Email del 3 de octubre 2018

David Alfaro Siqueiros. The good neighbor (1951) 

Me costó varios años de duros ensayos, pero al final fui capaz de imitar la voz femenina a la perfección. ¡Y todo para no aburrirme tanto! Pero creo que voy demasiado rápido y es posible que no entiendas a qué me refiero. ¡Es tan simple! Puede que hasta parezca algo infantil o enfermizo, pero me ha producido tantas y tantas risas. Y dicen que una carcajada equivale a un microinstante de felicidad. Imagina que son las dos de la noche, estás durmiendo plácidamente y, de repente y a un volumen realmente elevado, escuchas por el deslunado una voz de mujer excitada gritando «¡Ahhh, cómo me gusta que me toques el conductooooo, corazóoooon!» o «¡Ahhh, eres el que mejor me hace el malditooooo besooooo negrooooo, cariñooooo!». Lo importante de la broma no es el placer y el descojono que me pueda provocar en esos momentos, no. Ni siquiera que el lenguaje usado pueda recordar a uno de esos relatos porno que publicaba la revista Playboy. Lo realmente trascendente es lo que suele suceder al día siguiente cuando los vecinos y las vecinas comentan el suceso totalmente indignados y se preguntan quién fue la (¿concupiscente?) que les despertó (y que les puso a cien). Es en ese instante cuando se puede decir que la broma ha triunfado.

Claro, que en ocasiones es preferible sustituir el barriobajerismo pseudoninfomaniaco por la enfermedad angustiosa o casi mortal. Y la voz femenina por la masculina. Ya sabes: son las dos de la noche y bla, bla, bla. De repente una voz de hombre grita dolorido «¡Me duele muchooooo la fisuraaaaa anaaaaal! ¡Mierdaputaaaaaa!» o «¿Por qué me molestaaaaa tantooooo cuando meooooo? ¡Cagondiooooos!». Pero bramar esas insensateces con mi voz hubiera sido como admitir delante de la vecindad que estoy enfermo y necesito ser encerrado en algún húmedo sótano estatal lo más rápidamente posible. Por esa razón cambié el tono y la musicalidad de mi maravillosa voz e imité al residente de la puerta 8. Al día siguiente todos los dedos acusaron a ese pobre tipo, su mujer recogió todos sus bártulos, a sus cuatro hijos y a los dos perros y se largó a casa de su amante mientras la Policía lo fichaba por marraneo y escándalo público. Eso ocurrió hace casi dos años. Dos semanas después de que me hiciera pasar por vecina hipersexual.

Nunca sentí remordimientos. Ni siquiera nada parecido a un pequeñísimo sentimiento de inquietud por haber separado una pareja que hasta ese momento actuaba como si se llevara fenomenalmente. Pero dejé que pasaran un par de meses y una noche calurosa de junio volví a las andadas. Esta vez imité el roznido de un burro libidinoso francamente apesadumbrado, pero cometí varios errores fonéticos y los vecinos creyeron que eran truenos. Después de ese fallido intento dejé las candongas, las carabas y las cuchufletas totalmente y me convertí en el tío aquiescente, serio y garante que soy ahora.

Greeeeeg