febrero 2021

Email del 27 de febrero 2021

 

John Martin. Pandemonium (1825)

Querida:

Últimamente, María Josefina y Luisa Fernanda, las moscas comunes que generalmente revolotean por mi domicilio, me sienten más maniático que un felino. Por lo menos eso es lo que me han comunicado por medio del zumbido característico de la especie. Es muy probable que la jodida pandemia y sus daños colaterales estén detrás de mi inquietud, pero por alguna maldita razón, no soy capaz de cambiar el estado preapopléjico que aletarga mis impulsos más primarios. Bueno, quizá podría llamar al teléfono del cliente de Seur e insultarlos hasta que me colgaran el aparato, pues eso suele tranquilizar mis nervios durante un par de horas. Sin embargo no creo que eso fuera suficiente para que ese par de malditos pliegues cutáneos que anticipan la prosopoplejía, y que se dejan ver cuando me siento asqueado, desaparecieran por completo de mi rostro, otrora igualmente rancio, pero al mismo tiempo afable y amistoso.

Y de poco o nada sirve que haya abandonado algunas de mis viejas y mortificantes costumbres, como el cilicio, la autoflagelación con fustas y vergajos o las empulgueras. ¡No consigo volver a ser el que era antes! Ni siquiera consigo asemejarme al tipo que debería ser dentro de unos años. Todo lo que me rodea se me antoja fútil e insustancial, y esas pequeñas naderías que solían alegrarme las jornadas se han transformado en una especie de necesidad descontrolada cuya tarjeta de visita mide lo mismo que la ignorancia de todos los que me rodean. 

Supongo que pronto saldré en los periódicos. 

Giles de Greg 

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Email del 25 de febrero 2021

 

Hans Hofmann. Veluti in speculum (1962)

Hola:  

Estoy entusiasmado con el argumento de mi nueva novela, que en pocas líneas trata sobre un tipo que se encuentra un espéculo vaginal de plata en una cueva. Una vez en su casa y con la ayuda de un amigo encuentran una inscripción en dicho instrumento ginecológico que reza: «Un espéculo vaginal para encontrarlas a todas. Un espéculo vaginal para abrir las cavidades de todas. Un espéculo vaginal para revisarlas a todas y convertirlas en unas clientas de por vida». Después de meditar el asunto, los dos compañeros junto con siete amigos y conocidos más deciden averiguar a qué ginecólogo pertenece el espéculo para devolvérselo. Lo que descubren les deja petrificados, pues el instrumento pertenece a una serie de 20 ejemplares que fue creada por un ilustre ginecobstetra fallecido en los años sesenta y repartida entre otros tantos ginecólogos, tocólogos y obstetras. Incluso sé como lo voy a titular: El señor de los espéculos. Aunque mi mujer prefiere El señor de los cuellos uterinos, y mi nuera ¡Customiza tu espéculo! 

Continuaré informándote…

G

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Email del 24 de febrero 2021

 

José Luis Checa. Albufera de Valencia (1990) [Es horroroso, lo sé]

Cañas y sarro. Texto humorístico-politico-provincial patrocinado por Albuferadent, su prótesis de confianza.

Le llamaban el blaver de Lo Rat Penat, y aunque parecía gozar de buena salud, en realidad era un tipo valetudinario cuyo cráneo dolicocefálico sugería inteligencia e iniquidad a partes iguales. Pero, por favor, creo que deberíais intentar perdonarme, pues estoy convencido de que la sobredosis de Arthur Conan Doyle con la que estoy tratando a mi cerebro no está haciendo ningún bien a mi manera de escribir y expresarme. Sin embargo, sigo pensando que es mejor que me dirija a vosotros de esa manera antes que, por ejemplo, «¿qué passsa, troncos? ¡Coño, acabo de escagarrucirme encima!» No obstante puede que, como sucede casi siempre, en el centro esté la completa solución. Y hablando de centro, o mejor de centro-derecha, el blaver de Lo Rat Penat no podía admitir bajo ninguna circunstancia que existiese algo semejante a «esos ladrones de arriba», refiriéndose a los catalanes, «que necesitan urgentemente que alguien les demuestre cuál es el verdadero significado de la paella valenciana, la horchata valenciana, las fallas valencianas, la Geperudeta valenciana y las fábricas de Lladró, naturalmente valencianas. ¡Sin olvidar al grandísimo Arévalo! En definitiva, la valencianía que corre por mis venas como antes corrió por las venas y arterias de mis antepasados. ¡Visca València! ¡Vixca! ¡Vixca! ¡Vixca!«

