 |
| Solana. The hairdresser (1918) |
Querida:
Cada dos meses suelo ir a la peluquería para que me den golpecitos suaves en la calva. Y de todos los establecimientos que hay en mi barrio, mi preferido es un centro que se llama «Peluquería, barbería y esteticien Marisa y Guillermina». Aunque parezca mentira, los dos trabajadores que la regentan, -que al mismo tiempo son socios y propietarios-, lucen unas bonitas y afiladas barbas en forma de punta de daga mesopotámica, por lo que ignoro cuál de los dos será Guillermina. Pero eso es algo que no me importa demasiado. Lo verdaderamente imprescindible para mí es que sepan golpear mi cráneo como a mí me gusta y que el precio sea asequible.
Ayer mientras esperaba mi turno hice algo que no suelo hacer casi nunca: sentarme y vegetar. Generalmente pregunto cuánto tiempo calculan que falta para que me toque y suelo largarme a esperar en el bar de al lado, que por una casualidad del destino se llama «Bar Mario y Guillermo» y cuyas camareras y, supongo que también propietarias, están más llenas de curvas que un cargamento de peonzas de importación. Pues bien, ayer cometí el pecado de sentarme al lado de los tres clientes que iban delante de mí. Como las revistas que descansaban desvencijadas encima de la mesita baja no eran de mi gusto (odio la caza y el culturismo), decidí escuchar la conversación que el trío mantenía. Antes de transcribírtela casi en su totalidad, creo que estoy obligado a describirte a dichos especímenes. El primero era muy corpulento de cabeza, pero extremadamente delgado de cuerpo y a juzgar por la forma de hablar, debía haber sufrido un accidente en el cerebro cuando era más joven. Su edad rondaría los 40 años, aunque no me enfadaría con nadie que le hubiera echado 2000. El aspecto del segundo (en orden de izquierda a derecha) me recordaba a un sapo postergado. Supongo que rondaría la veintena, aunque si quieres que te sea sincero, nunca pude verle el rostro bien, ya que continuamente se tocaba la cara con ambas manos; supongo que para comprobar que todavía la llevaba encima de los hombros. El tercero de los tres resultó ser el más normal, si entendemos por normalidad, la absoluta anormalidad. Su apariencia era tan insólita y extraordinaria que hasta en estos momentos dudo de que realmente existiera. Iba vestido de negro de la cabeza a los pies excepto por un pañuelo de color rosa que envolvía su cuello. En la oreja derecha lucía un par de pendientes similares a tocones podridos y en la izquierda nada, supongo que porque carecía de oreja izquierda. En la nariz, una especie de gancho oxidado similar al alambre con el que Cristóbal Colón ataba a las gallinas para transportarlas hasta casa de su madre, hacía como de piercing a la dernière mode y sobre su cabello grasoso y mal cuidado descansaba lo que en otro tiempo debió ser un sombrero.
Al principio, la conversación fue mantenida exclusivamente por el primero y tercero, según mi orden anterior, y trató temas normales, es decir, lo que yo denomino, conversación de ascensor, pero al cabo de quince minutos la cosa se puso interesante. Creo que todo empezó cuando el que se parecía a un batracio depresivo, y que hasta ese momento había guardado silencio, suspiró…
CLIENTE 1: ¿Y ese suspiro?
CLIENTE 2: ¿Qué ser suspiro? Mi no serrr esparnol.
CLIENTE 1: Un suspiro es…Un suspiro es, cuando tomas aire y lo dejas escapar como tú lo has hecho.
CLIENTE 2: ¿Qué ser aire? ¿Qué ser escapar?
CLIENTE 3: El aire es lo que permite a las moscas volar y escapar es…escapar es…
CLIENTE 1: Escapar es largarse de un lugar sin pagar.
CLIENTE 2: ¿Qué ser rargarse…?
CLIENTE 3: Rargarse no, coño, largarse. Largarse.
CLIENTE 2: ¿Qué ser largarse?
CLIENTE 1: Pues escapar
CLIENTE 3: Espera, déjame a mí, creo que tú lo estás liando. Escapar es …
CLIENTE 2: ¿Qué es liendo?
CLIENTE 3: ¿Liendo?
CLIENTE 1: Pregunta por liando, no liendo.
CLIENTE 3: Ah, joder, ya no sé por dónde voy. Me estoy liendo…
CLIENTE 2: Liando. Ser liando, no liende. Tu confundir…
CLIENTE 1: Eh, no habías dicho liende, sino liendo…
CLIENTE 2: ¿Qué ser liendo?
CLIENTE 1: Creo que estoy empezando a sentir ganas de vomitar con esta conversación.
CLIENTE 2: ¿Qué ser vomitar? ¿Qué ser consersacian?
CLIENTE 3: Vomitar es tirar la papa y consersacian en una puta mierza.
CLIENTE 1: ¿MIerza?
CLIENTE 2: ¿Qué ser mierza?
CLIENTE 3: Joder. Quise decir mierda. Mierda.
CLIENTE 2: ¿Qué ser mierda?
CLIENTE 3: Lo mismo que mierza pero más apestosa. Y cállate ya guiri mierzoso.
CLIENTE 1: Será mierdoso ¿no?
CLIENTE 3: ¿Sabes? Me siento como si estuviera en el parvulario.
CLIENTE 2: ¿Que ser par…uario?
CLIENTE 3: Por favor, tío, explícaselo tú porque yo soy capaz de asesinarlo.
CLIENTE 1: Parvulario es el sitio donde van los pequeñajos a aprender.
CLIENTE 2: Qué ser …?
CLIENTE 3: ¡Tú puta madre, mamón!
CLIENTE 1: No hay que caer en la vulgaridad, cojones. El tipo es extranjero y…
CLIENTE 2: ¿Qué ser ffffanjero?
CLIENTE 1: ¡No puedo más! No lo soporto. Vamos a estrangularlo ya.
CLIENTE 3: Podríamos descuartizarlo en el váter.
CLIENTE 2: ¿Qué ser váter?
Llegados a este punto, y como yo también empezaba a ponerme nervioso y agresivo, decidí posponer la sesión de golpecitos craneales para otro día. Mientras caminaba hacia mi casa, me dediqué a meditar sobre los asesinatos y los asesinos. Asesinar no debería ser un delito si se asesina de una manera decente, pensé. Pero cuando intentaba contestarme a mí mismo ya me encontraba en el portal de mi vivienda. Y en ese territorio, nunca, jamás pienso ni existo.
Un beso