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| Chen Hongshou. Immortals celebrating a birthday (1649) |
Querida:
Ni siquiera voy a recordar cuántos años cumplo hoy, pues me entran sudores fríos. El día se presenta cargado de felicitaciones de las webs a las que estoy subscrito y de los establecimientos que me fían. Hasta hace un par de años la gente me regalaba calzoncillos… me refiero a mis amigos y familiares, no a las webs a las que estoy subscrito ni los establecimientos que me fían. Ahora ya no me regalan nada. Creo que es porque los gayumbos han subido de precio. Como no tengo demasiadas ganas de escribir sobre este funesto día voy a abrir la puerta del camino fácil y a transcribir unos pocos parágrafos de algunos catorce de enero anteriores que seguramente no recordarás, aunque iban dirigidos a ti.
14 DE ENERO 2019
Hoy es mi 57 cumpleaños. ¿Qué más puedo añadir? Quizá unas cuantas lágrimas. Y también unos cuantos tacos que voy a tratar de ahorrarte para no desestabilizar tu «aquí y ahora».
14 DE ENERO 2018
Ayer por la tarde estuve en una frutería paquistaní; en cierto momento, me acerqué a su dependiente y le aseguré que mañana -es decir hoy- era mi cumpleaños, que cumplía nada más y nada menos que 56 y que era lo suficientemente inteligente como para no celebrar nunca ningún jodido aniversario. También le comenté que la verdadera edad está en el interior de cada uno y que tener buenos amigos es lo más importante en esta jodida y alienada existencia. Cuando terminé mi dramática ponencia, él simplemente me contestó, eso sí, con mucha determinación, «2 euros el kilo», así que le pagué por el kilo de nada y me largué a otro ultramarinos.
Recuerdo el día que cumplí 18, pero también recuerdo la noche en que un matón tabernario me robó el mechero. Aunque no sirva para hacer avanzar el texto, te diré que era un mechero Bic de color siena pálido que al mismo tiempo era mi talismán. A partir de ese momento ya nunca tuve suerte. Y la prueba de ello es que ya tengo demasiados años, una gilipollofobia que va en aumento, y esa maldita lítost que me acompaña con tesón de acémila silvestre a todos los lugares.
Espero que NO me felicites.
14 DE ENERO 2017
He tratado de esconder mi edad tras una peluca a lo Marlene Dietrich, pero lo único que he logrado ha sido un contrato con la Paramount. ¡Para mount estoy yo!
14 DE ENERO 2016
¡Mierda! Acabo de cumplir 54 tacos. Creía que no me acordaría pero ahí están los amigos, sobre todo los del Facebook, para restregármelo por la cara. ¡Los quiero tanto! Tanto como una culebra a un ratón. Si sigo cumpliendo muchos acabaré descontándome. No sé, puede que eso sea lo más conveniente. De todas formas, soy inmortal (también inmoral). No pienso morirme nunca. El mundo, tal y cómo lo conocemos, necesita un despotricador. Y yo soy el mejor. El mejor de los peores, pero el único que padece anhedonia y el síndrome de Capgras al mismo tiempo. Pero dejémonos de mamarrachadas y pongámonos serios. Y como no se me ocurre otra manera para alcanzar la seriedad requerida que contarte un poco de mi vida, comenzaré por el principio:
EL PRINCIPIO:
Nací a las seis de la madrugada, aunque algunos historiadores difieren por completo y citan las seis de la tarde como hora más probable. Mi parto se desarrolló a la perfección, si de la perfección omitimos que varias enfermeras tuvieron que agarrarme por los pies y estirar fuerte para que no volviera a meterme en la barriga de mi madre. ¡Allí dentro se estaba tan cómodo y calentito! Como me negaba a llorar, la matrona me pego un cachete en la espalda y yo le oriné en la cara.
