Email del 9 de marzo 2021

 

Antonio Lopez. El cuarto de baño (1966)

¡Acababa de ver a un gordo! No era un gordo cualquiera, sino el tipejo que me birló la novia cinco años atrás. Os juro por las gominolas biológicas de jenjibre, propóleo y limón que fabrica Les douceurs de l’apicultor, que hasta ese jodido día en que la mujer a la que amaba me soltó a la cara que se había enamorado de otro y que me dejaba «compuesto y sin novia», nunca había sentido ninguna animadversión por la gente obesa. Pero en esos instantes regresaron mis demonios interiores para hacerse cargo de mis sentidos. Lo primero que hice fue pasar por delante de él para ver si todavía me reconocía, cosa que era poco probable, pues solo me había visto un par de veces en aquella época y además yo había cambiado tanto física como estilísticamente. Como era de esperar no se dio cuenta de quién era yo, así que decidí seguirlo para ver si en algún momento del día podía quedarme a solas con él para estrangularlo hasta la muerte. Su primer destino, por lo menos desde que el hado nos volvió a poner en contacto, fue dirigirse a El Corte Inglés de la calle Colón donde compró varias fajas adelgazantes. Luego caminó varios cientos de metros y acabó en el Fnac, donde adquirió dos libros, Adelgaza para siempre y La dieta cetogénica. Con el rostro henchido de alegría salió de la librería, cruzó la calle y se metió en un bar, donde dio buena cuenta de alimentos calóricos regados abundantemente con un vinillo amarronado. En un momento dado se metió en el aseo. Yo estaba sentado en una mesa desde donde podía contemplar la puerta del retrete, por esa razón me preocupé un poco cuando transcurridos 15 minutos no salía; así que entré para ver qué diantres ocurría. Sin embargo el váter estaba vacío. Era completamente imposible que hubiera salido sin que yo lo advirtiese y dentro no habían ventanas ni otra salida. Lo primero que se me ocurrió es que había explosionado como el mister Creosota de los Monty Python, pero la ausencia total de vísceras y sangre echaba por tierra mi teoría. Al final se me ocurrió preguntarle al camarero, quien persignándose, me advirtió de que no todo lo que ven nuestros ojos sucede realmente. Pero mis ojos nunca me habían engañado. Además la circunferencia del robanovias no era comparable a ningún otro contorno humano como para haberme confundido. Y aunque me hubiese equivocado de sujeto nada podía explicar su volatilización. Y por si fuera poco en una de las sillas de su mesa permanecían las bolsas que contenían las fajas y los libros. 

Mientras me dirigía a mi casa con sus compras colgando de las manos y el suceso colgando de mi cerebro llegué a la conclusión de que el camarero tenía razón, así que di media vuelta con una gracilidad digna de una bailarina de ballet profesional, volví a El Corte Inglés y devolví las fajas. Luego hice lo mismo en el Fnac. Con el dinero que obtuve pagué el taxi que me dejó en mi barrio. Una vez allí me metí en un váter publico y no salí hasta que la policía me desalojó a la fuerza, tres meses más tarde.