noviembre 2018

Email del 30 de noviembre 2018

Vincent van Gogh. Portrait of Dr. Gauchet (1880)

Querida:

Los esquizofrénicos escuchan voces en su cabeza. Los psiquiatras las denominan alucinaciones auditivas. Yo escucho voces en la rodilla izquierda. ¿Soy rotulofrénico? No sé qué pensar. En realidad esas voces se limitan a expresar admiración por la propia articulación y en ningún caso siembran envidias o rencor en ninguna otra parte de mi anatomía. Además he aprendido a vivir con ellas. Lo que en realidad no tengo tan claro es si debería ponerme en manos de un reumatólogo, un traumatólogo o una masajista con final feliz. Las dudas me asaltan. Claro que también me asaltan los atracadores. Ayer me atracó un tartamudo trapajoso y hace una semana me asaltaron siete enanitos. ¿Por qué soy tan mentiroso? La verdad es que no fue así. Yo atraqué a un enanito ayer porque necesitaba el dinero para el tringo, que es como yo llamo a ir a tres bingos de forma sucesiva. Y también asalté hace una semana a siete tartamudos, seis de ellos trapajosos y uno muy aseado. ¡Sigo mintiendo! Algo muy profundo, demasiado arraigado me impide contar la verdad. Yo atraqué al tartamudo trapajoso, pero tras hacerlo sentí remordimientos y me dejé atracar por siete enanitos muy muy limpios, aunque mal afeitados. A decir verdad, todos excepto uno lucían unas barbas considerables. El otro llevaba bigote estilo kaiser. ¿De verdad pienso que alguien va a creerme? No escucho a mi rodilla hablar porque las rodillas no hablan, solo chirrían. Tampoco fui atracado o atraqué por nadie ni a nadie. Lo de los siete enanitos lo he dicho porque ayer vi una reposición del film de animación de Walt Disney y me llegó al aloma, que es el alma con una letra «o» en medio. Me encanta poner vocales donde no deben ir. Y me encanta ir al tringo, que como ya dije antes es… Pero creo que me estoy poniendo pesadito, aunque en realidad lo que quería era ponerme livianito. ¡Caray! ¡Todo es tan extraño! Incluso lo que no es extraño es extraño. Y lo que es extraño no puede dejar de ser extraño de un día para otro. ¿No comprendes lo que trato de expresar? Soy único. Aunque pueda parecer una vulgar copia, no soy una copia, sino un duplicado. Pero un duplicado único. Existen duplicados múltiples, duplicados heterogéneos y duplicados desiguales. ¡Me duele tanto la cabeza! Creo que voy a arrancármela con un sacacorchos. ¡Espera! Entonces no sería correcto utilizar el verbo «arrancar», sino el sacacorchear. Jo, me estoy liando. Bueno, hace 56 años que me lío. Y todavía no ha aparecido nadie capaz de desliarme.

Lo siento. La temperatura interna de mis testículos podría elevarse si no finalizo YA este texto.

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Email del 29 de noviembre 2018

Pablo Picasso. The piano (1957)

Querida:

Acabo de terminar de componer una canción en el piano. Se titula El rock del instante en el que varias inconsistencias sospechosas de no ser demasiado efímeras se desvituaron frente a mis ojos legañosos. Te pegaré la letra del primer párrafo para que te hagas una idea del trasfondo social del texto:

«Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.»

Ahora te adjuntaré la totalidad el segundo párrafo que, a mi parecer, posee mucho más fuerza que el inicial:

«Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.»

Pero si quieres que te sea sincero -y yo siempre trato de serlo- de lo que más satisfecho me siento es del estribillo, que se repite dos veces tras el segundo párrafo, una nada más terminar el puente y cuatro antes del acorde final.

«Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Ouaaaahhhhhhhhhh.
Rock, rock, rock.
Rock, rock, rock.
Ouaaaahhhhhhhhhh.»

