octubre 2012

Email del 29 de octubre 2012

BettyTompkins, Cow Cunt Painting. 1976

Hola:

Por algún motivo chiflado e indefinido me ha venido a la cabeza hace un rato un chiste parido en el vodevil de principio del siglo anterior por un cómico lunático sin nombre, pero que resume, de alguna manera, la verdadera y por otro lado vulgar, aspiración humana, es decir, la lucha desgarradora contra la soledad y la incomunicación.
-«Me he enterado de que has comprado varios cerdos»
-«Sí he comprado algunos cerdos.»
-«¿Y a cuánto los has pagado?»
-«Los he pagado a cien pesetas cada uno.»
-«Bueno, ¿y qué piensas hacer con ellos?»
-«Creo que los tendré por ahí y en primavera los venderé a 100 pesetas cada uno.»
-«Si los vendes por la misma cantidad no tendrás ningún beneficio.»
-«Cierto, pero habré pasado el invierno acompañado.»

¿No crees que define a la perfección el anhelo existencial básico y primitivo de todos los individuos que han vivido, viven y vivirán en este planeta añoso y maltratado? Naturalmente, y te habrás dado cuenta, he vuelto a generalizar, pues existen un pequeño número de sujetos de ambos sexos y diferentes razas, algunos locos, otros cuerdos, que veneran el aislamiento como único remedio para no contraer ese enfermedad mortal y que se trasmite por medio de la palabra, llamada estupidez y que es mi tema recurrente.

Hasta hace bien poco, mi deseo fundamental, puede que el único que me permitía integrarme en sociedad, era utilizar el casi olvidado don de la delicadeza exquisita para abrir las piernas de las mujeres, mientras que un par de kilómetros de lengua húmeda y escrutadora se restregaba con fruición por lo que yo llamo «misterio existencial», aunque para otros menos cursis o con menos solera imaginativa, no sería más que un coño, una figa, un chichi o un chocho, la chirla, el conejo, la vulva, el potorro o el chumino, la almeja, el chirri, el fleco o la concha, la cangrejera, la panocha, la cuca, la micha, la pucha, el toto, el papo, el chango, el hoyo, la molleja, el mico, la cona o la cuchufleta.

Está claro que llevando al extremo esa pasión no hacía daño a nadie, pero siempre llegaba un momento en que tenía que hablar, demostrar, casi siempre mentir y en ocasiones arrepentirme, eso sin contar que me gastaba un dineral en colutorios o enjuagues bucales y que a veces, cuando despertaba en habitaciones ajenas, una incómoda sensación de traición a la individualidad y libertad personal me recordaba la verdadera definición de las palabras «miserable» y «vendido».

Ahora ya no lamo más que sellos, y eso cuando devuelvo alguna factura. Siguen gustándome los misterios, pero detesto interactuar para conseguir el objetivo. Prefiero usar la imaginación de la forma más sucia que conozco, sin palabras, con gruñidos animales de satisfacción y movimientos perpetuos perfectamente concebidos. No malgasto el tiempo diseñando rostros y sobre todo, soy libre de parar cuando quiero sin tener que recurrir a las caricias y el cariño. ¿Me estoy convirtiendo en un monstruo? ¿O quizá la soledad autoimpuesta y llevada hasta límites extremos no es más que una forma subliminal de inteligencia?

Hay otro chiste viejo que me ronda la memoria: un tipo entra en un restaurante y le pregunta a la camarera, «¿tiene patas de cangrejo?», a lo que ella responde «no, cojeo por culpa del reuma». ¿Acaso no cojeamos todos por una u otra razón? A veces me pregunto la causa de tanta exigencia. Exigimos limpieza, integridad, simpatía, control y perseverancia, pero mientras reclamamos esas quimeras transformamos las preguntas en respuestas, las acciones en indiferencia y los deseos en apatía. Y aún tenemos la cara dura de avasallar a los que no están de acuerdo y huyen como de la peste de ese principio de acción y reacción diseñado para hacernos sentir creaciones perfectas, adalides de la utilidad o simplemente máquinas expendedoras de falsa e imperfecta sociabilidad. Nuestra sociedad, por lo menos la que con paciencia y perseverancia hemos creado y que se alimenta de los cuerpos en descomposición de cada uno de los elementos que la componen, está destinada a crear engendros deformes o mártires inmaculados. Ya no existe el término medio. Ya no existe ninguna forma de dignidad humana. Vivimos en un universo desechable. Amamos, matamos, follamos, mentimos y robamos con una configuración anónima. El gozo épico en forma de alabanza por considerarnos polvo de Dios no nos redimirá del holocausto final. Las mismas cenizas que transforman nuestras pretensiones ocultarán la tierra quemada y la herencia de las razas, los linajes, la alcurnia o la estirpe. Todos moriremos de la misma manera. Poco importa que descendamos de soberanos, opresores o beatos. Nuestra carne purulenta y corrompida alimentará a la misma fauna hambrienta.

Soy consciente de que me repito; incluso me repito al repetirte que me repito, pero no puedo hacer otra cosa. Me gustaría no reincidir en la misma miseria, pero no sería más que otra mentira, otra ficción cuidadosamente proyectada para evidenciar lo injustificable. Creo que estoy llegando a ese punto sin retorno en el que no tengo más remedio que disfrazar los razonamientos para no sentirme culpable. Es posible que sea el responsable de mis propios idealismos, estoy de acuerdo, pero desafortunadamente no dispongo de otros. En estos instantes me aferro a ellos con insistencia pegajosa y afán redentor, con modales arriesgados y suicidas, pero con esperanzas discretamente silenciosas.

Ahora debería acabar con otro chiste, pero no quiero resultar tan previsible.

Un abrazo.

