enero 2020

Email del 31 de enero 2020

Odilon Redon. The eternal silence of these infinite spaces frightens me (1870)

Querida:

Es sorprendente que todas las cosas que deposité encima de la mesa permanezcan todavía encima de la mesa. No es que crea que un objeto pueda ser capaz de desplazarse desde un punto a otro, pero me hubiera gustado que todas las cosas que dejé encima de la mesa hubiesen aparecido debajo de la mesa. Quizá de esa manera hubiese sido capaz de valorar más a las mesas. En realidad valoro a los carpinteros, sin embargo tengo un grave problema con las mesas. ¡Y con los colores! Desde hace varios meses soy incapaz de metérmelos en la boca. ¿Qué ha ocurrido con los colores? ¿Por qué no puedo introducírmelos en la boca? ¿Por qué no puedo conseguir nada de lo que me propongo? Las cosas siguen en la mesa. ¿Es posible que se hayan desplazado un poco hacia un lado mientras me quejo de que todavía siguen encima de la mesa? Los colores permanecen fijados en el tiempo. Una fuerza invisible los sujeta cada vez que acerco mi boca.

En ocasiones, sobre todo cuando admito alguna posibilidad, admito alguna probabilidad. Sería estúpido admitir alguna posibilidad sin aceptar una o varias probabilidades. Admitir implica permitir o tolerar. Pero, ¿se puede admitir sin permitir o tolerando un mínimo pactado de antemano? Siempre he creído que resulta mas sencillo rechazar cualquier tipo de contingencia o probabilidad. Admitir es como depositar una veracidad moderada encima de la nada. ¿La nada? ¿Depositar? Yo una vez deposité algunos objetos encima de la mesa. Todavía deben seguir encima de la mesa. Y encima de la mesa, pero no sobre la superficie de la mesa, sino a unos pocos metros por arriba deben continuar esos colores que no pude meterme en la boca. A menudo pienso que debí colocar las cosas encima de los colores y comerme la mesa.

Pero si me hubiese tragado la mesa hubiese sido como insultar a los carpinteros. Yo valoro a los carpinteros, sin embargo tengo un grave problema con las mesas. ¡Y con los colores! Desde hace varios meses soy incapaz de metérmelos en la boca. ¿Qué ha ocurrido con los colores? ¿Por qué no puedo introducírmelos en la boca? ¿Por qué no puedo conseguir nada de lo que me propongo? Las cosas siguen en la mesa. Los colores permanecen fijados en el tiempo. Envueltos entre nebulosas elípticas y contracciones aceleradas.

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Email del 30 de enero 2020

Gustave Caillebotte. Man on a balcony (1880)

Me encontraba sentado en un banco urbano de madera pensando en mis conflictos interiores en forma de desasosiegos permanentes, cuando alguien detrás de mí gritó: «¡el dinero no huele!» Giré el torso y la cabeza en un ángulo perfecto de 90 grados y dirigí la mirada hacía el lugar donde creí que provenía la sentencia, pero no vi a nadie. Mientras trataba de discernir si en realidad había escuchado algo o todo era fruto de mi cerebro consumido y desconcertado, escuché por encima de mi cabeza una risa callada que en ese instante me recordó a la que emitiría un botijero piporrero cuando le comunican que ha sido nombrado coadyuvador en una cancillería. Cuando levanté la mirada pude ver a un tipo mirándome bastante afectadamente desde un balcón. Su aspecto era el de un anciano cualquiera, solo que este poseía una mirada perturbadora que durante un breve instante llegó a incomodarme. Cuando bajé la cabeza para demostrarle que no solo no quería saber nada de él, sino que además odiaba cualquier tipo de risa, sonrisa, risotada o carcajada, su voz volvió a tronar: «créeme, el dinero no huele. Te lo digo porque hace un rato he visto cómo sacabas un billete de 10 euros de tu monedero y lo acercabas a la nariz.» «¡Y a usted qué coño le importa lo que yo haga con mis jodidos billetes! Además no estaba oliéndolo, sino rascándome el labio superior con él» respondí mientras miraba fijamente a sus ojillos de mustela. En ese instante, cuando esperaba que me contestara con otra especie de aforismo rimbombante, escuché una voz cálida femenina de no más de 20 años desde el interior del domicilio: «cielo, ¿puedes subirme la cremallera?» La verdad es que imaginarme a un carcamal moralejero con una chavala tan joven, aunque esta fuese una profesional, no me puso de mejor humor. Y él me leyó el rostro: «¡es mi loro gris de cola roja, Manolito. El cabrón solo vive para dejarme en entredicho.» Cuando le respondí que me importaba muy poco lo que hiciera en su intimidad, el supuesto domesticador de psittaciformes se metió dentro y cerró tan fuerte la puerta del balcón que por un instante creí que medio edificio podría venirse abajo…

