Email del 31 de agosto 2022

Se denominó Red Espósita al fraude creado por la mente estragada de David L. Espósito y Operación Sracohuk al desmantelamiento de dicha organización. Conozco el tinglado porque lo seguí, aunque a día de hoy todavía no tengo demasiado claro en qué consistió. Sé que durante el año 1989 ese tipo convenció a 17 (pretendidos) extraterrestres esféricos para que robaran objetos de valor. Gracias a ese modus operandi el excéntrico estafador se apropió de varios millones de pesetas en alhajas. Aunque en un principio se hizo cargo del caso el sargento Tomaso Valdivieso, héroe y adalid de la comisaría de la calle Hermanos Seguí, pronto tuvo que solicitar la ayuda del churrero castañero ambulante y detective amateur García Pérez. Entre los dos, indagaron, rastrearon, inspeccionaron, y al final, completamente desalentados, zascandilearon hasta llegar a un callejón sin salida y el suceso terminó enfriándose sin la inestimable ayuda de la termodinámica. Esto obligó a García Pérez a apartarse del caso en pos de su negocio de churrería y castañería de vanguardia.
Varios meses más tarde se escuchó un grito desgarrador que provenía de la denominada «manzana de los opulentos», una serie de fincas prominentes y yuxtapuestas habitadas por millonarios anonimizados. El alarido salió de la boca de una tal Gumersinda Talavérica, de 74 años, nieta prohijada y heredera de la Marquesa García-Collingwood. Cuando apareció el sargento Tomaso acompañado del cabo Nabo la legataria se encontraba en un estado de nerviosismo extraordinario. Una vez se tranquilizó intentó sentarse, aunque como ya estaba sentada la tentativa no sirvió de mucho; armándose de valor y confianza trató de responder como pudo a las preguntas del suboficial.
—Señora Cadavérica, necesito que haga un esfuerzo y me cuente todo lo que ha pasado.
—Por Dios, sargento, mi apellido es Talavérica…
—Perdone señora, mi segundo, el cabo Nabo, me dijo que… ¡Bueno, no importa! ¡Cuénteme lo que ha sucedido!
—Me encontraba tumbada en mi habitación, bueno, en la cama que hay en mi habitación, cuando escuché unos sonidos muy raros que provenían de una de las habitaciones que antaño utilizaba el servicio, por supuesto, cuando todavía disponíamos de servicio. Me dirigí allí con sigilo y acerqué un ojo al otro ojo, el de la cerradura. No se creerá todo lo que vi y escuché…
—Por favor, señora. ¡Cuéntemelo!
—Había unas criaturas extrañas redondas y verdiazuladas situadas a un lado.
—¿Redondas y verdiazuladas?
—Sí, redondas y verdiazuladas. No eran demasiadas en número, pero emitían un sonido extraño que inmediatamente me puso bastante nerviosa. El que parecía el líder se acercó a otro de ellos dando saltitos…
—¿Cómo? ¿Daban saltitos?
—Sí, pues carecían de extremidades. No tenían brazos ni piernas. Eran redondos como el caramelo de una piruleta, ¿comprende usted?
—Señora Talavérica, ¿se encuentra bien? ¿No lo habrá soñado?
—Señor sargento, soy insomne desde 1956. ¡Todo lo que le cuento es la pura verdad!
—Ejem. Continúe, por favor…
—Como le decía antes de la interrupción, el líder se acercó a otro de ellos dando saltitos de una manera tan torpe que estuve a punto de soltar una risita histérica. Cuando lo que parecía su cabeza se encontraba a menos de 20 centímetros de la del otro bisbiseó algo extraño que hizo que este se cuadrara como un recluta en el CIR. Mientras me preguntaba aterrada por qué esas criaturas grotescas estaban en mi vivienda, su caudillo realizó una especie de voltereta lateral que no le salió del todo bien y mirando al techo gritó «Yo soy Hawizuhuuo y estos son mis Hawizuhuus. Necesito dinero para conquistar todos los mundos. Sin efectivo mi poder es muy limitado». Al escuchar eso sus esbirros vociferaron una especie de galimatías caprichoso. Algo así como»¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!» Luego, mirándose en uno de los espejos bramó «Vamos a recorrer esta casa y a hacer prisioneros. Prisioneros que convertiré en Hawizuhuus. Pero no en Hawizuhuus como vosotros, mis Hawizuhuus, que lleváis siendo Hawizuhuus miles de millones de años». Cuando acabó de decir eso yo estaba en un estado lamentable. Me sudaban las manos, los pies, el cogote y otras partes menos externas y superficiales de mi anatomía, sin embargo no podía retirar la vista del ojo de la cerradura. Cuando ya me estaba cansando de la posición los súbditos saltaron como si fueran pelotas playeras de la marca Nivea y volvieron a entonar la jerigonza de antes, ya sabe «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!».
—¿»Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk»?
—No. Yo no he dicho eso. Decían claramente «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Entiendo. ¿Qué sucedió después?
—Pues el fulano, el jefe, se puso un poco raro, bueno, mucho más raro. De repente, dió un brinco casi imposible y se golpeó el cuerpo, que también era la cabeza, con el Cestrum nocturnum.
—¿Qué es eso, señora?
—El galán de noche. Eso lo enfureció por completo y se puso a berrear lo que yo creo eran marranadas o …
—¿Marranadas?