Email del 29 de octubre 2012 Leer más »

Email del 27 de octubre 2012

Albert Bierstadt, Evening on the prarie. 1870

Querida:

Son las tres de la madrugada y no puedo dormir, así que he decidido planchar un par de textos y escribir un pantalón. No existe nada en este mundo que me exalte más los nervios que planchar la ropa, si exceptuamos la acción de tratar de mantener una conversación coherente con mi padre. La última vez que lo intenté acabé sudado y con aspecto derrotado. Por supuesto, me refería a la última vez que planché ropa, aunque también podría aplicarse a la última vez que intenté conversar con mi progenitor. De hecho, prefiero que me extraigan cuatro muelas seguidas, antes de volver a intentar alguna de esas dos actividades. ¿Para qué sirve exhibirse con la ropa totalmente lisa y estirada si por el contrario es el cerebro el que está parcialmente arrugado? ¿Quizá para aparentar lo que uno no es y lo que jamás, pase el tiempo que pase, podrá llegar a ser? Me parece una imbecilidad digna del homo sapiens que la gente cuide su exterior hasta límites que rayan en la demencia absoluta, mientras no se preocupan un comino por lo que incuban en sus interiores. Yo he planchado unos putos pantalones como ejercicio fóbico para lograr algo parecido al sueño, pero puedes estar segura de que mañana, antes de ponérmelos, procuraré arrugarlos saltando sobre ellos mientras maldigo el semen primigenio, ese que, de alguna forma, arrastró a una pobre célula inexperta a convertirse en un simio repleto de pelos que, en el curso de la evolución, transmutó en humano y empezó a coleccionar carencias, vicios y enfermedades.

En cuanto a mi padre, sé a ciencia cierta que no se plancha su propia ropa, pues tiene una esclava que lo hace. Pero aunque su «negra» denegara el placer de asearle la ropa, estoy seguro de que jamás conseguiría planchar ni una arruga sin antes haber sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en las manos, pues me imagino que plancharía con estas, aunque conociéndolo, no me extrañaría nada que lo hiciera con los testículos. Pero esa es otra historia, la historia de mi familia paterna, y de momento no voy a entrar demasiado en ella.

Acabo de abrir un bote de coca cola light. Me gusta notar el amargo sabor a pipí de castor en el gaznate, pues a eso sabe esta americanada burbujeante repleta de aspartamo. Entonces ¿por qué diantres la bebo? Bueno, ya me he contestado, porque sabe a meado de roedor semiacuático, pero sobre todo porque me produce bonitos y molestos flatos. No olvides que, como persona adulta y que ha vivido lo suyo, soy mi peor enemigo y me jacto de eso a todas horas y en cualquier parte. Claro está que todavía no me odio lo suficiente pues si así fuera sustituiría la Coca cola light o zero por Red Bull y entonces las flatulencias se convertirían en Napalm B.

Creo que estoy divagando, pero a estas absurdas horas de la noche ¿qué otra cosa puedo hacer? Podría ponerme un film de Pierre Schoendoerffer y disfrutarlo hasta el paroxismo, pero me niego a sacar provecho de mi absoluta incapacidad para mantenerme cuerdo a ciertas horas intempestivas. De hecho, me niego incluso a comportarme como un auténtico cafre hasta que la oscuridad se transforme en eso que los poetas llaman crepúsculo matutino y que tanto odian los ladrones, los murciélagos y los violadores.

No me extrañaría lo más mínimo que después de leer este email empezaras a tontear con los antihistamínicos, pero creo en lo más profundo de mi corazón, que es mejor que mis textos te produzcan alergias y no insuficiencia cardiaca. Lo que está claro es que por un azar del destino, llámalo casualidad fatal o como te apetezca, te ha tocado aguantar mi pesada e insoportable vigilia. Es posible que gracias a esta dura prueba, puedas sentirte realizada el resto de tu vida, pero también es probable que te cagues en mis antepasados. Por mi parte, sólo puedo agradecer tu infinita paciencia, pero si quieres sacar algún provecho de mi extraña e impoluta amistad, podrías tratar de vender tus memorias. Claro que antes tendrías que escribirlas. Ya sé que es un trabajo odioso -escribir la biografía, no cultivar mi amistad- pero te verías ampliamente recompensada a la hora de firmar autógrafos y cobrar royalties. ¡No olvides que conocerme es amarme!

Son cerca de las cuatro y me apetece un montón aporrear las paredes en sol menor. No lo hago porque desconozco la afinación correcta de los tabiques y muros. Pero partiendo de la base de que son instrumentos de percusión de altura indefinida, pues producen notas no identificables, y que el sonido que originan al ser golpeadas es similar al que produce una roca metamórfica al ser masticada por un hipotrago troilista, quizá debería intentar una afinación similar a la utilizada por el Aquaggaswack, ese extraño instrumento confeccionado con tapaderas de ollas que suena como si varias abuelas enajenadas y al unísono estrellaran sus cocidos contra las cabezas de sus yernos infieles.

Sigo escribiendo sandeces y todavía faltan algunas horas para las siete en punto, que es el momento en que suelo caerme en la ducha. Si no te tiemblan las piernas de pensar que aún pueden quedarme tres o cuatro párrafos más por componer, es que eres un ser especial y tremendamente valiente o simplemente ya estás de vuelta de todo. ¡Caray! al escribir la palabra «vuelta» he sentido unas repentinas ganas de prepararme una tortilla y si no corro a la cocina a batir y freír unos huevos ahora mismo es porque abrir mi nevera significa luxación de hombros asegurada debido a la desorbitada acumulación de hielo. Pero me gustaría que supieses que a los 19 años me presenté a un concurso nacional de omelettes en Lyon (Francia) y gane un accésit de consolación con mi «tortilla endomorfa de 7 huevos y medio».