Lo que sigue hasta que me convertí en un apuesto hombrecito carece de importancia, sobre todo para conseguir que este jodido texto avance, por lo que omitiré los siguientes 7.300 días y pasaré a relatar de qué manera me convertí en un opositor nihilista…
EL NIHILISTA:
Sucedió un martes tormentoso de noviembre cuando me afeitaba. De repente el reflejo del espejo se puso a gritarme. Entre otras cosas me vociferó que si quería convertirme en una barata repetición de los idiotas que caminaban por las calles, él no se iba a entrometer, pero que debería pensármelo bien; y me aconsejó que me suicidara con lo primero que encontrara a mano y que sirviera como arma letal. Así que le hice caso e intenté apuñalarme repetidas veces con un tubo de pasta dental bicarbonatada que en esos días ofrecía una estupenda relación calidad-precio. Pero en lugar de asesinarme sólo conseguí manchar mi baberito azul. ¡Sí! ¡Me acabo de delatar! Usé babero hasta bien entrada la madurez, pues era la única manera de no mancharme la ropa con las babas que me producía un terrible absceso periamigdalino.
Normalmente, las vidas de las personas son un auténtico coñazo. La mía no lo es menos, así que acabo de optar por pasar directamente al día de ayer. A ese salto en el espacio y el tiempo se le denomina «elipsis». Existen cinco tipos de elipsis: inherentes, expresivas, de estructura, de contenido y alcahuetas-paranoicas. La que voy a usar pertenece al último modelo.
EL DÍA DE AYER:
Me desperté boca abajo. Me levanté de la cama y mientras me dirigía al aseo me rasqué los cataplines con delectación. Después de asearme -para eso está el aseo- abrí la ventana y vomité sobre una buganvilla con brácteas de color amarillo vómito. Diez minutos más tarde me zampé unas tostadas muy poco tostadas regadas con aceite de oliva extra virgen de la marca Koipesol y me tiré un pedo. No fue una ventosidad silenciosa, pues varios gatos salieron corriendo despavoridos en todas direciones, pero me dejó bastante realizado. Me costó más de una hora convencer a Mac, mi Bichón Maltés, para que dejara de olisquearme el culo, pero al final lo conseguí y me sentí muy satisfecho. Tan satisfecho que tuve que hacer dos bises. El primero no se escuchó demasiado, pero el segundo hizo que el techo del cobertizo del vecino se viniera abajo. Eso se tradujo en una monumental bronca entre su mujer, que lo acusaba de avaro por haber comprado «esa mierda» en Ikea y sus hijos, que lo tachaban de pusilánime y calzonazos. Entre la bochornosa pelea y mis meditaciones matinales se gastó la mañana y no tuve más remedio que prepararme la comida: dos huevos fritos, dos pimientos fritos, dos croquetas de jamón fritas, y dos chuscos de pan sin freír. Me bebí dos vasos de agua de Lanjarón y de postre devoré dos tarrinas de tocino de cielo. Eructé un par de veces y volví a meditar, esta vez sobre la sífilis (¿o fue sobre el busilis?)
¿Pero qué hago contándote mis interioridades más externas? ¿Acaso tú me refieres las tuyas? Podría comportarme como un ser detestable y detallar algunos de tus secretos inconfesables más bellamente inventados para que los leyeran todos. Pero, ¿qué ganaría con ello? ¿Ser más odiado que amado?. ¡Necesito tanto que me quieran! Bueno, necesito ser querido, pero sin que me lo demuestren. Cuando alguien demuestra su amor, apego o como diantres se quiera llamar a ese conjunto de sentimientos paralizantes que nos ligan a unos con otros, no se puede esperar un final dichoso o trichoso.
Podría seguir y seguir, pero también podría parar y parar. Entre continuar y detenerme existe una fina línea. ¡Mecachis! Ya estoy otra vez con las dichosas líneas. Se supone que este texto era una magnificación de mi eterna juventud pese al paso de los putos años. El tiempo es alto, guapo y posee unas caderas sinuosas, pero yo soy un heterosexual veterano de la antifornicación y puedo resistirme a sus impulsos, que no son más que pasiones modificadas. Hablando de modificaciones: podría modificar mis costumbres y terminar de una vez con esta disparatada manifestación de mis temores más profundos. Poco importa que los suavice por medio del sarcasmo. Los miedos seguirán siendo miedos y las sospechas siempre ocultarán puñales.
14 DE ENERO 2015
No puede ser¡! ¡Otra vez, no! Oh, merde !