—Sí, o tacos, ya sabe. Después, cuando se tranquilizó volvió a mirar el techo. Yo creo que tenía una fijación con el gotelé del techo…
—Continúe…
—Mientras contemplaba el techo dijo «Yo soy Hawizuhuuo y estos son mis Hawizuhuus. Ninguno de mis Hawizuhuus necesita pronunciar palabras con sentido. Les es suficiente con nuestra invocación ancestral». Luego ellos volvieron a las andadas con el «Sracohuk, Sracohuk, Sracohuk, Ujuuuuk» de las narices…
—Vamos a ver… creía que usted había declarado antes que decían «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Sí, ya lo sabe.
—Acaba de decir que dijeron «Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk», no «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!»
—Me habré equivocado, sargento. ¿Usted nunca se equivoca? Le aseguro que dijeron «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!». El que dijo «Sracohuk. Sracohuk. Sracohuk. Ujuuuuk» fue usted hace apenas unos minutos…
—Está bien. No importa. Dejémoslo así. Por favor, continúe…
—¿Por dónde me había quedado?
—Pues si quiere que le sea sincero estoy completamente perdido…
—¡Ah, sí! Hawizuhuuo, el caudillo, se detuvo en seco, se puso a rodar como si fuese una peonza beoda y remató las oraciones ancestrales o lo que fuesen con un «¡Srack! ¡Srack-o-uh! ¡O-uhuh! ¡Hawizu! ¡Uhuu! ¡Hawizuhuuo! Por supuesto ellos le contestaron con lo mismo, o sea «¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Srack-o-uh! ¡Uhuu!».
—¡Por favor! Perdone que haya gritado pero estoy poniéndome un poquito nervioso. ¿Pasó algo importante que no fuesen las oraciones ancestrales y los berridos inteligibles?
—¡Sí!
—¿Qué sucedió?
—Debido a la posición agachada que mantenía me entró una rampa en el gemelo de la pierna derecha y me puse a gritar como una posesa. En la habitación sucedía algo porque escuchaba ruidos y golpes. Durante unos minutos el jaleo prosiguió hasta que de repente cesó de la misma manera que había comenzado. Ojeé por el ojo de la cerradura y no vi absolutamente nada. La abrí y entré arrastrándome. Todos los cajones de mi cómoda estaban revueltos. La caja fuerte que estaba, ahora la verá, detrás de un cuadro del artista flamenco del siglo XVII, Joachim van der Contreras se encontraba completamente vacía y el suelo era un horror con mi ropa y mi colección de negligés diáfanas tirada por el suelo como si fueran vulgares batas de guatiné.
—¿Y usted qué hizo cuando vio el desaguisado?
—Desmayarme. Creo que estuve unas cuatro horas y media sin conocimiento. Cuando recobré la consciencia les llamé a ustedes…
—¡Vayamos a ver la habitación!
Y examinaron la habitación desde todas perspectivas posibles. Valdivieso y Nabo incluso tuvieron que tenderse sobre la superficie y ojear debajo de los muebles para analizar cualquier elemento que resultase sospechoso. Mientras comprobaban, comparaban y debatían llegaron refuerzos de la Casa cuartel y entre todos probaron indubitadamente que allí «olía raro». Luego dejaron a la afligida Gumersinda Talavérica limpiando el desaguisado y se fueron al bar, donde se entregaron a la ingestión de toda clase de bebidas alcohólicas con un índice de graduación etílica igual o superior a 59%, acompañadas de ensaladilla rusa y tostas de jamón serrano, queso brie y mermelada de tomate. Comenzaba a anochecer cuando terminaron la «reunión». Tras despedirse efusivamente cada uno regresó como pudo a su dulce dulce hogar.
Cuando Tomaso Valdivieso se despertó tenía una pítima de mil demonios y la pierna izquierda sobre la cara de su señora, Marciala. Se levantó como pudo y se arrastró hasta el aseo donde vomitó acompasadamente y en clave de Fa. Luego pegó un alarido que hubiera hecho palidecer de envidia a Pepe Pótamo y se sentó en la mesa de la cocina, donde su hija y esclava, Adolfina, le sirvió dos tostadas poco tostadas cubiertas de margarina derretida y un café aguachinado junto a un croissant amojamado. O quizá fue al revés. La verdad es que no importa demasiado porque los dos últimos párrafos no los he sacado de ningún periodicucho de la época. Sencillamente, ¡me los he inventado! Y podría idear perfectamente todo lo que sucedió durante los siguientes 34 meses hasta que, al fin, fueron detenidos David L. Espósito y Gumersinda Talavérica por intento de estafa y robo con invención retrógrada con ánimo de lucro. ¡O algo parecido! Sin embargo no pisaron la cárcel, pues solo recibieron una leve sentencia en forma de sanción administrativa. Cuando Gumersinda salió de los juzgados un pequeño número de reporteros la esperaban. Antes de escuchar ninguna pregunta ella puso cara de ciazo y respondió haciendo una estupenda imitación de un dictador fascista que a todos nos suena. Y mal, por cierto.
—¡Soy inocente! ¡Todo ha sido una conspiración del contubernio judeo-masónico-comunista-internacional!
—¿Señora Hawizuhuuo, piensa recurrir?
—¡Ja! ¿recurrir? ¿Para qué? ¡Srack-o-uh!
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