Y ahora, un anuncio comercial (valenciano):
¡El dentífrico Albuferadent protege la sonrisa valenciana! La sonrisa del “a fer la mà” y la del «mecaguen la figa ta tia«. La sonrisa del arroz y de las naranjas. La sonrisa de la alcachofa de Benicarló, el kaki de la ribera del Júcar, la gamba roja de Dénia y el turrón de Xixona. ¡Y ahora comprando tres tubos de Albuferadent, gratis un kilo de garrofó valencià cultivado en Taiwán!

Recuerdo a semejante botarate cagándose en todos los muertos catalanes y en sus putas madres, simplemente porque «los cabrones nos quieren robar todo. Ahora dicen que los catalanes fueron los artífices de la conquista del reino de Valencia en 1238. ¡Lo quieren todo! ¡Putos polacos! No nos van a dejar una mierda. Y nosotros lo consentimos. ¿Pero qué llevamos en la sangre, horchata light embotellada?»

Y ahora, otro anuncio comercial (valenciano):
¡Usted, si es un blavero activo, emprendedor, enérgico, vigoroso y carece por completo de tiempo para cepillarse los dientes un mínimo de dos veces al día, use por las mañanas y por las noches crema dental Albuferadent, el dentífrico de acción «per collons«.

La última vez que coincidí con el blaver de Lo Rat Penat fue durante el proceso de canonización de Vicente González Lizondo. Afortunadamente yo no estaba allí, pero lo vi por Canal Nou. Todavía tengo marcada en ambas retinas la imagen de Dolores García Broch invocando a la gran madre de todas las paellas. Pero lo que consiguió hacerme vomitar fue el discurso que ofreció un tipo raro que además de pertenecer a UV representaba a la facción Alternativa Valenciana, en el que entre otras cosas, se atrevió a afirmar que Lizondo era una mezcla entre Dios y una aleación metálica sintética de primerísima calidad importada de Ganímedes, aunque manufacturada en la terreta.

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Email del 23 de febrero 2021

 

Felix Labisse. Mantes religieuses (1943)

El siguiente extracto corresponde a un texto que pertenece a la Iglesia. Fue puesto a su nombre junto con 35.000 inmuebles a través de inmatriculaciones. Se publica por primera vez en esta bitácora con permiso de el Colegio de Registradores y del sacerdote tonsurado Anminio Jocoronda Difusé, secretario auxiliar de la sucursal número XXXII de la Santa Sede en España.

«¡Dios clemente y misericordioso! Me quedan 11 meses para pasar de ser un desgraciado quincuagenario adicto al diazepam, bupropion, citalopram, hidrocodona, clorfenamina y Chaturbate, a ser un acatéxico sexagenario de los cojones… quiero decir, de los testículos. Mientras espero que la segunda venida de Cristo acontezca unos días antes de ese fatídico día de mi aniversario, no dejo de lanzarme preguntas y de eludir cobardemente las respuestas. Una de ellas, quizá la que más me interesa, es conocer la opinión del género femenino sobre mi atractivo sexual. ¿Estoy bueno? Sed honestas. ¿Me pegaríais cuatro polvos sin dejarme que la sacara? Bueno, siempre he aborrecido los números impares. Y siempre, o mejor dicho, casi siempre he odiado sacarla sin antes meterla o meterla rápido y mal. O meterla por equivocación en un lugar donde nadie debería jamás meter nada. ¿Me haríais un francés? Même si c’est avec un accent de la Safor. Dicen que el semen es un magnífico producto dietético. Dicunt tot rerum, que quiere decir «dicen tantas cosas». Una vez escuché a un loro decir «dildo bonito». Y en otra ocasión tuve que acudir a los bomberos para que me quitaran una dentadura postiza de mi pene con la herramienta hidráhulica conocida como «Mandíbulas de vida». Pero esa es otra historia». 

