julio 2020

Email del 18 de julio 2020

Wassily Kandinsky. Black spot (1912)

Querida:

Hace algunos años te expliqué lo que para mí, por lo menos en esos instantes, significaba el concepto Dios. A partir de esa fecha, todos lo chulos de la ciudad se pusieron en contacto conmigo con la pretensión de que les representara en los comités, asambleas y consejos. Aquello me recordó una escena del film Irma la dulce, pero sin embargo accedí a sus ruegos y por medio de una remuneración mensual de poco más de 20000 euros me convertí en el rey de los alcahuetes, mediadores y correveidiles. Incluso alguien compuso una canción sobre el suceso…

Greg, Greg,
Greg Greg Greg:


Dos proxenetas en uno a elegir:


Greg Naranja se comporta fino.
Greg Cristal se comporta normal.


Greg, Greg,
Greg Greg Greg.

Pero no quiero que creas que trato de venderte lo que fui. Ni siquiera lo que soy. En realidad lo único que deseo es que las personas que actualmente me quieren dejen de quererme y que el resto, es decir, los que me maldicen, reprueban o aborrecen, comiencen a reverenciarme. Cuando eso suceda, un millón de estrategias nuevas surgirán en mi conciencia. Algunas las resquebrajaré por inconsistentes. Otras las evacuaré y después estiraré la cadena. El resto, el resto simplemente pasarán a formar parte de mis posesiones.

G

Email del 18 de julio 2020 Leer más »

Email del 17 de julio 2020

Philip Guston. Bad habits (1970)

San Miguel se bebió lo que le quedaba de la cerveza marca Roberto Morales de un trago -o quizá fue al revés-, me miró tan fijamente como lo haría un ejemplar especialmente malhumorado y hambriento de Ophiophagus hannah frente a una confiadísima culebra ratonera y me confesó que desde que había dejado de creer en la política, es decir, tanto en los de una esquina como en los de la otra -y por supuesto eso implicaba que, de la misma manera, también en los que se quedaban tan descansaditos en el centro- su envoltura testicular había rejuvenecido de una manera increíble. Ya no parecía un escroto de un tipo de 35 años. Ni siquiera, agregó después, tenía que exfoliarlo o incluso maquillarlo cada vez que quedaba con una o varias mujeres. Cuando casi estaba terminando su perorata intelecto-pathos-testicular, me di cuenta por primera vez en los 15 años que lo conocía (o que lo aguantaba, lo que pueda resultar más correcto), que su cara me recordaba a la de un auquénido, aunque no pasó ni un microsegundo hasta que llegué a la conclusión de que quizá en los tiempos que corrían, resultaba más soportable, existencialmente hablando, parecer un puto guanaco antes que un jodido Homo sapiens mierdoso, miedoso, izquierdoso, enfadoso por poco novedoso y asqueadamente sedoso y modoso.

Mientras caminaba hacía mi casa, tras haberme despedido de Roberto (o San Miguel, todavía no lo tengo claro), vi algo semejante a un trapo blanco y negro que se pavoneaba bailando delante de mí. Cuando enfoqué bien los glasos pude ver una Jolly Roger ondeando desde un balcón que me era conocido. No cabía la menor duda, se trataba del mirador de Susana Morales, la hermana de Roberto Morales. Ambos, Susana y Roberto eran hijos de una leyenda del barrio, don León Morales, apodado León Brando. Este tipo, que falleció hace un par de lustros mientras untaba mantequilla, estaba convencido de que era el hijo ilegítimo de Marlon Brando y sor Prudencia de Prudencia, también llamada sor Capicúa o sor Palíndroma. Sin embargo yo seguí mi camino, aunque la verdad es que estuve tentado de encaramarme y robar la bandera para hacerme con ella una pashmina.

Cuando entré en mi casa y me quité las botangas en menos de siete segundos, supe que era un tío increíble. Alguien que a diferencia de los Morales o de tipejos de la misma calaña, podía hacer lo que quisiera sin tener que esperar algo por ser el autor intelectual de cualquier hecho. Por esa razón me senté encima de mi sofá con forma de plañidera, y me contenté con meterme el dedo en las narices hasta que saqué una piedra preciosa que unas semanas después me convirtió en el tipo (asqueroso y despiadado) más rico del tercer mundo del primer mundo.

