marzo 2021

Email del 30 de marzo 2021

 

Francisco Toledo. Los cuadernos de la mierda (20th century)

Nota: El siguiente texto ha sido etiquetado como «francamente desagradable» por la Congregación Religiosa de las Hermanas del Sanctum Præputium.

¡En aquella época todavía me encantaba defecar en el monte! Ahora solo me quedan los recuerdos. ¡Y la libreta donde manuscribí mis sentimientos después de cada una de las deposiciones! La primera vez que cagué metido de lleno en la naturaleza fue el 23 de febrero de 1980, aunque el texto correspondiente fue garrapateado dos días más tarde:

«La porción de excremento amazacotado expelida de una sola vez y con una única contracción del esfínter anal cayó sobre los majuelos, parietarias y celidonias. Luego intenté limpiarme con avidez el trasero, aunque un repelente tábano rayado me complicó tanto la acción como la reacción y tuve que contentarme con un aseo bastante poco decente».

Pero, por favor, no penséis que voy a divagar en este ridículo textito sobre dicha actividad artística, pues evacuar implica, ciertamente, talento y actitud favorable. En realidad siempre he sido muy «mío» para con mis funciones corporales excrementales. Nunca he contado a nadie ni una palabra acerca de mis miedos, mis dolores o mi fragilidad sensitiva tras una pútrida licuación. 

Escribo sobre la mierda porque, básicamente, la existencia humana se me antoja una ídem. Aunque en ocasiones me desvío del tema y escribo sobre tipos y tipas más o menos diferentes y que habitaron o habitan en la capital donde nací. Es bastante famoso el texto que dediqué a la «succionadora de glandes del Cabanyal», una treintañera que hacía muy bien lo que más le gustaba y que años más tarde se cambiaría de sexo y de barrio y llegó a ser conocido como el «succionador de bálanos de Malvarrosa». Pero volviendo al tema principal de esta divagación medioambiental, ¿sabíais que un gramo de mierda humana contiene cientos de miles de virus y bacterias? ¿Y que dos gramos de mierda equivalen en peso a las ganancias netas de un recolector de judías de «marama» en Namibia? ¿Existe alguna razón que nos lleve a concluir que la mierda, como una idea residual compuesta por múltiples elementos, es afín a su propia objetividad imparcial?

De igual manera que el erudito distingue entre la naturaleza del conocimiento y su propia condición replicativa, yo soy capaz de discernir entre una caca notable y un simple boñigo meramente satisfactorio. ¡Y eso, se mire como se mire, es más de lo que nunca llegaré a soñar!

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Email del 25 de marzo 2021

 

Gustav Klimt. Love (1895)

Se llamaba Carolanne Richelieu. La conocí en Aix-en-Provence, nos prometimos en Friburgo de Brisgovia, nos casamos en Trentino Alto Adige y terminamos viviendo juntos en Benimaclet, un pequeño y pintoresco barrio de Valencia. Al principio, todo lo que ella hacía o decía, incluso todo lo que pensaba o creía, se me antojaba como el culmen de la evolución humana. Pero con el tiempo su carácter se agrió y cuando se convirtió en una persona excesivamente atrabiliaria comencé a odiarla vivamente. Y ese odio me llevó poco a poco a cambiar su gabacho nombre por otro no mucho menos franchute: ¡Milady de Winter! Ella a su vez se dirigía a mí llamándome Merdeuxgreg. 

Cada vez que me dirigía a la espía de su propio apellido y le comunicaba mis ganas de divorciarme, ella resoplaba como las ballenas de Melville. Un día incluso planifiqué el descasamiento: podríamos divorciarnos en Madrid, así yo aprovecharía para visitar a mi prima Eloísa y luego organizaría un pequeño banquete de liberación en Chinchón al que asistiría solo yo. Obviamente, cuando le comuniqué mis planes a la persona que se había convertido en mi enemigo, esta se limitó a interpretar de forma burlona, despectiva y con unos sutiles cambios una conocidísima canción infantil.

Merdeuxgreg, gentil Merdeuxgreg.
Merdeuxgreg, je te plumerai.
Je te plumerai le bec.
Et le bec, et le bec.
Merdeuxgreg, Merdeuxgreg!
Je te plumerai le bec.