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Email del 21 de febrero 2021

 

Pietro Longhi. Women sewing (XVIII cent.)

El siguiente texto ha sido seleccionado para representar a España (Spain) en el concurso literario CPEM200V/21 (Comportamientos patológicos escritos en un máximo de 200 vocablos. 2021) cuyo jurado internacional estará constituido por:
-John Jones Baines, sodomizador de carros de supermercado fabricados en PVC.
-Félix de Oliveira Silva, espantador de bueyes y rector aficionado.
-María del Carmen Fernández Bedejilla, engurruñadora arrebujante.
-Alain Masson Lemaire Barbier Lecomte Bouvier Le Gall Girard Lejeune, traficante de apellidos a tiempo completo.   
-Froschorf Fachfrut Frofrichfra, seudónimo de Rainer Müller Scholz, organizador del evento desde el año 1967.

«Siempre había sentido la apremiante necesidad de atraer a las hembras con el único propósito de copular con ellas, pero estas generalmente terminaban retrocediendo aterrorizadas ante mis impulsos primarios más disolutos. Hasta que alguien me recomendó que en lugar de lanzarme como un torpedo UGM-84 hacia las mujeres, dejara que fuesen ellas las que se dirigiesen hacia mí. Desde el día que opté por hacer caso a ese cretino, y de eso hace cerca de 45 años, no he vuelto a estar a menos de siete metros y medio de distancia de ninguna chati, si exceptuamos a las 540 prostitutas (una por mes desde febrero de 1986) pagadas con esplendidez para que me hicieran todo lo que supiesen hacer y no se hubieran atrevido nunca a ponerlo en práctica ni con sus más rijosos clientes. Con ellas yo he podido ser yo sin ningún tipo de aprensión o desconfianza, pues siempre me lo han consentido todo, sobre todo cuando interpretaba alguna canción acompañándome de los billetes como si fueran shakers. Billetes que obtenía y sigo obteniendo atracando a octogenarias y nonagenarias cojas». 

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Email del 18 de febrero 2021

 

Nicholas Roerich. Human ancestors (1940)

Querida:

Sinceramente, me importa una mierda cledonismáncica si Demócrito fue hijo de Hegesístrato, de Atenócrito o de Damasipo. No he venido a este mundo para aceptar cierto tipo de titubeantes conclusiones. Si quieres que te sea sincero, no sé para qué diantres he venido a este mundo. En realidad yo quería quedarme donde estaba y con la forma inmaterial que tenía antes de que el que fue mi padre le enseñara a mi madre algunos truquitos avanzados de catre. Si ese tipo, el prestidigitador sexual, o sea mi progenitor, regresara de la Gehena o de donde quiera que esté ahora, y me pidiera perdón por cada una de las inconsciencias anteriores a su propio deceso, creo que me permitiría el gustazo de enviarlo a la gran hez cósmica redimensionada bidimensionalmente, esa especie de Seol acoquinante repleto de archiperres con forma de alma errática y subclínica. Sin embargo nunca he guardado rencor a ninguno de mis padres. Ni de mis madres. Ni de mis abuelos y abuelas y bisabuelos y toda esa cohorte de antepasados que fácilmente se podrían dividir en dos escuelas de pensamiento: los que sí y los que no. A los primeros pertenecería mi madre y muy pocos más. Al grupo de los segundos, es decir, a la facción, o mejor, a la banda de los negativistas, pertenecerían el resto de ascendientes a partir de don Gregorio de López y Tiroloco, nacido en 1499 y abandonador, cesador y deshacedor altamente especializado. 

