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| Norman Rockwell. The runaway (1958) |
Todos los huidores profesionales saben que lo más importante en un escabullimiento es el orden. Sin él cualquier intento por evitar un conflicto, ya sea real, imaginario o manufacturado suele concluir en un ignominioso regreso anticipado. He conocido cobardes que tras una serie de salidas fallidas han terminado sus días totalmente desconectados de la razón y la propia esencia. Sin embargo no todos los pusilánimes están abocados a un final incierto. Algunos han llegado a ninguna parte, y un pequeño número de ellos incluso han podido escribir sus experiencias. La editorial TT (Tempo Trascendental) acaba de editar tres volúmenes recopilando algunas de las mejores (y también peores) desbandadas, abandonos y dispersiones. Bajo el título, Estamos ahítos, la trilogía pretende concienciar a ese inmenso número de inadaptados que no contemplan otra alternativa que no sea el sorteo, con más o menos habilidad, de los obstáculos y las dificultades.
Desde esta bitácora queremos poner nuestro granito de polvillo -pues odiamos profundamente la arena- reproduciendo algunas de esas fugas sin destino aparente. Por supuesto, con el beneplácito de Ernesto Fluuuuu, director y coordinador de la editorial y subdelegado general de la ONG Tránsidos Indispuestos.
«Luciano Bort (45 años. Alboraya, Valencia)
Comencé a huir a los 14 años. A los 15 me detuve durante siete meses y antes de cumplir los 16 volví a retomar la huida. El problema era que no sabía por qué huía. Sin embargo cuanto más huía, más regresaba. Al final llegué a la conclusión de que para poder huir hay que saber regresar. Y eso es lo que hice. Inicié un regreso comedido pero me rompí el escafoides, por lo que tuve que aplazar la reintegración. Cuando estuve curado decidí intentar un segundo regreso, pero esta vez se rompió el escafoides mi guía, por lo que acabé esnifando sémola junto a un par de degenerados y mi vida se fue al garete. Allí, en el garete, abrí un garito, y en unos pocos años me forré. Actualmente nunca salgo de mi mansión sin llevar 20 o 30 anillos de platino en los dedos de las manos».
«Serafína Tuledina (79 años. Mota del Cuervo, Cuenca)
Mi madre, Serafina Escofina, me inculcó desde pequeñaja y a base de golpes con la zapatilla que… ¡Óspera, ahora no recuerdo lo que me inculcó!»
«Manuel Gómez (61 años. Aracena, Huelva)
Llegué a estar convencido de que huía para no estar junto a mi señora. Cuando me di cuenta de que no solo no estaba casado, sino que era sacerdote, mi mundo se vino abajo y acabó por aprisionar mis instintos libertarios, por lo que robé todo lo que me fue posible de la sacristía y lo empeñé para pagarme un par de juergas bastante sonadas en aquella época. ¿El resultado? Herpes genital».
«Brontosaurina Tuledina (82 años. Mota del Cuervo, Cuenca)
En realidad yo nunca he huido. Estoy aquín… ¿He dicho aquín? ¡Que tonata que soy! ¿He dicho tonata? Estoy aquí para narrar la huida de mi hermana menor, Serafina Tuledina, que no se acuerda de nada. Serafina nació con tres piernas y 17 brazos, por lo que la pobrecica pasó varios años de operación en operación hasta quedarse con dos piernas y un brazo. Sí, he dicho un brazo. Resulta que el médico que la operó se descontó y.. ¡Fue tremenundo! ¡Tremebundo! Vamos, ¡tremendo! A raíz de aquello nunca pudo comportarse de una manera normal y comenzó a distanciarse del resto de hermanos y de sus padres, que también eran mis padres, claro. En uno de esos distanciamientos conoció un hincapié… no, no no, no conoció un hincapié, conoció a su primer marido, Donoso Pulgoso… bueno, lo de pulgoso se lo puse yo, en realidad se llamaba Donoso Barroso, aunque Serafina lo llamaba Donoso Donoso Donoso Donoso Donoso, pues era sordo, sabe usted».
«Esperanza Calzacorta (23 años. Medina del campo, Valladolid)
El año pasado mientras me encontraba fumando marihuana decidí que estaba harta de fumar marihuana y aguantar a unos padres de plástico que también fumaban marihuana, por lo que decidí huir lo más lejos posible. Todavía sigo huyendo, aunque en ocasiones me detengo para fumar crack. Ahora me he parado, pero no para fumar crack, sino para contestar a sus preguntas. Me gusta huir. Me enriquece como persona y como fumadora. La verdad es que no tengo ni la más ligera idea de a dónde llegaré. O si llegaré, porque se me está acabando el crack, y sin crack, estoy segura de que terminaré volviendo a fumar marihuana. Pero antes de volver a fumar marihuana deberé comprar la marihuana, y mientras se huye es difícil. Claro que también podría comprar crack, pero eso sería como llevar siempre el mismo traje. No me gusta tildarme a mí misma de repetidora. Sí, lo sé. Huir es una repetición. ¡Pero todo es una repetición! Incluso follar siempre con el mismo tío. Por esa razón ahora me follo a mí misma mientras huyo. Al principio me resultaba muy muy complicado, pero ahora incluso soy capaz de follarme mientras fumo crack y me aplaudo por mi extraordinario coraje existencial».
«Faustino Devigorerrazuriz (34 años. Mundaka, Vizcaya)
Mi primera huida importante fue menos importante que mi segunda huida importante, sin embargo fue importante, por lo menos más importante que las huidas que no catalogo como verdaderamente importantes. Desde mi primera huida importante hasta la última huida importante, he huido en 32 ocasiones. De esas 32 veces solo he tenido una experiencia negativa en una de ellas. Sucedió en la decimotercera huida importante. Un tipo quiso mantener relaciones sexuales conmigo mientras corría calle abajo. Cuando me detuve para increparle me di cuenta de que ese tipo era yo reflejado en los cristales de los establecimientos, por lo que tuve que acudir con urgencia a un especialista. Después de que el especialista me especializase bien, usted ya me entiende, reanudé la huida».
«Remigius Macián (53 años. Bejís, Castellón)
Yo, yo siempre huyo. El verdadero problema estriba en que solo puedo huir nadando. ¡Y únicamente en el río Palancia! ¡Y siempre que haya luna menguante! El resto del tiempo tengo que salir del río, construir un vivac improvisado y esperar a que la luna vuelva al estado que me permita volver a huir. Todo por culpa de una maldición. La maldición que arrastra la familia Macián desde el sigo XVI. Mañana vuelve la luna en cuarto menguante por lo que desharé el vivac y me meteré en el río, junto a las truchas. Subiré contra corriente y después bajaré a favor de la corriente. Cuando la luna deje de estar en forma de plátano, volveré a construir otro vivac… ¡Y así sucesivamente! Hasta que muera o me ahogue, lo que suceda antes».