septiembre 2018

Email del 30 de septiembre 2018

Rene Magritte. The happy donor (1966)

Amiga (Nota: aunque te considero de esa manera, no creo que sirva para nada tener y mantener amigos):

La mayor parte de la gente utiliza el mismo amuleto… quiero decir… bueno, ya sabes, cuando las cosas no se parecen a lo que uno había previsto, se recurre a pensar en los viejos tiempos. Yo en ocasiones, también lo hago, pero no me sirve de gran cosa, pues los viejos tiempos no fueron tan buenos, o si lo fueron, han acabado totalmente distorsionados gracias al continuo paso de los días y de las noches, con lo que no resultan lo suficientemente fiables como para convertirlos en una referencia. Pensar sobre unos recuerdos adulterados se me antoja una acción tan inútil como llegar a la conclusión de que el futuro será una época increíble en la que no cometeremos errores (Nota: al hablar de periodos humanos no existe nada que pueda ser tildado de extraordinario).

No soy feliz porque no creo que exista ese estado de ánimo. Pero puedo estar equivocado, ya que la mayor parte de los habitantes del planeta están convencidos de que, no solo existe, sino que es el verdadero tesoro. Sin embargo, si das a elegir entre ambos cofres a cualquiera, me refiero entre el «tesoro felicidad» y el «tesoro dinero»… (Nota: no volver a utilizar ambos términos para provocar una reacción que pueda someter al lector-individuo a una catarsis emocional fraudulenta).

Vicente Corberá Sancho era un individuo del montón. Un día descubrió que no era feliz, pero ya era demasiado tarde pues acababa de cumplir 89 años. La primera idea que le pasó por la cabeza fue salir a la calle y hacer todas las gamberradas factibles en el mínimo tiempo posible, pero se confundió con ambos términos y ambas terminaciones en «ible» y cuando sus pies y las ruedas de su tacatá metálico tocaron el suelo de la avenida donde vivía, lo que hizo… ¡Sí!, fue algo aborrecible, inadmisible y muy muy muy discutible, pero por lo menos salió en la portada de todos los periódicos al día siguiente. ¿Qué hizo? ¿Qué hizo? (Nota: nunca se debe terminar un párrafo con una pregunta. Tampoco con dos preguntas o la misma duplicada).

Creo que este es el único email de todos los que te he enviado en los últimos ocho años que no puede ser catalogado. Me refiero a que no es ni serio ni humorístico. Seguramente es tan flojo o más que los anteriores, pero es diferente. Carece por completo de cadencia armónica y cada párrafo se asemeja a un pegote. ¿Y la historia de Vicente Corberá? Parece que la haya inventado un misacantano caquéctico, asténico y atafagado que padeciese de tenesmo rectal. Pero no me importa. ¡No me importa nada en esta vida!, excepto el continuo movimiento del aire, que carece por completo de forma. (Nota: en un principio iba a utilizar la frase «la blanca espuma de la cerveza» en lugar de «el continuo movimiento del aire». Al final me decidí por la segunda porque era la menos espantosa de las dos).

Greg (Nota: aunque cuatro párrafos después sigo sin ser feliz, noto que me quiero y sé que si fuera factible copularía conmigo mismo para ver qué sucede).

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Email del 29 de septiembre 2018

Marc Chagall. Having heard about the death of Jonathan, his closest friend, which had been killed in battle against the Philistines, David cries and sings a mournful song (1956)

Querida:

En 1917 el insigne Gregorio Peperomio publicó un anuncio en los principales rotativos del país informando a los lectores que pudieran estar interesados, que «sonfilan ir rumañofetur oz up ta dakasladaba». Pese a la complejidad del enunciado, el señor Peperomio recibió cerca de 17.000 respuestas, algunas de ellas totalmente coherentes. Cinco décadas después, para ser exactos, el 28 de septiembre de 1972, Gregorio Peperomio falleció mientras intentaba contar con las manos los años que tenía. A su funeral asistieron 17 personas y una paloma. Se cree que la paloma simplemente pasaba por allí, pero el resto de asistentes, es decir, los 17 restantes, lloraron la pérdida de Gregorio Peperomio como si se tratara de la de sus propios padres.

Gregorio Peperomio Frofró nació en Tralencia, que es como su bisabuela Rufina denominaba a Valencia. Rufina Frofró padecíó durante toda su vida un serio problema lingual que le impidió pronunciar las uves y sus descendientes adoptaron sus «palabros» con toda naturalidad. A la edad de 25 años, Gregorio se matriculó en la Facultad de basureros de Tralencia y al cabo de unos pocos años abrió su propio buffete de recogidas de basuras a domicilio con la ayuda monetaria de su madre, Adela Frofró Ñamñán. Los Ñamñán eran una estirpe de barrenderos cuyo linaje se remontaba 700 años atrás, cuando Federico Ñamñán I se desposó con su hermana Federica Ñamñán II y parieron dos criaturas: Federiquin Ñamñán III-a y Federiquina Ñamñán III-b.