…¡No! ¡No, no y no! ¡En realidad nunca me siento en bancos urbanos, ya sean de madera, de plástico o de acero galvanizado! Y el único conflicto interior que actualmente me quita algo el sueño es saber si cuando cumpla los 85 años mi cada vez más pequeñajo, aunque permanentemente juguetón miembro viril seguirá poniéndose tan tieso como una patata frita cortada en bastón, en cerilla o en Pont neuf. ¿Y la historia del viejo y su mantra «¡el dinero no huele!»? ¡De pena! ¡Si el pobre Vespasiano levantara la cabeza! O lo del loro y la cremallera… ¡Joder, siento ganas de automutilarme! ¡Pero tenía que escribir algo para este maldito blog! Yo mismo me metí hace casi 10 años en la ratonera, y ahora los ratones no aceptan otra clase de envite. Podría cerrarlo y dedicarme a lo que verdaderamente me interesa que es no hacer nada en absoluto. Pero incluso no haciendo nada tendría la sensación de que hago algo. Es… es bastante complicado de explicar. En realidad, me gustaría que nadie hiciera nada, y que el planeta que ahora conocemos y por el que estamos dispuestos a todo para que implosione lo más pronto posible, continuara teniendo alguna oportunidad.

Sin embargo estoy dispuesto a jurar o prometer por el sagrado bocio del Gran Chimpancé Maturano Maturín III, monarca de las justificaciones confusas y de los trastornos orgánicos dolorosos, que mañana con toda probabilidad publicaré otro esperpento menesteroso como el del primer párrafo. O puede que incluso peor redactado, pues los viernes suelo darle al triqui-triqui en forma de licor de orujo como si no existiese un mañana.

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Email del 28 de enero 2020

Kathe Kollwitz. Hospital visit (1929)

¡Bach y las chuches asesinas o cómo me gustaría que existiesen un millón de sinónimos para el adverbio «mientras»!

En Benimaclet, la vida de Metformino era relativamente plácida. En este pequeño barrio situado bastante cerca de la costa estaba totalmente prohibido vender golosinas, quizá por esa razón su índice de diabéticos era ínfimo comparado con el resto de distritos de la comunidad. Mientras los sonidos de El quinto concierto de Brandemburgo entraban por la ventana, Metfor decidió desplazarse unos pocos kilómetros hacia el oeste, no sin antes asomarse y comprobar desde qué domicilio provenía el carrusel románticamente armónico de Johann Sebastian Bach. Sin embargo su viaje se vio anulado debido a una repentina y desagradable diarrea.

Mientras limpiaba los goterones de heces líquidas del interior de la taza del inodoro con el papel de doble capa, Metfor reparó con cierta aprensión en que un trozo de intestino delgado le colgaba como un testículo viudo por una narina. Justo en el instante en que se disponía a introducírselo hacia adentro, una mosca gorda y lustrosa lo agarró por el lado suspendido e intentó llevárselo hacia el pasillo con el fin de comer lo que pudiese en ese instante y esconder detrás de las cortinas del comedor el remanente.

