agosto 2013

Email del 31 de agosto 2013

Gerald Laing. See what beauty he hath wrought (2005)

Amiga:

¿Quién soy yo? Aunque esa pregunta no parece que tenga una respuesta coherente, no puedo dejar de hacérmela cada cierto tiempo. Sin embargo me siento como si fuera a vivir eternamente y, por más que lo intento, no consigo quitarme de la cabeza una especie de cántico con forma de mantra letánico que me excita y me incomoda al mismo tiempo:

«Aunque camine por el valle de las sombras de la muerte, no temeré a nadie ni a nada, porque soy el mayor y más perfecto hijo de puta que surgió de entre las llamas del averno»

Supongo que estarás de acuerdo…

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Email del 27 de agosto 2013

Solana. The end of the world (1936)

Querida amiga:

Estoy preparándome para recibir una gran sorpresa. Hace 13.700 millones de años que la espero. Los dioses van a concederme la suficiente fuerza como para poder hundir en el mar un continente. Europa desaparecerá para siempre, y con ella, toda la omnímoda imbecilidad de la mayor parte de sus habitantes. Soy un semidiós. Si no te lo crees, pregúntaselo a mi madre. Soy un perturbado. Si no te lo crees, pregúntaselo a mi padre.

Y cuando los sonidos de los últimos estertores de los necios y sus familias, a los que condeno a la muerte, retumben entre las opacas cavidades de mis ergástulas sepultadas, será la hora de recitar una oración de alabanza al poder que me otorga el germen de las causas irracionales.

Y cuando la tiniebla humedecida con las lágrimas de los ignorantes que nacieron simplemente para fenecer bajo la perversidad de mis manos descarnadas alumbre cada una de las carnes cercenadas, sabré que parte de lo que soy o en lo que me he convertido se lo debo a alguien.

Todo lo que nunca pudo ser, porque a nadie le interesaba, volverá a presentarse para ser rechazado por segunda vez. Porque no se puede alimentar una sensación que escuece, de la misma forma que tampoco se puede poner un dedo en un yunque mientras el martillo del verdugo trabaja un metal imaginario para darle una forma irreal.

Espero que lo entiendas

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Email del 25 de agosto 2013

Michelle Charles. Even fly has a soul

Hola, amiga mía:

Un día de 1935, a la beata María Faustina Kowalska se le apareció cierto ángel del cielo, evidentemente desocupado, y le ordenó que en adelante se le rezara todos los días usando un rosario común de cinco decenas de cuentas. Después de despedirse de la santa, el ángel se enfundó unos pantalones negros de cuero y se largó a una discoteca. Te preguntarás, y no sin razón: ¿una discoteca y pantalones de cuero negro en 1935? Querida, el mundo de los serafines no tiene lógica y no está supeditado a la razón, tal y como sucede con nuestro universo terrenal. Si yo te digo que ese elemento angelical se enfundó unos pantalones de tubo, fabricados con cuero de primera calidad y tintados de un precioso color negro ala de cuervo… tú debes creerlo, porque no gano nada inventando historias como esa. Y si no me crees consulta la vida de esa santa en Google. Por supuesto, la parte de la disco estará censurada, porque así lo promulgó el Papa Pío XII (alias, Eugenio María Giovanni Pacelli) en una famosa encíclica titulada «Angeles numquam fun» y retocada por Pablo VI (Aka Giovanni Battista Montini) en 1973.

Te escribo estas líneas desde un hospital (alias, nosocomio). ¿Te gustaría saber cómo he llegado hasta aquí? Te lo contaré de la manera más rápida que pueda, pues en unos minutos me tienen que hacer una espirometría.

