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| Umberto Boccioni. Dynamism of the human body (1913) |
Hola:
Llevo tres semanas trabajando en mi próximo libro que se titulará 389, la cifra de los minicuentos que conformarán el volumen. De momento ya llevo escritos 297, por lo que estoy en condiciones de asegurar que en otra semana y media más podré darlo por terminado. Todos los minicuentos tratan sobre una parte del cuerpo humano, tienen un máximo de tres párrafos y no pueden superar de ninguna manera los mil vocablos. Como suelo hacer normalmente, voy a transcribirte algunos. O mejor, la mitad de la extensión de cuatro de ellos escogidos al azar. Espero que una vez los hayas leído sigas queriendo ser mi amiga.
Cuento número 39: NARIZ
Las lucecitas que hasta entonces giraban a una velocidad increíble dejaron de rodar y de brillar. La culpa fue del superchute que le metieron directamente en una gran vena.
-Ahora ya no verás luces. Pronto te dormirás y te dejará de doler la cabeza.
Quien pronunciaba esas relajantes palabras era una doctora atractivamente madura que llevaba el pelo revuelto y a la que le brillaban los ojos como si estuvieran fabricados con purpurina.
-Doctora, ¿voy a morirme?
-Seguramente usted vivirá más que yo. Tranquilícese.
Y llevaba toda la razón, pues nada más pronunciar esa frase sufrió un ataque cardíaco y falleció desplomándose contra el suelo. El ruido que hizo su caída le recordó un efecto sonoro que había escuchado en numerosas ocasiones en films antiguos o de arte y ensayo. Mientras parte del personal retiraba el cuerpo de la fallecida con extremo cuidado, él se puso a meditar sobre macarrones con tomate y verduras sin Avecrem de Gallina Blanca, sobre macarrones gratinados, pero esta vez, con Avecrem de Gallina Blanca, y lo efímera que resulta la existencia. De repente, mientras trataba de distinguir una mancha en la lejanía, se le acercaron dos enfermeros charlando amigablemente.
-Esa doctora era una buena hembra.
-¡Me tenía completamente hechizado! ¡Una lástima!
-Me ha tocado a mí quitarle la bata. Al hacerlo se ha caído todo lo que llevaba en los bolsillos.
-¿Qué llevaba?
-¡Solo un palillo! ¡Un puto palillo!
-¿Un puto palillo?
-Sí. ¿Estás sordo? Un jodido palillo. Pero me ha venido bien, porque desde la hora del almuerzo me molestaba un diente, así que lo he usado y he sacado el trocito de calamar a la romana que me estaba jorobando.
Cuento número 76: HÍGADO
El hígado se le prolapsó por la narina derecha y eso le impedía respirar. No le importaba demasiado que se le prolapsara una víscera o cualquier órgano interno de vez en cuando, por supuesto, siempre que pudiera seguir llevando una vida plena. En el pasado había llevado una vida mermada y no le gustó absolutamente nada la experiencia. Mientras trataba de llegar a una conclusión pegó un alarido tan salvaje que un gorrión que estaba posado en una bajante cayó de cabeza y se estrelló contra el suelo del deslunado convirtiéndose en varios pedacitos de pájaro. De repente, se puso a reír como un histérico mientras bailaba agarrado a una figura invisible. Y no es para menos que su alegría acabara casi trastornándolo, pues lo que le salía por la nariz no era parte del hígado, sino un poco de mermelada de fresa light que con toda probabilidad se le había quedado adherida minutos antes, cuando se preparó y zampó cinco tostadas cubiertas hasta los bordes. Una vez pudo tranquilizar su euforia, lo primero que hizo fue buscar las gafas, que como siempre sucede estaban encima del piano, ponérselas y prometer frente a la foto de su anciana madre que nunca, pasara lo que pasara, se las volvería a quitar. Ni siquiera para dormir o sentirse más guapo.