Recuerdo el día en que me deslicé como una serpiente debajo de su cama. Lo que no recuerdo es la razón. Quizá por eso salí disparado cuando me di cuenta de que era una completa estupidez. Más tarde, mientras ella se acostaba, me deslicé como otra serpiente, no necesariamente de la misma especie que la anterior, y me oculté dentro del espacio protegido por los faldones que colgaban como un moco de cocaína de la mesa camilla. Y permanecí allí en posición de ovillo toda la noche. Por la mañana, mientras desayunaba, escuché a Carolanne, todavía en su cama, tirarse un pedo bastante ruidoso que luego me dedicó. 

Un par de horas más tarde, decidí que ya había aguantado demasiado y opté por el asesinato. Mientras la golpeaba repetidamente en la cabeza con una barra de pan integral congelado me acordé de Thomas De Quincey. Cuando procedí a emparedarla en uno de los armarios empotrados sufrí una distensión muscular en el costado derecho. Pero antes de la hora de la comida Milady ya no era una presencia física demostrable y yo volví a sentirme libre. 

Para gozar en todo su esplendor de esa libertad me dediqué a viajar durante meses. Visité Marruecos, Argelia, Libia y Egipto. En Fayún me enamoré de una turista procedente de Wollongong (en Nueva Gales del sur, Australia). En Hurghada ya nos habíamos comprometido y en Idfu nació nuestro primer hijo, una preciosa niñita a la que bautizamos Carpentaria. 

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Email del 22 de marzo 2021

 

Edward Ruscha. Pay nothing until april (2003)

AXA: Le informamos que, por motivos de seguridad, esta conversación será grabada. Seguros AXA, le atiende Flor Amparo Cabrales. ¿En qué puedo ayudarle?
YO: ¡Otro puto Nevus rufus! ¡Me hago jodidamente viejo! Y parece ser que los lunares me obligan a mantener en mi memoria que el tiempo -esa magnitud física, inescrutable, execrable, inconmensurable, abominable, intolerable, vituperable, irreglamentable, censurable, incontrarrestable, refutable, ineluctable, trasmutable, imperscrutable, metaestable, indescifrable y cientos de «ables» y «ables» y más «ables»- es nuestro mayor enemigo, por supuesto, si exceptuamos la eyaculación precoz o cualquiera de los numerosos ejercicios propedéuticos relativos a la oblicuidad de la eclíptica. 
AXA: Señor, no he entendido una palabra. Ha llamado a Seguros AXA. ¿Puede decirme su nombre?
YO: Es posible que tras décadas de absorción indiscriminada de cristalitos blancos adiamantados haya terminado chamuscando mi viejo y cansado mosco (cerebro en Nadsat). Ya sabe, la farlopa puede convertir a alguien tan magnífico como yo, y además, totalmente libre o exento de masculinidad tóxica, en algo semejante a un tardígrado aberrado. 
AXA: Señor, lo comprendo perfectamente. Yo también he sufrido mucho, pero por favor, ¿podría ser tan amable de decirme su nombre?
YO: Recuerdo mis primeros intentos. También recuerdo las continuaciones a mis primeros intentos, a los que llamaremos segundos y terceros intentos para distinguirlos de lo primeros. Por supuesto, antes de atreverme a experimentar mis primeros intentos, obligué a alguien a experimentar sus propios primeros intentos, sin embargo la tentativa fue un fiasco, pues el tipo que hizo de cobaya se dedicó a experimentar sus propios cuartos intentos y los terceros intentos de la que había sido su amante polaca y que yo no conocía.  
AXA: Señor, me está preocupando. Necesito saber su nombre o por lo menos su número de póliza para abrir su expediente…
YO: En realidad nunca he llegado a saber qué es lo que se esconde detrás de las paredes. Supongo que más paredes. Pero entre todas esas paredes siempre debe haber un espacio que separe esas paredes. Si en lugar de llamarlas paredes optamos por el vocablo tabique, entonces está claro que detrás de los tabiques hay más tabiques. Pero entre todas esos tabiques siempre debe haber un espacio que separe esos mismos tabiques. Si no existiese un espacio que separase a los tabiques… ¡Dios! ¡No quiero pensar lo que sucedería si no existiese un espacio que separase a los tabiques.
AXA: Le paso con urgencias y autorizaciones médicas de AXA. Que tenga un buen día. 