Todo comenzó ayer. Después de desayunar un zumo de naranja natural y una tostada carbonizada con mermelada caducada me senté frente al portátil en el sofá del comedor, dispuesto a continuar escribiendo un relato corto al que hasta esta mañana titulaba «Sin título». Mientras trataba de imaginar de qué forma podía salvar de un desgarramiento testicular al protagonista, una mosca bastante gorda, decidida y pesada intentaba sacarme de mis casillas correteando por mi cara o por la espalda desnuda. Al principio no me dejé llevar por sus excesos y todo iba bastante bien, pero a la media hora decidí que o el díptero o yo, uno de los dos, sobraba en la casa. Como espantarla con la mano no surtía ningún efecto, es más, yo creo que incluso la envalentonaba, decidí quedarme quieto como una víctima de la Gorgona y atizarle con el puño cuando se posase encima de mí. La mosca no era tonta, pues sólo aterrizaba en las partes de mi anatomía a las que no llegaba mi mano, por lo que en un acto de genialidad resolví que la mejor forma de mandar al infierno a semejante insoportable ser era con un insecticida concentrado. Buscando en el armario encontré uno cuya etiqueta indicaba claramente que tenía una nueva fórmula de acción instantánea y prolongada, así que rocié todo el salón con dicho veneno mientras yo salía al pasillo a esperar la defunción del maldito insecto. Al cabo de unos 20 minutos regresé a la estancia fumigada y me senté de nuevo en el sofá con el laptop sobre las rodillas. Durante los primeros 30 segundos no advertí nada reseñable, si exceptuamos un repentino picor de ojos que no duró demasiado, por lo que algo así como un ictus cabrón transformó las comisuras de mis labios convirtiéndolas en una sonrisa doble V (viciosa y victoriosa). Pero justo en el instante en que me sentía reconfortado por el asesinato, la mosca demente se me posó en la punta de la nariz y movió levemente el segmento abdominal. Poniéndome bizco pude ver su cara de triunfo mientras se acicalaba las alas con extrema parsimonia. Incluso -y esto si no quieres no te lo creas- defecó en mi napia y luego se puso a volar coqueta frente a mí, sabiendo que su éxito acabaría por consumirme lentamente. Mientras me limpiaba la mini-hez con el envoltorio de un caramelo de café con leche, llegué a la conclusión de que merecía morir de una forma sádica y cruel. Al principio pensé en quemar el barrio, pero pronto llegué a la conclusión de que muchas moscas inocentes también perecerían, así que tras unos minutos de reflexión y desconcierto, decidí que la idea del flit no era tan mala, sólo que debía llevarla hasta el extremo. Cerré todas las ventanas que daban al exterior y vaporicé todo el bote del tóxico. En unos segundos el oxígeno desapareció y una neblina ponzoñosa oscureció el ambiente.

De repente desperté. Miré a mi alrededor y vi a varias enfermeras desplazándose alarmadas. Como esa visión no era agradable, pues estaban vestidas, me dediqué a contemplar mi cuerpo en posición horizontal sobre una camilla. Varios tipos tiraban de ella con prisa. Uno de ellos, el más alto, no paraba de gritar: «¡Que se nos va. Que se nos va! ¡Rápido!» Mientras me llevaban a la UCI (o puede que fuera a la UVI) pude ver lo que me pareció una mancha negra agitándose sobre el dorso de mi mano. Pero las manchas negras móviles no hacen cosquillas… ¿Imaginas quién era?

Estoy en la habitación 334 del tercer piso de Hospital Clínico de Valencia. Un tipo de aspecto agraciado pero con un bulto de grasa del tamaño de un albaricoque en la mejilla y que, según puede leerse en la etiqueta de su bata, es doctor, me ha confirmado que casi la palmo. Mientras me lo decía, no paraba de mover sus brazos como si fuera un pulpo enajenado. Lo has adivinado: la puta mosca estaba allí y el galeno trataba de ahuyentarla sin conseguirlo. Mientras lo hacía, algo parecido a un instante de felicidad suprema ha caldeado cada una de mis venas principales.