Email del 17 de julio 2020 Leer más »

Email del 13 de julio 2020

Francisco de Goya. Disparate conocido (1815)

Carlos amaba a Beatriz. Beatriz estaba loca por Javier. Javier dejó preñado a Carlos, pero no a ese Carlos, sino a otro Carlos, lo que causó una pequeña revolución entre los andrólogos y ginecólogos de medio mundo. Cuando Beatriz se enteró de que el tío al que quería iba a ser padre o madre, se puso a salir compulsivamente con Sergio, Vicente y Gregorio. Este último babeaba al dar besos con la lengua. Pasaron tres siglos. Carlos había muerto doscientos cincuenta años antes. Beatriz doscientos treinta y dos años antes. Javier doscientos veinte años antes y Carlos, el otro, se había convertido en inmortal y todavía vivía, aunque su pequeñín fruto de la relación con Javier había dejado este mundo hacía poco menos de ciento setenta años. Tanto Sergio como Vicente y Gregorio fallecieron por orden alfabético aunque ninguno de sus decesos son importantes para que este relato avance, sobre todo porque no hay por donde cogerlo.

Carlos tocaba el dulcémele. Beatriz tocaba el birimbao. Javier no tocaba ningún instrumento pero solía manosear algunos billetes pequeños. Carlos (el otro) era director de la Filarmónica. Sergio, Vicente y Gregorio formaban una especie de sizigia…

Carlos era logopeda. Beatriz tenía las pezuñas partidas, por lo tanto era fisípeda. Javier era ortopeda y Carlos (el otro) se apellidaba Cepeda.

Carlos se acariciaba los lunes. Beatriz se tocaba los miércoles. Javier se tanteaba los martes y los jueves. El otro Carlos no se acariciaba ni se tocaba o tanteaba, prefería que Sergio, Vicente y Gregorio lo sobasen después de haberse palpado un rato entre ellos.

Carlos se sonaba los mocos porque en realidad era…

Carlos y Beatriz se habían conocido siete años antes en una… organizada por Javier, el hermano del otro Carlos…

Carlos Carletes y Carlos Carletes (el otro) eran unos tontos, los dos…

Carlos se había disfrazado de desliz casi fatal. Beatriz se había disfrazado de recurso adquirido. Javier prefirió vestirse de creencia subjetiva mientras que el otro Carlos se transformó en adjetivo en desuso…

Carlos tenía un buen trasero. Beatriz tenía una buena delantera. Javier estaba orgulloso de su lateral izquierdo…

Carlos…

Carlos era un sujeto marcadamente eclíptico…

Carlos…

Carlos…

Email del 13 de julio 2020 Leer más »

Email del 8 de julio 2020

Guilherme de Santa-Rita. Compenetración interna estática de una cabeza (1913)

Amiga:

Tú me conoces, sabes que soy un sujeto barrenado y crónicamente insatisfecho. Por lo tanto, intento comportarme como un tipo del montón. Sobre todo cuando sé que alguien me mira. Cuando estoy en mi habitación, solo y carcinogénicamente indispuesto, suelo entretenerme evaluando mi pasado de la misma manera que lo hacía Milady de García-Bonora.

