 |
| Guilherme de Santa-Rita. Compenetración interna estática de una cabeza (1913) |
Amiga:
Tú me conoces, sabes que soy un sujeto barrenado y crónicamente insatisfecho. Por lo tanto, intento comportarme como un tipo del montón. Sobre todo cuando sé que alguien me mira. Cuando estoy en mi habitación, solo y carcinogénicamente indispuesto, suelo entretenerme evaluando mi pasado de la misma manera que lo hacía Milady de García-Bonora.
Milady de García-Bonora, exesposa de Lord Bytheseashore, nació en Pinto, rodeada de gargajeos familiares y falleció en Valdemoro mientras escalfaba un par de huevos a su segundo marido, el sargento primero de la Guardia Civil, García-Bonora. ¡Te aseguro que no estoy de coña! Entre su expectorante llegada al mundo y su oleaginosa salida a los ochenta y siete años y medio, se sucedieron un montón de incidentes relevantes y un rimero de hechos poco o nada importantes. Se cree que entre unos y otros el número de sucesos podría fácilmente llegar a la decena. Si nos ceñimos al hecho cifrado con el guarismo cuatro, es decir, el viaje a Bristol y el subsiguiente enamoramiento y posterior matrimonio con uno de los nobles más bondadosamente depravados del Reino Unido, advertimos que solo quedan seis hechos, cinco de ellos pertenecientes a la categoría de irrelevantes y uno no clasificado previamente. Aunque si hacemos caso a la biografía autorizada titulada Enaguas rotas (Rotas enaguas en Pinto y Broken petticoats en Bristol y Gloucestershire), antes de continuar con los siguientes capítulos deberíamos agenciarnos la semblanza desautorizada, Refajos rasgados (Rasgados refajos en Valdemoro y Ripped underwear en Bristol y Somerset) para sentirnos totalmente liberados antes de llegar a alguna conclusión más o menos determinante.
En numerosas ocasiones rechazo el aislamiento y me contento con la extrema reclusión, que aunque pueda parecer un poco más de lo mismo -solo que llevada a un punto un poco más excesivo- es totalmente diferente. Por lo menos en cuanto a lo que a mí y mis míos se trata. Por supuesto, con mis míos me refiero a toda esa serie de multipersonalidades que se alimentan dentro de (mi) mí, y en ocasiones, dentro del Yo todopoderoso y egocéntrico que se refleja en los vidrios de las ventanas y los espejos colgados en las paredes.
Martín Iglesias era cristalero. Su padre, Martín Iglesias, también era cristalero. Su hijo, Martín Iglesias, estaba aprendiendo el oficio de cristalero, pero lo que verdaderamente le gustaba era comportarse coprolalicamente. Una vez le gritó a su prima Martina Iglesias, que por una de esas casualidades cósmicas también era cristalera, una obscenidad tan vulgar y aborrecible que ni siquiera yo soy capaz de citarla en este texto. En otra ocasión le dedicó un poema a una de sus vecinas tan extremadamente indecente, concupiscente e impúdico que provocó el cierre de las calles adyacentes durante varios meses. Un día un juez retirado que se dedicaba a alimentar a las palomas en un parque del ayuntamiento lo reconoció y se acercó al banco donde medio dormitaba. Después de recordarle quién era y pedirle permiso para sentarse a su lado le lanzó la primera pregunta: «¿Qué es lo que ves cuando miras atrás?» «Veo lo mismo de siempre. ¿Qué se supone que debería ver?» «Desde luego lo de siempre no. Nada es como siempre. Volveré a hacerte la pregunta: ¿Qué es lo que ves cuando miras atrás?» «¡Déjeme en paz. No me gusta mirar hacia atrás. Ni siquiera a los lados o en derredor. ¿Por qué no sigue dando de comer a las putas palomas? Yo ya he pagado el precio.» «Sé que lo has pagado. Yo te envié allí. ¡Ocho largos años! Pero sigo queriendo saber qué es lo que ves cuando miras atrás» «¡Obsesiones!» «Continúa… por favor… » «Me siguen a cierta distancia y nunca puedo alejarme demasiado de ellas. Las descubrí siendo un crío y supongo que forman parte de mí. Y usted, ¿qué es lo que ve cuando mira atrás?» «No suelo mirar atrás. Prefiero mirar hacia delante. Me encantan los culos de las jovencitas. Algunas ni siquiera llevan bragas. A todas, y fíjate lo que digo, a todas, les gusta que las miren. Y yo no tengo nada que hacer más que observarlas de arriba a abajo y de izquierda a derecha e imaginarlas desnudas. Completamente desnudas y complacientes. Ah, y dar de comer a lo que tú, con buen criterio, denominaste «putas palomas».»