Un besazo

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Email del 20 de agosto 2013

Philip Guston. Two fat feet

Querida:

Un vecino me ha denunciado por ser feo, así que he intentado ponerme en contacto telefónico con mi abogado, pero su secretaría me ha dicho que lo detuvieron la semana pasada por meterse un Danonino por el… bueno, ya puedes imaginártelo. Además, el tío lo hizo delante de dos leones, en el Zoo, con tan mala suerte que un defensor de los derechos de los animales que pasaba por allí en ese momento lo vio y es el que lo ha delatado. Personalmente, desconfío de los chivatos, aunque lo hagan por una causa justa. Aún recuerdo cómo destrozaron la vida a un amigo mío hace unos cuantos años. Su propia madre lo denunció por decir «andara” en lugar de “anduviera y le cayeron cuatro años. Al final, lo soltaron a los tres años, pero el daño ya había sido hecho. Nunca volvió a ser el mismo. Ahora se dedica a esnifar la suciedad que se esconde entre las uñas de los pies. Para conseguir tales inmundicias tiene que raptar a la gente, atarla a una silla y con un palillo y mucho cuidado, sacar esa asquerosidad y prepararla en forma de raya. Bueno, voy a tratar de ahorrarte los detalles, no quiero que me acusen de fomentar las drogas esnifables.

La verdad es que no pensaba escribirte hoy. Si lo he hecho no ha sido para contarte mis problemas con los vecinos o para contarte estúpidas historias de gente rara. Te escribo para recordarte la suerte que tienes de ser mi amiga. Pero esa suerte, a partir de mañana, te va a costar 25 Euros a la semana. Si no me los pagas, dejaré de ser tu amigo y la oscuridad volverá a tu vida. Y como no te verás, te caerás. Y te romperás la primera y segunda costilla flotante. ¡No te enfades! Estaba de broma. No te voy a cobrar 25, sino 15, es decir, 60 al mes y 720 al año. Si te sirve de consuelo, has de saber que el resto de mis 38 amigos de diferentes sexos, ya pagan ese impuesto emocional desde hace lustros. ¿Cómo si no te explicas que con el dinero que gano sea capaz de sufragar las orgías que organizo?

Ahora te tengo que dejar. Espero recibir el primer «sueldo» antes del sábado.

Un besazo

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Email del 19 de agosto 2013

John Baldessari. Money with space between (1994)

Hola:

Por alguna razón inexplicable, no puedo ponerme los pantalones. Algo en mi cerebro impide enviar una orden tan sencilla como esa al resto del cuerpo. Supongo que tendré que salir a la calle sin ellos, quizá con una toalla rodeándome la cintura. Pero ¿qué toalla? ¿La roja o la verde? Bueno, no creo que eso sea importante ahora. Hace algunos años me sucedió algo parecido. De repente, un día no podía ponerme el sombrero, ni siquiera un bisoñé o una servilleta en la cabeza. Esta situación, por llamarla de alguna manera, duró 73 horas; luego todo volvió a la normalidad. Supongo que debería visitar a un neurólogo, o quizás a un psiquiatra. No sé. Todo se está volviendo tan irreal… Hasta mis gustos están cambiando de una forma que me asusta. Ayer vi y, lo que es peor, disfruté, una película titulada «Las aventuras de Joselito en América». ¿Qué es lo que me está pasando?

Si fuera aviador podría autodiagnosticarme y llamar a todo esto que me sucede «incapacitación sutil», pero no soy más que un puto chiflado con aspecto de escarabajo, sobre todo cuando me visto de negro. Cuando estoy completamente lúcido soy capaz de determinar el valor de la desviación de la luz polarizada por un estereoisómero ópticamente activo, pero cuando estoy en un momento bajo, hasta chupar un caramelo se puede convertir en una complicación insalvable.