14 DE ENERO 2014
Bueno, ya tengo 52 años. El número 52 es asqueroso pero por lo menos es par, pues como sabes, tengo terror cerval a los números impares, sí, esos que no se pueden dividir por dos. En realidad, mi fobia se concentra en ese último numerito con forma de patito… Te contaré un secreto: hace 43 años un amigo mío bastante feo me dio 2 besos en la boca. Desde entonces no puedo soportar la divisibilidad ni la imbecilidad, pero sí la invisibilidad, la alterabilidad, amabilidad, amigabilidad, apacibilidad, aplicabilidad, apreciabilidad, audibilidad, combustibilidad, compactibilidad, compatibilidad, comprensibilidad, compresibilidad, comunicabilidad, concentrabilidad, condensabilidad, conductibilidad, conmensurabilidad, conmutabilidad, contabilidad, contractibilidad, convertibilidad, corregibilidad, corruptibilidad, credibilidad, culpabilidad, debilidad, defectibilidad, desapacibilidad, destructibilidad, digestibilidad, dilatabilidad, disolubilidad, disponibilidad, durabilidad, elegibilidad, estabilidad, estimabilidad, excitabilidad, expansibilidad, falibilidad, fincabilidad, flexibilidad, flotabilidad, fluxibilidad, friabilidad, fusibilidad, habilidad, habitabilidad, honorabilidad, horribilidad, ignobilidad, impasibilidad, impecabilidad, impenetrabilidad, impermeabilidad, impermutabilidad, imperturbabilidad, imponderabilidad, imposibilidad, impracticabilidad, imprescriptibilidad, impresionabilidad, improbabilidad, imputabilidad, inaccesibilidad, inadaptabilidad, inalienabilidad, inalterabilidad, incombustibilidad, incompatibilidad, incomposibilidad, incomprehensibilidad, incomprensibilidad, incompresibilidad, incomunicabilidad, inconmensurabilidad, inconmutabilidad, incontestabilidad, y por supuesto, la inestabilidad, que es el magma que gobierna mis sensaciones y, por qué no, mis emociones.
¡52!, Parece que fue ayer cuando tenía 51 y medio y ya han pasado algunos meses desde entonces. ¿Sabías que en el año 52 de nuestra era, falleció Publio Ostorio Escápula? ¿Y que también en ese mismo año un sujeto llamado Almagor, que residía en una coqueta casita construida con adobe en un pueblecito israelí, fue picado repetidas veces por una avispa predadora (aunque para algunos historiadores no fue más que un avispón) mientras hacía sus necesidades en una porcatera vacía? Al parecer los cerdos, acostumbrados al olor de las deposiciones del fulano, habían abandonado el corral hacía tiempo, instalándose sine die en el vestibulum del gobernador de Roma destinado en esa región.
En estos momentos, mientras los 52 años me persiguen a todas partes, incluso al baño, trato de meditar sobre un fenómeno inexplicable que me ha sucedido hace 23 minutos. Aún así, intentaré explicártelo de la mejor manera posible: me encontraba diseñando mi futuro con un compás y un cartabón, cuando de repente una luz resplandeciente con forma triangular ha aparecido sobre mi cabeza. Al principio he creído que no era más que parte de la materia gris, que escapaba por mi oreja y flotaba debido a su poco peso y no le he hecho el menor caso. Pero cuando este haz luminoso se ha transformado en un señor con pelo y barba gris, tirando a blanca, y me ha ordenado que me arrodillara ante él, pues era Dios Padre y había venido a fustigarme por ser un «estúpido irresponsable», he sentido una sensación semejante a la que puede experimentar un pomelo maduro cuando es introducido a la fuerza en un exprimidor oxidado. Cuando me he negado a postrarme a sus pies, aduciendo que le olían un poco… mejor no te lo cuento, porque es casi pornográfico lo que ha hecho conmigo.
Si pudiera volver a tener 51 años, creo que me portaría mejor con los idiotas. Ellos no tienen la culpa de ser así. Quizá sus padres o sus abuelos. No sé. Todo es tan confuso. A veces incluso creo que los idiotas heredarán la tierra. Pero cuando esto suceda, espero estar bastante muerto, o por lo menos… bastante borracho.