Si no fuera porque estoy dopado con varios somníferos de primeras marcas que no han cumplido con el cometido para el que han sido diseñados, juraría que he tenido una alucinación, pues no se me ocurre otra manera de llamar a la visión de cinco cucarachas desgreñadas y llenas de tatuajes interpretando canciones de los Rolling Stones. Particularmente, he agradecido la versión que han hecho de «Sympathy for the devil», aunque ha habido un instante casi al final del tema en el que el redoble en el charles que el blatodeo Watts se ha sacado de la manga me ha parecido gratuito y vergonzoso.

¡Por fin son las seis y media! Creo que voy a saltar de alegría, pero ¿y si mientras brinco me cargo una baldosa? Dejaré la celebración para otra jornada. De momento voy a cumplir a rajatabla el ritual diario por el cual me hice famoso en el frenopático de Oullins, a sólo unos pocos kilómetros de Lyon (Francia) hace algunos años. Primero me quito el pijama mientras interpreto una versión psicótica del tema de Los Amaya titulado «Vete». Después del streep tease integral corro de un lado hacia otro de la casa hasta que me golpeo en la cabeza con el ambientador automático Air Wick y siento la imperiosa necesidad de darme una reconfortante y satisfactoria ducha. Una vez finalizada ésta, intento ponerme en contacto con los entes astrales por medio de la taza del inodoro, pero como casi nunca me contestan, me visto, desayuno y me transmuto en persona cabal y responsable.

Besos, abrazos y ácido acetilsalicílico.

Email del 27 de octubre 2012 Leer más »

Email del 26 de octubre 2012

Gürbüz Doğan Ekşioğlu

Hola, corazón:

Creo que es la tercera o cuarta vez que dejo de fumar en estos dos últimos años. Estoy tan acostumbrado a hacerlo que ya no me cuesta ningún esfuerzo abandonar este mortal y carísimo vicio; es como alejarse de una amante que de repente ha dejado de asearse, tú ya me entiendes. De momento, he sustituido el tabaco por caramelos y mala leche, pero supongo que un par de días todo volverá a la normalidad y podré sonreír a la gente sin tener ganas de seccionarles el tronco braquiocefálico con un buril.

Ayer, mientras decidía sobre varios aspectos de mi vida con los cuales creo que debería esforzarme un poco más, noté un repentino y seco golpe en el cerebro; al principio creí que una vena importante de mi cuerpo había estallado, pero unos minutos después, cuando logré tranquilizarme, una sensación reconfortante y placentera narcotizó mis temores y endulzó cada una de mis sensaciones. Era mi Satori interior susurrándome una canción de luz refulgente. Ahora ya sé lo que debo hacer: voy a tratar de desterrar de mi vida todo lo que no sirva para algún propósito concreto o pueda llegar a convertirse en un inconveniente. Por esa razón, he empezado a redactar una lista de vicios, actitudes y amigos o conocidos a los que he de aplicar una especie de Damnatio memoriae urgente y definitiva. Entre los vicios, me alegraría si fuera capaz de desterrar para siempre los chicles, los caramelos y los croissants, mis únicas depravaciones actuales, o por lo menos, las únicas de las que puedo hablar libremente sin sentirme vigilado o cohibido; por otro lado, tengo tantísimas actitudes que cambiar que enumerar unas pocas sería un ejercicio tan dificultoso e inútil como intentar domesticar un cocodrilo marino por medio de besos y caricias. En cuanto a los amigos, ya he borrado de mi vida a bastantes, pero en estos dos últimos meses, he llegado a batir mi propio record. Adiós Elena, adiós Eva, hasta nunca Sol. Podría escribir algunos nombres más pero ¿qué ganaría con eso?

Desde hace algún tiempo, habrás observado que mis emails se han acortado sensiblemente en tamaño y originalidad. Existe una razón lógica para esta tacañería desordenada: cada día que pasa me cuesta más trabajo pensar o llegar a una conclusión que no me estorbe mientras alegremente cambio de opinión. En otras palabras: lo que hace diez minutos tenía algún valor circunstancial y de alguna forma, corroboraba que soy medio humano, puede que en estos instantes no sea más que una ilusión óptica en la mente de un idiota hecho a sí mismo con mucho tesón y esfuerzo. Me gusta cambiar tanto de criterio como de calzoncillos, pero mientras estos últimos se decoloran y pierden elasticidad progresivamente, los criterios, erróneos o auténticos, limitados por una tremenda falta de perspectiva o incluso engrandecidos por lo que mi abuela Rufina llamaba «espíritu de contradicción», siempre permanecen en el tiempo; por supuesto, mientras uno tenga el suficiente poder como para convencer a los que le rodean que no son más que unos badulaques necesarios.

No sé si me he explicado bien, pero tanto si mi microdisertación ha sido de una genialidad desconcertante o por el contrario, digna del cerebro de un ratón marsupial al que han sometido a varios tratamientos de shock, me es indiferente. ¡Todo me importa nada! Y eso es parte de mi planteamiento mental actual. Tengo otros planteamientos de reemplazo, pero los guardo para cuando me haya convertido en un ser realmente insoportable.

Besazos.

PD: En cuanto a lo de la canción de luz refulgente, debo señalarte que aunque estoy tan lejos del budismo Zen como de los cristianos y los borregos que les siguen, siempre será mejor eso (el satori) que una molesta diverticulosis.

