septiembre 2014

Email del 29 de septiembre 2014

Caravaggio. Narcissus (1594)

Querida:

Resulta increíble, en determinadas ocasiones, cómo puede llegar a tratarse uno a sí mismo. Yo, por ejemplo, suelo quererme, pero también me detesto a ratos. Me hago preguntas constantemente, preguntas que sólo en contadas ocasiones respondo. Me miro al espejo y me gusta lo que veo, pero también tengo que luchar contra las arcadas que me produce saber que me gusto. ¿Es un pecado estar satisfecho de uno mismo? Si es así, yo me salvaré de una muerte horrible, porque en los contados momentos en que sé que he hecho algo bien, una chispa de color neutro aparece rodeando mi cortex e invalida todo el proceso. A partir de esos instantes, lo que antes era un motivo de orgullo se transforma en un impedimento difícil de superar. Y de soportar.

Algunos de mis mejores amigos fuman yerba para que todos los procesos mentales, emocionales, o de cualquier clase les resulten sencillos y, sobre todo, positivos. Prefieren engañarse a perjudicarse. Lo cual es un acto inteligente por su parte, pero demencial y peligroso para su Yo individual. Ese Yo que se divide en pequeñas porciones desestabilizadas, que impiden tomar conciencia de los errores y luchar contra ellos. Y no quiero que pienses que estoy haciendo proselitismo barato: sabes que he sido un consumidor irreflexivo de estupefacientes hasta hace algunos (bastantes) años. Pero estoy convencido de que cada vicio tiene un momento. De la misma forma que creo firmemente en los beneficios de la autocrítica. Desde luego, me gustaría quererme mucho a cualquier hora. Me gustaría gustarme para siempre. Y sobre todo, contestarme cuando me hago preguntas engorrosas o imprudentes. ¿Es todo tan complicado o lo obstaculizamos para percibir que estamos vivos? Porque estamos vivos. Respiramos, mentimos, odiamos, gemimos y confiamos. Confabulamos, condonamos, comprobamos, comprimimos y curamos.

A veces, siento necesidad de tocarme, acariciarme, desearme, pero no puedo. Algo escondido a una profundidad imprecisa me obliga a rechazar los impulsos, que no son otra cosa que tentaciones. Entonces me doy cuenta de que Él ha vuelto y comprendo que forma parte de mí. No se puede huir de algo que llevas dentro. No se puede rechazar lo que te destruye mientras te construye. Somos basura estelar mecida sin compasión por el aire atmosférico terrestre. Sentimos necesidades y las pagamos a buen precio. Pero mientras eso sucede, olvidamos las advertencias marcadas a fuego en nuestros genes.

Un abrazo

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Email del 25 de septiembre 2014

Martin Kippenberger. Fred the frog

Hola:

La imagen de Dios que tienen preconcebida los creyentes vive en el cielo. Supongo que rodeado de dolor e inventando a toda prisa falsos dogmas de fe corrupta e inconcebible. Si pudiera matar a esa falsa omnipotencia, te aseguro que lo haría. Pero supongo que esos mismos corderos que para vivir necesitan creer en lo inverosimil fabricarían un dios interino o auxiliar lo más rapidamente posible mientras mis huesos se pudrirían pausadamente en una cárcel lóbrega y sombría. Aunque no tendría por qué ser así. Su Dios es una fuerza incorpórea. Si no hay cuerpo, no hay delito. Incluso podría escribir todos los detalles del asesinato en mi confesión y firmarlo sin sentir que tengo que pagar un alto precio. Y cuando me dejaran en libertad, al cabo de dos días, me haría famoso y rico describiendo mi acción una y otra vez con todo lujo de detalles (y adornando la narración con algunas morcillas inventadas) en cualquier reality show televisivo que pagara lo suficiente. Eso sin contar con que me convertiría en un héroe para ese atajo de ateos, entre los que yo mismo me encuentro. El problema estriba en que esa deidad sólo se aparece ante los que creen en ella. Por lo tanto tendría que hacerme practicante, y no me refiero al ATS que pone inyecciones intramusculares, sino al borrego fiel y devoto que hace más caso a su inmadurez psicológica y a su cobardía que a la biología racional. Pero ¿y si en lugar de Yahve, Jehová o el Padre salvador se me apareciese la Virgen María? Pues podría convertir el lugar de la aparición en un manantial de peregrinaje y, de ese modo, forrarme de lo lindo. De vez en cuando me mancharía los ojos con sangre de cerdo y cubriría parte de mi anatomía con falsas llagas de latex. Tan falsas como todo lo que está garabateado en la Biblia. Pero no me entiendas mal. Me gusta mucho el libro sagrado. Es una buena obra de ficción repleto de violencia, sexo y aforismos profundos. Tan profundos como los crímenes que se han cometido en los dos últimos milenios en su nombre.