En Benimaclet, la vida de Metformino era relativamente plácida. Claro que hasta que alguien compare y analice de forma definitiva la placidez bajo cualquier clase de circunstancias, no me atrevería a definir a Metfort como un tipo dichoso. Sin embargo la mosca sí lo era. Y si no lo era lo disimulaba de una manera audaz. Mientras los sonidos envolventes de El clave bien temperado traspasaban los tabiques y se presentaban ante él como una especie de visión borrosa de color poco o nada concreto, la mosca terminaba de masticar su íleon. El ruido que producía era similar al de una transfixión.

Mientras trataba de esferificar sus temores, de la misma manera en que un chef estirado esferificaría cualquier alimento esferificable, escuchó ese zumbido que conocía demasiado bien. La mosca volvía a por una porción de su yeyuno. Sin embargo Metfor sabía que no podría obtener ni una jodida partícula, pues se había enrollado una gasa en la narina que le servía de despensa. Justo en el momento en el que el díptero se acercó a menos de 20 centímetros del apósito ensangrentado, un misil nuclear estalló en Novokuznetsk y a los ocho segundos exactos otro destruyó por completo Tallahassee. Y en menos de lo que tarda una lombriz en alcanzar la profundidad de seguridad, se despertó entubado y con varias caras parcialmente enmascaradas mirándole desde arriba. ¡Maldita hiperglucemia de los cojones!

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Email del 27 de enero 2020

Sassetta. St Anthony the hermit tortured by the devils (1423)

Amiga:

Muchos me consideran el mejor zaheridor de todos los tiempos, algo verdaderamente difícil de precisar, pues desconocemos cómo injuriaban algunos de mis antepasados más lejanos. Se dice que Don Baltasar López Caballero, que vivió y procreó en pleno siglo XVI y murió salvajemente pisoteado durante una estampida de ranas, llegó a insultar en un mismo día a 247 ciudadanos diferentes con 245 improperios distintos. Cuentan los historiadores que a los ciudadanos número 198, 199 y 200 los ofendió en comandita con un único dicterio nada más subirse los greguescos. Sin embargo el ascendiente que tiene visos de haber sido el más destacado lanzando furiosos e injustificados insultos fue Don Lupicinio López Coscojuela, hijo de Don Lupicinio López Pérez y Doña Hermelinda Coscojuela Pruñonosa y nieto de Don Lupicinio López López y Doña Veremunda Coscojuela Coscojuela por parte de padres y Don Cracacacaca Cron Fas y Doña Fanfafafafa Ges Zus por parte de madre. Según el cronista Hantonio (con h) Lucero Bidal (con b), los nombres de estos dos últimos individuos no son más que unos vulgares seudónimos utilizados por el conde y la condesa Ursicino Cidoncha Alcoholado y Ursicina Cidoncha Alcoholado para esconder una posible cohabitación entre dos hermanos, un primo, una vecina y un cadáver mientras se bañaban parcialmente desvestidos en una cacimba ingente.

En cualquier caso, entre la marabunta de vilipendiadores y escarnecedores surgidos en aquellos tiempos hubo personalidades que destacaron por unos motivos u otros. Don Pedro Schneider García ascendió meteóricamente tras comerse una mesita de diseño escandinavo aunque fabricada en Magdeburgo y Don Epifanio Mollino Alpargatero consiguió que su bisoñé personalizado levitara 23 metros y se desplazara desde el perchero hasta el paragüero, pasando por el bastonero situado en la cambra del edificio contiguo.

G

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Email del 25 de enero 2020

Henri de Toulouse-Lautrec. The bartender (1900)

Querida:

Según su versión, fui yo el que le lanzó a la cara el plato de atascaburras gañán. Pero no fue así. El tipo me estaba sirviendo esa delicia manchega y se le ocurrió preguntarme qué me había parecido la ensalada, a lo que yo le contesté que las había comido muchísimo mejores. De repente frunció el ceño (o quizá ceñó el fruncio, no lo recuerdo bien), cogió el plato de la bandeja y se lo aplastó contra su rostro al mismo tiempo que gritaba que yo era un cafre y que me iba a denunciar a las autoridades competentes. Estaba claro que el camarero pertenecía al club C.A. (cenutrios en acción, assholes in action en inglés), por lo que decidí atajar sus berridos poniéndome a cantar a voz en grito. Interpreté la canción principal de Los Payasos de la Tele, ya sabes, el programa de Gaby, Fofó y Miliki (con Fofito) como si de una mirífica pieza de bel canto se tratase, hasta que llegó una pareja de polis que me obligaron, tanto a mí como al camata, que todavía seguía en pleno trastorno ciclotímico invocando a Dios, al Papa Francisco y a su anciana madre, a cerrar los picos de inmediato o seríamos sancionados muy seriamente (sic).