Email del 26 de octubre 2012 Leer más »

Email del 20 de octubre 2012

Gregory Thielker, Vortex. 2008

Querida:

En mi adolescencia y parte de mi juventud fui músico, eso ya lo sabes, y me encantaba componer canciones, de hecho yo era el autor de la casi totalidad del repertorio de un grupo. Generalmente, componía la música, aunque a veces también la letra. Por aquellos años, yo estaba completamente enganchado al Hare Krishna y la mayor parte de los pocos textos que intentaba, cuando no estaba demasiado ocupado intentando extraer melodías de algún punto del Cosmos, trataban sobre ese movimiento religioso. Podrías pensar que estaba demasiado influenciado por George Harrison, pero no es así: aunque me gustaban los Beatles, mi iniciación espiritual no fue culpa de ellos. Actualmente, soy ateo apóstata y me produce cierta vergüenza mi forma de pensar de aquellos años. Pero la juventud implica imbecilidad y tontería a partes iguales y aunque no es algo de lo que me sienta especialmente orgulloso, de nada serviría convencerme de que aquello no ocurrió. Recuerdo una canción que compuse a los 16 años cuya letra, absolutamente penosa pero emocionalmente sincera, se podría aplicar al día de hoy:

Fuera hace frio y llueve, llueve.
Yo estaré en casa toda la tarde,
y pensare en ti
y pensare en ti
y pensare en ti
Oh Maya

Oigo las gotas de agua
golpear mi ventana
como si me avisaran de algo…

Hare Krishna Hare Krishna
Krishna Krishna Hare Hare
Hare Rama Hare Rama
Rama Rama Hare Hare

Ya no recuerdo más. Maya es una Diosa perteneciente a la cultura hindú y budista. Es la señora de la creación y representa la ilusión, pero también el engaño, la falsedad. Yo era muy joven e inexperto y pensaba que todos los dioses védicos necesitaban su canción, así que le dediqué una a esta deidad a la que realmente había que temer. Pero no quiero que creas que estoy dejándome llevar por un estúpido e irreconciliable déjà vu. Te cuento esto porque el día de hoy es lluvioso, oscuro y con tormenta, y en la calle hace bastante frio. Te cuento esto porque seguramente no saldré de casa hasta mañana y me dedicaré a pensar, pero no en Maya, Manitú o incluso Jesús, sino en la forma más apropiada de encauzar el futuro, o lo que todavía me pueda quedar de él. Al mismo tiempo que organizo la jornada y mientras te escribo estas atolondradas líneas, las gotas de lluvia golpean furiosas los cristales de las ventanas. Es como si hubieran decidido romper el vidrio y permitir que la naturaleza entre en mi casa, en mi vida, en mi corazón.

Lo que sí recuerdo de la canción es la armonía, fabricada con los movimientos de los dedos jugando con el acorde Re en los trastes segundo y tercero. Es increíble la cantidad de melodías que se pueden sacar permitiendo a los dedos juguetear sobre esa posición. Desde entonces, nunca he intentado volver a tocarla, es más, hasta hace 15 minutos no me había vuelto a acordar de ella, pero estoy seguro de que si cojo la guitarra y lo intento, saldría perfecta a la primera. Desde luego no pienso retroceder al pasado interpretándola, aunque sí tocaré algo con la guitarra, lo que surja en ese momento. No existe nada tan perturbadoramente agradable como dejar que los dedos recorran el mástil sin pretensión artística; es como una visita al psicólogo pero sin tener que remunerarlo y sin sufrir el ahogo que produce rememorar imágenes o pensamientos pasados.

Son casi las 10 de la mañana y las plantas que viven en mi balcón están completamente cubiertas de gotas. Algunas de esas gotas brillan cuando las observo, otras, por el contrario, se ocultan entre las hojas y los tallos. Me siento feliz porque el agua de las nubes ha reverdecido mi jardín, pero al mismo tiempo no puedo disimular la tristeza que me produce pensar en mi amiga, su accidente y los resultados. Es una sensación rara, pues la comisura de mis labios no tiene claro qué dirección tomar y mi cerebro, bloqueado, escarmentado y herido no ayuda demasiado. Creo que lo mejor será que acabe con este email, o me pondré melancólico y no pararé de escribir ridiculeces que me atormentarán si en un futuro las releo.

Saludos.

Email del 20 de octubre 2012 Leer más »

Email del 19 de octubre 2012

Richard Prince, Nurse Series, 2004

Hola:

Me quedan unos 20 minutos para salir hacia el dentista, mientras espero voy a tratar de explicarte lo que hice ayer: prácticamente nada, como suele ser habitual en mí en estos últimos meses. Bueno, por la tarde aun practiqué trabajos manuales, pues construí, más que nada para matar el tiempo, un muñequito vudú con mi cara. La verdad es que nunca he creído en esas paparruchas, pero te puedo asegurar que funcionan, aunque no como uno esperaría, pues cuando clavé el alfiler en la cabeza sentí un dolor punzante y bastante insoportable en la rodilla. Claro que todo pudo ser una casualidad y realmente tengo un cáncer de rótula. No sé, quizá no puse el empeño suficiente en la fabricación del monigote pero no me no importa, esta tarde lo retocaré e intentaré superarme.

Por lo demás, el día fue una perfecta repetición de los anteriores: compaginé la euforia con el estancamiento emocional y por la noche, antes de acostarme dediqué media hora a perfeccionar mis maullidos. Ah, claro, ¡no te lo he contado! Llevo aproximadamente un mes maullando a ciertas horas para molestar a mis vecinos. Aunque al principio no me salían bien y más que los de un gato parecían los lamentos de Santa Teresa, poco a poco he ido cogiéndole el tranquillo y ahora es imposible distinguir los sonidos que salen de mi laringe de los de un minino sietemesino.

