Email del 29 de octubre 2012
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| BettyTompkins, Cow Cunt Painting. 1976 |
Hola:
Por algún motivo chiflado e indefinido me ha venido a la cabeza hace un rato un chiste parido en el vodevil de principio del siglo anterior por un cómico lunático sin nombre, pero que resume, de alguna manera, la verdadera y por otro lado vulgar, aspiración humana, es decir, la lucha desgarradora contra la soledad y la incomunicación.
-«Me he enterado de que has comprado varios cerdos»
-«Sí he comprado algunos cerdos.»
-«¿Y a cuánto los has pagado?»
-«Los he pagado a cien pesetas cada uno.»
-«Bueno, ¿y qué piensas hacer con ellos?»
-«Creo que los tendré por ahí y en primavera los venderé a 100 pesetas cada uno.»
-«Si los vendes por la misma cantidad no tendrás ningún beneficio.»
-«Cierto, pero habré pasado el invierno acompañado.»
¿No crees que define a la perfección el anhelo existencial básico y primitivo de todos los individuos que han vivido, viven y vivirán en este planeta añoso y maltratado? Naturalmente, y te habrás dado cuenta, he vuelto a generalizar, pues existen un pequeño número de sujetos de ambos sexos y diferentes razas, algunos locos, otros cuerdos, que veneran el aislamiento como único remedio para no contraer ese enfermedad mortal y que se trasmite por medio de la palabra, llamada estupidez y que es mi tema recurrente.
Hasta hace bien poco, mi deseo fundamental, puede que el único que me permitía integrarme en sociedad, era utilizar el casi olvidado don de la delicadeza exquisita para abrir las piernas de las mujeres, mientras que un par de kilómetros de lengua húmeda y escrutadora se restregaba con fruición por lo que yo llamo «misterio existencial», aunque para otros menos cursis o con menos solera imaginativa, no sería más que un coño, una figa, un chichi o un chocho, la chirla, el conejo, la vulva, el potorro o el chumino, la almeja, el chirri, el fleco o la concha, la cangrejera, la panocha, la cuca, la micha, la pucha, el toto, el papo, el chango, el hoyo, la molleja, el mico, la cona o la cuchufleta.
Está claro que llevando al extremo esa pasión no hacía daño a nadie, pero siempre llegaba un momento en que tenía que hablar, demostrar, casi siempre mentir y en ocasiones arrepentirme, eso sin contar que me gastaba un dineral en colutorios o enjuagues bucales y que a veces, cuando despertaba en habitaciones ajenas, una incómoda sensación de traición a la individualidad y libertad personal me recordaba la verdadera definición de las palabras «miserable» y «vendido».
Ahora ya no lamo más que sellos, y eso cuando devuelvo alguna factura. Siguen gustándome los misterios, pero detesto interactuar para conseguir el objetivo. Prefiero usar la imaginación de la forma más sucia que conozco, sin palabras, con gruñidos animales de satisfacción y movimientos perpetuos perfectamente concebidos. No malgasto el tiempo diseñando rostros y sobre todo, soy libre de parar cuando quiero sin tener que recurrir a las caricias y el cariño. ¿Me estoy convirtiendo en un monstruo? ¿O quizá la soledad autoimpuesta y llevada hasta límites extremos no es más que una forma subliminal de inteligencia?
Hay otro chiste viejo que me ronda la memoria: un tipo entra en un restaurante y le pregunta a la camarera, «¿tiene patas de cangrejo?», a lo que ella responde «no, cojeo por culpa del reuma». ¿Acaso no cojeamos todos por una u otra razón? A veces me pregunto la causa de tanta exigencia. Exigimos limpieza, integridad, simpatía, control y perseverancia, pero mientras reclamamos esas quimeras transformamos las preguntas en respuestas, las acciones en indiferencia y los deseos en apatía. Y aún tenemos la cara dura de avasallar a los que no están de acuerdo y huyen como de la peste de ese principio de acción y reacción diseñado para hacernos sentir creaciones perfectas, adalides de la utilidad o simplemente máquinas expendedoras de falsa e imperfecta sociabilidad. Nuestra sociedad, por lo menos la que con paciencia y perseverancia hemos creado y que se alimenta de los cuerpos en descomposición de cada uno de los elementos que la componen, está destinada a crear engendros deformes o mártires inmaculados. Ya no existe el término medio. Ya no existe ninguna forma de dignidad humana. Vivimos en un universo desechable. Amamos, matamos, follamos, mentimos y robamos con una configuración anónima. El gozo épico en forma de alabanza por considerarnos polvo de Dios no nos redimirá del holocausto final. Las mismas cenizas que transforman nuestras pretensiones ocultarán la tierra quemada y la herencia de las razas, los linajes, la alcurnia o la estirpe. Todos moriremos de la misma manera. Poco importa que descendamos de soberanos, opresores o beatos. Nuestra carne purulenta y corrompida alimentará a la misma fauna hambrienta.
Soy consciente de que me repito; incluso me repito al repetirte que me repito, pero no puedo hacer otra cosa. Me gustaría no reincidir en la misma miseria, pero no sería más que otra mentira, otra ficción cuidadosamente proyectada para evidenciar lo injustificable. Creo que estoy llegando a ese punto sin retorno en el que no tengo más remedio que disfrazar los razonamientos para no sentirme culpable. Es posible que sea el responsable de mis propios idealismos, estoy de acuerdo, pero desafortunadamente no dispongo de otros. En estos instantes me aferro a ellos con insistencia pegajosa y afán redentor, con modales arriesgados y suicidas, pero con esperanzas discretamente silenciosas.
Ahora debería acabar con otro chiste, pero no quiero resultar tan previsible.
Un abrazo.
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