No pienso ejecutar a Dios. Nunca me ha gustado ajusticiar a las alimañas y no podría ser un buen asesino. Matar me produce hipo. Además, si empezara por él, ¿dónde acabaría el baño de sangre? Los romanos eliminaban a los descendientes del condenado a muerte para evitar las venganzas. Pero puestos a imaginar, me bastaría con un botón de hojalata que al apretarlo forzara a los estultos a convertirse en inteligentes. Y la inteligencia está reñida con las deidades, los gurús, los líderes. Y no trato de burlarme de las esperanzas, convicciones e ideologías de los que contribuyen a que este mundo tienda hacia la destrucción inevitable. Simplemente, intento dar una opinión. Una opinión válida o despreciable. Pero si a alguien le parece que soy un vetusto idealista o un anticristo apocalíptico y diabólico, que se queje ante mi madre.

Un abrazo de Greg Nietzsche

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Email del 22 de septiembre 2014

Jean-Jacques Lequeu (1793)

Querida:

El diez es el número natural que sigue al nueve y precede al once. Además es un número precioso, aunque es todavía más bonita su representación en numeración romana (X). Desde luego no es mi número compuesto preferido, pues está lejos de poseer la magnificencia del quince y la fama -mala, en este caso- del trece, pero tiene un «algo» especial: diez veces intenté dejar de fumar el año pasado; diez canicas me robaron unos desaprensivos cuando tenía poco más de diez años; cuando intento lastimar a alguien suelo insultarle diez veces seguidas, aunque en algunos casos puedo hacer uno o dos bises; nací en la habitación 10 en una clínica (no recuerdo su nombre) que está situada en el número diez de su correspondiente calle (tampoco recuerdo el nombre de la calle); los humanos tenemos diez dedos entre las dos manos y otros diez sumando los pies, excepto un amigo mío que sólo posee cuatro dedos en el pie izquierdo a consecuencia de  una operación para extirparle un melanoma incrustado en el meñique y que, debido a eso, anda de una forma peculiar. Hace unos cuantos días ennumeré todas las cosas que se me han roto desde enero de este año y la suma dio un total de…¡Lo has adivinado! ¡Diez! Te pego la entrada de ese día en mi diario:

10-09-2014:

Desde finales del mes de diciembre del pasado año hasta hoy se me han roto los siguientes electrodomésticos y objetos de uso cotidiano que, por supuesto, he tenido que reponer: 1) Televisión, 2) Nevera, 3) Cafetera eléctrica, 4) Ventilador, 5) Portatil, 6) Puente dental de tres piezas, 7) Persiana de la habitación, 8) Persiana del comedor, 9) Monitor pc sobremesa, 10) Pantalla acuario peces. No ha pasado un mes, desde que mi suerte cayó a lo más bajo, que no se me hayan jodido uno o más objetos caros y de difícil acceso, sobre todo para alguien que cobra una jubilación de mierda. Si mi suerte sigue así, ignoro cuantos meses de vida pueden quedarme hasta que se estropee peligrosamente alguno de mis órganos vitales interiores.
Nota día: 1