Ahora te tengo que dejar. Esta tarde si me siento con ganas volveré a escribirte. El odontólogo me espera para hacerme una masacre y no me gusta hacer esperar a los carniceros, ni siquiera a los que tienen un título. Si no recibes noticias mías en unos tres o cuatro días es que he fallecido. O eso o que me he fugado con la enfermera.

(Más tarde)

Al final no te he enviado el email; he preferido hacerlo cuando volviera del estomatólogo. Voy a tratar de contarte todo lo que ha sucedido en su consulta, aunque todavía tengo dormido hasta el hígado. Como siempre sucede en estos casos, lo primero que me han hecho ha sido inyectarme unos cuatro litros de anestesia con un sabor amargo y repugnante que me ha producido violentas arcadas. Al principio creí que a la doctora le había dado un calambre en la mano, ya que durante cinco interminables minutos no  dejó de bombear veneno sobre mi pobre encía. Menos mal que al final, y seguramente debido al precioso color azul cobalto que iban adquiriendo mi cara y parte de mi cuerpo, retiró la jeringuilla con un movimiento brusco  y me dejó descansar de suplicios durante un ratito. Mientras meditaba sobre la que se avecinaba, la enfermera estornudó unas 40 veces y en ningún momento vi que se lavara las manos. Claro que usaba guantes de látex, pero eso me puso bastante nervioso.

Por fin llegó el momento largamente temido y, con el sillón en posición horizontal, ambas se pusieron encima de mí y me llenaron la boca con un millón de instrumentos fríos como el hielo. Mientras me hurgaban y revolvían mantuvieron una bonita conversación intelectual que voy a tratar de reproducir en su totalidad.

DOCTORA: ¿Te acuerdas de Fina? Esa chica gordita que da saltitos de alegría cuando alguien pronuncia la palabra «electromagnético».
ENFERMERA: Ah sí, Estuvo aquí hace un par de meses ¿no? Le practicaste una ortodoncia.
DOCTORA: Esa, esa. ¿Sabes lo que le ha sucedido a su hijo pequeño?
ENFERMERA: ¿Qué le ha pasado?
DOCTORA: La semana pasada coincidí con su suegra en la peluquería y me lo contó. Un día, hace aproximadamente un mes, sin motivo aparente y mientras se comía una piruleta, el niño, creo que se llama Cosme, sufrió una repentina parálisis total.
ENFERMERA: ¡No me digas!
DOCTORA: Como lo oyes. Cuando llegó a su casa el médico de urgencias intentó quitarle la piruleta de la mano y le fue completamente imposible. No olvides que estaba completamente paralizado. Ni siquiera con la ayuda de una vecina y del delegado de la escalera lo pudieron conseguir. Al final tuvieron que llamar a un cerrajero de guardia.
ENFERMERA: ¿De guardia?
DOCTORA: Era domingo. (Dirigiéndose a mí) Gregorio, ahora igual te va a doler un poco.
YO: ¡Aaaaaahhhhhhhh!
DOCTORA: Tranquilo, no es nada. ¡Bueno! Como te decía, cuando lograron arrancarle el caramelo de las manos lo metieron en una ambulancia y lo trasladaron rápidamente al hospital.
ENFERMERA: Pobre niñito. Si es muy pequeño…
DOCTORA: Siete añitos.
YO: ¡Unga!, ¡Unga!
ENFERMERA: ¿Unga?
DOCTORA: Aguanta un poco…
ENFERMERA: Con tantos trastos en la boca no te entendemos, cariño.
DOCTORA: ¿Por dónde me había quedado?
ENFERMERA: Siete añitos.
DOCTORA: Eso, siete años. Creo que ya ha salido del coma, pero aún está ingresado. ¡Angelito!
ENFERMERA: A mi prima Rebeca la operan mañana de hemo…
YO:  ¡Ouaaaaahhhhhh!
DOCTORA: Sí, ahí duele, y eso que estás anestesiado. ¿Hemorroides?
ENFERMERA: Sí, pobrecita. Tiene tres. No tienes idea de lo que sufre. Pero es una cachonda y las ha bautizado.
DOCTORA: ¿Noooo?
ENFERMERA: Ya te digo. Juan, Perico y Andrés.
DOCTORA: ¡No puedo creérmelo! Es de locos. Las almorranas son femeninas. ¿Por qué les ha puesto nombre de tios?
ENFERMERA: Me imagino que porque a ella le chiflan los tios.
DOCTORA: ¡Toma, y a mí!
ENFERMERA: A mí también.Tiene tres hijos de cuatro padres diferentes.
DOCTORA: No me salen las cuentas…
YO: ¡Ouaaaaahhhhhh!

Como podrás suponer, han sido unos 45 minutos muy desagradables. Imagínate que al dolor le sumas esa estúpida conversación. Ha habido un momento en que he pensado seriamente darles una patada de kárate a cada una y salir corriendo. Por lo menos ya ha pasado todo. Tengo la quijada somnolienta pero creo que soy capaz de pronunciar «constitucionalmente» sin morderme la lengua. Ahora me voy a pegar una ducha reconfortante y después me iré a la mercería a robar un par de calzoncillos.

Besos.