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Email del 20 de marzo 2021

 

Ken Currie. Tragic forms (2012)

Querida:

Llevo un montón de años intentando escribir una novela sobre un tipo extraño. La verdad es que todo lo que escribo trata sobre gente extravagante o insólita, aunque siempre había sido capaz de terminar mis textos sin ninguna clase de contratiempos. Pero mejor, te transcribiré lo único que he sido capaz de redactar hasta la fecha:

«Era un auténtico dilf europeo sexy, travieso y con necesidades satiriásicas insaciables, por lo menos así se definía a sí mismo. En su página web se podía leer en caracteres resaltados: ‘¡Sexy papi durante el día y gigoló excitable por la noche! Llámame y te mostraré mi lado secreto y el número de mi IBAN para que hagas el ingreso!’ Sin embargo, cuando estaba solo en su habitación mugía como una res. Sus vecinos sabían que era boatrópico, pero aún así ya se estaban empezando a cansar de que su edificio fuera considerado, a ojos de vecinos y visitantes, el establo del barrio».

Como verás no es gran cosa en cuanto a su extensión, no obstante creo que es una obra maestra en relación a su propia estructura sintáctica y rumial, fisiológicamente hablando, por su puesto. Quizá por esa razón, estúpida, desde luego, no soy capaz de imaginar un desarrollo. ¡Ni siquiera puedo encontrar un título que no destripe la trama! Lo único que puedo hacer es sentarme ante el texto, salivar como un san bernardo e imaginarme a mí mismo trotando en bañador slip por la isla de San Borondón. 

Greg

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Email del 16 de marzo 2021

 

Zdzisław Beksiński. AA78 (1978)

La heteróclita y eufóbica existencia de Sanmamisito López Pérez dio un giro inesperado cuando su último disco fue proclamado como uno de los 10 álbumes más espantosos de todos los tiempos. Sanmamisito, por supuesto se excusó ante la prensa argumentando que en realidad esa grabación había sido compuesta, arreglada y registrada por su banda, Los Sanmamisitos Lopezperiamos, y que su único cometido fue cantar lo mejor que pudo, como hacía siempre. Sin embargo todos sabían que el combo de Los Sanmamisitos Lopezperiamos estaba compuesto únicamente por Sanmamisito, al que sus fans apodaban «el hombre banda» y sus detractores, «el hombre que no manda». 

Cuando uno de los productores musicales más influyentes del tinglado argumentó en una entrevista que Sanmamisito en realidad no existía, y que el tipo que actuaba y se dejaba ver con ese nombre no era más que un hombre de paja contratado por su físico agradecido, el escándalo adquirió proporciones extraordinarias y un número bastante considerable de fanes y seguidores se hicieron el hara-kiri. Como parecía que el suceso iba a traer consigo la caída casi total de Samamisito, este, con la desesperación de un hombre al que están a punto de enterrar vivo y sin llevarse a la boca una comida decente, dio una rueda de prensa donde entre otras cosas explicó que la mejor época para recolectar algarrobas era en agosto y que el sanctasanctórum de los sanctasanctórums era lógicamente un sanctasanctórum, pero no uno cualquiera, sino el sanctasanctórum que terminaría de una vez con todos los sanctasanctórums. Obviamente, sus palabras fueron tomadas como las de un sujeto cuya amígdala cerebral ya no se sostenía y acabó encerrado en el manicomio provincial de Tralencia.

A partir de entonces sus discos fueron retirados gradualmente de la venta y en unos pocos años ya nadie se acordaba de él. Hasta que una nueva banda llamada Los hijos de los Sanmamisitos Lopezperiamos puso a la venta lo que en cuestión de unas pocas semanas se convirtió en un hit. El tema, titulado Para Sanmamisito y los Sanmamisitos Lopezperiamos, rebosaba de inventiva y la letra de mala leche. Sus ventas se dispararon y el single fue considerado como la mejor grabación de la historia. Los integrantes del grupo, que escondían sus rostros con bolsas de Tercadona, Bolcampo y VIA (sin tilde) fueron aclamados como los nuevos Ceatles y las mariposas volvieron a revolotear entre las plantas que crecían en los maceteros situados en las entradas y salidas de los suntuosos edificios de las multinacionales discográficas. 