Durante «La revuelta de los Ñamñan de 1635» que es como se denominó al primer cisma familiar que dividió en cuatro facciones a los Ñamñan, un tal Rigoberto Ñamñan Sinfrosfrisfrás, casado en segundas nupcias con Rosenda Calatatatatata Drundadrunda e hijo de Caciano Ñamñan Truscotrusco y Eleuteria Sinfrosfrisfrás Hamanananananananananan, se proclamó basurero principal de Tralencia. Cuando eso sucedió, Casildo Ñamñan, el líder de una de las facciones contrarias, la denominada «Facción émula empecinada» raptó al hijo de Rigoberto y lo desolló al amanecer del tercer día. Cuando su madre, Eleuteria Sinfrosfrisfrás, se enteró de lo ocurrido con su primogénito ordenó a sus sicarios favoritos que encontraran y cocinaran a fuego lento al nieto de Casildo, pero un terremoto de 9,5 de magnitud puso fin a las disputas durante dos siglos y medio.

Podría estar todo el día contándote anécdotas sobre la estirpe de los Frofró o los Ñamñan, pero lamentablemente he de ponerme a marchar triunfalmente de un lado a otro de mi pasillo mientras entono algunas canciones militares que me enseñaron en mi juventud. ¿Recuerdas la titulada Dos de Mayo?

«Dos de Mayo es primaveraaaaaaaa,
Todos se van a la guerraaaaaaa,
Unos ríen y otros lloraaaaaaan
y otros se mueren de penaaaaaaa.»

En mi opinión la mejor de todas es esta, aunque desconozco cómo se titula:

«La muerte como es mujeeeeer
es bonita y traicioneraaaaa
por eso siempre estaréeeeee
acechante y a la esperaaaaaa.»

Sin embargo la que más me emociona sigue siendo una que fue compuesta por un militar que se supone era miembro del ejército del Duque de Infantado:

«Aquí, en fin, la cortesíaaaaa,
el buen trato, la verdaaaaad, 
la firmeza, la lealtaaaaad, 
el honor, la bizarríaaaaa, 
el crédito, la opinióoooon,
la constancia, la pacienciaaaaa, 
la humildad y la obedienciaaaaa,
fama, honor y vida sooooon 
caudal de pobres soldadooooos;
que en buena o mala fortunaaaaa
la milicia no es más que unaaaaa 
religión de hombres honradooooos.» 

Ahora sí, te dejo. Me espera sobre la silla de Ikea la réplica de trabuco que robé en el Marché aux puces de París durante mi Voyage d’amoureux. Un besazo.

Mambrú López Pérez

Email del 29 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 27 de septiembre 2018

Umberto Boccioni. Dynamism of the human body (1913)

Hola:

Llevo tres semanas trabajando en mi próximo libro que se titulará 389, la cifra de los minicuentos que conformarán el volumen. De momento ya llevo escritos 297, por lo que estoy en condiciones de asegurar que en otra semana y media más podré darlo por terminado. Todos los minicuentos tratan sobre una parte del cuerpo humano, tienen un máximo de tres párrafos y no pueden superar de ninguna manera los mil vocablos. Como suelo hacer normalmente, voy a transcribirte algunos. O mejor, la mitad de la extensión de cuatro de ellos escogidos al azar. Espero que una vez los hayas leído sigas queriendo ser mi amiga.

Cuento número 39: NARIZ

Las lucecitas que hasta entonces giraban a una velocidad increíble dejaron de rodar y de brillar. La culpa fue del superchute que le metieron directamente en una gran vena.
-Ahora ya no verás luces. Pronto te dormirás y te dejará de doler la cabeza.
Quien pronunciaba esas relajantes palabras era una doctora atractivamente madura que llevaba el pelo revuelto y a la que le brillaban los ojos como si estuvieran fabricados con purpurina.
-Doctora, ¿voy a morirme?
-Seguramente usted vivirá más que yo. Tranquilícese.
Y llevaba toda la razón, pues nada más pronunciar esa frase sufrió un ataque cardíaco y falleció desplomándose contra el suelo. El ruido que hizo su caída le recordó un efecto sonoro que había escuchado en numerosas ocasiones en films antiguos o de arte y ensayo. Mientras parte del personal retiraba el cuerpo de la fallecida con extremo cuidado, él se puso a meditar sobre macarrones con tomate y verduras sin Avecrem de Gallina Blanca, sobre macarrones gratinados, pero esta vez, con Avecrem de Gallina Blanca, y lo efímera que resulta la existencia. De repente, mientras trataba de distinguir una mancha en la lejanía, se le acercaron dos enfermeros charlando amigablemente.
-Esa doctora era una buena hembra.
-¡Me tenía completamente hechizado! ¡Una lástima!
-Me ha tocado a mí quitarle la bata. Al hacerlo se ha caído todo lo que llevaba en los bolsillos.
-¿Qué llevaba?
-¡Solo un palillo! ¡Un puto palillo!
-¿Un puto palillo?
-Sí. ¿Estás sordo? Un jodido palillo. Pero me ha venido bien, porque desde la hora del almuerzo me molestaba un diente, así que lo he usado y he sacado el trocito de calamar a la romana que me estaba jorobando.