Email del 19 de octubre 2012 Leer más »

Email del 18 de octubre 2012

Edward Hopper, Nighthawks. 1942

Hola:

Tenia ganas de escribirte y me he puesto a ello, pero no sé que contarte, desde antes de ayer no han pasado demasiadas cosas interesantes. Ayer fui a acompañar a mi madre al neurólogo y sentí unos fuertes deseos de que me abriera la cabeza -el médico, no mi madre- allí mismo y esterilizara mi cerebro, pero como no pude ver que dispusiera de ningún autoclave me contuve y me dediqué a observarlo mientras él, a su vez, observaba a mi progenitora y ella a la enfermera. Esta última contemplaba sus uñas lacadas y el murmullo de los pacientes que esperaban fuera apelotonados servía de leit motiv a la escena. Al salir de la consulta, miré al cielo sobre mi cabeza y me entraron ganas de gritar, pero logré contenerme y seguí comportándome como un humano cabal. Mientras intentaba parecer eso, un humano cabal, algunas ideas absurdas cruzaron por mi cabeza, pero las contuve con fuerza y pude llegar a mi barrio sin ningún contratiempo. Antes de subir a mi casa me metí en una cafetería y pedí zumo de veneno, pero el camarero me contestó que se había terminado, así que tuve que contentarme con un cortado con leche natural y sacarina. Mientras lo sorbía volví a jugar a observar a la gente: un hombre gordo y de aspecto bonachón que se sentaba en la mesa contigua y que hablaba solo me recordó a un amigo de la infancia; escrutándolo durante un rato, por fin llegué a la conclusión de que aquél era mi antiguo amigo, y de que el tiempo no perdona, ni siquiera a los gordos. Estuve tentado de saludarlo pero algo interno me lo impidió, así que continué con mi ejercicio de inspección y al cabo de unos pocos segundos me detuve en una mujer muy guapa de unos 40 años que leía el periódico. Me concentré en su rostro. ¿Dónde había visto antes esas facciones? Intenté recordar pero fue inútil. Por un momento, estuve tentado de preguntarle si me conocía de algo, pero volví a contenerme. Decidí toser para ver si su mirada se dirigía hacia mi y me reconocía, pero al final pagué mi cuenta y me largué.

Una vez en casa, me dirigí al baño a lavarme las manos con gel de alcohol, lo que hago siempre cuando vuelvo de interactuar con homínidos racionales; al mirar mi reflejo en el espejo, no pude reconocerme. -¿Esa cosa soy yo?- me pregunté mientras el gel calentaba mis manos al mismo tiempo que las desinfectaba. Si eso soy yo, entonces no me gusta lo que veo… Cerrando la puerta del aseo con un golpe que hizo retumbar los cimientos del edificio, me deslicé hasta mi habitación y me acosté. Mientras daba vueltas de un lado a otro, pensé en las veces que me había contenido esa misma mañana y sentí ganas de ladrar, pero nuevamente me serené y pude dormir durante un par de horas. Cuando me levanté quise ponerme a limpiar la casa, pero ¿lo adivinas? me contuve, sí, y me senté en el sofá del comedor a gastar un poco de mi tiempo. Esta vez no me reprimí y pude disfrutar en toda su plenitud de ese inútil ejercicio.

Ya sé que este email no es nada. Ya sé que este texto es forzado. Podría contenerme y no escribirlo, pero quería saludarte. Es muy posible que no vuelva a hacerlo en semanas o meses, aunque también es factible que esta tarde te escriba otro. Todo depende de mi estúpido hábito de auto cohibirme. Pero por otra parte, si no dominara mis impulsos, seguramente estaría en la cárcel, en el manicomio o incluso en una jaula del zoo. De momento, voy a comedir mis pensamientos distorsionados y a intentar mesurar mis emociones. Y no se me ocurre una manera mejor de hacerlo que fingir que soy una estatua de mármol.

Un beso.

Email del 18 de octubre 2012 Leer más »

Email del 15 de octubre 2012

Vincent Van Gogh, Habitación en Arles, 1888

Amiga mía:

Continúan los sueños aberrantes y sin sentido, rozando la demencia absoluta. El de hoy ni siquiera te lo voy a relatar, no quiero que te escandalices. ¡Bueno! voy a contarte un poco, no puedo remediarlo: compito en una carrera de cuadrigas frente a 10 adversarios entre los que se encuentra el príncipe Judá Ben-Hur y contra todo pronóstico, gano. El premio es una corona de laurel y un melocotón. Como no tengo pelo, cuando Poncio Pilatos me pone la corona en la cabeza, esta se resbala y cae al suelo provocando la hilaridad general. Abochornado, trato de esconderme detrás del melocotón, pero este es demasiado pequeño para ocultarme y las risas de la plebe se triplican. Con un ademán majestuoso, Pilatos calla al público, se come la fruta, ordena que le preparen unas chuletas de cerdo  al laurel con la corona y a mí me crucifica.

Creo que debo hacer algo al respecto o acabaré por enloquecer definitivamente, aunque de momento todavía no se me ocurre nada en absoluto. Ni siquiera se me ocurre algo bueno que contarte pues mi vida sigue sin cambios aparentes, por lo menos hasta este mismo instante. Es posible que hoy sea el día D de los cambios eternos, sobre todo si me electrocuto al afeitarme, algo que es imposible que suceda, más que nada porque me afeito con espuma. ¿Se te ocurre alguna idea para que todo este sopor inducido por la repetición diaria de los mismos acontecimientos cambie para mejor? Si es así, te ruego que me la envíes rápidamente y te estaré agradecido mientras viva.

Ayer traté de escribir un relato corto para presentarlo al concurso que me recomendaste, pero sólo pude garabatear unos puntos suspensivos. Dudo que pueda ganar el premio de 500 Euros con tres puntitos alienados horizontalmente, pero de todas formas lo enviaré. Si no me proclaman vencedor, por lo menos podrán acelerar los papeles para mi internamiento de por vida en una institución mental o nombrarme «idiota del año», lo que antes se les ocurra. Por mi parte, todo me importa un bledo, excepto fumar un par de paquetes diarios y sentarme en el suelo a ver pasar el tiempo.

