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| Kathe Kollwitz. Hospital visit (1929) |
¡Bach y las chuches asesinas o cómo me gustaría que existiesen un millón de sinónimos para el adverbio «mientras»!
En Benimaclet, la vida de Metformino era relativamente plácida. En este pequeño barrio situado bastante cerca de la costa estaba totalmente prohibido vender golosinas, quizá por esa razón su índice de diabéticos era ínfimo comparado con el resto de distritos de la comunidad. Mientras los sonidos de El quinto concierto de Brandemburgo entraban por la ventana, Metfor decidió desplazarse unos pocos kilómetros hacia el oeste, no sin antes asomarse y comprobar desde qué domicilio provenía el carrusel románticamente armónico de Johann Sebastian Bach. Sin embargo su viaje se vio anulado debido a una repentina y desagradable diarrea.
Mientras limpiaba los goterones de heces líquidas del interior de la taza del inodoro con el papel de doble capa, Metfor reparó con cierta aprensión en que un trozo de intestino delgado le colgaba como un testículo viudo por una narina. Justo en el instante en que se disponía a introducírselo hacia adentro, una mosca gorda y lustrosa lo agarró por el lado suspendido e intentó llevárselo hacia el pasillo con el fin de comer lo que pudiese en ese instante y esconder detrás de las cortinas del comedor el remanente.
En Benimaclet, la vida de Metformino era relativamente plácida. Claro que hasta que alguien compare y analice de forma definitiva la placidez bajo cualquier clase de circunstancias, no me atrevería a definir a Metfort como un tipo dichoso. Sin embargo la mosca sí lo era. Y si no lo era lo disimulaba de una manera audaz. Mientras los sonidos envolventes de El clave bien temperado traspasaban los tabiques y se presentaban ante él como una especie de visión borrosa de color poco o nada concreto, la mosca terminaba de masticar su íleon. El ruido que producía era similar al de una transfixión.
Mientras trataba de esferificar sus temores, de la misma manera en que un chef estirado esferificaría cualquier alimento esferificable, escuchó ese zumbido que conocía demasiado bien. La mosca volvía a por una porción de su yeyuno. Sin embargo Metfor sabía que no podría obtener ni una jodida partícula, pues se había enrollado una gasa en la narina que le servía de despensa. Justo en el momento en el que el díptero se acercó a menos de 20 centímetros del apósito ensangrentado, un misil nuclear estalló en Novokuznetsk y a los ocho segundos exactos otro destruyó por completo Tallahassee. Y en menos de lo que tarda una lombriz en alcanzar la profundidad de seguridad, se despertó entubado y con varias caras parcialmente enmascaradas mirándole desde arriba. ¡Maldita hiperglucemia de los cojones!
