo de mear y cagar andando es verdad!
-¿Cómo? ¡No me dijiste que también hacía popó mientras caminaba! Solo que orinaba…
-Federica. ¡A ver si espabilas!

Un día soleado. Lo recuerdo como si fuera ayer. Caminaba por una acera meditando sobre los secretos y las propiedades de la achicoria cuando me fijé en que «El hombre que no podía dejar de caminar» venía en dirección contraria y que, a menos que uno de los dos variase su rumbo, no tardaríamos en cruzarnos. Cuando estaba a poco más de cuatro pasos, varió el ángulo de sus pisadas y se dirigió hacía mí. Se plantó justo delante y entonces… ¡ambos nos detuvimos!

-Hola, perdone que le moleste. ¿Tiene un par de minutos? Me gustaría hacerle unas preguntas -su voz sonaba débil pero era bastante agradable.
-Claro que sí. ¡Dígame!
-Ah, veo por la cara de asombro que pone, que usted también es de los que se creen esa historia que cuentan sobre mí.
-No, yo… yo…
-No se preocupe. Todo el barrio la cuenta. Y lo que es peor, ¡se la creen! Como verá estoy parado y no me sucede nada.
-Sí. Cierto, pero yo… yo…
-Bueno. Lo que quería preguntarle… Alguien me dijo que usted mantiene y cría serpientes, ¿no es así?
-Sí. Trabajo en el zoo, en la sección de reptiles…
-Me fascinan las serpientes. Por eso le he parado. Me gustaría tener una.
-Bueno, no hay ningún problema. Yo puedo conseguirle una. ¿Me permite una pregunta?
-Claro que sí. ¡Pero déjeme adivinarla! A usted le interesa saber cómo comenzó todo eso de que yo no podía dejar de caminar, ¿verdad?
-¡Sí!
-¿Sabe por qué camino a todas horas? Porque me gusta caminar. No existe nada en el mundo que me proporcione más placer y felicidad. Por eso, siempre que puedo lo hago.
-Comprendo. Creo que he hecho una pregunta idiota…
-No existen las preguntas idiotas. Recuérdelo siempre…

Al final intercambiamos los números de teléfono -entonces no existían los móviles- y con el tiempo nos hicimos buenos amigos. Fernando, que es como se llamaba, murió hace 12 años debido a una peritonitis. Dos semanas después de su entierro escuché la siguiente conversación en la puerta de una verdulería…

-Federica. ¡La espichó! Al final la espichó. Paró durante un minuto a atarse los zapatos y su patata petó.
-¡Jolines! Entonces era cierto. ¡No podía parar de andar!
-Federica, ya te lo había dicho.
-Pero, ¿quién le ataría los zapatos en las ocasiones anteriores?
-Federica, nunca llevaba zapatos, sino mocasines. Ese fue el primer día que se puso zapatos. Y mira como acabó.
-¡La virgen!
-Federica, se los regaló su mujer a quien a su vez se los había regalado un representante de calzado a cambio de ciertos servicios anales.
-¡Servicios anales! ¡Me tiemblan las piernas! ¿Entonces tú crees que…?
-Federica. ¡A ver si espabilas!

La segunda historia es sobre «Ento-encia» que es como llamaban a un pobre chalado que no se metía con nadie. Ento-encia era un tipo diferente. Nunca pronunciaba ninguna palabra que no fuese «¡Ento! ¡Encia!». Obviamente por eso lo llamaban de esa manera, aunque su nombre verdadero era Aniceto. Este buen hombre con cerebro de niño a menudo solía sentarse con la gente en las terrazas de los bares y escuchaba atentamente sus conversaciones. Cuando algo le parecía gracioso o reprochable se levantaba como si fuese un resorte nuevo y gritaba «¡Ento! ¡Encia! ¡Ento! ¡Encia!» hasta que alguien lo tranquilizaba diciéndole a su vez «Si, Aniceto. ¡Ento! ¡Encia!».

En 1987 tuve que ausentarme de Benimaclet durante un año por motivos profesionales. Cuando regresé me pareció extraño no coincidir nunca con Aniceto. Un día le pregunté a un amigo por él y me contó todo lo que había sucedido en mi ausencia. Resulta que Aniceto cada día se comportaba más imbécilmente y empezaba a resultar un incordio. Cierta jornada matinal, mientras estaba escuchando la conversación de unos albañiles, se puso realmente histérico y no paró de gritar su mantra favorito «¡Ento! ¡Encia! ¡Ento! ¡Encia!» durante casi una hora. En cierto momento, uno de los albañiles, harto del espectáculo, se levantó cabreado, lo cogió por lo hombros y le gritó «¡AyuntamiENTO de ValENCIA!. En ese mismo instante, Aniceto sufrió una transformación y se convirtió en una persona normal, pero no sin antes saltarle al cuello al albañil y cubrirlo de abrazos y besos mientras le daba las gracias. Según contó Aniceto cuando se tranquilizó, un bedel del Ayuntamiento de Valencia le había echado un conjuro cuando él tenía 14 años y desde entonces… Bueno, ya sabemos lo que sucedía desde entonces. A partir de ese momento Aniceto desapareció del barrio y nunca más se supo de él.

Supongo que en un futuro cercano cogeré ambas historias y las trabajaré para conformar, junto a otras parecidas, un libro de cuentos sobre tipos raros del barrio o algo parecido. No sé. A veces creo que soy capaz de escribir cualquier cosa, pero otras siento que debería dejar de perder el tiempo y dedicar mis horas libres a otros menesteres… como por ejemplo…

G

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