Está claro que necesito ayuda pero no sé cómo conseguirla. Cuando intento gritar, lo único que consigo es que las golondrinas que anidan en la parte superior de mis ventanas salgan volando presas del pánico y acaben estrelladas en la pared del edificio de enfrente. No quiero sentirme culpable, pero es algo que no puedo evitar. Y actualmente es cómo me siento por cualquier motivo. Si debido a los temblores de mis manos, por ejemplo, un cuchillo o un tenedor se me caen al suelo, me siento culpable; y aunque les prometo que los quiero con locura y que para mí son lo más importante, nada me sirve para neutralizar esos sentimientos que me impiden aferrarme con fuerza a los breves momentos de dicha pasajera que se apretujan temerosos a mi espalda. ¡Imagínate!, hasta la felicidad tiene miedo de aparecer delante de mí. ¡Y eso que no soy tan feo!, aunque puedo poner caras terribles cuando me lo propongo, sobre todo delante del espejo o cuando llama a mi puerta algún testigo de Jehovah.

Supongo que me estoy volviendo paranoico y que es una cuestión de semanas que acabe por cortarme una oreja y enviársela a mi hermano. ¿Ves? ni siquiera soy capaz de pensar una estupidez que no haya sido antes ideada por otro demente. Si Theo levantara la cabeza, seguramente me denunciaría por plagio auricular y yo tendría que reembolsarle una cifra de la que no dispongo. ¡Dios!, vuelvo a divagar; podría sollozar, que también termina en «ar», pero eso no haría que me sintiera mejor de lo que me siento. Supongo que todos tenemos conflictos mentales y que es parte de la existencia luchar contra ellos, el problema es que yo estoy cansado de luchar y ya no me quedan fuerzas. Las pocas que guardaba como si fueran un tesoro las empeñé el día 30 de septiembre, pero eso es otra historia y no puedo permitirme el lujo de volver sobre ella.

Se despide de ti, un desvencijado cerebral con los mismos besos y abrazos que siempre. Al fin y al cabo, no me cuestan dinero ni esfuerzo.

Vincent Van López

Email del 15 de octubre 2012 Leer más »

Email del 13 de octubre 2012

Pablo Picasso, Seated monkey.1905

Querida:

Para que te hagas una idea de cómo funciona mi cabeza no se me ocurre nada mejor que contarte la pesadilla de hoy, por lo menos lo poco que recuerdo: un primate, no podría decirte de qué género o especie, me defecaba en la boca con unas heces tan liquidas que se deslizaban por la comisura de mis labios hasta impregnar los hombros y parte del torso. Sí, ya sé que es asqueroso, pero ¿qué quieres que haga?, los sueños sólo son veleidades del subconsciente y nadie tiene poder para encauzarlos a su propia conveniencia. Te aseguro que me hubiera apetecido más soñar con prados cubiertos de margaritas cimbreando bajo el sol, mientras la hierba mojada y algunos pequeños arbustos verdeados por el agua se balancean de un lado a otro mecidos por el viento del Este. Seguramente debo tener parcialmente dañado el prosencéfalo basal o quizá toda la región anterior del hipotálamo, ¿Qué más da? Por lo menos, mientras permanezco en constante vigilia, con los ritmos circadianos funcionando a plena potencia en el núcleo supraquiasmático, las ensoñaciones forzadas no llegan a los límites que alcanzan algunas veces los sueños. Supongo que el mesencéfalo aún me funciona hasta cierto punto, por lo menos hasta ese imperfecto nivel que separa la vesania más psicótica de la cordura racional y que en algunos instantes me convierte en un ser lúcido, sensato y, a veces, incluso constante.

A menudo pienso que debería someterme a una prueba polisomnográfica, sin embargo y sobre todo animado por los sueños que me cuentan amigos y conocidos, y créeme, algunos sueñan cosas mucho peores, me dejo llevar por la lánguida dejadez que enmaraña mi actividad y me convenzo de que soy, hasta cierto punto, un tipo normal con pequeñas dosis de excentricidad y contradicción, por supuesto, dentro de la excepción más inútil e ineficaz. El problema, es que cada uno de nosotros, los exiliados emocionales, somos básicamente como podemos o como nos dejan ser. Nuestro comportamiento está supeditado socialmente, y es ese mismo sometimiento el que de una u otra forma altera la condición, los accidentes y las casualidades de nuestras vidas, no importa que estemos despiertos o dormidos, asustados o decididos, sumidos en confusiones estériles que paralicen cada una de las mil y una emociones que turban nuestro deseo innato de docilidad ineludible, o avivados, o simplemente entumecidos.

Hay un lugar, por lo menos eso he leído en alguna parte, donde todos los problemas y dudas desaparecen. Ese lugar no es más que la propia mente y sus indefinidas posibilidades. La mía actualmente se encuentra desaprovechada y cubierta de herrumbre. Todos los días trato de asearla con un paño húmedo, pero el óxido es pugnaz y extremadamente complicado de limpiar. No existe un producto que la higienice en su totalidad. Mientras trato de buscar una panacea que me libere de compromisos y responsabilidades, no me queda otro remedio que utilizar ciertos placebos para que me narcoticen: la cobardía, el miedo y sus espantosas consecuencias.

Hoy he soñado con un mono y sus funciones corporales excrementales; puede que el sueño de mañana sea la continuación del mismo o algo totalmente distinto. De momento, me niego a extraer un significado o a auto-psicoanalizarme. Puede que algún día lo intente. Puede que incluso algún día no necesite soñar, pues me habré convertido en una partícula, un protón, un átomo de hidrogeno en estado plasmático, en definitiva, una infinitesimal parte del Todo y la Nada. ¿A quién puede importarle?

Besazos.