La oscuridad me impide caminar por el pasillo a partir de las nueve o nueve y media de la tarde. Hace semanas que me cortaron la luz y el agua. Por supuesto, yo antes les corté el suministro de dinero. Ayer corté con mis amigos y mañana me cortaré las venas. Todo se reduce a los cortes. La primera vez que vi a mi madre cortando verduras fue como una experiencia religiosa, sin embargo no se rebanó ningún dedo, lo cual me sumió en una pequeña depresión. Afortunadamente unos pocos años más tarde pude ver cómo un tipo cortaba la cara a otro. Y luego a otro. Y a otro. Y a otro. Y cuando se acabaron los otros se cortó a sí mismo. Y yo pensé: ¡Maravilloso! Ese tipo que manejaba tan bien el cuchillo se hizo muy famoso dentro de la cárcel cuando cortó a su compañero de celda y al compañero de celda de su machaca, y al amante de su compañero de celda y del machaca que eran el mismo.
Tiburcio cortaba porque odiaba su nombre. ¡Y cortaba muy bien! Cuando salió de la trena por séptima vez, se persuadió a sí mismo de que lo mejor era acudir al Registro Civil y cambiarse el nombre. Y así lo hizo. El problema fue que el nuevo nombre que eligió, Epigmenio, tampoco le gustó demasiado y acabó volviendo a las andadas. En tres meses cortó a treinta y cinco tíos. En seis meses a setenta tíos. En un año a ciento cuarenta tíos. Cuando lo detuvieron le felicitaron por su dominio de las matemáticas pero le cayeron treinta años. El primer año no cortó nada porque nadie le quería vender una navaja o un vulgar pincho. El segundo año se fabricó una especie de daga con los pelos del culo y un poco de grasa y con ella amenazó a Fermín «heterogamético» Pradas y le sustrajo un cuchillo de seis centímetros de hoja con mango de color beige. A partir de esa fecha todo se descontroló. En quince años había cortado a dos mil cien reos. En treinta años a cuatro mil doscientos. Por cada corte le iban cayendo ocho años extra, por lo que al final terminó con una condena de varios milenios.
Lo bueno que tiene vivir en mi finca es que puedo escuchar lo que dicen los vecinos. La pareja que vive a la derecha siempre está follando, con lo cuál no se dicen demasiadas cosas si exceptuamos el «sí, sí», el «más, más» o algún que otro «cielo, qué mal te sabe el semen hoy». Sin embargo mis vecinos de la izquierda son una mina. Se pasan todo el día y parte de la noche tirándose pedos y puntuándolos. Generalmente suele ganar la mujer, aunque el espectáculo que montó él la semana pasada fue francamente extraordinario. Hasta sus dos hijos, de nueve y once años lo felicitaron con cierta efusión. Yo solo me he tirado un pedo una vez. Fue mientras comulgaba. Recuerdo que estábamos todos los borregos de Dios en cola y de repente… ¡Prooooof! ¡Prooooof, pero sin ruido! Mientras me retiraba a masticar y engullir el coriáceo cuerpo de Cristo noté cómo la mayor parte de los parroquianos miraban al sacerdote de mala manera. Uno incluso le dijo que ya le valía, a lo que el presbítero respondió encogiéndose de hombros. Cuando salí y sentí el sol calentándome las orejas me vinieron otra vez ganas, pero me aguanté. Todavía sigo aguantándome desde entonces y eso que ya han pasado más de cuarenta años.