Cuento número 76: HÍGADO

El hígado se le prolapsó por la narina derecha y eso le impedía respirar. No le importaba demasiado que se le prolapsara una víscera o cualquier órgano interno de vez en cuando, por supuesto, siempre que pudiera seguir llevando una vida plena. En el pasado había llevado una vida mermada y no le gustó absolutamente nada la experiencia. Mientras trataba de llegar a una conclusión pegó un alarido tan salvaje que un gorrión que estaba posado en una bajante cayó de cabeza y se estrelló contra el suelo del deslunado convirtiéndose en varios pedacitos de pájaro. De repente, se puso a reír como un histérico mientras bailaba agarrado a una figura invisible. Y no es para menos que su alegría acabara casi trastornándolo, pues lo que le salía por la nariz no era parte del hígado, sino un poco de mermelada de fresa light que con toda probabilidad se le había quedado adherida minutos antes, cuando se preparó y zampó cinco tostadas cubiertas hasta los bordes. Una vez pudo tranquilizar su euforia, lo primero que hizo fue buscar las gafas, que como siempre sucede estaban encima del piano, ponérselas y prometer frente a la foto de su anciana madre que nunca, pasara lo que pasara, se las volvería a quitar. Ni siquiera para dormir o sentirse más guapo.

Cuento número 147: PENE

Le gustaba andar desnudo por la casa. Como vivía solo no tenía que preocuparse de ser tildado de marrano o exhibicionista. Le encantaba notar su pene moviéndose de un lado a otro como si fuera el gran badajo de una campana de cobre, por esa razón cuando dejó de sentir regio el colgajo, intentó insuflarle algo de vida palpándoselo con las manos. Pero las manos no pudieron tocar nada porque no existía nada. Su premio colgante, el que certificaba que era uno de los mejores fornicadores del país, había desaparecido. En lugar de ponerse a gritar o salir disparado al hospital, decidió ponerse de rodillas y buscarlo por todos los rincones de la casa. Cuando llegó a un rincón que no parecía un rincón, sino un recodo o recoveco, se levantó, se dirigió al cajón de la cómoda y buscó el consolador que semanas antes se había dejado olvidado su amante. Como era un tipo con los nervios bien templados, decidió introducirse el dildo por la rendija que había dejado la verga antes de desprenderse. ¡Y obtuvo 14 orgasmos seguidos! Cuatro de ellos sensacionales, dos flojos, y el resto, simplemente aceptables.

Cuento número 294: PIE

Su mayor afán en la vida era poder lamerse los pies, pero estaba tan gordo que la única parte de sus piernas hasta donde podía llegar su rosada lengua eran las rodillas. Lo intentaba con ahínco todos los días, pero su barriga del tamaño de una reunión de sandías obscenas apretujadas se lo impedía. Cada vez que hablaba con sus amigos sobre su innata incapacidad, estos se reían mientras se despojaban de los calcetines y se ponían a chuparse con vehemencia las extremidades. En ocasiones uno lamía los pies de otro mientras un tercero chupaba los del primero, convirtiéndose todos en una especie de trenecito succionador avasallante. Cuando eso sucedía, él se iba corriendo con lágrimas en los ojos a su casa y allí, tumbado boca arriba sobre la alfombra planeaba su venganza. Una vez intentó planear la venganza boca abajo, pero lo único que consiguió fue soltar un pedete. Y una ventosidad no es una venganza, aunque en lugares cerrados puede llegar a convertirse en un infierno.