Greg

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Email del 28 de noviembre 2018

Poulami Banerjee. An autarchy (2017)

Amiga:

Bajo mi punto de vista autárquico, no existe ninguna evidencia crítica que me sugiera que considerarse teísta y, al mismo tiempo, cafetero sea una contradicción. Y si lo es, entonces no tengo más remedio que mandar a la porra ese sistema económico basado en el autoabastecimiento y volver a la maravillosa dependencia o subordinación. Una cosa son las ideas, otra poder tomarse un jodido café moka caramelo macchiato o un té chai en casita, lejos de las incongruencias desproporcionadas de los bobalicones y badulaques que se multiplican a un ritmo imposible de controlar. Pero no es sobre los imbéciles de lo que te quería hablar, sino de mi próstata Mari. La bauticé así un día que me levanté triste hace unos cuarenta años tras leer el día anterior que un porcentaje muy serio de hombres la palman gracias a dicha glándula sexual. Mari es una campeona fabricando líquido prostático de primerísima calidad que, como tú sabes, sirve para proteger a los espermatozoides, ya los conoces, esos pequeñísimos mamones fabricados a toda prisa en las gónadas con el único propósito de fecundar óvulos y, de esa manera, seguir trayendo a este mundo muchos más idiotas.

Pero de un tiempo a esta parte, Mari me está jorobando de una forma inaceptable. No solo me obliga a levantarme varias veces por la noche a orinar o me regala esa horripilante sensación de que la jodida vejiga está llena, cuando en realidad no lo está o lo está en muy pequeña cantidad, sino que se permite el lujo de amenazarme con un bonito cáncer si no voy todos los años a que el matasanos urólogo me introduzca un dedo por el ojete. Y si conoces bien a los hombres sabrás que aunque nos encanta que nos metan uno o dos dedos -según el esfinter interno del ano de cada uno- mientras practicamos sexo, nos asquea hasta la santísima repulsión regurgitadora que un tipo o una tipa ataviados con una bata blanca y con la mano abusadora resguardada bajo un guante de látex fabricado en China o Taiwan… Lo siento, no puedo seguir, es demasiado pornografico-concupiscente-lúbrico-escabroso y este texto podría ser leído por un muchachito o muchachita demasiado cándidos.

Además se me está haciendo tarde. Siempre se me hace tarde. Incluso cuando voy con tiempo suficiente. Solo una vez en toda mi vida se me hizo pronto. Pero estás apañada si crees que te voy a contar lo que sucedió ese día.

G

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Email del 27 de noviembre 2018

Francisco de Goya. Viejo columpiándose (1826)

Hola:

No suelo ver la televisión, por esa razón mi cerebro todavía no se ha licuado, pero ayer cometí un tremendo error: vi un programita donde una tipeja de unos veintitantos -y según ella con dos carreras, aunque yo supongo que en las medias- tildaba de abuelos a la gente mayor de cincuenta años. Mi primer impulso tras escuchar esa mierda fue intentar averiguar su domicilio para enviarle por correo ordinario una mamba negra cabreada y con serio estrés potencial, pero pasados unos segundos me tranquilicé, seguramente al pensar que dentro de unos veintipocos años ella también sería una abuela, y a juzgar por su rostro, extraordinariamente similar al de una coquilla flexible, no de las más atractivas. Nada más apagar la tele con un rápido y asombroso movimiento del dedo índice que casi traspasa el mando a distancia, me dediqué durante un par de medias horas a meditar sobre la senectud y sus misterios más insondables, pero no llegué a ninguna conclusión gratificante y tuve que recurrir a los ansiolíticos y a los sedantes. Y pronto me quedé dormido sentado en el sofá…