Milady de García-Bonora, exesposa de Lord Bytheseashore, nació en Pinto, rodeada de gargajeos familiares y falleció en Valdemoro mientras escalfaba un par de huevos a su segundo marido, el sargento primero de la Guardia Civil, García-Bonora. ¡Te aseguro que no estoy de coña! Entre su expectorante llegada al mundo y su oleaginosa salida a los ochenta y siete años y medio, se sucedieron un montón de incidentes relevantes y un rimero de hechos poco o nada importantes. Se cree que entre unos y otros el número de sucesos podría fácilmente llegar a la decena. Si nos ceñimos al hecho cifrado con el guarismo cuatro, es decir, el viaje a Bristol y el subsiguiente enamoramiento y posterior matrimonio con uno de los nobles más bondadosamente depravados del Reino Unido, advertimos que solo quedan seis hechos, cinco de ellos pertenecientes a la categoría de irrelevantes y uno no clasificado previamente. Aunque si hacemos caso a la biografía autorizada titulada Enaguas rotas (Rotas enaguas en Pinto y Broken petticoats en Bristol y Gloucestershire), antes de continuar con los siguientes capítulos deberíamos agenciarnos la semblanza desautorizada, Refajos rasgados (Rasgados refajos en Valdemoro y Ripped underwear en Bristol y Somerset) para sentirnos totalmente liberados antes de llegar a alguna conclusión más o menos determinante.

En numerosas ocasiones rechazo el aislamiento y me contento con la extrema reclusión, que aunque pueda parecer un poco más de lo mismo -solo que llevada a un punto un poco más excesivo- es totalmente diferente. Por lo menos en cuanto a lo que a mí y mis míos se trata. Por supuesto, con mis míos me refiero a toda esa serie de multipersonalidades que se alimentan dentro de (mi) mí, y en ocasiones, dentro del Yo todopoderoso y egocéntrico que se refleja en los vidrios de las ventanas y los espejos colgados en las paredes.

Martín Iglesias era cristalero. Su padre, Martín Iglesias, también era cristalero. Su hijo, Martín Iglesias, estaba aprendiendo el oficio de cristalero, pero lo que verdaderamente le gustaba era comportarse coprolalicamente. Una vez le gritó a su prima Martina Iglesias, que por una de esas casualidades cósmicas también era cristalera, una obscenidad tan vulgar y aborrecible que ni siquiera yo soy capaz de citarla en este texto. En otra ocasión le dedicó un poema a una de sus vecinas tan extremadamente indecente, concupiscente e impúdico que provocó el cierre de las calles adyacentes durante varios meses. Un día un juez retirado que se dedicaba a alimentar a las palomas en un parque del ayuntamiento lo reconoció y se acercó al banco donde medio dormitaba. Después de recordarle quién era y pedirle permiso para sentarse a su lado le lanzó la primera pregunta: «¿Qué es lo que ves cuando miras atrás?» «Veo lo mismo de siempre. ¿Qué se supone que debería ver?» «Desde luego lo de siempre no. Nada es como siempre. Volveré a hacerte la pregunta: ¿Qué es lo que ves cuando miras atrás?» «¡Déjeme en paz. No me gusta mirar hacia atrás. Ni siquiera a los lados o en derredor. ¿Por qué no sigue dando de comer a las putas palomas? Yo ya he pagado el precio.» «Sé que lo has pagado. Yo te envié allí. ¡Ocho largos años! Pero sigo queriendo saber qué es lo que ves cuando miras atrás» «¡Obsesiones!» «Continúa… por favor… » «Me siguen a cierta distancia y nunca puedo alejarme demasiado de ellas. Las descubrí siendo un crío y supongo que forman parte de mí. Y usted, ¿qué es lo que ve cuando mira atrás?» «No suelo mirar atrás. Prefiero mirar hacia delante. Me encantan los culos de las jovencitas. Algunas ni siquiera llevan bragas. A todas, y fíjate lo que digo, a todas, les gusta que las miren. Y yo no tengo nada que hacer más que observarlas de arriba a abajo y de izquierda a derecha e imaginarlas desnudas. Completamente desnudas y complacientes. Ah, y dar de comer a lo que tú, con buen criterio, denominaste «putas palomas».»