Acababa de diseñar mentalmente el asesinato de sus colegas cuando recibió la visita de un ángel del cielo.
-Soy Baladel, un ángel del Señor y vengo a decirte que aunque seas un jodido gordo, asqueroso y repugnante, eres una criatura de Dios.
-Gracias, pero yo no necesito un ángel…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. De ahora en adelante adelgazarás medio gramo cada seis meses. Es el regalo que te hace nuestro Dios. ¿Estás contento?
-¿Medio gramo cada seis meses? Entonces tardaré 700 años en quedarme con 64 kilos…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. No podemos asegurarte menos pérdida de grasa corporal, a menos que reces 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 glorias y…
-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. ¡No hace falta que empieces ahora, so memo!
-Yo solo quiero poder chuparme los pinreles. Me importa poco cómo conseguirlo. Sería capaz de todo. ¡De todo!
-Soy Baladel, un ángel del Señor.
-¡Ya sé que eres Baladel, un ángel del Señor. Me lo has dicho cinco veces.
-Soy Baladel, un ángel del Señor. Ahora debo irme. Ya sabes cuan grande es la majestuosidad de Dios y lo cabreado que puede llegar a sentirse contigo si no te sometes a sus designios. Recuerda: eres un gordo seboso, pero por el módico precio de 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 salmos (números 21, 34, 51, 52) y 87 credos al día… dejarás de ser un gordo seboso y te convertirás en un gordito simpático.

Cuando Baladel, el ángel del Señor desapareció, las tinieblas cubrieron la habitación. Con la habitación totalmente cubierta, se escuchó una tos seca.

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Email del 25 de septiembre 2018

Don Van Vliet (Captain Beefheart). Shiny beast  (1975) 

Hey, vosotros:

Mi habitación es mi hura. Allí me revuelco como un mustélido. En ocasiones marco la entrada con orina, aunque últimamente no quiero gastar demasiado pis ya que saco una pasta vendiéndolo en frasquitos. La gente compra cualquier cosa y la micción de mamífero carnívoro está muy solicitada. Cuando alguien se acerca al linde que delimita mi territorio intento asustarlo emitiendo unos soniditos desagradables tipo «Grung, grung harr harr arhiorrrrr», pero si esta manera de advertir a los intrusos de que quiero estar solo no cumple su efecto puedo saltar sobre el infractor al mismo tiempo que le muerdo en cualquier zona de su anatomía que no esté cubierta. Recuerdo perfectamente que en cierta ocasión mientras dormía… ¡Espera! Si dormía, ¿cómo es que soy capaz de recordarlo? Si eso es posible, entonces ¡soy un superanimalia, chordata, mammalia, carnívora, caniformia, mustelinae! Y si soy superior al resto de mis congéneres, eso quiere decir que puedo rellenar más frasquitos de orina que ningún otro. ¡Me encantaría forrarme! Pero rellenar implica apuntar. Mi madre -una bonachona que jamás arrancó la carne de ninguna parte anatómica a un ser vivo capaz de desplazarse por medio de dos o cuatro patas- no se cansaba de repetirme una y otra vez «hijo, enfilar no es lo tuyo». ¡Pero necesito el dinero de los meados! Y la boca de los frasquitos es tan reducida. ¡Por qué tengo un falo tan enorme! ¡Oh, dios de las alimañas, todo me resulta tan complicado! ¡Eso ha estado bien! ¡Dios de las alimañas! Yo no soy una alimaña, soy un bicho, que es totalmente diferente. Las alimañas emiten sonidos desesperanzadores, sin embargo la música que sale de mi gaznate, como el «Grung, grung harr harr arhiorrrrr» que ya comenté antes, es armónicamente superior a los malditos «Murrr murrr jhionnnnnn» de esos asquerosos y molestos vecinos. Intentad deletrear mi aviso a los extraños. Intentadlo, por favor. G-R-U-N-G. ¡Grung! Repetidlo nuevamente. ¡Grung! Ahora vayamos a la segunda palabra, H-A-R-R. ¡Harr! sí, ¡H-A-R-R! ¿Escucháis la cadencia? ¡Harr! ¡Harr! ¡Perfecto, ahora vamos a por el último vocablo. El más difícil. A-R-H-I-O-R-R-R-R-R. ¡Arhiorrrrr! Debemos llevar mucho cuidado con las erres, pues si omitimos una o varias, el significado del término varía considerablemente. ¡Arhiorrrrr! ¡Arhiorrrrr! Vamos a intentar repetir la frase completa. «Grung, grung harr harr arhiorrrrr». ¡Maravilloso! Ahora vamos a repetirla en forma de letanía artificiosa. «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… ¡Suficiente! Ahora quiero que una parte de vosotros cante el mantra mientras el resto hace coros y palmea. «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… «Ohhh, yeah»… «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… «Ohhh, yeah»…  «Grung, grung harr harr arhiorrrrr»… ¡Basta! Es suficiente! Me duele la cabeza. Además entonar para vosotros es como apuntar para mí. Dejémoslo estar. ¡Largaos! Necesito meditar sobre las fuerzas naturales que impulsan al líquido a resbalar sobre el vidrio. Ya os avisaré cuando tenga otro repentino ataque social. Hasta entonces, Grung, grung harr harr arhiorrrrr.