Email del 13 de octubre 2012 Leer más »

Segundo email del 11 de octubre 2012

Frank Stella, Lake city. 1962

Hola de nuevo:

Hace 11 días que no me río. Tú conoces la razón. ¿Cómo podría hacerlo cuando las circunstancias son tan desfavorables? La verdad es que hace el mismo número de noches que no duermo más de dos horas seguidas y ya empiezo a sufrir las consecuencias. De momento, mi pasividad se ha incrementado de la misma forma que el sentido de apreciación negativo. Es posible que cuando todo esto pase vuelva a recuperar las coordenadas mentales y emocionales que barajaba antes del accidente. También es posible que ya nunca vuelva a ser el mismo. ¿Quién es capaz de adivinar su propio futuro? Lo único que en estos momentos sé es que cuando cierro los ojos veo un coche destrozado y en su interior alguien que no pudo llegar a su destino, yaciendo inerte con severos politraumatismos. Me siento tan afectado que ni siquiera puedo concentrarme en mi actividad favorita, es decir, no hacer nada; y consumo los minutos que comprenden cada hora caminando de un lado hacia otro sin rumbo, como el alma desencarnada de un espectro. Y mientras pateo cada una de las baldosas del pasillo ruego con todas mis fuerzas para que el tiempo se atrase o incluso se adelante unos cuantos meses. Pero las manecillas del reloj han sido diseñadas para medir el paso que no acepta lágrimas, que no se doblega ante los chantajes ni el dolor.

A veces, mientras desando el espacio que ya he recorrido cientos de veces, siento una repentina y avasalladora tristeza que no puedo evitar. Entonces me acurruco en el suelo y trato de calcular los metros que me separan del principio o me faltan para llegar al final. Sólo cuando acabo el trayecto establecido, me siento fuerte y estoy totalmente convencido de que vale la pena comenzarlo de nuevo. Ya no me interesa nada que no tenga cierta relación con el suelo. Mientras mis pies no pierdan el contacto con él, sé que estoy seguro.

Ahora, mientras te escribo esto, siento la necesidad de sostener las paredes que rodean mi itinerario, pero están frías y manchadas con el polvo de los días y de las noches. Podría limpiarlas pero no tendría sentido. Quizá debería… no sé…

Besos.

Segundo email del 11 de octubre 2012 Leer más »

Email del 11 de octubre 2012

Sue Coe, Monkey 2006

Hola:

Mi cerebro tiene 34 actualizaciones importantes disponibles pero me niego rotundamente a que sean instaladas, ya no necesito tenerlo al día pues he decidido volverme idiota, que es el único estado en que realmente se saca provecho a la felicidad, ya sea natural o inducida químicamente. Ayer gasté la totalidad de mi tiempo cambiando las macetas de los Selenicereus de sitio; intenté alojarlos en varias posiciones: a pleno sol, semisombra y sombra completa, pero al final los volví a dejar en el lugar que ocupaban originalmente en el balcón. ¡12 horas de indecisiones que no sirvieron para mucho! Pero no perdidas por completo, pues aunque nunca encontraba la posición que en ese momento creía que sería la correcta, por lo menos demostré que la indecisión es un arte y que, hoy por hoy y pese a quien pese, yo soy un artista con un talento especial en la compleja y denostada disciplina irresolutiva.

Hoy es un día especial, lo presiento. Estoy decidido a batir mi propio record abúlico con unas cuantas dosis de desgana e indiferencia. ¿De qué sirve justificar el día si la noche va a poner fin a los hechos? Y más sabiendo que esos mismos hechos no son más que un accidente circunstancial, una coyuntura errónea que se desintegra bajo los mismos fundamentos sobre los que fue creada. No pienso seguir con este dichoso juego, en el que algunos dictan las normas y otros las cumplen a rajatabla. Soy un superviviente, y como tal merezco cierto respeto. Ya no necesito comportarme humanamente, básicamente porque soy un mono. Podrías echarme cacahuetes y quizá me dejaría acariciar el cogote, pero mientras trato de espulgarme puedo percibir el continuo movimiento del firmamento. Mientras lo percibo, las cuatro formas fundamentales de interacción de la materia siguen un curso establecido y la energía oscura se empeña en acelerar la expansión de ese Universo que prepara una nueva extinción.

¡Cómo me gustaría viajar a Alpha Centauro! O a Sirio, Altair, Capella o Fomalhaut. No importa la estrella, pero sí la lejanía de todo lo que implique socialización y comportamientos democráticos. Yo no he sido engendrado para asentir con la cabeza, ni siquiera para devolver sonrisas adulteradas. Mi concepción, igual que la tuya o la de cualquier otro paria de la tierra no fue más que un accidente de la evolución biológica, un suceso que está resultando demasiado costoso para el resto de especies que tratan de cohabitar en armonía. Puede que mi asqueamiento como individuo perteneciente a una mal llamada raza superior te empiece a pasar factura. Sé que me repito, pero no puedo dejar de hacerlo. Una fuerza inusitada me obliga a replantearme algunas preguntas para las que no estoy capacitado a encontrar respuestas. Lo único de lo que estoy seguro es de que estoy tocando fondo, tú estás tocando el fondo, todos estamos inmersos en una vorágine involutiva que se desarrolla demasiado lentamente; un pozo de mierda cuyo fondo se percibe, pero contra el cual nunca nos estrellamos. Es como si una microatmósfera, caótica y desproporcionada, nos impidiera desmembrarnos por el impacto de la caída. Pero mientras este continuo deslizamiento, inútil y sin perspectiva, cuya verdadera finalidad es demostrarnos que no somos imprescindibles se alarga a cámara lenta, los desechos putrefactos de la sustancia con la que fabricamos el futuro terminará irremediablemente con cualquier vestigio de vida sobre la Tierra.

Un abrazo.

Email del 11 de octubre 2012 Leer más »