Hace un par de días le comenté mi suerte a Sor Candy Lux y me contestó con la típica y cansina respuesta de que «por lo menos tienes buena salud». Sor Candy era una monja que colgó sus hábitos hace diez años (¡diez otra vez!) y se hizo prostituta de lujo. Sólo trabaja diez días al mes (ains) y con lo que gana alimenta a sus dos hijos y a su madre, una mujer terrible que piensa que habría que matar a todos los zombis de «The walking dead» y que pertenece a un partido de la derecha más fascista en cuyo logotipo hay una especie de gaviota volando. Cuando le contesté a Sor Candy (en realidad se llama Patricia) que su respuesta era típica de una humana reprimida y con serias malformaciones en el cerebro, se sacó una teta y me la puso sobre la cara. Como enseguida vio mis ojos perplejos me dijo:
-Nene, no quiero que me la chupes. No tienes suficiente dinero para pagarme. ¿Ves esa cicatriz?
-Sí, claro. ¿Te la hizo un cliente? ¿Te apretaste el cilicio en esa parte de tu anatomía cuando eras religiosa? -le pregunté mientras con las manos apartaba su protuberancia voluminosa.
-No. Me la hizo un cancer de mama.
-Lo siento, creo que me he pasado -repliqué.
-Siempre te pasas con todos, pero no me importa. Tú eres así. Y yo te acepto como eres.
-Te lo agradezco. Por cierto, ¿Qué tiene que ver tu cancer con mi mala suerte?
-Que se te rompan un montón de cachibaches no es nada grave, querido. Deberías regocijarte de que estás bien de salud, tus padres viven y no tienes que chupar pollas para comer. ¡No te quejes, niño!
-No chupo penes pero un buen número de días tengo que chupar los huesos del pollo para acabar el mes -contesté.
-Si no estás contento con tu vida, ¡cámbiala!
-En eso estoy. Hago un montón de primitivas, bono-lotos, euromillones y …
-¿De esa forma quieres cambiar tu vida? Vaya, eres más infantil de lo que yo creía. Y mira que estaba convencida de que todavía no habías madurado lo suficiente.

Si quieres que te sea sincero, desde que mantuve esa conversación ya no soy el mismo. He dejado a un lado las primitvas y me dedico en exclusiva a los cupones de la O.N.C.E. Tengo unas ganas terribles de volver a encontrarme por la calle con Sor Candy Lux y relatarle mis progresos. Estoy seguro de que no tendrá más remedio que tragarse sus palabras como se traga otras cosas. ¡No soy tan niño! ¡He madurado! Estoy tan feliz que ni siquiera encuentro sugestivo el número diez.

Un saludo

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Email del 16 de septiembre 2014

Heinrich Wilhelm Tischbein. La gran sombra (1805)

Hola:

Me gusta observarme el ombligo porque tiene forma de cráter volcánico y de impacto. A menudo pierdo muchas horas analizándolo y llegando a inútiles conclusiones que anoto con mucho cuidado en una libreta de tapas duras de color gris. Siempre me ha gustado la vulcanología, pero como en mi ciudad no se pueden ver más que erupciones cutáneas, he de conformarme con lo que tengo a mano. Me sucede lo que algunos estudiosos denominan el «puto ansia de aprender». Pero ¿para qué sirve instruirse en una o varias materias si al final no encuentras a nadie con quien discutirlas? Si en lugar de elegir esa ciencia geológica que estudia los fenómenos volcánicos hubiera elegido la culología, es decir, la ciencia que estudia las formas de los culos femeninos (o masculinos), o incluso la futbología, no tendría que arrastrar esa losa tan pesada que es la ausencia total de conversaciones inteligentes. Por esa razón, a veces utilizo el poder de algunos fármacos para desdoblarme en uno o varios individuos y mantener acaloradas discusiones sobre cualquiera de las diferentes ramas en las que se engloban la sabiduría y el discernimiento. Sin ir más lejos, ayer dialogué con varios «Yo» sobre Platón y su affaire con Diotima de Mantinea. Uno de mis otros Gregs se afanaba inútilmente en convencer al resto, de que Mantinea se la comía al filósofo griego, mientras el resto, incluido el que escribe este texto, simple y llanamente quería saber si la mamada se hacía según el código macedónico o el cicládico. Como no llegábamos a ninguna conclusión satisfactoria decidimos dar por finalizado el coloquio e ir a tomarnos unas coca-colas al bar de la esquina. Por supuesto, el barman sin bigote ni barba que atendía nuestra mesa se quedó perplejo cuando pedí tres refrescos -no olvides que él sólo me veía a mí- y su asombro alcanzó cotas difíciles de superar cuando me contempló platicando alegremente con dos sillas de madera vacías. Pero el sumun de su desesperación vino a la hora de pagar, mientras me peleaba con el vacío para ver a quién le tocaba abonar la cuenta. Es lógico que esta mañana, cuando he vuelto a recoger el pañuelo olvidado de uno de mis «Yomismíos», el tipo haya intentado agredirme con un bocadillo de jamón y queso.