La oscuridad me impide caminar por el pasillo a partir de las nueve o nueve y media de la tarde. Hace semanas que me cortaron la luz y el agua. Por supuesto, yo antes les corté el suministro de dinero. Ayer corté con mis amigos y mañana me cortaré las venas. Todo se reduce a los cortes. La primera vez que vi a mi madre cortando verduras fue como una experiencia religiosa, sin embargo no se rebanó ningún dedo, lo cual me sumió en una pequeña depresión. Afortunadamente unos pocos años más tarde pude ver cómo un tipo cortaba la cara a otro. Y luego a otro. Y a otro. Y a otro. Y cuando se acabaron los otros se cortó a sí mismo. Y yo pensé: ¡Maravilloso! Ese tipo que manejaba tan bien el cuchillo se hizo muy famoso dentro de la cárcel cuando cortó a su compañero de celda y al compañero de celda de su machaca, y al amante de su compañero de celda y del machaca que eran el mismo.

Tiburcio cortaba porque odiaba su nombre. ¡Y cortaba muy bien! Cuando salió de la trena por séptima vez, se persuadió a sí mismo de que lo mejor era acudir al Registro Civil y cambiarse el nombre. Y así lo hizo. El problema fue que el nuevo nombre que eligió, Epigmenio, tampoco le gustó demasiado y acabó volviendo a las andadas. En tres meses cortó a treinta y cinco tíos. En seis meses a setenta tíos. En un año a ciento cuarenta tíos. Cuando lo detuvieron le felicitaron por su dominio de las matemáticas pero le cayeron treinta años. El primer año no cortó nada porque nadie le quería vender una navaja o un vulgar pincho. El segundo año se fabricó una especie de daga con los pelos del culo y un poco de grasa y con ella amenazó a Fermín «heterogamético» Pradas y le sustrajo un cuchillo de seis centímetros de hoja con mango de color beige. A partir de esa fecha todo se descontroló. En quince años había cortado a dos mil cien reos. En treinta años a cuatro mil doscientos. Por cada corte le iban cayendo ocho años extra, por lo que al final terminó con una condena de varios milenios.

Lo bueno que tiene vivir en mi finca es que puedo escuchar lo que dicen los vecinos. La pareja que vive a la derecha siempre está follando, con lo cuál no se dicen demasiadas cosas si exceptuamos el «sí, sí», el  «más, más» o algún que otro «cielo, qué mal te sabe el semen hoy». Sin embargo mis vecinos de la izquierda son una mina. Se pasan todo el día y parte de la noche tirándose pedos y puntuándolos. Generalmente suele ganar la mujer, aunque el espectáculo que montó él la semana pasada fue francamente extraordinario. Hasta sus dos hijos, de nueve y once años lo felicitaron con cierta efusión. Yo solo me he tirado un pedo una vez. Fue mientras comulgaba. Recuerdo que estábamos todos los borregos de Dios en cola y de repente… ¡Prooooof! ¡Prooooof, pero sin ruido! Mientras me retiraba a masticar y engullir el coriáceo cuerpo de Cristo noté cómo la mayor parte de los parroquianos miraban al sacerdote de mala manera. Uno incluso le dijo que ya le valía, a lo que el presbítero respondió encogiéndose de hombros. Cuando salí y sentí el sol calentándome las orejas me vinieron otra vez ganas, pero me aguanté. Todavía sigo aguantándome desde entonces y eso que ya han pasado más de cuarenta años.

Email del 8 de julio 2020 Leer más »

Email del 4 de julio 2020

Rembrandt. An elephant (1637)

Querida:

Al final he sucumbido ante las muchas ventajas que me puede proporcionar el plan Renove 2020 para la adquisición de baberitos. Una de ellas, y quizá la más importante, es que no volveré a ensuciarme de baba cuando padezca otra CC (crisis catatónica, no Claudia Cardinale). Recuerdo perfectamente cuando sufrí mi primer ataque. Ocurrió en abril de 1987, mientras trataba de anexionar para el barrio de Benimaclet, el de Velluters. Tras el fallido intento de anschluss sentí como si algo dentro de mí se agarrotara y me senté sobre un gato. El gato se largó pitando pero yo permanecí dentro de mí, sin mí, durante siete horas y tres cuartos. Cuando volví a la realidad cotidiana me metí en un bazar hindú y me compré un ankus. Luego me dirigí a mi casa y le pegué un falso constipado a la portera que murió trece semanas antes.

Greg

Email del 4 de julio 2020 Leer más »