La primera imagen del sueño fueron los títulos de crédito de apertura, tan largos como una escalera al cielo y con una banda sonora que por un momento me recordó a algunas de las canciones más famosas de Gaby, Fofó y Miliki, con Fofito. Pero afortunadamente en cuanto empezó lo que realmente era el verdadero sueño, todo mejoró sustancialmente. En la primera escena pude contemplar como una lengua humana de unos setenta metros de longitud desde el dulce o punta hasta las papilas calciformes, trataba de lamer un pezón femenino de tamaño natural fabricado en Singapur. La siguiente escena mostraba claramente cómo el pezón manufacturado se transformaba en unas natillas de chocolate y la inmensa lengua en una cutícula angloparlante, pero justo cuando las natillas comenzaban a desnudarse de una manera sicalíptica y sucia, sonó el timbre del móvil y la integridad estructural del sueño se hizo añicos. Al otro lado de la línea una señora me proponía mantener relaciones sexuales con un pimiento lamuyo bastante joven e inexperto por un módico precio, por lo que enseguida entendí que la llamada formaba parte del sueño y que este se dividía en dos o más subsueños. Cuando estaba a punto de decirle a la tipa que yo era doncello el sueño dio un vuelco y de repente todo estaba negro. Unos minutos después el negro se transformó en verde y luego en azul. Pero por algún motivo el azul era similar al rosita, por lo que mi cuerpo empezó a ponerse rígido. Afortunadamente tras los colorines surgió de la nada una mano incolora que me mandó -mediante gestos perfectamente comprensibles- directamente a la puta mierda. Ese fue el final del sueño, pues los títulos de crédito de cierre no dejaban lugar para la duda.

Greg

P.S.
Me encuentro pantanosamente manzanoso…

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Email del 25 de noviembre 2018

Pascal Fessler. A day in the life (2011)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Montoya.

Todas las cosas realmente importantes -o por lo menos las más interesantes- me suceden en miércoles, por esa razón no me extrañó demasiado que Fernando Carrasco, el director y propietario de la editorial Verba me telefoneara un miércoles de diciembre del año 1997 para ofrecerme un trabajito. Fernando, que es un tipo muy afable, y yo coincidimos por vez primera en una presentación literaria un lustro antes de esa fecha y desde entonces somos muy buenos amigos.
FERNANDO: Greg, ¡quiero encargarte algo!
GREG: ¡Dizpara!
FERNANDO: ¿Dizpara?
GREG: Perdona, es esta maldita prótesis dental. Tengo que llevarla hasta que me implanten dos dientes. A veces no puedo articular los sonidos como yo desearía.
FERNANDO: Ah, comprendo. ¿Dizparo entonces?
GREG: ¡Dizsspara!
FERNANDO: Vamos a editar toda la obra perteneciente a Los casos del churrero castañero ambulante García Pérez del escritor tailandés Sunan Weerasethakul y queremos que tú te encargues de las traducciones. Son 647 casos diferentes.
GREG: Coozco… ¡Mierda! Conozco a ese tipo. He leído varios de sus textos, o mejor, sus mini textos, pues ninguno de los casos que coozco, ejem, que conozco de ese detective churrero alcanza los 6000 caracteres. ¿Pero por qué yo?
FERNANDO: Bueno, él vivió en España, concretamente en Cullera, durante 35 años y tú residiste en Bangkok casi dos décadas, ¿me equivoco?
GREG: No, no te equivocas. La verdad es que me parece un trabajo interesante. ¿Cuándo murió ese tipo?
FERNANDO: Hace varios años. Era muy viejecito. Creo que le falló el corazón.
GREG: Ezssplícame un poco qué es lo que quieres hacer exactamente.
FERNANDO: Pues eso. Quiero editar toda su obra correspondiente al churrero castañero. Aunque vivía en nuestro país, Sunan escribía en un tailandés bastante influenciado por el jemer. Vamos a presentar su obra por todo lo grande, con unas ediciones de auténtico lujo. Como tú bien decías, sus relatos son muy cortos. La mayor parte están entre los 5000 y los 12000 caracteres, aunque hay unos 50 que llegan o se quedan cerca de los 70000 caracteres. Queremos editar todos los relatos, los 447, en 10 volúmenes.
GREG: ¿De cuánto tiempo dispongo?
FERNANDO: Hasta finales de septiembre.
GREG: ¡Cuenta conmigo!
FERNANDO: Luego te llamará mi secretaria, Cristina, para informarte de algunas cosillas y para cerrar el trato.
GREG: ¡Percescto! ¡Joder!
FERNANDO: Greg, ¿puedo preguntarte algo?
GREG: Por supuesto… ¡Dizpara!
FERNANDO: ¿Es verdad eso que cuentan, que durante tu larga estancia en Tailandia estuviste enrollado sentimentalmente con un transexual camboyano?
GREG: ¡No! ¡Ya estoy harto de explicarlo! Viví con un transexual birmano, pero no era mi pareja. Yo soy heterosessxsual. Viví con él y su primo en la misma casa, pero para ahorrar en gastos. ¡Caray, cómo es la fente!
FERNANDO: ¿La fente?
GREG: ¡La fgente! ¡Puta prótesis! Se mueve muso… ¡Muso!