Aprender puede llegar a ser un punto de inflexión para algunos, por eso tengo tantas dificultades para diferenciar a ciertas ovejas de algunos humanos. Suelo extraer más y mejores conclusiones escuchando el mugido de un toro silvestre que aguantando la miasma de frases inconexas que intentan hilvanar la mayor parte de individuos con los que me suelo encontrar en las aceras de las calles. Y no estoy de coña. Es la absoluta realidad. De hecho, estoy sopesando seriamente largarme a vivir al campo y abandonar por completo las desventajas de la gran urbe. Bueno, está claro que en las ciudades también se pueden encontrar carneros, cerdos y vacas -la alcaldesa de la mía es un buen ejemplo- pero lo que yo quiero es sentir la sensación de rusticidad que proporciona la existencia campestre; el distanciamiento inmaculado que se obtiene renegando de las zonas acotadas para socializar, impuestas por la civilización acomplejada y cicatera que impide a la razón abrirse camino. No sé si seré capaz de conseguirlo, pues para llegar a ese objetivo hay que superar varios cientos de pruebas en las que poco importa la necesidad o la fuerza de voluntad. Te mantendré informada.

Un abrazo

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Email del 15 de septiembre 2014

Chris Peters. Stranger in the mirror

Hola:

No me gusta lo que soy. ¿Qué soy? No soy… No soy. Si en estos precisos instantes se apareciera ante mí un hada, un espíritu o un geniecillo con lámpara y me permitiera graciosamente convertirme en otro, seguramente, elegiría transformarme en Michael Faraday, Robert Graves o Andréi Tarkovski, aunque para ello tuviera que retroceder en el tiempo y en el espacio. Pero si he de ser sincero, sincero de verdad, creo que no debería quejarme demasiado, pues bien podría haber sido -de haberse dado las circunstancias correctas- Josemaría Escrivá de Balaguer, Charles Manson o incluso Mariano Rajoy. No quiero ser lo que soy. Me gusta cómo soy (a veces), pero no soporto la idea de ser alguien, otro más, o uno de tantos.

Por naturaleza, el desconocimiento carece de límites. Casi nadie está de acuerdo con el papel que le ha tocado representar, exceptuando a los imbéciles -que presumen constantemente de su amistad con el autor y por ello se sienten imprescindibles- o los locos, que no necesitan llegar a un acuerdo urgente con su cerebro y se conforman con mirar cómo se suceden los hechos desde su atalaya privada e impenetrable. Los que tienen todo se fustigan porque han llegado al límite, mientras que los que no tienen nada, maldicen al ácido desoxirribonucleico de sus ancestros. Ansiamos ser el centro del mundo, el eje del Universo, sin embargo, rabiamos cuando nos miramos en el espejo. Los que tienen espejos.

No me gusta cómo pienso. ¿Qué pienso? No pienso… No pienso. Me gustaría poner al límite la maquinaria cerebral, pero he llegado a la conclusión de que es una pérdida de tiempo. Razonar está pasado de moda. Yo soy un hippi metrosexual. Sigo las costumbres para no parecer un bicho raro. No todo el mundo tiene los mismos gustos. No todo el mundo tiene las mismas opiniones. Algunos poseen las suyas propias y las que han sustraído a los que les rodean. Otros, simplemente, carecen de antena parabólica individual y se contentan con sintonizar las ondas que rebotan perdidas. En cualquier caso, cada uno hace lo que puede, siempre que pueda matar dos pájaros de un tiro y pueda confundir a su adversario, que en la mayor parte de ocasiones es su aliado exclusivo.

Todo el que no tenga razones para sobrevivir debería ser condenado a la horca. De ese modo, nadie querría morir. Bueno, yo necesitaría pensarmelo un par de veces antes de decidir si sigo en mi rol contradictorio o me vendo un poquito más cada día. Soy una puta. Siempre lo he sido. Me gusta subastarme por una falsa adulación. A la mierda la angustia y el arrepentimiento. Si pagas más, te haré más cosas. Si no tienes dinero, te obligaré a que me las hagas tú a mí. Y si te niegas por principios o por dignidad, contrataré mercenarios que te convenzan. Eres humano. Puedo persuadirte. Eres humano. Puedo corromperte.

No me gusta lo que veo. ¿Qué veo? No veo…No veo. A veces intento imaginar. Es más sencillo que observar la realidad. Eso me permite alterar los finales a mi gusto. Éste debe sufrir un cólico, aquél tiene que fracturarse una pierna. Yo, yo, simplemente, mataré al malo y me llevaré a la chica. Y a la hermana de la chica. Y a su perro. Y comeremos lechecillas y entresijos, porque las perdices están «hors de la mode» y yo respeto profundadamente cada uno de los comerciales que ponen en la televisión. ¡Hay tantas cosas que no se pueden cambiar!