Quizá os preguntéis, y con toda la razón del mundo, cómo terminó Sanmamisito López Pérez. ¿Le dieron el alta en el frenopático? ¿Volvió a grabar algún otro disco? ¿Le pareció bien que otro grupo tomara el relevo? Las respuestas son confusas y contradictorias, pues las reglas que habilitan cualquier tipo de satisfacción a cualquier tipo de pregunta ponen en vigor cualquier tipo de restricción selectiva. Y si como me ha sucedido a mí, no habéis comprendido una puta mierda de todo eso del triple «cualquier tipo» y la restricción selectiva estáis de enhorabuena. Sanmasito nunca salió de allí. Algunos dicen que ni siquiera entró alguna vez. La construcción teorética de mis embustes es proporcional a las propuestas concernientes. ¡Que nunca se os olvide eso!

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Email del 12 de marzo 2021

 

Paul Cézane. Pyramide des crânes (1889)

Amiga:

El siguiente texto lo escribí con la mano derecha. En realidad todos mis textos suelen estar escritos o tecleados con la misma mano. Sin embargo el que leerás a continuación se distingue del resto en que lo escribí mientras vomitaba. Cuando acabé de arrojar la papa metí la hoja dentro de la caja de un exfoliante y luego tiré de la cadena. Eso sucedió hace más de un año y menos de tres. Solo recuerdo que tenía ganas de abrir la ventana y gritar a los puntitos negros que caminaban debajo, pero por algún motivo me fue totalmente imposible. Ayer fui a embadurnarme la frente con la dichosa crema y encontré el papelito. Ahora ya sabes cada cuanto me paso exfoliante por el rostro. 

«Cuando intento gritar y por alguna extraña razón soy incapaz de hacerlo. Cuando el vacío de Boötes en que se ha convertido el interior de mi costrosa cabeza rechaza el tratamiento. Cuando me limpio los dientes con la ayuda de un hacha francisca. Altjeringa. ¡Tengo que tirar adelante, como los jodidos lemmings! Altjeringa. 

Me encuentro fuera de mí, de extranjis. Algunos creen que no es más que otra crisis tónico-clónica. Mi espejo refleja mi cara de color oscuro, como si fuera un actor de minstrel. ¿Alteringa? Los jodidos lemmings siempre acaban despeñados. ¿Alteringa?

Cuando intento disfrazar los acrocordones con el rímel de una mujer inexistente. Cuando mis lamentos suben y bajan como un paternóster. Cuando la narguile humeante estalla y el humo desparece. Altjeringa. ¡Tengo que tirar adelante, como los jodidos lemmings! Altjeringa».

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Email del 9 de marzo 2021

 

Antonio Lopez. El cuarto de baño (1966)

¡Acababa de ver a un gordo! No era un gordo cualquiera, sino el tipejo que me birló la novia cinco años atrás. Os juro por las gominolas biológicas de jenjibre, propóleo y limón que fabrica Les douceurs de l’apicultor, que hasta ese jodido día en que la mujer a la que amaba me soltó a la cara que se había enamorado de otro y que me dejaba «compuesto y sin novia», nunca había sentido ninguna animadversión por la gente obesa. Pero en esos instantes regresaron mis demonios interiores para hacerse cargo de mis sentidos. Lo primero que hice fue pasar por delante de él para ver si todavía me reconocía, cosa que era poco probable, pues solo me había visto un par de veces en aquella época y además yo había cambiado tanto física como estilísticamente. Como era de esperar no se dio cuenta de quién era yo, así que decidí seguirlo para ver si en algún momento del día podía quedarme a solas con él para estrangularlo hasta la muerte. Su primer destino, por lo menos desde que el hado nos volvió a poner en contacto, fue dirigirse a El Corte Inglés de la calle Colón donde compró varias fajas adelgazantes. Luego caminó varios cientos de metros y acabó en el Fnac, donde adquirió dos libros, Adelgaza para siempre y La dieta cetogénica. Con el rostro henchido de alegría salió de la librería, cruzó la calle y se metió en un bar, donde dio buena cuenta de alimentos calóricos regados abundantemente con un vinillo amarronado. En un momento dado se metió en el aseo. Yo estaba sentado en una mesa desde donde podía contemplar la puerta del retrete, por esa razón me preocupé un poco cuando transcurridos 15 minutos no salía; así que entré para ver qué diantres ocurría. Sin embargo el váter estaba vacío. Era completamente imposible que hubiera salido sin que yo lo advirtiese y dentro no habían ventanas ni otra salida. Lo primero que se me ocurrió es que había explosionado como el mister Creosota de los Monty Python, pero la ausencia total de vísceras y sangre echaba por tierra mi teoría. Al final se me ocurrió preguntarle al camarero, quien persignándose, me advirtió de que no todo lo que ven nuestros ojos sucede realmente. Pero mis ojos nunca me habían engañado. Además la circunferencia del robanovias no era comparable a ningún otro contorno humano como para haberme confundido. Y aunque me hubiese equivocado de sujeto nada podía explicar su volatilización. Y por si fuera poco en una de las sillas de su mesa permanecían las bolsas que contenían las fajas y los libros. 

