
Segunda trilogía de la puta mierda. Parte I
¡A menudo interpretaba el papel de nefelibata escolimoso! En realidad no era ni lo uno ni lo otro, pero en aquella época disfrutaba de lo lindo actuando. Algunos de mis amigos me llamaban El Gran HR (histrión rezonglón), pues además de resultar afectado refunfuñaba por cualquier cosa, en cualquier momento, a la hora que fuese. Un día, mientras trataba de convencer a Baruch Spinoza, por supuesto, en sueños, de que su Dios, simplemente por ser nominado con ese apelativo divino, no era más que una especie de bodoque carcundo con cuerpo escolopéndrico cuyo hedor cadavérico podía ser percibido a kilómetros de distancia, sentí un pinchazo en el ano. Me desperté un poco asustado, pero no le di importancia. Cuando trataba de volver a ajustarme entre las sábanas sentí otro aguijonazo. Esta vez me puse en pie de un salto y me metí la mano en el culo. Cuando la saqué llevaba algo pegado en un dedo. «¿Qué cojones es esto?» La respuesta vino del propio «esto»…
ESTO: ¡Imbécil! Yo no soy Esto. Soy un gamborimbo. Aunque como no tengo nombre te permitiré que te dirijas a mí de esa manera.
YO: Pero… ¿Quién cojones…?
ESTO: ¡Mira al pedacito de papel que has sacado de tu culo!
YO: ¿Co…? ¿Cómo…?
ESTO: Sí, soy yo el que te habla. Un gamborimbo. Tu gamborimbo de hoy.
YO: Debo estar soñando… todavía debo de estar…
ESTO: No, ya no sueñas. Baruch se desvaneció hace un rato. Pero… ¡mírame cuando te hablo!
YO: Eres… eres un papelito…
ESTO: ¡Exacto! Soy un papelito. Soy un pequeño trozo de papel higiénico.
YO: El pa… El papel higiénico no habla…
ESTO: Pues yo sí que hablo. Y además, mucho. ¿No me oyes?
YO: Creo que me estoy volviendo loco.
ESTO: ¡Soy un gamborimbo! ¡Un gamborimbo! ¡La próxima vez que defeques lávate el culo en el bidé!
YO: No tengo bidé…
ESTO: Pues usa una palangana como si lo fuera. Nunca, y repito, nunca, uses papel higiénico.
YO: ¿Entonces los pinchazos fueron cosa tuya?
ESTO: ¡Claro! Esta vez te dejaste casi medio rollo de papel de primera calidad de dos capas ahí dentro. Deberías ser un poco más limpio con tu recto.
YO: Esto no me puede estar pasando. Si le cuento a alguien que mantengo conversaciones con un borigambo terminaré encerrado…
ESTO: ¡Gamborimbo! ¡Gamborimbo! ¡Gamborimbo! Repite conmigo: gam-bo-rim-bo, G-A-M-B-O-R-I-M-B-O.
YO: Gam-bo-rim-bo, G-A-M-B-O-R-I… ¡Dios santo!, un gamborimbo me esta enseñando a deletrear…
Por supuesto mi encuentro con el gamborimbo sucedió hace varios lustros. Desde entonces nunca se ha dirigido a mí ningún otro objeto inanimado. Las pocas personas de confianza a las que les conté el suceso dejaron de ser personas de confianza y se arrastraron fuera de mi vida. Quizá esa sea la razón por la cual no soporto a los zurumbáticos, aunque de alguna extraña manera yo sea uno de ellos. ¡Me gustaría tanto saber por qué mi pneuma inmanente y cuasidivino, gnoseológicamente hablando, se está transformando poco a poco en una estridulación discordante!
Pero para comprender la situación en la que siempre he estado, de una u otra manera, «engrudado», se deberían tener en cuenta cada uno de los aspectos específicos inherentes a la naturaleza humana. Claro que por otra parte, conozco varias decenas de tipos y tipas que con toda probabilidad me excluirían de la esencia o condición de individuo mortal. De la misma manera conozco a bastantes artiodáctilos de ambos sexos que arriesgarían sus ubérrimas posterioridades para que me excluyesen de su gen porcina. Sea como fuere, he de admitir que mi irrefrenable necesidad de apreciar, y en consecuencia, ser apreciado, terminó un 14 de enero de hace más de seis decenios. Podría haberme ahorrado todo este pretencioso e impertinente texto, pero entonces, todos y cada uno de los beneficios placenteros que me ha proporcionado despotricar e igualar al ser humano con un jodido y mierdoso gamborimbo se hubieran quedado en un limbo concreto, pragmático y verosímil al cual todavía no me he atrevido a bautizar.