Salta a la vista que no me encuentro en plenas facultades mentales. Adviertase además, las numerosas contradicciones que salpican este texto (¿texto?). Quizá no debería ser tan cínico. ¿Para qué sirve ser sincero? ¿Para morir de muerte natural a los ochentaytantos, rodeado de la familia, y que te incineren y guarden tus tostadas cenizas en una urna de acero cromado? El acero me produce ronchitas.

Un abrazo

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Email del 14 de septiembre 2014

Hammershoi. La dance de la poussiere

Querida:

Los sucesos más prematuros de mi vida, los que me ocasionaron un impacto más agudo, fueron varios, pero dos de ellos los tengo muy presentes en mi memoria y todavía son capaces de lastimarme e incluso deprimirme cuando rebobino las imágenes -cosa que hago varias veces cada día- desde el gran disco duro que es el cerebro. Sucedieron cuando tenía veintipocos años y me arrancaron a mis mejores amigos: un accidente terrible y un suicidio inexperado. El primero ocurrió a las cuatro de la madrugada de un sábado y en él murieron cinco compañeros de fatigas, entre ellos mi novia de entonces y su hermano. Su vehículo se estrello a 120 kilómetros por hora contra un árbol mientras regresaban a sus casas tras una noche de diversión y juerga. Dos murieron en el acto, uno mientras lo trasladaban al hospital y los otros dos en las tres semanas siguientes. Yo acabé visitando varios psicólogos y desde entonces ya no veo la existencia como algo disfrutable.

Aproximadamente siete meses después, una gran amiga, increíblemente bondadosa y el ser más positivo que he conocido, que había superado con éxito una operación a vida o muerte y una depresión brutal, se ahorcó en la oscuridad de su habitación con un cinturón de piel que yo le había regalado para su cumpleaños. Como música de fondo eligió a Peter Hammill, un músico cuyas canciones amaba hasta la desesperación y que yo le había descubierto unos años antes. Dejó una nota de despedida, pero sus padres nunca se la dejaron leer a nadie. Eran tan egoístas que quisieron quedarse para siempre con sus últimas palabras, negando a los que la queríamos una posible explicación. Todavía hoy me siento furioso. Durante años deseé con todas mis fuerzas que se murieran, pero ya se lo he perdonado. No son más que dos viejos extraviados, dos reliquias malheridas, que siguen convencidos de que eran los dueños de «su niñita», simplemente por que la concibieron. Algunas veces los veo caminar renqueantes por la acera. Él va primero, ella le sigue a un metro de distancia. No miran a ningún lado y no saludan a nadie. Sólo siguen un camino que les lleva a ninguna parte.

Todos los sentimientos profundos que yo había experimentado con placer hasta ese año funesto desparecieron en un microsegundo. Todas las experiencias  agradables que me deparaba el futuro se teñirían de desesperación y cinismo. Todavía me pregunto si soy el mismo o me he convertido en un espectro amargado al que todos tratan de comprender sin éxito. Sé que no soy el único que ha sufrido pérdidas importantes en su vida a una edad temprana, pero tengo claro que sí soy una víctima de unas circunstancias erróneas, de una hipersensibilidad asesina y de un cúmulo de despropósitos alarmante y, al mismo tiempo, tan fascinante como un jeroglífico. Intento palpar a ciegas pero el aire es intangible. Procuro ver lo que se aproxima pero el futuro es invisible. Mientras los hechos y las situaciones se dibujan a cámara lenta, mis ganas de encontrar un resquicio disminuyen. Intento fabricar tímidas sonrisas pero los músculos de mi rostro están tan acartonados como un palimpsesto arcaico. Me gustaría tanto… ¿Podría hacerlo? Lo intentaré…

Un beso

Email del 14 de septiembre 2014 Leer más »

Email del 13 de septiembre 2014

Odilon Redon. Christ and the serpent (1907)

Querida:

