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| Michelangelo. Creation of Adam (1510) |
¡Joder! Levito caóticamente. No sé si alguien será capaz de flotar en el aire de otra manera. La verdad es que me importa bien poco lo que pueda hacer cualquiera que no sea yo. Sobre todo si le gusta realizar las mismas labores que me gustan a mí. Recuerdo el día que me desmembré y volví a juntar cada uno de mis pedazos mientras estaba tumbado en la cama, que por cierto estaba al revés, es decir con las patas hacia arriba. ¿Acaso existe otro ser en el planeta que sea capaz de hacer lo anterior sin sufrir ningún tipo de secuelas? Hace unos pocos meses, no sé, dos o tres, recité las claves enoquianas mientras me duchaba. De repente apareció un edecán de Enoch y me cobró un pastón por derechos de la propiedad intelectual. Cuando la impalpable forma se desintegró me enrollé una toalla en el nimbo y santifiqué mentalmente las fiestas venideras. De hecho, estoy en condiciones de asegurar que todas las solemnes celebraciones religiosas que se festejen hasta el año 800340 están exentas de tributos. Hablando de tributos, ayer enseñé mis atributos a una medidora profesional. Lamentablemente la tipa se había dejado el metro en casa y tuvo que hacer el cálculo mentalmente. Cuando me dio el resultado, «unos cinco centímetros, quizá menos», cogí tal berrinche que volví a desmembrarme al mismo tiempo que inventaba un verbo, el verbo membrar. Así que después de la desmembración intenté la membración con un éxito arrollador. Y como vi que era bueno en gran manera, esperé hasta el sexto día y creé a los salmonetes. Y como vi que los salmonetes eran buenos, sobre todo a la plancha, me senté sobre mi propia imagen y semejanza y contemplé todo lo que había hecho hasta entonces. Luego, bueno, me rasqué el culo con infame delectación…