Como la gente no paraba de llegar para ver en qué terminaba el asunto, el dueño del restaurante se vio obligado a intervenir y nos pidió calma a todos. Mientras explicaba que su camarero era un sujeto «especial» y que en ocasiones explotaba como una olla a presión de la marca Taurus, un ratón se le subió a su subordinado anosognósico por la pernera del pantalón y le mordió en los cojones. Por lo menos eso nos dijo a todos volviendo a bramar y demostrándonos que a desgañitarse solo era superado por el padre Yod, el líder espiritual del culto religioso Ya Ho Wha 13. Pero ni su jefe, ni los maderos, ni nadie vio al jodido roedor. Cuando propuse a los polis que llamaran a un loquero capacitado y competente, el camarero con el rostro todavía bastante afeado por algunos trozos de patatas, ajos y bacalao dibujó un gesto altivo con las manos y se convirtió delante de todos en Shub-Niggurath, la cabra negra de los bosques concebida por Lovecraft, aunque sin sus diez mil vástagos, afortunadamente.

Lo que sucedió a continuación es algo que está por encima de lo que un vulgar humanito de cara abuhada y occipucio aherrojado como yo puede llegar a comprender, y mucho menos a explicar, pero desde entonces nunca he vuelto a ser el mismo hijo de puta embarullador y embustero.

G

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Email del 23 de enero 2020

Norman Rockwell. The runaway (1958)

Todos los huidores profesionales saben que lo más importante en un escabullimiento es el orden. Sin él cualquier intento por evitar un conflicto, ya sea real, imaginario o manufacturado suele concluir en un ignominioso regreso anticipado. He conocido cobardes que tras una serie de salidas fallidas han terminado sus días totalmente desconectados de la razón y la propia esencia. Sin embargo no todos los pusilánimes están abocados a un final incierto. Algunos han llegado a ninguna parte, y un pequeño número de ellos incluso han podido escribir sus experiencias. La editorial TT (Tempo Trascendental) acaba de editar tres volúmenes recopilando algunas de las mejores (y también peores) desbandadas, abandonos y dispersiones. Bajo el título, Estamos ahítos, la trilogía pretende concienciar a ese inmenso número de inadaptados que no contemplan otra alternativa que no sea el sorteo, con más o menos habilidad, de los obstáculos y las dificultades.

Desde esta bitácora queremos poner nuestro granito de polvillo -pues odiamos profundamente la arena- reproduciendo algunas de esas fugas sin destino aparente. Por supuesto, con el beneplácito de Ernesto Fluuuuu, director y coordinador de la editorial y subdelegado general de la ONG Tránsidos Indispuestos.

«Luciano Bort (45 años. Alboraya, Valencia)
Comencé a huir a los 14 años. A los 15 me detuve durante siete meses y antes de cumplir los 16 volví a retomar la huida. El problema era que no sabía por qué huía. Sin embargo cuanto más huía, más regresaba. Al final llegué a la conclusión de que para poder huir hay que saber regresar. Y eso es lo que hice. Inicié un regreso comedido pero me rompí el escafoides, por lo que tuve que aplazar la reintegración. Cuando estuve curado decidí intentar un segundo regreso, pero esta vez se rompió el escafoides mi guía, por lo que acabé esnifando sémola junto a un par de degenerados y mi vida se fue al garete. Allí, en el garete, abrí un garito, y en unos pocos años me forré. Actualmente nunca salgo de mi mansión sin llevar 20 o 30 anillos de platino en los dedos de las manos».