En mi opinión, creo que estoy pasando una fase descoordinada debida a una fatiga de parte de los materiales cerebrales. La facultad de comprender, juzgar, comparar y deducir es prácticamente inexistente. Pronto me convertiré en una piedra. Cuando esto suceda, ni siquiera podré pedir ayuda. De todas formas, el auxilio no es una de las prioridades humanas, por lo menos en estos tiempos que corren y, sobre todo, en esta sociedad capitalista y demencial, donde la mayor parte de sus individuos prefieren hacer sonar sus joyas al ritmo que mandan los compositores supremos, es decir, patronal (todos), políticos (una gran parte) y gangsters (sin comentarios).

Llegados a este punto, o sea, el cuarto párrafo, no puedo dejar de preguntarme hasta cuándo voy a permitir a mis candorosas células que sigan reproduciéndose con total descontrol. Vivir en un planeta infectado de memez y encefalogramas planos no sale rentable. Es preferible fornicar con el futuro oscuro y sexy del interior de un ataúd magníficamente acolchado, que enfrentarse a la falsa seguridad indiciaria y dejadez entrópica que promulga a los cuatro vientos el bastardo mono erguido.

Un abrazo

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Email del 18 de agosto 2013

Hieronymous Bosch. Tabla de los pecados (1485)

Querida:

Llevo 51 años equivocándome y te puedo asegurar que cada día lo hago muchísimo mejor. No importa lo que crea que he aprendido en todo este tiempo, siempre hay un momento en el que el error adquiere una fuerza inusitada y se transforma en una necesidad imperante. Me equivoco, sobre todo, para justificar lo injustificable: haber nacido de un vientre humano y no del de un cerdo Warthog o del de un Almiqui. Pero no te he escrito este email para recordarte mis múltiples pifias, sino mis aciertos más profundos. Te adjunto una lista con todos los que recuerdo detallados hasta en su más mínimo detalle:

Un abrazo

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Email del 17 de agosto 2013

Anjalé Perrault 

Amiga mía:

Lo primero que hago todas las mañanas nada más levantarme es visitar a las plantas que viven en mi balcón y cambiar algunas impresiones con ellas. Generalmente, a esas horas de la madrugada -pues no olvides que me levanto a las seis- todas tienen bastante buen humor, excepto un Kalanchoe viejo y resabido, con aspecto de rama banzai atorada, que resopla como un cachalote cada vez que yo expreso una idea lógica o trascendental. Aunque no suelo hacerle demasiado caso, te confieso que a veces he estado a punto de rociarlo con gasolina y hacer una pequeña pira de fuego con él. Pero no sería justo para su amante, un Cotyledon joven y lustroso que desde que lo adquirí conserva un talante abierto, cordial y muy receptivo. ¡A veces el amor puede ser bastante psicótico! ¿O es sólo sexo interespecie? La verdad, no me preocupa en absoluto. Todas mis plantas tienen carta verde para hacer lo que les apetezca en cada momento, sin tener que responder a una razón absoluta determinada. No olvidemos que cada uno de nosotros, humanos o vegetales, no existíamos en un principio, y ahora que sabemos qué significa el término «establecerse», siempre nos quedamos donde estamos, porque nos aterran los cambios. Y siguiendo ese razonamiento imperfecto, yo sería un badulaque de primera categoría si no supiera distinguir dónde empiezan y terminan mis obligaciones para/con cada uno de mis vegetales orgánicos.

Otra cosa sería que éstos seres fotosintéticos y enormemente complejos desgastaran mi tiempo o tuvieran la capacidad para hacerme más infeliz de lo que ahora soy. Entonces, y de eso estoy completamente seguro, sustituiría la pasión por la obsesión y la ebriedad por la enfermedad. Es decir, volvería a cerrar el círculo regresando a mi forma congenial. Y eso, nunca va a suceder.

Hace un montón de años, mientras trataba de convencer a un par de insectos de los beneficios de la dieta carnívora en lugar de la herbívora, pues estaban comiéndose literalmente todas mis plantas, vi una luz copulando con otra en el cielo. Quizá te preguntes: ¿Y qué? Y tienes toda la razón.  ¿Y qué?

