Email del 30 de enero 2020

Gustave Caillebotte. Man on a balcony (1880)

Me encontraba sentado en un banco urbano de madera pensando en mis conflictos interiores en forma de desasosiegos permanentes, cuando alguien detrás de mí gritó: «¡el dinero no huele!» Giré el torso y la cabeza en un ángulo perfecto de 90 grados y dirigí la mirada hacía el lugar donde creí que provenía la sentencia, pero no vi a nadie. Mientras trataba de discernir si en realidad había escuchado algo o todo era fruto de mi cerebro consumido y desconcertado, escuché por encima de mi cabeza una risa callada que en ese instante me recordó a la que emitiría un botijero piporrero cuando le comunican que ha sido nombrado coadyuvador en una cancillería. Cuando levanté la mirada pude ver a un tipo mirándome bastante afectadamente desde un balcón. Su aspecto era el de un anciano cualquiera, solo que este poseía una mirada perturbadora que durante un breve instante llegó a incomodarme. Cuando bajé la cabeza para demostrarle que no solo no quería saber nada de él, sino que además odiaba cualquier tipo de risa, sonrisa, risotada o carcajada, su voz volvió a tronar: «créeme, el dinero no huele. Te lo digo porque hace un rato he visto cómo sacabas un billete de 10 euros de tu monedero y lo acercabas a la nariz.» «¡Y a usted qué coño le importa lo que yo haga con mis jodidos billetes! Además no estaba oliéndolo, sino rascándome el labio superior con él» respondí mientras miraba fijamente a sus ojillos de mustela. En ese instante, cuando esperaba que me contestara con otra especie de aforismo rimbombante, escuché una voz cálida femenina de no más de 20 años desde el interior del domicilio: «cielo, ¿puedes subirme la cremallera?» La verdad es que imaginarme a un carcamal moralejero con una chavala tan joven, aunque esta fuese una profesional, no me puso de mejor humor. Y él me leyó el rostro: «¡es mi loro gris de cola roja, Manolito. El cabrón solo vive para dejarme en entredicho.» Cuando le respondí que me importaba muy poco lo que hiciera en su intimidad, el supuesto domesticador de psittaciformes se metió dentro y cerró tan fuerte la puerta del balcón que por un instante creí que medio edificio podría venirse abajo…

…¡No! ¡No, no y no! ¡En realidad nunca me siento en bancos urbanos, ya sean de madera, de plástico o de acero galvanizado! Y el único conflicto interior que actualmente me quita algo el sueño es saber si cuando cumpla los 85 años mi cada vez más pequeñajo, aunque permanentemente juguetón miembro viril seguirá poniéndose tan tieso como una patata frita cortada en bastón, en cerilla o en Pont neuf. ¿Y la historia del viejo y su mantra «¡el dinero no huele!»? ¡De pena! ¡Si el pobre Vespasiano levantara la cabeza! O lo del loro y la cremallera… ¡Joder, siento ganas de automutilarme! ¡Pero tenía que escribir algo para este maldito blog! Yo mismo me metí hace casi 10 años en la ratonera, y ahora los ratones no aceptan otra clase de envite. Podría cerrarlo y dedicarme a lo que verdaderamente me interesa que es no hacer nada en absoluto. Pero incluso no haciendo nada tendría la sensación de que hago algo. Es… es bastante complicado de explicar. En realidad, me gustaría que nadie hiciera nada, y que el planeta que ahora conocemos y por el que estamos dispuestos a todo para que implosione lo más pronto posible, continuara teniendo alguna oportunidad.

Sin embargo estoy dispuesto a jurar o prometer por el sagrado bocio del Gran Chimpancé Maturano Maturín III, monarca de las justificaciones confusas y de los trastornos orgánicos dolorosos, que mañana con toda probabilidad publicaré otro esperpento menesteroso como el del primer párrafo. O puede que incluso peor redactado, pues los viernes suelo darle al triqui-triqui en forma de licor de orujo como si no existiese un mañana.