«Serafína Tuledina (79 años. Mota del Cuervo, Cuenca)
Mi madre, Serafina Escofina, me inculcó desde pequeñaja y a base de golpes con la zapatilla que… ¡Óspera, ahora no recuerdo lo que me inculcó!»

«Manuel Gómez (61 años. Aracena, Huelva)
Llegué a estar convencido de que huía para no estar junto a mi señora. Cuando me di cuenta de que no solo no estaba casado, sino que era sacerdote, mi mundo se vino abajo y acabó por aprisionar mis instintos libertarios, por lo que robé todo lo que me fue posible de la sacristía y lo empeñé para pagarme un par de juergas bastante sonadas en aquella época. ¿El resultado? Herpes genital».

«Brontosaurina Tuledina (82 años. Mota del Cuervo, Cuenca)
En realidad yo nunca he huido. Estoy aquín… ¿He dicho aquín? ¡Que tonata que soy! ¿He dicho tonata? Estoy aquí para narrar la huida de mi hermana menor, Serafina Tuledina, que no se acuerda de nada. Serafina nació con tres piernas y 17 brazos, por lo que la pobrecica pasó varios años de operación en operación hasta quedarse con dos piernas y un brazo. Sí, he dicho un brazo. Resulta que el médico que la operó se descontó y.. ¡Fue tremenundo! ¡Tremebundo! Vamos, ¡tremendo! A raíz de aquello nunca pudo comportarse de una manera normal y comenzó a distanciarse del resto de hermanos y de sus padres, que también eran mis padres, claro. En uno de esos distanciamientos conoció un hincapié… no, no no, no conoció un hincapié, conoció a su primer marido, Donoso Pulgoso… bueno, lo de pulgoso se lo puse yo, en realidad se llamaba Donoso Barroso, aunque Serafina lo llamaba Donoso Donoso Donoso Donoso Donoso, pues era sordo, sabe usted».

«Esperanza Calzacorta (23 años. Medina del campo, Valladolid)
El año pasado mientras me encontraba fumando marihuana decidí que estaba harta de fumar marihuana y aguantar a unos padres de plástico que también fumaban marihuana, por lo que decidí huir lo más lejos posible. Todavía sigo huyendo, aunque en ocasiones me detengo para fumar crack. Ahora me he parado, pero no para fumar crack, sino para contestar a sus preguntas. Me gusta huir. Me enriquece como persona y como fumadora. La verdad es que no tengo ni la más ligera idea de a dónde llegaré. O si llegaré, porque se me está acabando el crack, y sin crack, estoy segura de que terminaré volviendo a fumar marihuana. Pero antes de volver a fumar marihuana deberé comprar la marihuana, y mientras se huye es difícil. Claro que también podría comprar crack, pero eso sería como llevar siempre el mismo traje. No me gusta tildarme a mí misma de repetidora. Sí, lo sé. Huir es una repetición. ¡Pero todo es una repetición! Incluso follar siempre con el mismo tío. Por esa razón ahora me follo a mí misma mientras huyo. Al principio me resultaba muy muy complicado, pero ahora incluso soy capaz de follarme mientras fumo crack y me aplaudo por mi extraordinario coraje existencial».

«Faustino Devigorerrazuriz (34 años. Mundaka, Vizcaya)
Mi primera huida importante fue menos importante que mi segunda huida importante, sin embargo fue importante, por lo menos más importante que las huidas que no catalogo como verdaderamente importantes. Desde mi primera huida importante hasta la última huida importante, he huido en 32 ocasiones. De esas 32 veces solo he tenido una experiencia negativa en una de ellas. Sucedió en la decimotercera huida importante. Un tipo quiso mantener relaciones sexuales conmigo mientras corría calle abajo. Cuando me detuve para increparle me di cuenta de que ese tipo era yo reflejado en los cristales de los establecimientos, por lo que tuve que acudir con urgencia a un especialista. Después de que el especialista me especializase bien, usted ya me entiende, reanudé la huida».

