![]() |
| Philip Guston. Bad habits (1970) |
San Miguel se bebió lo que le quedaba de la cerveza marca Roberto Morales de un trago -o quizá fue al revés-, me miró tan fijamente como lo haría un ejemplar especialmente malhumorado y hambriento de Ophiophagus hannah frente a una confiadísima culebra ratonera y me confesó que desde que había dejado de creer en la política, es decir, tanto en los de una esquina como en los de la otra -y por supuesto eso implicaba que, de la misma manera, también en los que se quedaban tan descansaditos en el centro- su envoltura testicular había rejuvenecido de una manera increíble. Ya no parecía un escroto de un tipo de 35 años. Ni siquiera, agregó después, tenía que exfoliarlo o incluso maquillarlo cada vez que quedaba con una o varias mujeres. Cuando casi estaba terminando su perorata intelecto-pathos-testicular, me di cuenta por primera vez en los 15 años que lo conocía (o que lo aguantaba, lo que pueda resultar más correcto), que su cara me recordaba a la de un auquénido, aunque no pasó ni un microsegundo hasta que llegué a la conclusión de que quizá en los tiempos que corrían, resultaba más soportable, existencialmente hablando, parecer un puto guanaco antes que un jodido Homo sapiens mierdoso, miedoso, izquierdoso, enfadoso por poco novedoso y asqueadamente sedoso y modoso.
Mientras caminaba hacía mi casa, tras haberme despedido de Roberto (o San Miguel, todavía no lo tengo claro), vi algo semejante a un trapo blanco y negro que se pavoneaba bailando delante de mí. Cuando enfoqué bien los glasos pude ver una Jolly Roger ondeando desde un balcón que me era conocido. No cabía la menor duda, se trataba del mirador de Susana Morales, la hermana de Roberto Morales. Ambos, Susana y Roberto eran hijos de una leyenda del barrio, don León Morales, apodado León Brando. Este tipo, que falleció hace un par de lustros mientras untaba mantequilla, estaba convencido de que era el hijo ilegítimo de Marlon Brando y sor Prudencia de Prudencia, también llamada sor Capicúa o sor Palíndroma. Sin embargo yo seguí mi camino, aunque la verdad es que estuve tentado de encaramarme y robar la bandera para hacerme con ella una pashmina.
Cuando entré en mi casa y me quité las botangas en menos de siete segundos, supe que era un tío increíble. Alguien que a diferencia de los Morales o de tipejos de la misma calaña, podía hacer lo que quisiera sin tener que esperar algo por ser el autor intelectual de cualquier hecho. Por esa razón me senté encima de mi sofá con forma de plañidera, y me contenté con meterme el dedo en las narices hasta que saqué una piedra preciosa que unas semanas después me convirtió en el tipo (asqueroso y despiadado) más rico del tercer mundo del primer mundo.