Una mierda grande.
14 DE ENERO 2013
Acabo de aprovisionarme de tabaco, ansiolíticos, caramelos sin azúcar y Coca Cola light, los únicos manjares con los que alimento al cuerpo, y me dispongo a pasar una semana monástica en mi cuarto, apartado de los zombis humanos y sumido en la más absoluta displicencia. No todos los días uno rebasa el meridiano del número natural cien. Voy a descolgar los teléfonos y los pequeños brotes de alegría que aparecen de cuando en cuando y sumirme en la desesperación que provoca hacerse viejo. Si quieres ponerte en contacto conmigo tendrás que agenciarte un tam-tam o esperar a que mi cerebro digiera lo que le ha caído encima.
Un beso
PD: ¡Ay, ay, ay!
14 DE ENERO 2012
El mayor problema que conlleva el cumplir años es la cara de tonto que se le queda a uno cuando, de buena fe y, a veces sin ella, los familiares, amigos, adversarios y usuarios agregados de ciertas redes sociales nos felicitan. Sobre todo si, como yo, cumples cincuenta, es decir, medio siglo de vida y te das cuenta de que en unos pocos años estarás en el hogar de jubilados haciendo trampa mientras juegas al dominó o al guiñote con el resto de victimas del tiempo. Hoy ha sido mi aniversario y aunque la gente ha cumplido y me han agasajado con amor y alevosía, no ha significado absolutamente nada para un corazón curtido como el que escribe estas líneas. Tú me conoces, así que no hace ninguna falta que lamente mi mala o buena suerte por cumplir años sin parar y sobre todo por convertirme en el blanco (por un día) de la conmiseración de mis allegados. De todas formas, en estos miles y miles de días, desde que la comadrona aterrada bramó algo así como «¡Dios!, creo que he traído al mundo al eslabón perdido», mientras el ginecoobstetra se encontraba en el lavabo atusándose el bigote, me ha dado tiempo de aprender una lección fundamental de la existencia humana: nunca prestes un orgasmo a alguien que te lo pide con una sonrisa en el rostro, pues no volverás a ver a ninguno de los dos en el futuro.
Recuerdo que cuando tenía dieciocho años y todavía era bastante tonto, más o menos como todos los elementos masculinos o femeninos que llegan a esa zopenca y terrible edad, pensaba que cuando cumpliera los cuarenta el acné seria un recuerdo del pasado y mi vida estaría llegando a su final pausada pero irremediablemente. Ahora, desde la perspectiva de un tipo que cree que ha vivido demasiados años una vida inconsciente y que desde hace unos pocos meses ha decidido seguir viviendo consecuente y juiciosamente, pase lo que pase y a toda costa, el futuro se antoja casual e impenetrable, pero al mismo tiempo necesario e imprescindible, precioso e inevitable.
Hasta donde alcanza mi cansada memoria, nunca he celebrado un cumpleaños, por eso nunca he tenido que pasar horas y horas ensayando un estúpido gesto bondadoso, cándido e ingenuo delante del espejo como respuesta muda e hipócrita frente a una congratulación. El único tiempo que pierdo reflejado en el espejo es el que dedico a quitarme espinillas y enviarlas a uno de mis enemigos por correo ordinario con un remite falso o inexistente. El tiempo es demasiado precioso y además transcurre a una velocidad tan endiablada que puede llegar a dar vértigo -sobre todo a los individuos que padecen cervicalgia- y despilfarrarlo en improductivas bagatelas no es más que un acto de osadía y atrevimiento estéril digno de una mente simple e ingenuamente ofuscada.
Podría comportarme como un imbécil y contarte que en todos estos años he aprendido lo necesario para subsistir otros cincuenta tacos, pero no sería más que otra mentira. ¡Nunca se aprende lo suficiente! De alguna u otra forma, por lo menos en mi caso, el niño escondido entre la carne del cerebro del hombre, me recuerda letánicamente que nada es lo que parece y que todo lo que brilla irremisiblemente acabará fundiéndose como una bombilla marca Philips u Osram.