Hururr Fssssaih Moooorrr (anteriormente llamado Greg, «el afásico del distrito 46020»)

P.D.
La diferencia entre, por poner un ejemplo, «Grung, grung harr harr arhiorrrrr» y «Grung, grung harr harr arhiorr» es estremecedora. Mientras la primera frase, la que sirve para legitimar mi auténtica soledad, significa «Mierda, mierda largaos largaos malditos hijos de la gran puta», la segunda, en una traducción libre vendría a equivaler a «Yo, soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, porque nadie me ha tratado con amor, porque nadie me ha querido nunca oír. «

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Email del 24 de septiembre 2018

Govert Flinck. Angels announcing the birth of Christ to the shepherds (1639)

Amiga:

Eres vieja, pero todavía no lo suficiente como para ser incapaz de recordar un email que te envié hace tres años en el que te manifestaba que Dios ya no era mi pastor, sino mi proxeneta. ¿Lo recuerdas? Pues bien, ya no es ni siquiera eso, porque ayer en una trifulca de chulos terminó siendo apuñalado en 23 ocasiones, baleado 17 veces seguidas y golpeado en 74 partes del cuerpo y ahora se encuentra luchando entre la muerte y la resurrección. Desconozco qué va a ser de mi futuro sin alcahuete, pero supongo que a partir de ahora tendré que negociar el precio de cada día de mi jodida existencia con la ayuda de la app Fuck you deeply. Te cuento mis penas porque en Benimaclet ya nadie quiere escucharlas. Supongo que en lugar de contarte mis penas, preferirías que fuese yo el que escuchase las tuyas, pero ya sabes que me importa una mierda lo que pienses o cómo te encuentres.

Greg

P.D.
Mi pitonisa particular, la misma que adivinó que el día de mi pasado cumpleaños me picaría la espalda entre las siete de la mañana y las doce de la noche, dice que si introduzco un inclinómetro biaxial metálico en el cajón de la ropa interior durante 36 años seguidos, mi suerte cambiará para mejor a partir del primer día del trigesimoséptimo año, es decir, cuando tenga 92 tacos recién cumplidos.

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Email del 23 de septiembre 2018

Paul Gauguin. Human misery (1889)

Querida:

He ojeado mi «Ahora». He visto arrugas y demasiado espacio negativo. Por supuesto, tomando este último término como un elemento retórico del lenguaje visual y fotográfico, no como un vocablo que exprese pesimismo o negación en mi existencia. ¡Aunque también existe pesimismo y negación en mi existencia! Sobre todo en lo que hago, lo que no hago, lo que quizá debería hacer si fuera menos juicioso o lo que jamás haría porque no me lo permitiría la gente a la que quiero y cuya compañía me produce sensaciones placenteras. El espacio negativo de una instantánea fotográfica es todo lo que rodea al motivo principal que hemos intentado resaltar y que se denomina espacio positivo. En ocasiones, el espacio negativo es más interesante o puede provocar emociones más profundas que el espacio positivo. Cuando eso sucede, es decir, cuando el sentido visual secundario somete a la especificidad protagonista, reduciéndola al papel de comparsa o ramera óptica, entonces es el momento de arrojar la Nikon del «Aquí» a la cabeza del sentido común, y de transformarse en una especie de paria sin causas, sin argumentos ni esquemas, y de sumergirse en lo más profundo del «No sé, pero tampoco me importa demasiado». Es entonces, cuando realmente comenzaremos a aprender para qué sirvió «Todo lo que fue…» o «Cualquier cosa que realmente te empujó a creer que yo…» o «Esa jodida máscara que me encanta, pero…».

Odio las mayúsculas. Si por mí fuera nunca las utilizaría. Ni siquiera para comenzar una frase. Todo resultaría extraño, pero estoy seguro de que podría acostumbrarme. Y todavía soy capaz de llegar más lejos expresándote el confuso e intermitente placer que siento cuando no hablo o escribo para humanos. Me gusta ladrar, me gusta muchísimo, pero actualmente no tengo un perro con el que comunicar mis inquietudes, que no son tan numerosas y magníficas como deberían ser. Los perros se mueren. Y las cicatrices que resultan de sus muertes son un peso demasiado enorme como para arrastrarlas eternamente. No quiero decir que no sienta nada cuando muere un pariente o un amigo íntimo porque mentiría, pero existen tantas maneras de sobrellevar las pérdidas… Tantas como pixeles conforman el espacio positivo.

