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| Heinrich Wilhelm Tischbein. La gran sombra (1805) |
Hola:
Me gusta observarme el ombligo porque tiene forma de cráter volcánico y de impacto. A menudo pierdo muchas horas analizándolo y llegando a inútiles conclusiones que anoto con mucho cuidado en una libreta de tapas duras de color gris. Siempre me ha gustado la vulcanología, pero como en mi ciudad no se pueden ver más que erupciones cutáneas, he de conformarme con lo que tengo a mano. Me sucede lo que algunos estudiosos denominan el «puto ansia de aprender». Pero ¿para qué sirve instruirse en una o varias materias si al final no encuentras a nadie con quien discutirlas? Si en lugar de elegir esa ciencia geológica que estudia los fenómenos volcánicos hubiera elegido la culología, es decir, la ciencia que estudia las formas de los culos femeninos (o masculinos), o incluso la futbología, no tendría que arrastrar esa losa tan pesada que es la ausencia total de conversaciones inteligentes. Por esa razón, a veces utilizo el poder de algunos fármacos para desdoblarme en uno o varios individuos y mantener acaloradas discusiones sobre cualquiera de las diferentes ramas en las que se engloban la sabiduría y el discernimiento. Sin ir más lejos, ayer dialogué con varios «Yo» sobre Platón y su affaire con Diotima de Mantinea. Uno de mis otros Gregs se afanaba inútilmente en convencer al resto, de que Mantinea se la comía al filósofo griego, mientras el resto, incluido el que escribe este texto, simple y llanamente quería saber si la mamada se hacía según el código macedónico o el cicládico. Como no llegábamos a ninguna conclusión satisfactoria decidimos dar por finalizado el coloquio e ir a tomarnos unas coca-colas al bar de la esquina. Por supuesto, el barman sin bigote ni barba que atendía nuestra mesa se quedó perplejo cuando pedí tres refrescos -no olvides que él sólo me veía a mí- y su asombro alcanzó cotas difíciles de superar cuando me contempló platicando alegremente con dos sillas de madera vacías. Pero el sumun de su desesperación vino a la hora de pagar, mientras me peleaba con el vacío para ver a quién le tocaba abonar la cuenta. Es lógico que esta mañana, cuando he vuelto a recoger el pañuelo olvidado de uno de mis «Yomismíos», el tipo haya intentado agredirme con un bocadillo de jamón y queso.
Aprender puede llegar a ser un punto de inflexión para algunos, por eso tengo tantas dificultades para diferenciar a ciertas ovejas de algunos humanos. Suelo extraer más y mejores conclusiones escuchando el mugido de un toro silvestre que aguantando la miasma de frases inconexas que intentan hilvanar la mayor parte de individuos con los que me suelo encontrar en las aceras de las calles. Y no estoy de coña. Es la absoluta realidad. De hecho, estoy sopesando seriamente largarme a vivir al campo y abandonar por completo las desventajas de la gran urbe. Bueno, está claro que en las ciudades también se pueden encontrar carneros, cerdos y vacas -la alcaldesa de la mía es un buen ejemplo- pero lo que yo quiero es sentir la sensación de rusticidad que proporciona la existencia campestre; el distanciamiento inmaculado que se obtiene renegando de las zonas acotadas para socializar, impuestas por la civilización acomplejada y cicatera que impide a la razón abrirse camino. No sé si seré capaz de conseguirlo, pues para llegar a ese objetivo hay que superar varios cientos de pruebas en las que poco importa la necesidad o la fuerza de voluntad. Te mantendré informada.
Un abrazo