Un saludo

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Email del 16 de agosto 2013

Paul Cezanne. The three skulls (1900)

Hola:

No recuerdo su verdadero nombre, pero la gente le llama Toc. Parece ser que el mote le viene por su afición a llamar con los nudillos en las puertas cuando va de visita, aunque yo creo que alguien se lo puso porque padece un serio trastorno obsesivo-compulsivo (osea Toc). Y es que Toc todo lo hace tres veces. Se despierta cada día tres veces; se afeita tres veces; desayuna tres veces y así hasta el final del día. Todo por triplicado. Incluso se acuesta tres veces. Hace algunos años, su novia me confesó que eyacula tres veces después de cada orgasmo, y que a su vez tiene tres orgasmos en cada sesión de sexo, y que, como se deduce, le regala tres coitos seguidos cada vez que le apetece acostarse con ella, por lo que la chica está pensando seriamente en matricularse en la Facultad de Ciencias Matemáticas para poder convivir mejor con él (y su triada problemática). Recuerdo un día que Toc y yo nos encontramos en la calle. Me saludó tres veces y me invitó tres veces a tomar algo en tres bares diferentes. En el primero de ellos se pidió tres coñacs; en el segundo tres vodkas con limón y en el tercero se desmayó en tres ocasiones, por lo que estuve tentado de llamar al Samur tres veces. Cuando al fin pude despedirme de él, tuve que chocarle la mano tres veces, pero como perdí la cuenta y se la apreté solamente dos, sufrió una especie de ataque de pánico y casi a punto estuvo de estrangularme tres veces.
Hace más de un año que no tengo ningún contacto con Toc. Según sus amigos más íntimos, se fue a vivir a Quito hace tres meses, aunque tuvo serios problemas nada más llegar, pues se empeñó en bajar del avión tres veces con tan mala fortuna que en la última de ellas se resbaló y cayó sobre tres ancianas a las que rompió tres costillas a cada una. La verdad es que aquí nadie le echa de menos. Ni siquiera su ex novia que ahora se acuesta con tres tipos diferentes.
Te cuento esta pequeña historia porque esta mañana me ha sucedido algo que me ha recordado a Toc. Y porque de alguna forma he de llenar esta hoja de Word.
Tres besazos

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Email del 15 de agosto 2013

Solana. The hairdresser (1918)

Querida:

Cada dos meses suelo ir a la peluquería para que me den golpecitos suaves en la calva. Y de todos los establecimientos que hay en mi barrio, mi preferido es un centro que se llama «Peluquería, barbería y esteticien  Marisa y Guillermina». Aunque parezca mentira, los dos trabajadores que la regentan, -que al mismo tiempo son socios y propietarios-, lucen unas bonitas y afiladas barbas en forma de punta de daga mesopotámica, por lo que ignoro cuál de los dos será Guillermina. Pero eso es algo que no me importa demasiado. Lo verdaderamente imprescindible para mí es que sepan golpear mi cráneo como a mí me gusta y que el precio sea asequible.