«Remigius Macián (53 años. Bejís, Castellón)
Yo, yo siempre huyo. El  verdadero problema estriba en que solo puedo huir nadando. ¡Y únicamente en el río Palancia! ¡Y siempre que haya luna menguante! El resto del tiempo tengo que salir del río, construir un vivac improvisado y esperar a que la luna vuelva al estado que me permita volver a huir. Todo por culpa de una maldición. La maldición que arrastra la familia Macián desde el sigo XVI. Mañana vuelve la luna en cuarto menguante por lo que desharé el vivac y me meteré en el río, junto a las truchas. Subiré contra corriente y después bajaré a favor de la corriente. Cuando la luna deje de estar en forma de plátano, volveré a construir otro vivac… ¡Y así sucesivamente! Hasta que muera o me ahogue, lo que suceda antes».

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Email del 22 de enero 2020

Archibald Motley. Mending socks (1924)

Quien se asome a la historia de este blog encontrará el vocablo «calcetín» en un número muy elevado de entradas, aunque cabe la posibilidad de que términos como «imbécil», «cruasán» o «anquilostoma» hayan sido mucho más utilizados. ¡En realidad poco o nada importa! Imaginemos que un ser inexistente me pusiese un revolver ficticio en la sien virtual para que definiese con premura el sentido de la existencia de esta bitácora. Si eso sucediese me vería envuelto en un verdadero problema, pues el primer email que redacté como anhedónico zangoloteante, Relación del efecto de la inspiración hipnagógica sobre las redundancias estériles de un dipsomaníaco anónimo, no trataba de ninguno de los temas anteriormente citados, aunque en el tercer párrafo, en cierto modo, asumía mi verdadera naturalidad estrafalaria que culminaría algunas semanas y un montón de textos más tarde:

«Interrogué a un nuevo envío de verosimilitudes. Algunas de ellas eran deliciosas como los peúcos de una viuda, otras se inflamaban cada vez que las trataba como legítimas improbabilidades. Al final del día mi suelo estaba repleto de secreciones y excreciones. Cuando me armé de valor pensé en coger el mocho, sin embargo acabé agarrando una depresión absurda y delirante». 

La primera vez que escribí sobre verdaderos calcetines fue el día 23 de enero del 2011. El texto se titulaba Remiendos antropológicos y, aunque acabé por no publicarlo, de alguna manera definiría mi prosa venidera.

«He llegado a la conclusión de que algunos pares de calcetines son nebulosamente inteligentes…»

Dos días más tarde escribí y posteé Proceso en rebeldía. Una calceta no es un calcetín que recibió duras críticas desde el sector textil menos liberal, aunque en realidad el texto no carecía por completo de fundamentos.

«Nuestro deber es hurgar entre las fibras. Escarbar como si fuésemos topos hipervitaminados hasta llegar al magma del metacentro industrial». 

No obstante el artículo epistolar que realmente removió las conciencias de una gran parte de mis lectores fue el email del 8 de abril del 2013, en el que equiparaba la estructura y disposición de los hilos de las urdimbres con el golpe de Estado de 1981.

«Compré varios contenedores de calcetines y medias a un precio absolutamente increíble. Cuando me disponía a abrirlos para comprobar cuántos kilos correspondían a calcetines, ya fuesen altos, hasta la pantorrilla, de lana, poliéster o fibras diversas y cuántos a medias, tanto de mujer como calcedonias masculinas […] se acercó un tipo que me dijo que era el subinspector de containers […] y le envié a la puta mierda, a lo que él me respondió que antes de inspector había sido teniente coronel de la Guardia Civil y que si insistía en seguir comportándome de esa manera tan ruin y poco viril se vería obligado a incrustarme su puño de acero entre mis ojos y mi nariz (sic)».