Cuando vi por primera vez al diablo, éste había elegido un rincón oscuro de mi habitación para manifestarse. Al principio dudé de lo que estaba viendo, pero cuando encendí la luz pude observar mi reflejo en un espejito con marco de hojalata y de aspecto kitsch que colgaba en la pared. Al día siguiente rompí el espejo pisándolo enfurecidamente con los pies y lo tiré al contenedor vecinal. Durante un tiempo no pude quitarme de encima una sensación extraña, parecida a la que se siente cuando has querido cometer un crimen y no has podido llevarlo a cabo porque, de repente, sin previo aviso, has comprendido que eres un auténtico cobarde. Esa sensación cesó una noche calurosa y húmeda, cuando cogí un cuchillo de la cocina y me hice un corte, no demasiado profundo, en el estómago. La sangre goteaba de una forma irregular, como el agua a través de un grifo cuya arandela de goma se ha desgastado por el uso y, sobre todo, por el tiempo. Y sin saber realmente la razón me puse a jugar con ella. Sumergí mis manos en el flujo carmesí y dibujé con los dedos figuras extrañas en la pared. Cuando me cansé de pintar obras maestras, decidí que había disfrutado con la experiencia y me extraje un ojo de la órbita que colgué con mucho cuidado y con la ayuda de un par de chinchetas en el tablón de anuncios de corcho, justo al lado de las tarjetas de mis neurólogos.

Un par de horas más tarde, mientras daba vueltas en la cama, gritando de dolor, me imaginé a mí mismo rodeado de ángeles desnudos. Es curioso, ninguno de aquellos serafines tenía sexo. Algunos se parecían a gente que conocía o había conocido, pero uno de ellos, el que parecía el líder, tenía un rostro que me resultaba extremadamente familiar. Llevaba el pelo largo y una barba muy cuidada. No tardé demasiado en comprender que aquél era Jesucristo o, por lo menos, una copia exacta de las representaciones medievales que de él hacen los artistas. Tanto Jesús como el resto del coro flotaban como burbujas de jabón mientras recitaban una especie de oración que se repetía y se repetía como una letanía perversa. Intenté incorporarme pero una fuerza invisible me mantenía pegado a las sábanas.
-Dejad que me levante. Quiero acariciar a mi ojo -imploré mientras las plegarias de los que ahora parecían monstruos, daban paso a risotadas.
-¡Quiero ponerme el ojo! ¡Necesito mi ojo!

Todo estaba oscuro. De pronto, la luz blanca y parpadeante de un tubo fluorescente me permitió enfocar con cierta nitidez las caras de lo que parecían médicos contemplando mis delirios.
-Tranquilízate. Te pondrás bien. Ya hemos avisado a tus padres -susurró uno de ellos. -Has tenido mucha suerte, chaval.
-¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado? -pregunté mientras trataba de recordar quién era.
En ese instante llegó una enfermera muy guapa y le entregó unos papeles de color amarillo al único que no iba envuelto en una bata verde.
-¿Echis Carenatus? Tenemos que darnos mucha prisa.

Nunca he estado a salvo de las mordeduras de serpiente.

Un saludo

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Segundo email del 11 de septiembre 2014

Olafur Eliasson. Your black horizon (2005)

Hola otra vez:


Un viajero solitario descansa apoyando la espalda en un árbol viejo. Sus ojos escrutan todo lo que vive y prospera alrededor. Intenta mirar fijamente al horizonte, pero sólo es capaz de enfocar una línea. -¿Qué es lo que habrá al otro lado? -se pregunta. Incorporándose de un salto intenta trepar a la copa del árbol. Una vez arriba, se da cuenta de que la línea es la misma. Nada ha cambiado. De nuevo no puede dejar de hacerse la misma pregunta. Nadie le responde. Está solo. Los pensamientos se hacen fuertes en su cabeza. Las respuestas deben esconderse en alguna parte. ¿Que es lo que habrá al otro lado? Un pájaro se posa en una rama cercana. Un insecto trata de subir por la pernera de su pantalón. El ave lo ha visto y se lanza sobre el bicho que muere al instante y es engullido en un segundo, justo el tiempo que necesitan mil soles para nacer en el Universo. El viajero intenta tocar el pájaro, pero éste ha alzado el vuelo y en un instante se encuentra planeando sobre la línea. -Si yo fuera un verdecillo o un piquituerto volaría hacia la línea. Entonces podría ver qué es lo que hay en ese lado -piensa el viajero mientras una lágrima semejante al cristal sin pulir se escurre por su mejilla. 