Ayer mientras esperaba mi turno hice algo que no suelo hacer casi nunca: sentarme y vegetar. Generalmente pregunto cuánto tiempo calculan que falta para que me toque y suelo largarme a esperar en el bar de al lado, que por una casualidad del destino se llama «Bar Mario y Guillermo» y cuyas camareras y, supongo que también propietarias, están más llenas de curvas que un cargamento de peonzas de importación. Pues bien, ayer cometí el pecado de sentarme al lado de los tres clientes que iban delante de mí. Como las revistas que descansaban desvencijadas encima de la mesita baja no eran de mi gusto (odio la caza y el culturismo), decidí escuchar la conversación que el trío mantenía. Antes de transcribírtela casi en su totalidad, creo que estoy obligado a describirte a dichos especímenes. El primero era muy corpulento de cabeza, pero extremadamente delgado de cuerpo y a juzgar por la forma de hablar, debía haber sufrido un accidente en el cerebro cuando era más joven. Su edad rondaría los 40 años, aunque no me enfadaría con nadie que le hubiera echado 2000. El aspecto del segundo (en orden de izquierda a derecha) me recordaba a un sapo postergado. Supongo que rondaría la veintena, aunque si quieres que te sea sincero, nunca pude verle el rostro bien, ya que continuamente se tocaba la cara con ambas manos; supongo que para comprobar que todavía la llevaba encima de los hombros. El tercero de los tres resultó ser el más normal, si entendemos por normalidad, la absoluta anormalidad. Su apariencia era tan insólita y extraordinaria que hasta en estos momentos dudo de que realmente existiera. Iba vestido de negro de la cabeza a los pies excepto por un pañuelo de color rosa que envolvía su cuello. En la oreja derecha lucía un par de pendientes similares a tocones podridos y en la izquierda nada, supongo que porque carecía de oreja izquierda. En la nariz, una especie de gancho oxidado similar al alambre con el que Cristóbal Colón ataba a las gallinas para transportarlas hasta casa de su madre, hacía como de piercing a la dernière mode y sobre su cabello grasoso y mal cuidado descansaba lo que en otro tiempo debió ser un sombrero.

Al principio, la conversación fue mantenida exclusivamente por el primero y tercero, según mi orden anterior, y trató temas normales, es decir, lo que yo denomino, conversación de ascensor, pero al cabo de quince minutos la cosa se puso interesante. Creo que todo empezó cuando el que se parecía a un batracio depresivo, y que hasta ese momento había guardado silencio, suspiró…

CLIENTE 1: ¿Y ese suspiro?
CLIENTE 2: ¿Qué ser suspiro? Mi no serrr esparnol.
CLIENTE 1: Un suspiro es…Un suspiro es, cuando tomas aire y lo dejas escapar como tú lo has hecho.
CLIENTE 2: ¿Qué ser aire? ¿Qué ser escapar?
CLIENTE 3: El aire es lo que permite a las moscas volar y escapar es…escapar es…
CLIENTE 1: Escapar es largarse de un lugar sin pagar.
CLIENTE 2: ¿Qué ser rargarse…?
CLIENTE 3: Rargarse no, coño, largarse. Largarse.
CLIENTE 2: ¿Qué ser largarse?
CLIENTE 1: Pues escapar
CLIENTE 3: Espera, déjame a mí, creo que tú lo estás liando. Escapar es …
CLIENTE 2: ¿Qué es liendo?
CLIENTE 3: ¿Liendo?
CLIENTE 1: Pregunta por liando, no liendo.
CLIENTE 3: Ah, joder, ya no sé por dónde voy. Me estoy liendo…
CLIENTE 2: Liando. Ser liando, no liende. Tu confundir…
CLIENTE 1: Eh, no habías dicho liende, sino liendo…
CLIENTE 2: ¿Qué ser liendo?
CLIENTE 1: Creo que estoy empezando a sentir ganas de vomitar con esta conversación.
CLIENTE 2: ¿Qué ser vomitar? ¿Qué ser consersacian?
CLIENTE 3: Vomitar es tirar la papa y consersacian en una puta mierza.
CLIENTE 1: ¿MIerza?
CLIENTE 2: ¿Qué ser mierza?
CLIENTE 3: Joder. Quise decir mierda. Mierda.
CLIENTE 2: ¿Qué ser mierda?
CLIENTE 3: Lo mismo que mierza pero más apestosa. Y cállate ya guiri mierzoso.
CLIENTE 1: Será mierdoso ¿no?
CLIENTE 3: ¿Sabes? Me siento como si estuviera en el parvulario.
CLIENTE 2: ¿Que ser par…uario?
CLIENTE 3: Por favor, tío, explícaselo tú porque yo soy capaz de asesinarlo.
CLIENTE 1: Parvulario es el sitio donde van los pequeñajos a aprender.
CLIENTE 2: Qué ser …?
CLIENTE 3: ¡Tú puta madre, mamón!
CLIENTE 1: No hay que caer en la vulgaridad, cojones. El tipo es extranjero y…
CLIENTE 2: ¿Qué ser ffffanjero?
CLIENTE 1: ¡No puedo más! No lo soporto. Vamos a estrangularlo ya.
CLIENTE 3: Podríamos descuartizarlo en el váter.
CLIENTE 2: ¿Qué ser váter?