G

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Email del 14 de febrero 2021

 

Michelangelo. Creation of Adam (1510)

¡Joder! Levito caóticamente. No sé si alguien será capaz de flotar en el aire de otra manera. La verdad es que me importa bien poco lo que pueda hacer cualquiera que no sea yo. Sobre todo si le gusta realizar las mismas labores que me gustan a mí. Recuerdo el día que me desmembré y volví a juntar cada uno de mis pedazos mientras estaba tumbado en la cama, que por cierto estaba al revés, es decir con las patas hacia arriba. ¿Acaso existe otro ser en el planeta que sea capaz de hacer lo anterior sin sufrir ningún tipo de secuelas? Hace unos pocos meses, no sé, dos o tres, recité las claves enoquianas mientras me duchaba. De repente apareció un edecán de Enoch y me cobró un pastón por derechos de la propiedad intelectual. Cuando la impalpable forma se desintegró me enrollé una toalla en el nimbo y santifiqué mentalmente las fiestas venideras. De hecho, estoy en condiciones de asegurar que todas las solemnes celebraciones religiosas que se festejen hasta el año 800340 están exentas de tributos. Hablando de tributos, ayer enseñé mis atributos a una medidora profesional. Lamentablemente la tipa se había dejado el metro en casa y tuvo que hacer el cálculo mentalmente. Cuando me dio el resultado, «unos cinco centímetros, quizá menos», cogí tal berrinche que volví a desmembrarme al mismo tiempo que inventaba un verbo, el verbo membrar. Así que después de la desmembración intenté la membración con un éxito arrollador. Y como vi que era bueno en gran manera, esperé hasta el sexto día y creé a los salmonetes. Y como vi que los salmonetes eran buenos, sobre todo a la plancha, me senté sobre mi propia imagen y semejanza y contemplé todo lo que había hecho hasta entonces. Luego, bueno, me rasqué el culo con infame delectación…

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Email del 13 de febrero 2021

 

Vasily Vereshchagin. In the hospital (1901)

Mientras mantenía un orbitoclasto con forma de tenedor para trinchar a escasos centímetros de mis ojos, supe que mi destino dependía de una autolobotomía… ¡o de que al día siguiente me tocara la primitiva con joker! Aunque en demasiadas ocasiones ya había estado hechizado bajo el embrujo leucotómico, en esta ocasión todo fue bastante diferente. Para empezar, no disponía de público, por lo tanto no podía chantajear emocionalmente ni lloriquear pidiendo compasión. Tampoco podía arrastrar la teatralidad hasta un extremo casi sin retorno delante de mi perro Gurdulù, pues lo que a este verdaderamente le importaba en la vida era comer, dormir y tirarse fuchi flys. Sin embargo, y después de meditarlo concienzudamente, llegué a la conclusión de que lo mejor era arrojarme por la ventana a las 13 horas del mediodía, cuando la calle está repleta de viandantes zombificados y donde mi representación de humano atormentado podría acarrear mejores críticas. Por supuesto, lo tenía todo muy bien pensado: vivía en un segundo piso y debajo de mi ventana resaltaba un toldo que parecía extraordinariamente resistente, por lo que la caída no sería mortal, todo lo más me fracturaría una pierna o un brazo, lo que incluso sería mejor para mi propósito.

Y así lo hice. Quiero decir, así salí por la ventana el 14 de enero del año pasado. Fue un salto espectacular, yo diría que de doble de riesgo cinematográfico. Quizá pecó de excesivo, pues llevado por el ímpetu y la fuerza de mi nuevo rol, mi movimiento se pasó en cuanto a aceleración y terminé en medio de la calzada con tan mala fortuna que me atropello un patinete conducido por una expsicópata, y unos segundos más tarde el bus número 10 de la EMT, el que va desde el barrio de Benimaclet hasta Sant Marcel·lí.

Pasé siete meses en el hospital, ocho si contamos mal. Durante todo ese tiempo diseñé otra calceta y aprendí a hacer plan, o quizá fue al revés. Cuando me dieron el alta y salí por la puerta, miré al cielo y me dije para mis adentros «Jolín, me molesta un camal». Al cruzar la calle me atropelló otro patinete, esta vez conducido por un exreponedor y unos pocos segundos más tarde el bus de la EMT 90, cuya ruta circular comienza en Campanar. Durante mi segunda larga estancia en la clínica escribí Procesos moleculares en la disyuntiva, un libro muy apreciado actualmente por los psicópatas y las reponedoras. O quizá es al revés.