Aristóteles escribió que todos los hombres de talento tienden a la melancolía. Lo que no quiere decir que todos los melancólicos tengan talento. Por esa razón, yo nunca he querido saber lo que hay detrás de esa línea. Ya tengo suficiente con soportar lo que nace, crece y se reproduce en este lado. Soy un tipo taciturno, tristón y generalmente suelo estar decaído. Afortunadamente carezco de talento y no necesito cruzar ciertos horizontes. Me conformo con saber que estoy aquí por equivocación y que moriré para subsanar dicho error. Solamente durante el instante que transcurrió entre el momento de mi concepción y el momento en que abrí los ojos por primera vez sentí algo parecido al éxtasis. Y no me refiero a la felicidad, que no existe, sino a un momento, un estado de suspensión total de mis funciones cognitivas. Las células no sienten. Los bebés no razonan. Pero cuando el primer fotón entró en mi cerebro, algo tenebroso se enquistó en mi cuerpo y se apoderó de mi futuro. Desde entonces no soy como tú. Soy más o menos normal, pero muy diferente a lo que unos padres orgullosos hubieran querido tener como hijo. Supongo que existirán cientos de miles de tipos que se sentirán como yo. Pero aunque sean diferentes del resto, siguen siendo también diferentes a mí, por lo que, siguiendo la lógica extrema, yo debo ser como tú. Así que tú eres también un ser raro, perdido, y que ya no busca porque no sirve de nada encontrar. Con unos padres que te quieren pero que hubieran esperado algo más. Algo que les hubiera ayudado a justificar su unión, hasta que la muerte los separase. Algo inexplicable, misterioso, quizá quimérico. Algo que les permitiera sentirse orgullosos de sus justificaciones, de sus coartadas, de sus motivos y responsabilidades.

El viajero solitario jamás baja del árbol. Abrazado a una rama cubierta de liquen espera al crepúsculo. Cuando la noche envuelve a la línea, sus preguntas se desvanecen como un manto espectral y forman parte de la oscuridad. ¡La rotación de la tierra ha creado un nuevo mártir!

Un abrazo

Segundo email del 11 de septiembre 2014 Leer más »

Email del 11 de septiembre 2014

Peter Martensen. Designated (1993)

Hola:

No sé si debo hablarte de las conclusiones que dan vuelta en mi cabeza en estos instantes; porque son tan demenciales y están tan alejadas de lo que has leído anteriormente, que no creo que seas capaz de asimilarlas. Sin embargo, a fin de que este email no llegue a parecer otro extraño y tortuoso galimatías, me veo, en cierto modo, obligado a hacerlo. Si alguna vez te has tomado la molestia de analizar mi comportamiento errático e imprevisible, habrás observado que conforme me hago más mayor, mis ideas se vuelven más incomprensibles. Si antes era un tipo de extremos, en el que el centro sólo era un punto que servía para desplazarse hacia ambos márgenes siguiendo una línea (más o menos) recta, ahora intento escarbar para ojear qué es lo que existe tras esos límites, sobre todo el que dicen que es el más peligroso, el que traslada la razón y el entendimiento a un punto sin retorno. Y no lo hago como una tontorrona forma de llamar la atención, sino como un castigo.

Me sería muy fácil extenderme y dejar claro en este texto las razones por las cuales estoy tratando de destrozar mi vida, pero dudo de que sirviera para algo, pues estoy totalmente convencido de que ha llegado el momento de sumergirme en el absoluto, único y definitivo aislamiento, el que produce la incomunicación total. Aunque no al modo cenobítico que todos conocemos, sino de una forma abstracta y poco determinada. Seguramente mis amigos, entre los que te encuentras tú, nunca notéis el cambio, pero puedo asegurar que éste se habrá producido a partir del momento en que reforme mis propios pensamientos, mis actitudes para con el género humano y las circunstancias avasalladoras que impiden que mi espíritu sea cada vez más imperfecto.

Desde mi infancia he tratado de comprender lo que otros trataban de enseñarme con esfuerzo. Y he llegado a la conclusión de que sólo me adoctrinaban para hacer de mí otro miserable. Desgraciados hay suficientes. Yo quiero ir más allá. Quiero conocer los secretos que se esconden tras esa definición. Sufrir a medias no es más que seguir un juego predeterminado. Yo quiero ser el mercurio que se escapa del cristal aprovechando una rotura. Quiero ser el alquimista de la desesperación, sin preocuparme lo más mínimo de los efectos, pero analizando concienzudamente las causas y llevando las consecuencias hasta límites insospechados.

