Email del 22 de enero 2020

Archibald Motley. Mending socks (1924)

Quien se asome a la historia de este blog encontrará el vocablo «calcetín» en un número muy elevado de entradas, aunque cabe la posibilidad de que términos como «imbécil», «cruasán» o «anquilostoma» hayan sido mucho más utilizados. ¡En realidad poco o nada importa! Imaginemos que un ser inexistente me pusiese un revolver ficticio en la sien virtual para que definiese con premura el sentido de la existencia de esta bitácora. Si eso sucediese me vería envuelto en un verdadero problema, pues el primer email que redacté como anhedónico zangoloteante, Relación del efecto de la inspiración hipnagógica sobre las redundancias estériles de un dipsomaníaco anónimo, no trataba de ninguno de los temas anteriormente citados, aunque en el tercer párrafo, en cierto modo, asumía mi verdadera naturalidad estrafalaria que culminaría algunas semanas y un montón de textos más tarde:

«Interrogué a un nuevo envío de verosimilitudes. Algunas de ellas eran deliciosas como los peúcos de una viuda, otras se inflamaban cada vez que las trataba como legítimas improbabilidades. Al final del día mi suelo estaba repleto de secreciones y excreciones. Cuando me armé de valor pensé en coger el mocho, sin embargo acabé agarrando una depresión absurda y delirante». 

La primera vez que escribí sobre verdaderos calcetines fue el día 23 de enero del 2011. El texto se titulaba Remiendos antropológicos y, aunque acabé por no publicarlo, de alguna manera definiría mi prosa venidera.

«He llegado a la conclusión de que algunos pares de calcetines son nebulosamente inteligentes…»

Dos días más tarde escribí y posteé Proceso en rebeldía. Una calceta no es un calcetín que recibió duras críticas desde el sector textil menos liberal, aunque en realidad el texto no carecía por completo de fundamentos.

«Nuestro deber es hurgar entre las fibras. Escarbar como si fuésemos topos hipervitaminados hasta llegar al magma del metacentro industrial». 

No obstante el artículo epistolar que realmente removió las conciencias de una gran parte de mis lectores fue el email del 8 de abril del 2013, en el que equiparaba la estructura y disposición de los hilos de las urdimbres con el golpe de Estado de 1981.

«Compré varios contenedores de calcetines y medias a un precio absolutamente increíble. Cuando me disponía a abrirlos para comprobar cuántos kilos correspondían a calcetines, ya fuesen altos, hasta la pantorrilla, de lana, poliéster o fibras diversas y cuántos a medias, tanto de mujer como calcedonias masculinas […] se acercó un tipo que me dijo que era el subinspector de containers […] y le envié a la puta mierda, a lo que él me respondió que antes de inspector había sido teniente coronel de la Guardia Civil y que si insistía en seguir comportándome de esa manera tan ruin y poco viril se vería obligado a incrustarme su puño de acero entre mis ojos y mi nariz (sic)».

Podría seguir intentando llegar a alguna parte por medio de la defensa a ultranza de mi pseudoneuroticismo, pero no sería más que una especie de subterfugio infantil. Amo a los calcetines. Por esa razón nunca voy a bañarme, ni a la playa ni a las piscinas. Ni siquiera soy capaz de quitármelos para hacer el amor. Eso me ha traído grandes desventajas emocionales, pero aun así, estoy plenamente convencido de que siempre he obrado como me dicta el corazón. A algunos les gustan los culos, ya sean masculinos, femeninos o indescriptibles en su completa voluminosidad; a otros les apasiona coleccionar cualquier cosa, desde epifragmas hasta alcuzas aherrojantes. A mí me gustan los calcetines. Si alguien se pone delante, bate las palmas y saca de sus manos un calcetín, se puede decir que, además de ser un mago francamente excepcional, me tiene ganado para toda la vida. Y también para lo que sigue a la vida, es decir, la no vida.

Algonquín Próstata (vicesecretario del secretario del jefe supremo de este blog)