Sunan Weerasethakul nació en Chiang Mai en 1921. No se sabe gran cosa de él hasta que se trasladó a España en 1965. Al principio fijó su residencia en un pueblecito cercano a Toledo, pero dos años más tarde se trasladó a Cullera, en la Comunidad Valenciana, donde conoció y se casó con una cullerense que le dio 12 hijos. Mientras trabajaba en un molino y almacén de arroz, Sunan desarrolló en su cabeza algunas de las historias que le harían famoso en el mundo entero bastantes décadas después. La primera narración de su serie de El churrero castañero García Pérez fue escrita en junio de 1978 y se tituló El caso Montoya, aunque en algunos países se la conoce como El caso del inocente asno Cantabrín.

Me satisface enormemente presentar dicho texto por primera vez a los lectores españoles y emplazarles afectuosamente a que compren sus 10 volúmenes o los roben de alguna biblioteca pública. Su cerebro se lo agradecerá.

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso Montoya.

El churrero castañero García Pérez acababa de secarse la boca con una servilleta de papel cuando se le acercó el camarero gritando.
-¡Señor García, Señor García! ¡Han matado a Fermín! Acaban de encontrarlo con la cabeza partida en dos, como si fuera un melón tendral.
-¿Quién es el señor Gar-cí-a? -preguntó el churrero castañero García Perez.
-¿Cómo dice? -contestó perplejo el camarero- ¿Usted no es el señor García Pérez? ¿El detective aficionado?
-Sí, tiene razón. Soy el señor Gar-cí-a. No me sientan bien las cervezas. Pero hijo, yo soy castañero. ¡Cas-ta-ñe-ro! ¿Ha llamado a la policía?
-Mi jefe ya lo ha hecho pero dicen que tardarán por lo menos media hora en llegar.
-Muchacho, acompáñame hasta el cadáver. ¿Está muy lejos?
-Aquí al lado. A menos de 300 metros. Sígame señor García.