Llegados a este punto, y como yo también empezaba a ponerme nervioso y agresivo, decidí posponer la sesión de golpecitos craneales para otro día. Mientras caminaba hacia mi casa, me dediqué a meditar sobre los asesinatos y los asesinos. Asesinar no debería ser un delito si se asesina de una manera decente, pensé. Pero cuando intentaba contestarme a mí mismo ya me encontraba en el portal de mi vivienda. Y en ese territorio, nunca, jamás pienso ni existo.

Un beso

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Segundo email del 13 de agosto 2013

Eric Fischl. Bedroom, scene 3, mistakes mistakes! Everything shakes from all the mistakes (2004)

Hola nuevamente:

Esta mañana, cuando he despertado he descubierto a una gorda completamente tatuada de los pies a la cabeza manipulando una de mis partes más inmanipulables, mientras al fondo de la habitación otras tres gordas puntuaban lo que veían con unas cartulinas blancas y grandes repletas de números negros que iban del 0 a 10. Cuando, presa de la desesperación, he intentado que la manipuladora se tragase varias de esas cartulinas, me he vuelto a despertar. Esta vez me encontraba completamente empapado en un descomunal cubo de plástico lleno de tipos y tipas también bastante mojados. De vez en cuando, una manaza con la envergadura de una catedral cogía a uno de esos tipos y con la ayuda de la otra lo tendía al sol con unas pinzas de madera semejantes en forma y tamaño a un ataúd. Cuando después de varios intentos en los que pude zafarme al final me cogió a mí, solté un grito tan desgarrador y fuerte que lo escucharon en Nongbua Lamfu y me desperté bañado en sudores. Esta vez estaba en mi habitación, sin gordas, ni puntuaciones, pero temblando y con un aspecto lamentable. Mientras me dirigía al baño, escuché una voz que salía de mi barriga y que decía:
-Soy tu cáncer de estómago. Espero que el día de hoy sea feliz, porque a partir de mañana te esperan sufrimientos y lágrimas
Apenas había tratado de asimilar esas palabras, cuando algo que se encontraba más o menos por detrás y bastante profundo gritó:
-¡Oh, cállate idiota! Si alguien se va a llevar a este tipo al otro barrio voy a ser yo, tu cáncer de colon, por cierto, bastante avanzado y con una metástasis muy seria.
Mientras me palpaba el trasero sin demasiada convicción, se puso a hablar una peca roja y de unos cinco milímetros que tenía desde hace años en un hombro:
-¿Sabéis por dónde me paso vuestros tumores?  ¿Lo sabéis? Donde se encuentre un buen cáncer de piel, que se quiten las inmundicias.
– Oye tú, yo estaba destrozando sus células mucho antes de que tú nacieras-, replicó indignada la voz del trasero.
– Oh. No. Nooooo. Como cáncer de estómago y visto cómo se ha alimentado este botarate durante los últimos 51 años, es mi deber acabar con su vida y, además, de una forma repugnante y malévola.
Cansado de escuchar a mis partes corporales despotricar como rameras, intenté serenarme, pero al sentarme en el sofá una flatulencia poco musical y descontrolada me despertó del tercer sueño consecutivo y encadenado. Cuando me incorporé cogí una zapatilla y me golpeé cuatro veces en las mejillas. No cabía ninguna duda. Esta vez, estaba despierto.

Abrazos

Segundo email del 13 de agosto 2013 Leer más »