Llaman a la puerta. Debo dejarte. Quizá sea una bruja con una manzana en la mano. ¡Cómo me gustaría que fuese una bruja con una manzana en la mano!

Beso

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Email del 10 de septiembre 2014

Meghan Howland (2011)

Amiga:

Todo el mundo baja. Algunos incluso varias veces al día. A veces para que unos suban, otros tienen que bajar. Y mientras una parte de la población se siente compungida y despreciable porque está en el punto más resbaladizo, el resto se lanzan a velocidades supersónicas. Cuando yo estoy bajo, o decaído, como quieras llamarlo, intento salir de ese foso por medio de pociones mágicas. Hace 30 años, esas pócimas me elevaban hasta extremos de vértigo, por eso la caída era siempre brutal y causaba verdaderos estragos. En aquellos tiempos, tenía que luchar con sangre, émbolos y agujas, pero también con píldoras de diferentes clases, manufacturadas con diferentes proporciones de sustancias (des)agradables. Y los demonios me cerraban las puertas. Los demonios que yo fabricaba a base de negatividad y misantropía. Pero actualmente las pociones que utilizo para salir del agujero son más simples: chocolate. Aunque desde hace unos meses sólo emerjo a base de lectura, películas, y a veces, tocando la guitarra. Supongo que cada sujeto tendrá su estrategia preferida.

Bajar no implica necesariamente un problema. Existe gente que necesita el abatimiento y la melancolía para llegar a valorar el optimismo y la satisfacción. Otros, por el contrario, intentan convencer a sus allegados de que el ímpetu y la alegría dominan por completo sus noches y sus días. ¡Malditos mentirosos! Nadie en su sano juicio puede tener más momentos de arrebato de alegría que de angustia existencial. A menos que uno sea una planta o un animal no racional. Cada vez que oigo las excelencias que produce la falsa felicidad, o felicidad inducida por medio de autoengaños, me entran ganas de sacar el revólver. Y si en esos instantes no tengo pistola, hecho mano al puñal o al tirachinas. Hemos sido concebidos para experimentar el dolor. Y sólo se nos paga con alguna moneda de dicha cuando la tortura ha hecho mella en nuestras expectativas. Somos conejillos de indias con cerebro deteriorado. ¿Para qué queremos retribuciones si al final todos vamos a acabar a dos metros bajo tierra? Mi filosofía es sencilla: pienso mal y soy negativo. Así, cuando por casualidad ocurre algo diferente, ese mismo hecho se convierte en una celebración. Pero cuando todo sigue su rumbo oscuro y deprimente, nunca, y repito, nunca, me pilla por sorpresa. Tengo amigos que siguen una pauta completamente diferente y cada día están más quemados. Yo empecé mi vida calcinado, abrasado, por lo que no tengo demasiado que perder.

Me imagino que es el orden justo de las cosas, o de los hechos. Unos vuelan, otros se estrellan. Los que vuelan, tarde o temprano tienen que aterrizar; los que están estrellados sólo quieren ver cómo se estrellan los que vuelan. Y los que vuelan anhelan ver a los estrellados suplicando por sus vidas. Lo que a unos los empequeñece, a los otros los agranda. ¡Es todo tan extraño! Es como si cada uno de nuestros actos hubiera sido diseñado por una fuerza dipsómana. Tú pones la mejilla, yo te pego dos tortas y después te consuelo. Mañana tú me pegas tres o cuatro y yo me consuelo pensando que en 24 horas volverá a llegarme el turno. Pero si en lugar de atizarme con la palma de la mano me das un beso en la mejilla, la acción se corrompe, se vilipendia y hay que volver a empezar desde cero.

Me gusta mirar por la ventana e imaginar cuántos de esos puntitos negros que parecen personas están de bajada y cuántos de subida. ¿Qué es lo que harán cuando lleguen a sus hogares? ¿Qué es lo que verán cuando apaguen o enciendan la luz? Cada uno de esos puntitos tiene una historia. Una historia que conocen sus amigos y familiares. Pero también tienen secretos que nunca serán leídos por nadie.

Hoy estoy bajo. Ayer estuve bajo. Hace tantos meses que no encuentro la salida…

Un abrazo

Email del 10 de septiembre 2014 Leer más »