El churrero castañero ambulante García Pérez siguió al camarero hasta un pequeño cobertizo fabricado con cañas y ramas bastante mal dispuestas y que parecía que hubieran sido abandonadas más que colocadas. Ambos lo atravesaron como si de una selva devastada se tratara y llegaron hasta un pequeño descampado donde un burro con aspecto aburrido y cuatro ovejas amarillentas nos miraban. Un tipo gordo y con la cara enrojecida que estaba sentado sobre el suelo se levantó y se acercó a ellos.
-Este es el señor Montoya, hermano del fallecido- exclamó el camarero tratando de representar lo que realmente no era- Señor Montoya, le presento al señor García, churre…
-Buenos días señor Mon-to-ya -prosiguió García- O mejor triste día. Usted acaba de perder a su hermano. Le acompaño en el sen-ti-mi-en-to.
García se arrodilló sobre la víctima y se dio cuenta de que su dedo índice había intentado escribir sobre la arena antes de fallecer lo que parecía el inicio de un nombre.
-Um, parece una C ¿No te parece, muchacho?
-No sé señor, yo solo soy camarero.
-¿Cómo se llama usted, señor Mon-to-ya? -preguntó el castañero al hermano del muerto que no dejaba de llorar ni por un momento.
-Carlos. Carlos Montoya Galán. Para servirle a usted.
-Carlos, ¿cuánta gente suele trabajar o venir por aquí normalmente?
-Pues yo, mi hermano Fermín… pobrecito, mi otro hermano, Calixto, su hijo, Cosme y un señor que nos ayuda con la faena.
-¿Cómo se llama ese señor?
-Carmelo, creo que Carmelo Cienfuegos.
-Vaya, todos los que pasan por aquí habitualmente tienen nombres empezados por C. ¿Cuál es el nombre del burro y de las ovejas?
-Las ovejas no tienen nombre, señor García, pero el burro se llama Cantabrín, pues fue adquirido en un cambio por dos cerdos en Santander.
-¿En Santander, eh?
El castañero García se alejó diez metros de la escena del crimen y se puso a meditar. No pasaron ni tres minutos cuando de repente se sintió satisfecho de sí mismo y volvió a acercarse junto al camarero y a Montoya, que como estatuas mal trabajadas solo se movían para rascarse.
-Señor Mon-to-ya, ¿cómo se llamaba su hermano?
-Fermín. Fermín. Mi pobre hermano Fermín… Montoya…
-Ya sé quién es el asesino de Fermín Mon-to-ya.
Tanto el camarero como el señor Montoya dibujaron sobre sus rostros unas líneas mal definidas que manifestaban extrañeza y asombro a partes iguales.
-Señor Mon-to-ya. Y tú, mu-cha-cho. ¿No os habéis preguntado la razón por la cuál la víc-ti-ma, el señor Fer-mín Mon-to-ya, tratante de animales de granja lleva el cinturón des-a-bro-cha-do? ¿Y por qué una de sus manos está tan cerca de su pen… quiero decir de su mi-em-bro? Os contaré cómo sucedió todo: Fermín, su hermano, y tu vecino, muchacho, -prosiguió el detective aficionado y churrero castañetero mirando alternativamente a uno y otro- quiso be-ne-fi-ci-ar-se a Cantabrín, el burro que fue obtenido hace varios años por dos cerdos en un tru-e-que más o menos legal. ¡Observad cómo nos mira Cantabrín! ¡Fermín! Fer-mín Mon-to-ya, llevado por la arrebatadora fuerza sexual que destila ese pequeño borrico intentó acallar sus ins-tin-tos, seguramente como ya había hecho en varias ocasiones, pero esta vez con tan mala fortuna que -seguramente- cayó al suelo y fue pateado, desde luego sin querer, por Cantabrín. Mientras se le escapaba la vida, su hermano, su vecino, intentó escribir el nombre de su a-se-si-no, pero no pudo pasar de la letra C. Así es como sucedió todo y así es como se lo relataré a los agentes de po-li-cí-a cuando aparezcan. Yo, el chu-rre-ro castañero ambulante Mon-to-ya, perdón, quiero decir, García Perez… Yo, el churrero castañero ambulante García Pérez he resuelto el caso en menos de veinte mi-nu-tos.
-Es usted mi héroe, señor García Pérez -confesó el camarero- Por cierto, ¿Por qué separa algunas palabras al pronunciarlas?
-¿Quieres que te sacuda un ca-che-te, chaval? No seas in-so-len-te.

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Email del 24 de noviembre 2018

He Xun. Toilet salt rice (2013)

No permito la reproducción de las siguientes dos frases -de ninguna forma y bajo ninguna circunstancia- ni total ni parcialmente sin mi previa autorización por escrito.

PRIMERA FRASE: Mi dedo índice busca algo.
SEGUNDA FRASE: Pero no es el agujero del culo.

Quisiera agradecer a todos los que hayan leído las dos anteriores oraciones y se hayan podido sentir emocionados. Ambas frases están garantizadas y su validez solo cubre las lecturas orales, reflexivas o críticas. Sin embargo dicha garantía no cubre interpretaciones deslucidas o comentarios insustanciales.

Firmado:
El autor

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Email del 23 de noviembre 2018

Vincent van Gogh. Landscape in the rain (1890)

Querida-da-da:

Las condiciones atmosféricas locales están transformando mi súbita depresioncilla en una señora depresión. Si continúan los días de lluvia me veré obligado a transformarme en un individuo acuático claramente semiacuoso o a ingresar en un sanatorio mental para individuos cuasiacuáticos claramente semiacuosos. No estoy diseñado para soportar chubascos, chaparrones o aguaceros. Ni siquiera para aguantar el sirimiri o el calabobos. Me gusta el sol, el calor pegajoso e ir en calzoncillos por mi casa. En ocasiones voy sin calzoncillos por tu casa, pero eso es porque te gusta calibrar visualmente mis testículos, no porque yo me sienta más cómodo notando como me cuelgan y se golpean continuamente contra el lado interior de las piernas.