Podría seguir intentando llegar a alguna parte por medio de la defensa a ultranza de mi pseudoneuroticismo, pero no sería más que una especie de subterfugio infantil. Amo a los calcetines. Por esa razón nunca voy a bañarme, ni a la playa ni a las piscinas. Ni siquiera soy capaz de quitármelos para hacer el amor. Eso me ha traído grandes desventajas emocionales, pero aun así, estoy plenamente convencido de que siempre he obrado como me dicta el corazón. A algunos les gustan los culos, ya sean masculinos, femeninos o indescriptibles en su completa voluminosidad; a otros les apasiona coleccionar cualquier cosa, desde epifragmas hasta alcuzas aherrojantes. A mí me gustan los calcetines. Si alguien se pone delante, bate las palmas y saca de sus manos un calcetín, se puede decir que, además de ser un mago francamente excepcional, me tiene ganado para toda la vida. Y también para lo que sigue a la vida, es decir, la no vida.

Algonquín Próstata (vicesecretario del secretario del jefe supremo de este blog)

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Email del 21 de enero 2020

M.C. Escher. Candle flame (1931)

Hola:

Mucha gente cuenta Ovis orientalis, vulgo ovejas, para conciliar el sueño. Yo, haciendo gala de mi extravagancia inmensurable, cuento dinosaurios ornitisquios ceratopsianos, para ser más exactos del género micropachycephalosaurus y de la especie hongtuyanensis. Te cuento esto desde la cama y experimentando un intenso ataque de dysania que me ha impedido levantarme hasta para ir al baño. Menos mal que tengo el orinal que me regalaste cuando aprobé las oposiciones para peluquero de los Borbones. Es curioso, los mejores regalos siempre me los haces tú. Recuerdo que hace tres inviernos me regalaste Bisolvon antitusivo, hace dos, Bisolvon mucolítico, y en febrero del año pasado, Bisolvon expectorante.

Tú me conoces. Sabes que mi sentido arácnido me impide por completo agradecer un favor o un presente hasta pasados algunos años. Por esa razón y desde esta entrada, quiero darte las gracias de corazón por el orinal, los antitusivos, mucolíticos y expectorantes. ¡Y también por las velas que recibí ayer, cuyas fragancias florales huelen como la vagina de Gwyneth Paltrow!

G

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Email del 19 de enero 2020

Francisco de Goya. El sueño de la razon produce monstruos (1799)

Hola:

Mi oktoberfest trasmutado a januarfest, sin giste de cerveza, ni desfiles de trajes tradicionales, y con un proceso de desmogue humano fallido producido por la infidelidad de mis tres amantes, ha acabado pasándome factura en forma de pequeños y conexionados ataques de nervios. Si ayer me sentía como un borrego en el matadero, hoy me siento como el matadero sin matarife. Supongo que no es más que otro de los jodidos cambios de humor a los que estoy acostumbrado y que, entre otras cosas, me proporcionan esas toneladas de verdadera lucidez existencial que me recuerdan que lo mejor para mí y para los que me rodean es no seguir existiendo. Porque no nos equivoquemos, existir, al igual que insistir, no son más que el resultado bastardo de la escabrosa y concupiscente fornicación a tres entre los verbos «resistir» y «persistir» y el vocablo «falencia». Y aunque dicho término se asemeje a una graciosa fusión entre las voces, «falo» y «Valencia», puedo asegurar que no todo lo que digo lo digo porque lo pienso. En ocasiones lo digo porque no tengo demasiado que decir o porque, sencillamente, me sale de los testículos yin sanpaku.

Greg

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Email del 18 de enro 2020

Franz Stuck. Angel with the flaming sword (1889)

Querida:

Segun la Gregpedia, los hara-gregos son una estirpe imaginaria creada por el extraordinario escritor benimacletés Gregorio López Pérez. Se describen en El Señor de los Pendientes como un género de merodeadores chapuzantes que transportan los calcetines de El Gran Greg, también llamado El GG o El Catéter Doble G.

El nombre «Haragrego» está compuesto por Hara, que en idioma lopezperoso significa «tipo increíblemente dinámico» y grego que significa «sin opción a vivienda» u «omnipotencia omnívora omnipresente». De esa manera se puede traducir «Haragrego» como el o los dinámicos omnipotentes, o los increíbles dinámicos omnívoros sin opción a vivienda.

Greg

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