![]() |
| Max Ernst. My absolute (1934) |
Querida:
Entre los múltiples rasgos que caracterizan o incluso definen esa sensación tan desagradable denominada asco, existe uno que destaca sobre el resto, aunque en estos instantes no puedo recordar cuál es. Podría inventar algo y seguramente no levantaría demasiadas sospechas entre los eruditos que puedan leer este texto, pero prefiero demostrar mi extraordinaria humildad expresando la inquietante desazón que siento tras haberme convertido en un tipo viejo, cuya memoria en su totalidad ni siquiera puede ser comparada a algo tan inexistente como la Nada absoluta. Esta percepción, la de la Nada absoluta, es importante, porque de alguna manera define lo que han sido mis actos desde el preciso instante en que comprendí que todo lo que me rodeaba y me iba a rodear en el futuro, era absurdo y carecía de un mínimo de lógica. Me refiero, por supuesto, a la existencia.
Podría resultar un ejercicio realmente interesante comparar mi primer texto serio titulado El lobito azulmarrón, escrito a la tierna edad de cinco años, con las disgresiones antitodo que garrapateo, no sin cierta dificultad, en la actualidad. Pero supongo que a los que podrían hacerlo no les apetecerá intentarlo, pues están demasiado ocupados jugando a actores que interpretan a actores que interpretan a actores que interpretan como pueden a actores que en realidad atesoran los rasgos psicológicos absolutamente psicopáticos de sus propios progenitores, que en su día interpretaron a algo similar al rol de dioses, que en su día no fueron capaces de interpretar nada, porque los dioses solo escriben los guiones.
El error de esos actores fue creer que eran lo suficientemente competentes en escena como para poder trastocar el sentido de las obras sin que sus autores llegaran a darse cuenta. Los dioses a menudo dormitan rodeados de atrezzo con forma de nubes, luces amarillas iridiscentes y griales abarrotados de pestilencias ambrósicas. Mientras sueñan con algún estupendo tinte para ennegrecer sus aburridas y lacias barbas blancas, la representación que se sucede justo debajo de sus orondas barrigas está abocada al fracaso. Sé de lo que hablo porque yo fui un objeto de sus propiedades. Quizá una de esas barbas lacias con una gomita que permite ajustarlas en el rostro o puede que un anillo de cobre enmohecido en algún huesudo dedo omnipotente o una barriga falsa de plástico de talla indeterminada. Pero eso fue cuando todavía no había comprendido que pertenecer al género humano iba a pasarme factura.
Porque ser humano implica deyección. Recuerda que los dioses no defecan. Porque haber nacido de madre humana no exime de responsabilidades. Los dioses a menudo pueden ser sádicos, pero no más que un niño humano. Porque quizá pertenecer a la manada humana es no pertenecer a la manada animal. Los dioses sobre este tema tienen opiniones encontradas y prefieren toser o mirar a cualquier punto concreto del firmamento.
Pero resulta tan difícil expresar el dolor que siento por dentro. De la misma forma, me resulta tan difícil expresar el dolor que se desborda hacía afuera y cae como una rama. Y me resulta difícil no traspasar ese ilimitado número de trazos similares a líneas mal dibujadas y marcadamente confusas que delimitan el aquí y el «¿hasta cuándo?». Todo parece bailar ante mis ojos. Me pregunto qué es lo que haría si alguna vez dejo de ser algo parecido a yo.
G