Greg

P.S.
Para obtener más información sobre mi insuficiencia invernal puedes ponerte en contacto con mi abuela, pero como en estos momentos está bastante muerta, deberás comunicarte con la médium Carmina Lovetodo, que por un módico precio en euros o pesos mexicanos te chupara la poca sangre que te pueda quedar después de haber existido durante tantas décadas rodeada de tantísimos cretinos, mentecatos y papanatas.

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Email del 22 de noviembre 2018

Piet Mondrian. Vertical composition with blue and white (1936)
Querida:
Un instante de reflexión me permite distinguir entre lo que se supone que soy y lo que realmente soy. O lo que no soy, simplemente porque resulta complicado serlo, o quizá porque ya hay demasiados que intentan serlo, aunque puedan o no llegar a conseguirlo o incluso parecerlo. Por esa razón, soy lo que soy porque sé que siendo lo que soy y lo que he sido, además de resultar más sencillo, me dispensa de ser tildado de imitador de otros que son porque realmente son y han sido, o de algunos que no son y nunca llegarán a ser. Porque ser no solo es estar o existir. ¡Ya sé que últimamente le doy demasiadas vueltas a estos conceptos! Cualquier sufrido lector de mi blog dará fe de ello. Pero no puedo dejar de pensar que si soy es porque de alguna manera me ha tocado ser. Y estar. A menudo pienso en lo feliz que sería si en lugar de ser y estar, simplemente estuviera sin ser. Es decir, como un ente hipotético o irreal. Pero admitiendo que no fui porque nunca existí y nunca seré porque jamás existiré. 
El instante de reflexión ha finalizado. Ahora comienza el instante de ofuscación.
Un periquete ha aterrizado. No me gustan los periquetes. Duran demasiado poco tiempo. Tampoco soporto que planeen, desciendan o se posen. Prefiero los santiamenes. Son más instantáneos y me recuerdan al Paladín a la taza. Sin embargo no tengo tazas en mi cocina. Solo vasos Sour y copas Margarita. Me gusta pillar grandes cogorzas. Las enumero y las clasifico según las tonterías que hago bajo sus efectos. Cuando no estoy ajumado estoy como una cuba. Y cuando no estoy como una cuba es porque no estoy. Lo que me lleva a la disquisición del primer párrafo. Si no estoy es porque, o bien no soy, o porque siendo parte de lo que se supone que soy, he decidido ser mucho menos de lo que debería ser para poder lograr no ser admitido en esta especie de club de furcias «low standing» llamado sociedad. Si no fuera no sería. Pero si me preparara un par de huevos escalfados sin ser o parecer, el resultado sería desastroso. 
El instante de ofuscación ha prescrito. Ahora voy a poner la televisión porque estrenan el último anuncio de la nueva gama de compresas con alas de Ausonia.
Deligregplus von Eduline

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Email del 21 de noviembre 2018

Rembrandt Harmenszoon van Rijn. The anatomy lesson of Dr. Nicolaes Tulp (1632) 

«Mis células senescenteeeeeeeeees son unas unidades microscópicas excelenteeeeeeeeees.
Mis células senescenteeeeeeeeees son unas unidades microscópicas excelenteeeeeeeeees.
Mis células senescenteeeeeeeeees son unas unidades microscópicas excelenteeeeeeeeees.
Y siempre lo seráaaaaaaaaan.
Y siempre lo seráaaaaaaaaan.
Y siempre lo seráaaaaaaaaan.»
(Apotegma personal)

Esa terrible enfermedad en la que las jodidas células comienzan a dividirse sin parar y se dispersan sobre los tejidos más próximos, también denominada cáncer, carcinoma, sarcoma, granuloma y otros horripilantes nombres -la mayoría terminados en «oma»- está afectando a un gran número de la población humana y animal mundial. Pero como a mí la población mundial, sobre todo la humana, me importa una puta mierda neoplásica, voy a centrarme exclusivamente en lo que esa dolencia está afectando a algunos de mis más queridos amigos y a sus familiares.