Cuento número 147: PENE
Le gustaba andar desnudo por la casa. Como vivía solo no tenía que preocuparse de ser tildado de marrano o exhibicionista. Le encantaba notar su pene moviéndose de un lado a otro como si fuera el gran badajo de una campana de cobre, por esa razón cuando dejó de sentir regio el colgajo, intentó insuflarle algo de vida palpándoselo con las manos. Pero las manos no pudieron tocar nada porque no existía nada. Su premio colgante, el que certificaba que era uno de los mejores fornicadores del país, había desaparecido. En lugar de ponerse a gritar o salir disparado al hospital, decidió ponerse de rodillas y buscarlo por todos los rincones de la casa. Cuando llegó a un rincón que no parecía un rincón, sino un recodo o recoveco, se levantó, se dirigió al cajón de la cómoda y buscó el consolador que semanas antes se había dejado olvidado su amante. Como era un tipo con los nervios bien templados, decidió introducirse el dildo por la rendija que había dejado la verga antes de desprenderse. ¡Y obtuvo 14 orgasmos seguidos! Cuatro de ellos sensacionales, dos flojos, y el resto, simplemente aceptables.
Cuento número 294: PIE
Su mayor afán en la vida era poder lamerse los pies, pero estaba tan gordo que la única parte de sus piernas hasta donde podía llegar su rosada lengua eran las rodillas. Lo intentaba con ahínco todos los días, pero su barriga del tamaño de una reunión de sandías obscenas apretujadas se lo impedía. Cada vez que hablaba con sus amigos sobre su innata incapacidad, estos se reían mientras se despojaban de los calcetines y se ponían a chuparse con vehemencia las extremidades. En ocasiones uno lamía los pies de otro mientras un tercero chupaba los del primero, convirtiéndose todos en una especie de trenecito succionador avasallante. Cuando eso sucedía, él se iba corriendo con lágrimas en los ojos a su casa y allí, tumbado boca arriba sobre la alfombra planeaba su venganza. Una vez intentó planear la venganza boca abajo, pero lo único que consiguió fue soltar un pedete. Y una ventosidad no es una venganza, aunque en lugares cerrados puede llegar a convertirse en un infierno.
Acababa de diseñar mentalmente el asesinato de sus colegas cuando recibió la visita de un ángel del cielo.
-Soy Baladel, un ángel del Señor y vengo a decirte que aunque seas un jodido gordo, asqueroso y repugnante, eres una criatura de Dios.
-Gracias, pero yo no necesito un ángel…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. De ahora en adelante adelgazarás medio gramo cada seis meses. Es el regalo que te hace nuestro Dios. ¿Estás contento?
-¿Medio gramo cada seis meses? Entonces tardaré 700 años en quedarme con 64 kilos…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. No podemos asegurarte menos pérdida de grasa corporal, a menos que reces 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 glorias y…
-Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu…
-Soy Baladel, un ángel del Señor. ¡No hace falta que empieces ahora, so memo!
-Yo solo quiero poder chuparme los pinreles. Me importa poco cómo conseguirlo. Sería capaz de todo. ¡De todo!
-Soy Baladel, un ángel del Señor.
-¡Ya sé que eres Baladel, un ángel del Señor. Me lo has dicho cinco veces.
-Soy Baladel, un ángel del Señor. Ahora debo irme. Ya sabes cuan grande es la majestuosidad de Dios y lo cabreado que puede llegar a sentirse contigo si no te sometes a sus designios. Recuerda: eres un gordo seboso, pero por el módico precio de 34 padrenuestros, 28 avemarías, 57 salmos (números 21, 34, 51, 52) y 87 credos al día… dejarás de ser un gordo seboso y te convertirás en un gordito simpático.
Cuando Baladel, el ángel del Señor desapareció, las tinieblas cubrieron la habitación. Con la habitación totalmente cubierta, se escuchó una tos seca.