Email del 29 de septiembre 2014
![]() |
| Caravaggio. Narcissus (1594) |
Querida:
Resulta increíble, en determinadas ocasiones, cómo puede llegar a tratarse uno a sí mismo. Yo, por ejemplo, suelo quererme, pero también me detesto a ratos. Me hago preguntas constantemente, preguntas que sólo en contadas ocasiones respondo. Me miro al espejo y me gusta lo que veo, pero también tengo que luchar contra las arcadas que me produce saber que me gusto. ¿Es un pecado estar satisfecho de uno mismo? Si es así, yo me salvaré de una muerte horrible, porque en los contados momentos en que sé que he hecho algo bien, una chispa de color neutro aparece rodeando mi cortex e invalida todo el proceso. A partir de esos instantes, lo que antes era un motivo de orgullo se transforma en un impedimento difícil de superar. Y de soportar.
Algunos de mis mejores amigos fuman yerba para que todos los procesos mentales, emocionales, o de cualquier clase les resulten sencillos y, sobre todo, positivos. Prefieren engañarse a perjudicarse. Lo cual es un acto inteligente por su parte, pero demencial y peligroso para su Yo individual. Ese Yo que se divide en pequeñas porciones desestabilizadas, que impiden tomar conciencia de los errores y luchar contra ellos. Y no quiero que pienses que estoy haciendo proselitismo barato: sabes que he sido un consumidor irreflexivo de estupefacientes hasta hace algunos (bastantes) años. Pero estoy convencido de que cada vicio tiene un momento. De la misma forma que creo firmemente en los beneficios de la autocrítica. Desde luego, me gustaría quererme mucho a cualquier hora. Me gustaría gustarme para siempre. Y sobre todo, contestarme cuando me hago preguntas engorrosas o imprudentes. ¿Es todo tan complicado o lo obstaculizamos para percibir que estamos vivos? Porque estamos vivos. Respiramos, mentimos, odiamos, gemimos y confiamos. Confabulamos, condonamos, comprobamos, comprimimos y curamos.
A veces, siento necesidad de tocarme, acariciarme, desearme, pero no puedo. Algo escondido a una profundidad imprecisa me obliga a rechazar los impulsos, que no son otra cosa que tentaciones. Entonces me doy cuenta de que Él ha vuelto y comprendo que forma parte de mí. No se puede huir de algo que llevas dentro. No se puede rechazar lo que te destruye mientras te construye. Somos basura estelar mecida sin compasión por el aire atmosférico terrestre. Sentimos necesidades y las pagamos a buen precio. Pero mientras eso sucede, olvidamos las advertencias marcadas a fuego en nuestros genes.
Un abrazo
Email del 29 de septiembre 2014 Leer más »