Ya. Ya me he centrado. ¿Qué más puedo decir? Lo siento. Siento que en esta maldita lotería que es la existencia hayan sido los castigados. Siento todo por lo que están pasando y, lo que aunque no quieran, están haciendo pasar a la gente que los quiere. Y siento que a aquellos malditos desgraciados, que todavía creen que allí arriba existe un dios que escribe nuestros guiones, no les revienten las almorranas. Todo es un sufrimiento constante. Desde el instante en que nos pinzan el cordón umbilical, pasando por las espinillas, orzuelos y forúnculos, hasta llegar a las varices -ya sean exofágicas, pélvicas o en las piernas- las fascitis plantares o los múltiples problemas rectales. Por esa razón canto todos los días y todas las noches el adagio que encabeza este cortísimo y lamentable texto. À bon entendeur

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Email del 20 de noviembre 2018

Edgar Degas. Criminal physiognomies (1881)

Su rostro no era demasiado agraciado ni su cuerpo estaba especialmente equilibrado, pues sus piernas al «estilo Genu varo» y su cabeza, grande y pesada como un MRAP y engalanada con una boca presidida por unas inmensas mandíbulas casi faríngeas, le proporcionaban aspecto de coleóptero polífago. Sin embargo era una mujer excepcional y fue la mejor seccionadora que trabajó para mí hasta el mismo día en que los polis me detuvieron y me obligaron a delatar a mis colaboradores. ¿A mis colaboradores? Creo que antes de proseguir debería presentarlos:

Manuel Olivero. Alias «Didelfito». 43 años. Natural de Vigo. Quizá uno de los mejores disolvedores de cuerpos humanos en ácido de Europa. Ganador absoluto del Gran Premio de desleidores menores de 50 años en 1999, 2000, 2001, 2002, 2007 y 2014. Finalista en los años 2003, 2004 2008 y 2009 y galardonado con uno o varios accésits de consolación en los años 2005 y 2006. Mientras estuvo a mis órdenes disolvió a más de 30 tipos y sus cuerpos desaparecieron para siempre. Nunca me causó ningún problema y lo único que puedo decir de él -a pesar de ser un poco imbécil, mentiroso, torpe, envidioso, lento y preguntón- son cosas buenas.

Carlota «Anaranjada» Ferrándiz. 38 años. Nacida en alguna parte de ninguna parte, pues nunca quiso contarme nada de sus orígenes o de su familia. De hecho cada vez que le preguntaba algo sobre dichos temas me respondía: «Qué eres tú? ¿El puto CNI?». Carlota era una embaucadora de primera y experta en desnudarse en menos de 11 segundos. La velocidad lo es todo cuando quieres que un tipo se ponga cachondo. Y cuando un tipo se pone cachondo e intenta demostrar su hombría a la mujer que tiene al lado, es muy sencillo desvalijar su casa y a sus familiares sin tener que usar demasiado la violencia. Aunque en toda mi carrera profesional he ordenado desmembrar -y hacer desaparecer sus despojos- a más de 70 personas, sigo odiando la jodida violencia física. Y eso lo saben todos los que me conocen.

Shung Zarrabeitia. Sin alias. 29 años. Nacido en Valencia aunque de origen chino-vasco. Al principio se encargaba de prepararme los cubatas y comprarme el tabaco, pero cuando dejé de beber y fumar, pasó a formar parte de la banda por méritos propios. Lamentablemente su permanencia terminó repentinamente el día en que descubrió su verdadera identidad.

A menudo pienso en el suicidio. No es que lo haya intentado alguna vez, pero fantaseo con ello. ¿Soy un suicida? No lo sé. Es posible que si no tuviera miedo a los espíritus de los tipos y tipas a los que he golpeado, matado, descuartizado y enterrado, ya estaría muerto hace bastantes años. Vivir me produce dolor de estómago. Pero morir implica todavía mayor sufrimiento. No soy demasiado resistente al dolor corporal, por lo tanto sigo con vida. Y con dolor de estómago. En ocasiones, cuando el suplicio es insoportable tomo pastillas y me hago infusiones de manzanilla y rabo de gato. Sin azúcar, solo con sacarina o miel de la granja San Francisco.

