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| Albert Bierstadt, Evening on the prarie. 1870 |
Querida:
Son las tres de la madrugada y no puedo dormir, así que he decidido planchar un par de textos y escribir un pantalón. No existe nada en este mundo que me exalte más los nervios que planchar la ropa, si exceptuamos la acción de tratar de mantener una conversación coherente con mi padre. La última vez que lo intenté acabé sudado y con aspecto derrotado. Por supuesto, me refería a la última vez que planché ropa, aunque también podría aplicarse a la última vez que intenté conversar con mi progenitor. De hecho, prefiero que me extraigan cuatro muelas seguidas, antes de volver a intentar alguna de esas dos actividades. ¿Para qué sirve exhibirse con la ropa totalmente lisa y estirada si por el contrario es el cerebro el que está parcialmente arrugado? ¿Quizá para aparentar lo que uno no es y lo que jamás, pase el tiempo que pase, podrá llegar a ser? Me parece una imbecilidad digna del homo sapiens que la gente cuide su exterior hasta límites que rayan en la demencia absoluta, mientras no se preocupan un comino por lo que incuban en sus interiores. Yo he planchado unos putos pantalones como ejercicio fóbico para lograr algo parecido al sueño, pero puedes estar segura de que mañana, antes de ponérmelos, procuraré arrugarlos saltando sobre ellos mientras maldigo el semen primigenio, ese que, de alguna forma, arrastró a una pobre célula inexperta a convertirse en un simio repleto de pelos que, en el curso de la evolución, transmutó en humano y empezó a coleccionar carencias, vicios y enfermedades.
En cuanto a mi padre, sé a ciencia cierta que no se plancha su propia ropa, pues tiene una esclava que lo hace. Pero aunque su «negra» denegara el placer de asearle la ropa, estoy seguro de que jamás conseguiría planchar ni una arruga sin antes haber sufrido quemaduras de segundo y tercer grado en las manos, pues me imagino que plancharía con estas, aunque conociéndolo, no me extrañaría nada que lo hiciera con los testículos. Pero esa es otra historia, la historia de mi familia paterna, y de momento no voy a entrar demasiado en ella.
Acabo de abrir un bote de coca cola light. Me gusta notar el amargo sabor a pipí de castor en el gaznate, pues a eso sabe esta americanada burbujeante repleta de aspartamo. Entonces ¿por qué diantres la bebo? Bueno, ya me he contestado, porque sabe a meado de roedor semiacuático, pero sobre todo porque me produce bonitos y molestos flatos. No olvides que, como persona adulta y que ha vivido lo suyo, soy mi peor enemigo y me jacto de eso a todas horas y en cualquier parte. Claro está que todavía no me odio lo suficiente pues si así fuera sustituiría la Coca cola light o zero por Red Bull y entonces las flatulencias se convertirían en Napalm B.
Creo que estoy divagando, pero a estas absurdas horas de la noche ¿qué otra cosa puedo hacer? Podría ponerme un film de Pierre Schoendoerffer y disfrutarlo hasta el paroxismo, pero me niego a sacar provecho de mi absoluta incapacidad para mantenerme cuerdo a ciertas horas intempestivas. De hecho, me niego incluso a comportarme como un auténtico cafre hasta que la oscuridad se transforme en eso que los poetas llaman crepúsculo matutino y que tanto odian los ladrones, los murciélagos y los violadores.
No me extrañaría lo más mínimo que después de leer este email empezaras a tontear con los antihistamínicos, pero creo en lo más profundo de mi corazón, que es mejor que mis textos te produzcan alergias y no insuficiencia cardiaca. Lo que está claro es que por un azar del destino, llámalo casualidad fatal o como te apetezca, te ha tocado aguantar mi pesada e insoportable vigilia. Es posible que gracias a esta dura prueba, puedas sentirte realizada el resto de tu vida, pero también es probable que te cagues en mis antepasados. Por mi parte, sólo puedo agradecer tu infinita paciencia, pero si quieres sacar algún provecho de mi extraña e impoluta amistad, podrías tratar de vender tus memorias. Claro que antes tendrías que escribirlas. Ya sé que es un trabajo odioso -escribir la biografía, no cultivar mi amistad- pero te verías ampliamente recompensada a la hora de firmar autógrafos y cobrar royalties. ¡No olvides que conocerme es amarme!
Son cerca de las cuatro y me apetece un montón aporrear las paredes en sol menor. No lo hago porque desconozco la afinación correcta de los tabiques y muros. Pero partiendo de la base de que son instrumentos de percusión de altura indefinida, pues producen notas no identificables, y que el sonido que originan al ser golpeadas es similar al que produce una roca metamórfica al ser masticada por un hipotrago troilista, quizá debería intentar una afinación similar a la utilizada por el Aquaggaswack, ese extraño instrumento confeccionado con tapaderas de ollas que suena como si varias abuelas enajenadas y al unísono estrellaran sus cocidos contra las cabezas de sus yernos infieles.
Sigo escribiendo sandeces y todavía faltan algunas horas para las siete en punto, que es el momento en que suelo caerme en la ducha. Si no te tiemblan las piernas de pensar que aún pueden quedarme tres o cuatro párrafos más por componer, es que eres un ser especial y tremendamente valiente o simplemente ya estás de vuelta de todo. ¡Caray! al escribir la palabra «vuelta» he sentido unas repentinas ganas de prepararme una tortilla y si no corro a la cocina a batir y freír unos huevos ahora mismo es porque abrir mi nevera significa luxación de hombros asegurada debido a la desorbitada acumulación de hielo. Pero me gustaría que supieses que a los 19 años me presenté a un concurso nacional de omelettes en Lyon (Francia) y gane un accésit de consolación con mi «tortilla endomorfa de 7 huevos y medio».
Si no fuera porque estoy dopado con varios somníferos de primeras marcas que no han cumplido con el cometido para el que han sido diseñados, juraría que he tenido una alucinación, pues no se me ocurre otra manera de llamar a la visión de cinco cucarachas desgreñadas y llenas de tatuajes interpretando canciones de los Rolling Stones. Particularmente, he agradecido la versión que han hecho de «Sympathy for the devil», aunque ha habido un instante casi al final del tema en el que el redoble en el charles que el blatodeo Watts se ha sacado de la manga me ha parecido gratuito y vergonzoso.
¡Por fin son las seis y media! Creo que voy a saltar de alegría, pero ¿y si mientras brinco me cargo una baldosa? Dejaré la celebración para otra jornada. De momento voy a cumplir a rajatabla el ritual diario por el cual me hice famoso en el frenopático de Oullins, a sólo unos pocos kilómetros de Lyon (Francia) hace algunos años. Primero me quito el pijama mientras interpreto una versión psicótica del tema de Los Amaya titulado «Vete». Después del streep tease integral corro de un lado hacia otro de la casa hasta que me golpeo en la cabeza con el ambientador automático Air Wick y siento la imperiosa necesidad de darme una reconfortante y satisfactoria ducha. Una vez finalizada ésta, intento ponerme en contacto con los entes astrales por medio de la taza del inodoro, pero como casi nunca me contestan, me visto, desayuno y me transmuto en persona cabal y responsable.
Besos, abrazos y ácido acetilsalicílico.
