Email del 21 de septiembre 2018

Autor desconocido. Príapo, Fresco del vestíbulo de la Casa de los Vettii, Pompeya (s. I d. C.)

Hola:

«Los carteles avisando de la desaparición llevaban una foto de su pene, pues no existía ninguna de su rostro que no tuviera un mínimo de 40 años y sí varias pornográficas que su mujer había hecho cierto día mientras retozaban. A partir del instante en que esa foto se hizo pública las llamadas telefónicas a la policía fueron incontables. De todas, el comisario Moreno eligió 3 como factibles e interesantes y desechó el resto. La primera era de una mujer llamada Kiti «la prorrogable», una prostituta que se jactaba de no olvidar una polla nunca (sic) y que la situó el mismo día de su desaparición en su propia boca. La segunda la hizo un tal Jeremías Chicote, escultor de profesión, el cual ubicó el órgano viril de Román encima de 45 cm cuadrados de terciopelo rojo solo dos horas antes de que fuera denunciada la desaparición. Cuando el comisario Moreno le preguntó qué diablos hacia esa picha encima del terciopelo, Jeremías explicó que llevaba varios días modelando el pene de Román en arcilla para fabricarse un pisapapeles grande. La tercera vino de otra mujer, la hermana de su esposa, que juró por sus hijos neonatos al comisario que esa foto del cartel era un fraude y no pertenecía a Román, sino al amante de su hermana, un tipo raro llamado Goyo L. al que todos llamaban Goyo M.»

¿No te parece absolutamente sensacional el párrafo anterior? Pertenece a un cuento titulado El pene, que escribiré dentro de un par de años. Tómate ese extracto como un anticipo y disfrútalo. No todo el mundo puede presumir de haber leído unas cuantas líneas de una obra que no existe. De lo que más orgulloso me siento es del título, corto, directo y con cierto poder de persuasión, sobre todo para las mujeres heterosexuales y para ciertos camioneros apesadumbrados. Cuando escriba el cuento pienso sustituir el clásico vocablo «Fin» al final del texto, por un rasca de la ONCE que irá pegado a cuatro centímetros de distancia de la última palabra del texto, que también puedo adelantarte, será «aimosupurencia». Por supuesto todavía tengo que pactar con los directivos de la Organización Nacional de Ciegos Españoles y con el inventor del vocablo «aimosupurencia», un tal Remigio Paredes, pero no creo que ni unos ni otro me pongan demasiados impedimentos.

Greg