
Sería preciso buscar las causas de las fantasías triolistas de Bardomiano. Pero antes sería más justo postergar las ideas preconcebidas acerca de las compulsiones incontrolables. Todos tuvimos claro desde el principio que Bardomiano no era un ser arrogante e insensible, y mucho menos un psicópata funcional. Y que tras su aspecto perdulario se escondía un tipo con bastante ingenio y una agudeza más allá de toda duda razonable. ¿Qué importaba que le gustara ver a su mujer follando con otros? A mi me gusta ver a mi esposa follando con nadie. Ni siquiera conmigo. Pero bueno, ¡eso es otra historia! El verdadero problema radicaba en su afán exhibicionista, pues no solo se conformaba con permitirle yacer con otros, sino que disfrutaba filmándose en película de 16 mm mientras gozaba contemplándola desnuda retozando arriba, abajo, y en ocasiones al lado, de sus amantes, por otro lado, escogidos con cierto mimo. Para que todo el tinglado funcionase necesitaba poner la cámara en un rincón de la habitación y dejarla rodando con un objetivo gran angular mientras él se acercaba a la cama y se sentaba a los pies a disfrutar del evento. Cuando este terminaba corría hacia la cámara y liberaba el automático. El resto era simplemente edición, edición y edición. De vez en cuando invitaba a sus amigos, entre ellos, a mí, y nos proyectaba todos sus films de, ejem, arte y ensayo. Sin embargo nos obligaba a taparnos los ojos con unos pañuelos oscuros para que no pudiésemos ver el sudor y la carne mientras él nos narraba lo que sucedía: «Ahora está haciéndole una mamada. ¡Qué gran mamada! Ojalá pudieseis verlo». Por supuesto su mujer nunca asistía a estos maratones cinematográficos y prefería pasar esas horas en algún hotelucho de mala muerte viendo follar a algunos de sus amantes con otras mujeres, la mayor parte de ellas pagadas a tocateja.
Varios años más tarde unos ladrones entraron a su casa y se llevaron la cámara, todas sus películas, la moviola, el resto de trebejos cinematográficos y una vasija de cuerpo esferoide. A partir de ese día Bardomiano cambió. Empezó a dejar de vestirse en Primark para encargar sus trajes a un imitador económico de William Fioravanti. Se divorció de su esposa y musa sicalíptica-concupiscente y se hizo revendedor de orbitoclastos vintage.