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| Jean-Jacques Lequeu (1793) |
Querida:
El diez es el número natural que sigue al nueve y precede al once. Además es un número precioso, aunque es todavía más bonita su representación en numeración romana (X). Desde luego no es mi número compuesto preferido, pues está lejos de poseer la magnificencia del quince y la fama -mala, en este caso- del trece, pero tiene un «algo» especial: diez veces intenté dejar de fumar el año pasado; diez canicas me robaron unos desaprensivos cuando tenía poco más de diez años; cuando intento lastimar a alguien suelo insultarle diez veces seguidas, aunque en algunos casos puedo hacer uno o dos bises; nací en la habitación 10 en una clínica (no recuerdo su nombre) que está situada en el número diez de su correspondiente calle (tampoco recuerdo el nombre de la calle); los humanos tenemos diez dedos entre las dos manos y otros diez sumando los pies, excepto un amigo mío que sólo posee cuatro dedos en el pie izquierdo a consecuencia de una operación para extirparle un melanoma incrustado en el meñique y que, debido a eso, anda de una forma peculiar. Hace unos cuantos días ennumeré todas las cosas que se me han roto desde enero de este año y la suma dio un total de…¡Lo has adivinado! ¡Diez! Te pego la entrada de ese día en mi diario:
10-09-2014:
Desde finales del mes de diciembre del pasado año hasta hoy se me han roto los siguientes electrodomésticos y objetos de uso cotidiano que, por supuesto, he tenido que reponer: 1) Televisión, 2) Nevera, 3) Cafetera eléctrica, 4) Ventilador, 5) Portatil, 6) Puente dental de tres piezas, 7) Persiana de la habitación, 8) Persiana del comedor, 9) Monitor pc sobremesa, 10) Pantalla acuario peces. No ha pasado un mes, desde que mi suerte cayó a lo más bajo, que no se me hayan jodido uno o más objetos caros y de difícil acceso, sobre todo para alguien que cobra una jubilación de mierda. Si mi suerte sigue así, ignoro cuantos meses de vida pueden quedarme hasta que se estropee peligrosamente alguno de mis órganos vitales interiores.
Nota día: 1
Hace un par de días le comenté mi suerte a Sor Candy Lux y me contestó con la típica y cansina respuesta de que «por lo menos tienes buena salud». Sor Candy era una monja que colgó sus hábitos hace diez años (¡diez otra vez!) y se hizo prostituta de lujo. Sólo trabaja diez días al mes (ains) y con lo que gana alimenta a sus dos hijos y a su madre, una mujer terrible que piensa que habría que matar a todos los zombis de «The walking dead» y que pertenece a un partido de la derecha más fascista en cuyo logotipo hay una especie de gaviota volando. Cuando le contesté a Sor Candy (en realidad se llama Patricia) que su respuesta era típica de una humana reprimida y con serias malformaciones en el cerebro, se sacó una teta y me la puso sobre la cara. Como enseguida vio mis ojos perplejos me dijo:
-Nene, no quiero que me la chupes. No tienes suficiente dinero para pagarme. ¿Ves esa cicatriz?
-Sí, claro. ¿Te la hizo un cliente? ¿Te apretaste el cilicio en esa parte de tu anatomía cuando eras religiosa? -le pregunté mientras con las manos apartaba su protuberancia voluminosa.
-No. Me la hizo un cancer de mama.
-Lo siento, creo que me he pasado -repliqué.
-Siempre te pasas con todos, pero no me importa. Tú eres así. Y yo te acepto como eres.
-Te lo agradezco. Por cierto, ¿Qué tiene que ver tu cancer con mi mala suerte?
-Que se te rompan un montón de cachibaches no es nada grave, querido. Deberías regocijarte de que estás bien de salud, tus padres viven y no tienes que chupar pollas para comer. ¡No te quejes, niño!
-No chupo penes pero un buen número de días tengo que chupar los huesos del pollo para acabar el mes -contesté.
-Si no estás contento con tu vida, ¡cámbiala!
-En eso estoy. Hago un montón de primitivas, bono-lotos, euromillones y …
-¿De esa forma quieres cambiar tu vida? Vaya, eres más infantil de lo que yo creía. Y mira que estaba convencida de que todavía no habías madurado lo suficiente.
Si quieres que te sea sincero, desde que mantuve esa conversación ya no soy el mismo. He dejado a un lado las primitvas y me dedico en exclusiva a los cupones de la O.N.C.E. Tengo unas ganas terribles de volver a encontrarme por la calle con Sor Candy Lux y relatarle mis progresos. Estoy seguro de que no tendrá más remedio que tragarse sus palabras como se traga otras cosas. ¡No soy tan niño! ¡He madurado! Estoy tan feliz que ni siquiera encuentro sugestivo el número diez.
Un saludo