Mi espejo refleja una imagen que según parece debo ser yo. ¡Caramba! O mejor, ¡recontracojones! Mis ojos recorren el espacio negativo y no ven más que pared y errores garrafales en la pintura. Es difícil creer que esa pared y esos errores puedan resultar más interesantes que mi reflejo, pero estoy seguro de que son más interesantes (e importantes) que cualquier reflejo de cualquier ser vivo que se mueva de una forma claramente bípeda. Supongo que por eso antes me gustaban los borrachos, hasta que descubrí que aunque imitasen perfectamente el andar cuadrúpedo y los ladridos, los maullidos, las ululaciones de ciertos animales, no eran más que sujetos pertenecientes a la raza dominante del planeta. ¿Raza dominante? ¡Hace tanto tiempo que dejé de tomarme en serio! ¡Y de tomarte en serio! ¡Y de tomarlos en serio!

¡Odio los pelos púbicos que se resisten a ser barridos!

G

Email del 23 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 22 de septiembre 2018

Unknow french artist. A birth scene (1799)

Nadie pudo demostrar que yo fuera el que se comió el último huevo duro. Seguramente porque vivía solo. Pero el huevo duro había desaparecido de la nevera. Era un huevo duro blanco, de gallina castellana negra y su cáscara estaba perfectamente limpia, sin residuos fecales de la ponedora, pues el día anterior me había tirado 15 minutos limpiándolo a conciencia debajo del grifo. Por eso, cuando abrí la nevera y vi que no estaba en la huevera de la puerta, lo primero que pensé fue que un ladrón había entrado en mi casa y me había robado el huevo duro. Lo segundo que pensé fue lo mismo que el primer pensamiento, pero en inglés. Lo tercero que pensé fue lo mismo que el segundo pensamiento, pero en italiano. ¡Ventajas de ser políglota! Sin embargo la falta del huevo duro me sumió en una depresión que duro 23 años. De esos 23 años, casi la mitad me los pasé entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos y cuando al fin me dieron el alta y volví a pisar mi antigua casa no me lo podía creer. Lo primero que hice fue comprar víveres y meterlos en la nevera. Claro que antes tuve que enchufar la nevera. Y así, con la nevera enchufada y repleta de alimentos y alguna cerveza viví feliz y en armonía durante cuatro horas, porque la siguiente vez que la abrí vi que había desaparecido la col de Bruselas. En lugar de ponerme nervioso me contenté con pensar que quizá no había comprado col de Bruselas, así que volví a abrir la jodida nevera y faltaba el brick de leche semidesnatada. Y al cabo de un minuto volvía a abrir la nevera y no estaba el pack de seis yogures con trozos de frutas. ¡Cada vez que abría el refrigerador faltaba algo! El jueguecito de abrir y cerrar la nevera duró unos 15 minutos y al final ya no pude ni abrir la nevera porque había desparecido también. Y cuando salí gritando de la cocina me volví para comprobar que ya no existía. Me dirigí al váter y mientras trataba de encerrarme sentí cómo desaparecía el comedor, los tres dormitorios y el pasillo. Es curioso, sentía ganas de llorar pero empecé a reírme como un poseso y me bajé los pantalones y los calzoncillos y me senté en la taza. De repente los pantalones y los calzoncillos ya no existían. Tampoco el resto de la ropa. Pasó un minuto y todo el aseo desapareció, excepto la taza que era mi silla y yo.

Ya han pasado 12 años. Desde entonces sigo sentado desnudo sobre la taza del váter. Ignoro dónde estoy. Todo es negro, pero sé que pasa el tiempo porque cada 20 minutos una voz extremadamente bien modulada me lo indica. No necesito comer. No necesito orinar o defecar. No puedo ver lo que sucede en el otro lado porque no hay otro lado. Mi lado es único. Sé que me he convertido en inmortal. Quizá en deidad de segunda clase. Pero permanecer sentado en la taza cósmica me produce un poco de vergüenza cósmica. ¡Todo es cósmico! Incluso lo que no es cósmico. Como no tengo grandes cosas que hacer, a menudo pienso en el huevo duro de gallina castellana negra con el que comenzó todo. ¿Será un huevo duro de gallina castellana negra cósmico? ¿Podré verlo alguna vez flotando sobre mi cabeza? Mi cabeza es cósmica. ¡Zigoto bienaventurado! ¡Ya no tengo cabeza! ¡Tampoco tengo cuerpo! Pero puedo ver la taza bailando en el espacio! El espacio es cósmico. Mientras la letrina se aleja danzando empiezo a comprender que ese cagadero no es más que una representación exacta del verdadero Dios, ese que nos ha estado puteando durante milenios, y que todo lo demás, incluido el huevo duro de gallina castellana negra o cualquier ser o cosa que alguna vez existió, solo fueron pedazos de excrementos que por algún motivo se quedaron pegados alrededor de la bajante del inodoro. Los excrementos son cósmicos.