Si pudiera ser capaz de elegir, elegiría ser mi madre. Por supuesto antes de que conociera a mi padre, ese ser repugnante, vil y tormentoso que no me enseñó absolutamente nada durante los veinte años que viví en su casa. La verdad es que el pobre tampoco sabía demasiado. Recuerdo la única vez que me abrazó. Nunca supe el motivo que le impulsó a intentar semejante hazaña, pero cuando fui a agradecérselo descubrí que se había transformado en un aparador de madera de paulonia con dos puertas y cuatro cajones.

Y ahora supongamos… supongamos por un momento que admito que cada día estoy más viejo y soy más tonto. Eso sí, en lugar de admitirlo delante de testigos, lo hago en la callada soledad que proporciona una cueva perdida en un sistema montañoso, y sin pronunciar con claridad cada una de las palabras que conforman esa frase. Y puestos a suponer, supongamos también que mientras siento un precedente con semejante afirmación, estoy pelando un puerro de la variedad «Argenta», pues en esa cueva hay una cocina perfectamente pertrechada y me suministran los vegetales por medio de un helicóptero. Quiero decir… si nadie me escucha… solo el puerro… ¿Debería cerrar el pico más a menudo y comportarme de una manera un…? Es decir… No me preocupa el puerro, pues sé que no hablará. Ni el piloto del helicóptero ya que, de acuerdo a mi intuición, se acostaría con la hermana de Manuel y el hermano de Carlota. No al mismo tiempo, supongo. ¿Qué más da? Lo único que verdaderamente me preocupa es que no se me tome en serio. ¡A mí! ¡Al troceador de la ronda norte!

Ayer dejó por fin de pesarme la cabeza. Pero comenzó a pesarme una rodilla. La derecha. Justo la que utilizo para aprisionar y hacer palanca en los cadáveres cuando les paso la sierra mecánica. Ignoro de qué manera lo haré a partir de mañana. Sí, he decidido cargarme al piloto del helicóptero, aunque solo existe en algunas de mis suposiciones. Pero si fuera capaz de ejecutar a alguien que realmente no existe sería un triunfo magnífico. Puedo imaginarlo… pedacitos desmembrados de un ser que nunca existió tirados sobre el suelo de vinilo, que es el más resistente y el que mejor se adapta a cualquier apariencia o circunstancia.

Cuando desmembro a alguien, con o sin ayuda de Carlota y Manuel, intento hacerlo lo mejor que puedo y con el mayor respeto posible para las víctimas. Nunca fumo delante de los trozos. Si me apetece un Winston, me quito los guantes de látex y me asomo a una ventana a ventilármelo. Si me apetece un pastel, me pongo el sombrero y me acerco a alguna panadería. Porque aunque resulte extraño, en las panaderías venden pasteles, pero por el contrario no en todas las pastelerías despachan pan. ¡No lo acabo de entender! ¡Y es algo que me saca de mis casillas! ¡Y de mis hogarillos! ¡Y de mis viviendillas! ¡Y de mis domicilillos! ¡Estoy enfermo! ¿Cómo es que todavía nadie se ha dado cuenta?

Delante de mí hay algo. Detrás de mí hay otro algo. A cada lado, es decir, a la derecha y a la izquierda, hay un par de algos. Cada uno de esos cuatro algos son diferentes en su concepción, pero no por eso dejan de ser algos y de pertenecer a una intensidad imprecisa o a una cantidad indeterminada. Si me adelantara cinco o seis pasos, los algos harían lo mismo. Si me tumbara sobre el suelo (de Leroy Merlin) los algos se tumbarían conmigo y a mi lado. Si me arrojara desde la terraza los algos caerían junto con mi cuerpo. Y acabarían cubiertos con mi sangre y revestidos con mis vísceras. La gente miraría lo que anteriormente fue un cuerpo, pero nadie repararía en ninguno de los algos. Porque cada algo es bastante poco y pertenece a los «no del todo». Los «no del todo» son innombrables y aunque intentan justificar sus existencias designando cosas, no siempre son capaces de lograrlo. Porque una cosa puede llegar a ser algo, pero también nada. Y nunca una jodida nada sería tachada de algo por alguien que tuviera un poco más de dos dedos de frente.

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