Mientras me dirigía a mi casa con sus compras colgando de las manos y el suceso colgando de mi cerebro llegué a la conclusión de que el camarero tenía razón, así que di media vuelta con una gracilidad digna de una bailarina de ballet profesional, volví a El Corte Inglés y devolví las fajas. Luego hice lo mismo en el Fnac. Con el dinero que obtuve pagué el taxi que me dejó en mi barrio. Una vez allí me metí en un váter publico y no salí hasta que la policía me desalojó a la fuerza, tres meses más tarde.

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Email del 7 de marzo 2021

 

Dirk Bouts. The fall of the damned (1468)

Mi amigo Escorbucio Partabucio es el creador de un memorable apotegma que suelta a menudo cuando las conversaciones se tornan demasiado profundas: «El tiempo me la menea». Sin embargo pocos somos los elegidos que han escuchado la frase en toda su magnífica extensión: «El tiempo me la menea, el espacio me la menea; cualquier magnitud física, región espacial o simple cosa me la menean, excepto mi mano derecha, que debido a una lesión permanente se niega a meneármela incluso desobedeciendo las órdenes que mi cerebro envía contra reembolso». Escorbucio es un tipo del montón, pero no de ese montón al que podríamos denominar «ordinario», sino de una clase de conjunto grupal extraordinariamente inusual. Y con el vocablo inusual no me estoy refiriendo a una agrupación féerica o de turbamulta ojiplática, sino a un reducto de tipos que se encuentran en una disyuntiva moral insuficientemente empoderada. 

Todavía recuerdo la última vez que tuvo que hablar en púbico. Sucedió en la presentación de su volumen Como un buey lucano, también conocido, sobre todo por su afinidad fonética, bajo el título «Como un buen bálano». Tras despachar con varias frases cortas a los que se atrevieron a llamar a su anterior ensayo, El camello con la doula de grafeno, de inconsistente, burdo y de lectura obligada para retrasados mentales profundos, pasó a declamar su frase preferida pero con algunos sugerentes insertos: «El vulgo me la menea. ¡Ea, ea, ea!»

Sin embargo yo nunca he tratado de defenderle ante los muchísimos badulaques insensibles que desearían teletransportarlo a cualquier exoplaneta. Y no lo he hecho porque considero que mi deber es escuchar y callar. Solo escuchando y callando siento que sirvo para algo. Porque desde que escuché y callé por primera vez, hasta que callé antes de escuchar, no ha pasado ni un jodido instante en el que no me haya sentido una especie de ser maravillosamente supremo, repleto de instrucción y sabiduría, al que todos, incluido Escorbucio Partabucio, deberían monumentalizar… que no es lo mismo que municipalizar o particularizar. ¡Ea!

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Email del 1 de marzo 2021

Edvard Munch. Kiss (1897)

 

Le di un beso bastante insustancial, basorexicamente hablando, que por supuesto no la trasladó a ninguna isla del sur infestada de palmeras y nativos polinésicos bailando el tamure. Quizá porque con la prisa apunté mal y le arreé el beso en la nariz, con tan mala fortuna que me clavé el piercing en un ojo. Afortunadamente soy un tipo que siempre tiene una respuesta para todo y el suceso no pasó de una anécdota más o menos graciosa. Sin embargo, al cabo de tres días la herida se me infectó y a punto estuve de perder la visión. Después de someterme a la tercera intervención ocular juré al lado de un árbol que aunque tuviese que matar, engañar o robar, ponía a Dios como testigo de que jamás volvería a besar a ninguna perroflauta. Y desde entonces lo he cumplido a rajatabla. He besado a gatoflautas, hamsterflautas y pájaroflautas, por supuesto, y a alguna pezflauta que otra. Incluso en cierta ocasión le pegué un morreo a una serpienteflauta mientras al lado se lo montaban solitas una cerdoclarinete y una conejosaxofón.

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