Zaratustra ya no caga en Benimaclet…

Greg

Email del 22 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 21 de septiembre 2018

Autor desconocido. Príapo, Fresco del vestíbulo de la Casa de los Vettii, Pompeya (s. I d. C.)

Hola:

«Los carteles avisando de la desaparición llevaban una foto de su pene, pues no existía ninguna de su rostro que no tuviera un mínimo de 40 años y sí varias pornográficas que su mujer había hecho cierto día mientras retozaban. A partir del instante en que esa foto se hizo pública las llamadas telefónicas a la policía fueron incontables. De todas, el comisario Moreno eligió 3 como factibles e interesantes y desechó el resto. La primera era de una mujer llamada Kiti «la prorrogable», una prostituta que se jactaba de no olvidar una polla nunca (sic) y que la situó el mismo día de su desaparición en su propia boca. La segunda la hizo un tal Jeremías Chicote, escultor de profesión, el cual ubicó el órgano viril de Román encima de 45 cm cuadrados de terciopelo rojo solo dos horas antes de que fuera denunciada la desaparición. Cuando el comisario Moreno le preguntó qué diablos hacia esa picha encima del terciopelo, Jeremías explicó que llevaba varios días modelando el pene de Román en arcilla para fabricarse un pisapapeles grande. La tercera vino de otra mujer, la hermana de su esposa, que juró por sus hijos neonatos al comisario que esa foto del cartel era un fraude y no pertenecía a Román, sino al amante de su hermana, un tipo raro llamado Goyo L. al que todos llamaban Goyo M.»

¿No te parece absolutamente sensacional el párrafo anterior? Pertenece a un cuento titulado El pene, que escribiré dentro de un par de años. Tómate ese extracto como un anticipo y disfrútalo. No todo el mundo puede presumir de haber leído unas cuantas líneas de una obra que no existe. De lo que más orgulloso me siento es del título, corto, directo y con cierto poder de persuasión, sobre todo para las mujeres heterosexuales y para ciertos camioneros apesadumbrados. Cuando escriba el cuento pienso sustituir el clásico vocablo «Fin» al final del texto, por un rasca de la ONCE que irá pegado a cuatro centímetros de distancia de la última palabra del texto, que también puedo adelantarte, será «aimosupurencia». Por supuesto todavía tengo que pactar con los directivos de la Organización Nacional de Ciegos Españoles y con el inventor del vocablo «aimosupurencia», un tal Remigio Paredes, pero no creo que ni unos ni otro me pongan demasiados impedimentos.

Greg

Email del 21 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 18 de septiembre 2018

Max Ernst. My absolute (1934)

Querida:

Entre los múltiples rasgos que caracterizan o incluso definen esa sensación tan desagradable denominada asco, existe uno que destaca sobre el resto, aunque en estos instantes no puedo recordar cuál es. Podría inventar algo y seguramente no levantaría demasiadas sospechas entre los eruditos que puedan leer este texto, pero prefiero demostrar mi extraordinaria humildad expresando la inquietante desazón que siento tras haberme convertido en un tipo viejo, cuya memoria en su totalidad ni siquiera puede ser comparada a algo tan inexistente como la Nada absoluta. Esta percepción, la de la Nada absoluta, es importante, porque de alguna manera define lo que han sido mis actos desde el preciso instante en que comprendí que todo lo que me rodeaba y me iba a rodear en el futuro, era absurdo y carecía de un mínimo de lógica. Me refiero, por supuesto, a la existencia.

Podría resultar un ejercicio realmente interesante comparar mi primer texto serio titulado El lobito azulmarrón, escrito a la tierna edad de cinco años, con las disgresiones antitodo que garrapateo, no sin cierta dificultad, en la actualidad. Pero supongo que a los que podrían hacerlo no les apetecerá intentarlo, pues están demasiado ocupados jugando a actores que interpretan a actores que interpretan a actores que interpretan como pueden a actores que en realidad atesoran los rasgos psicológicos absolutamente psicopáticos de sus propios progenitores, que en su día interpretaron a algo similar al rol de dioses, que en su día no fueron capaces de interpretar nada, porque los dioses solo escriben los guiones.

El error de esos actores fue creer que eran lo suficientemente competentes en escena como para poder trastocar el sentido de las obras sin que sus autores llegaran a darse cuenta. Los dioses a menudo dormitan rodeados de atrezzo con forma de nubes, luces amarillas iridiscentes y griales abarrotados de pestilencias ambrósicas. Mientras sueñan con algún estupendo tinte para ennegrecer sus aburridas y lacias barbas blancas, la representación que se sucede justo debajo de sus orondas barrigas está abocada al fracaso. Sé de lo que hablo porque yo fui un objeto de sus propiedades. Quizá una de esas barbas lacias con una gomita que permite ajustarlas en el rostro o puede que un anillo de cobre enmohecido en algún huesudo dedo omnipotente o una barriga falsa de plástico de talla indeterminada. Pero eso fue cuando todavía no había comprendido que pertenecer al género humano iba a pasarme factura.