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Email del 11 de febrero 2021

 

Lucian Freud. Hombre desnudo con ratas (1977)

Vivo en medio de un erial decatéxico. Y aunque de alguna forma puedo decir que he aislado cada uno de los especímenes que taladraban mi cabeza desde el interior, sigo sin sentirme especialmente seguro escondido en esta cajita de hojalata cubierta con pátina de bahorrina. Quizá debería convertirme en la sombra de la cerradura. Pero cuando la caja está cerrada esa imagen oscura solo existe si yo lo deseo con todas mis fuerzas. Y a menudo me niego a aceptar mis ideas más proficuas. Incluso cuando me deslizo sobre la lontananza que tampoco es real, y que nunca, ni siquiera en mis momentos más transidos, he llegado a creer que cabría doblada siete veces por la mitad o enrollada como una prenda interior femenina. ¡No! Una caja no es un nido de ratas, aunque en realidad hacen falta tan pocas ratas para llenar mi caja, que es invisible cuando alguien se esfuerza en contemplarla. 

En otro tiempo esa caja perteneció a alguien que se parecía a mí, por lo menos si era contemplado desde cierta perspectiva aérea. Con los años ese tipo la cedió a otro que también se parecía a mí, eso sí, siempre que el que mirase se lo propusiese. Sin embargo ese tipo que se parecía a mí nunca se sintió tan pequeñajo y solo en el mundo como me encuentro yo en estos jodidos instantes. Las ratas me siguen. ¡Las ratas me siguen incluso cuando no toco la flauta! Nunca aprendí a tocar ese dichoso instrumento. Pero siempre fui muy persuasor, sobre todo con los pequeños animalillos. ¿Alguien me comprende? Teniendo pequeños animalillos a mi alrededor, ¿para qué diantres necesito a las personas? Las personas. Aunque dominen el arte de la flauta. Las personas. Incluso a ese número reducido de personas que viven en latas de té. ¿Té verde? Me producen flatos. Las personas. También el té, ya sea verde, negro, rojo, blanco, amarillo u oolong, que es tan anaranjado como el cráter de un atardecer confuso. 

Las ratas rascan con sus patitas sobre las cajas de madera que descansan encima de una mesa de té. ¿Verde, negro, rojo, blanco…? Quizá de café. ¿Arábica, robusta, Java, peaberry…? Las crías de las ratas se contentan con mirar a sus progenitoras. Mientras, los machos se enculan en los rincones más húmedos y oscuros. Los rincones donde la mezcla de aguas fecales y condones repletos de semen humano transforman los reflejos en adherencias. Pero entonces, ¿quién rasca con las patitas las adherencias? ¡Yo! Yo rasco con las patitas las adherencias. Y las consistencias. ¿Las consistencias? ¿Son pegajosas las consistencias? Bueno, todo depende de lo que te apremie en cada secuencia. 

¡Corten! Toma buena. ¡A positivar!

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Email del 10 de febrero 2021

 

Paul Gauguin. The Royal End (1892)

Yo no quiero consenso, pues disfruto con el disenso. Ni tampoco necesito vuestra jodida aquiescencia. ¿Quiénes os creéis que sois? Sí, algunos os siguen. Es cierto. Y también es cierto que un indeterminado número de ellos, los que normalmente os lamen el culo, darían sus vidas por un pedacito de mierda. Mierda regia. Mierda egregia. Cagallón chimpón. ¿Entendéis por qué rima con ón? Borbotón, borbollón. ¿Borbotaréis? ¡Borboritamos! De amos, como amoscamos. ¡Todavía no hay moscas! Pero seguro que volverán… ¡Siempre vuelven!

«Delenda est Monarchia.»
(José Ortega y Gasset)

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