Porque ser humano implica deyección. Recuerda que los dioses no defecan. Porque haber nacido de madre humana no exime de responsabilidades. Los dioses a menudo pueden ser sádicos, pero no más que un niño humano. Porque quizá pertenecer a la manada humana es no pertenecer a la manada animal. Los dioses sobre este tema tienen opiniones encontradas y prefieren toser o mirar a cualquier punto concreto del firmamento.

Pero resulta tan difícil expresar el dolor que siento por dentro. De la misma forma, me resulta tan difícil expresar el dolor que se desborda hacía afuera y cae como una rama. Y me resulta difícil no traspasar ese ilimitado número de trazos similares a líneas mal dibujadas y marcadamente confusas que delimitan el aquí y el «¿hasta cuándo?». Todo parece bailar ante mis ojos. Me pregunto qué es lo que haría si alguna vez dejo de ser algo parecido a yo.

G

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Email del 17 de septiembre 2018

Pablo Picasso. A muse (1935)

Queridísima amiga (no, no soy Carmen Sevilla):

«Caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente… ¡Espera! aunque sé que eres una persona bastante ilustrada quizá sería necesario explicarte algo: un chocho es un altramuz y follar, entre otras cosas, significa hacer ruiditos con la boca. Pues eso, caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente cuando de repente me encontré con Anunciarelorgasmo, el mote con el que conocemos en el barrio a Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…»

… ¡Una puta mierda! Además de resultar machista, el humor es de barra de puti-club de barrio deprimido. ¡Debo comenzar de otra manera! ¿Pero de qué manera? Después de casi 1000 emails en cinco años ya no se me ocurre nada. Podría romperme una pierna y… ¿Pero qué coño digo? Si me rompo una pierna nadie va a saber que me he roto una pierna solo leyendo el texto, y además, aunque describa en la puta redacción cómo me he roto la jodida pierna, ¿a quién cojones le va a importar? Necesito una idea ahora mismo o… ¿O qué? ¿Ya vuelvo a amenazarme? ¿Voy a terminar, como hace unos años, enviándome a mí mismo a cuatro matones para que me apalicen? La solución debería ser más sencilla.

«Caminaba por la calle masticando la carne de una pata de cangrejo que me había regalado minutos antes mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

Debo tener una especie de fijación extrema con Marisa y con la carrera de Magisterio. Así no llegaré muy lejos. Por lo menos no más lejos de lo que se esperaría en un tipo con un cociente de inteligencia tan espectacular como el mío. Creo que debería sustituir el verbo caminar por otro. Quizá eso le infundiera más enjundia a la oración.

«Estaba sentado sobre el puf que me trajo de Marruecos mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

Lo volveré a intentar…

«Me encontraba sentado sobre el puf marroquí que alguien me había regalado hacía unos pocos años, cuando de repente sonó el timbre de la puerta. Me levanté de un brinco felino y miré por la ventana. Abajo estaba tan guapa como siempre mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

¡No logro entenderlo! Es como si una fuerza invisible se hubiera apoderado de mi cerebro y me obligara a citar una y otra vez a Marisa. ¿Y lo del timbre de la puerta? Es alucinante. ¡No conozco a nadie que tenga timbres en las ventanas! En serio, me encuentro preocupado. Desde que la musa se largó dando un portazo cuando quise obligarla a que trabajara más horas por menos sueldo, mi vida se ha convertido en una gaceta mal ilustrada. Si tuviera valor me haría espontáneo. Espontáneo en una corrida. En una corrida de toros. ¡Tengo una idea!

«El sexto morlaco de la tarde apareció como si fuera una montaña de pelos y músculos. En el ruedo le esperaba El Greg de Benimaclet dispuesto a enseñarle lo que significa el término «arte». En la grada los aplausos atronaban, aunque a veces, cuando el viento soplaba del lado oportuno, se escuchaba una voz femenina gritando «no al maltrato animal». Era, por supuesto, Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…»

¡Lo he decidido! Voy a presentarme ahora mismo en casa de Marisa y a pedirle respetuosamente que se traslade a vivir a Kirkuk, en Irak. No puedo seguir de esta manera. O ella o yo sobramos en el barrio. Necesito escribir algo, lo que sea, sin que su nombre y su carrera se conviertan en protagonistas indiscutibles. ¡Pero si ni siquiera terminó Magisterio! ¡Y ahora pesa 147 kilos! ¡Y su último marido era galactosémico! Y…

El Greg de Benimaclet

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