enero 2020

Email del 16 de enero 2020

Tjalf Sparnaay. Fried egg (2009)

Hola:

Hace un par de horas he entrado en mi propia casa como si fuera un ladrón, aunque arrastrándome como una serpiente. No es que estuviera borracho ni nada de eso. ¡Simplemente me apetecía acceder de diferente manera! Durante la mayor parte de las entradas a los diversos hogares que he ocupado, habitado, cohabitado o convivido en todo lo que llevo de existencia me he adentrado de la forma más dinámicamente característica que se conoce, es decir, de pie, tarareando una jodida melodía y con cara de cansancio o hambriento. Esta vez me he colado por la ventana de la cocina y de paso me he frito un huevo. Luego me he quitado el abrigo y me lo he comido (el huevo frito, no el abrigo). Como todo el proceso me ha resultado maravillosamente gratificador, tras lavar el plato y los cubiertos me he vuelto a poner el gabán y me he dirigido a casa de mi amigo Javi Sas Sas, al que he convencido para que me acompañase a mi casa para grabar en vídeo (con su Samsumg Galaxy 10+) la repetición de todo el desarrollo anterior con el propósito de dejar constancia a mis familiares, amigos y posibles biógrafos. En la segunda versión en lugar de freírme un huevo antes de quitarme la chupa he asado una pierna de cordero al horno con patatas y uvas, pero el resto de la «representación» ha sido practicamente calcada de la primera.

No hace ni siquiera una hora que he subido la filmación a Youtube y ya tengo una visita, la de Javi Sas Sas que ha entrado hace unos 50 minutos para visualizar en red su obra maestra documental de falso cinema verité en el que no me como el abrigo.

Tuyo,

Greg

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Email del 15 de enero 2020

Gustav Klimt. Cows in the barn (1901)

CENTRO-DERECHA ES SINÓNIMO DE FASCISMO.

Mi primer y único contacto con Lucerita, la vaquita totalitarista de Somosierra, fue posible gracias a la inestimable ayuda de Crispín Mosqueira de O Saviñao, un runruneador vacuno gallego residente en Madrid que hizo todo lo que estuvo en su mano para que mi entrevista con la res autócrata llegara a buen puerto. En aquella época yo trabajaba para el periódico Este Oriental Levantino y necesitaba un pelotazo en toda regla para seguir manteniendo mi tren de vida repleto de lujo, mujeres sin ropa y visitas ininterrumpidas a los burdeles de moda. Sin embargo nada sucedió como tenía pensado, pues en la víspera del encuentro con Crispín sufrí un dolorosísimo desprendimiento testicular que me inabilitó durante tres semanas. Mi segundo encuentro con Lucerita, programado dos meses después del primero se truncó nuevamente. Esta vez por culpa de Crispín que fue tiroteado por un juez hermafrodita mientras realizaba sus 300 flexiones asimétricas diarias en el parque de El Retiro. Como sus heridas no eran de extrema gravedad la cita se pospuso hasta marzo. ¡Pero el hado de las confluencias y los acercamientos no había dicho su última palabra! Dos horas antes de la entrevista sufrí un derrame parcial de pituitaria y fui intervenido quirúrgicamente de urgencia. Como los médicos y sus esposas dictaminaron que debería permanecer ingresado por lo menos dos meses y dado que en abril Lucerita iba a comenzar su clásico periplo derechista anual, se decidió por comandita que el bovino  racista me visitara en la planta hospitalara. Y así sucedió. El 12 de abril, Lucerita, su cuidador, el traductor vacuno-humano y Crispín de O Saviñao se presentaron en el hospital donde fueron recibidos con honores por el director médico del centro que les cantó entera el «Falangista soy» mientras agitaba con emoción unas banderas de Islandia. Luego subieron a Lucerita y al traductor al ascensor autoportante mientras el cuidador y Crispín decidían esperar esnifando coca en los aseos de la cafetería. La entrevista no podía durar más de 20 minutos, que es el tiempo establecido por el gremio de ganaderos oscurantistas de Lugo y Pontevedra, por lo que opté por hacerle la interviú desde la cama. Tras los saludos de rigor comencé a dispararle preguntas como si fuese una metralleta. Ella respondía siempre con los mismos mugidos desganados mientras el traductor miraba continuamente su reloj de pulsera.

La entrevista junto a un articulito sobre las vacadas y el absolutismo salió publicado el domingo siguiente y no fue leído por casi nadie. Algún imbécil de los de «arriba» decidió imprimir la conversación con Lucerita sin traducir, por lo cual nadie pudo entender sus mugidos, bramidos y remudios. A mí me despidieron en cuanto me dieron el alta en el hospital y terminé viviendo en el chasis de lo que muchas décadas antes había sido un Seat 600 aparcado frente a un club de alterne. Desde ese mismo vehículo he escrito este texto.

G

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Email del 14 de enero 2020

Chen Hongshou. Immortals celebrating a birthday (1649)

Querida:

Ni siquiera voy a recordar cuántos años cumplo hoy, pues me entran sudores fríos. El día se presenta cargado de felicitaciones de las webs a las que estoy subscrito y de los establecimientos que me fían. Hasta hace un par de años la gente me regalaba calzoncillos… me refiero a mis amigos y familiares, no a las webs a las que estoy subscrito ni los establecimientos que me fían. Ahora ya no me regalan nada. Creo que es porque los gayumbos han subido de precio. Como no tengo demasiadas ganas de escribir sobre este funesto día voy a abrir la puerta del camino fácil y a transcribir unos pocos parágrafos de algunos catorce de enero anteriores que seguramente no recordarás, aunque iban dirigidos a ti.

14 DE ENERO 2019
Hoy es mi 57 cumpleaños. ¿Qué más puedo añadir? Quizá unas cuantas lágrimas. Y también unos cuantos tacos que voy a tratar de ahorrarte para no desestabilizar tu «aquí y ahora».

14 DE ENERO 2018
Ayer por la tarde estuve en una frutería paquistaní; en cierto momento, me acerqué a su dependiente y le aseguré que mañana -es decir hoy- era mi cumpleaños, que cumplía nada más y nada menos que 56 y que era lo suficientemente inteligente como para no celebrar nunca ningún jodido aniversario. También le comenté que la verdadera edad está en el interior de cada uno y que tener buenos amigos es lo más importante en esta jodida y alienada existencia. Cuando terminé mi dramática ponencia, él simplemente me contestó, eso sí, con mucha determinación, «2 euros el kilo», así que le pagué por el kilo de nada y me largué a otro ultramarinos.

Recuerdo el día que cumplí 18, pero también recuerdo la noche en que un matón tabernario me robó el mechero. Aunque no sirva para hacer avanzar el texto, te diré que era un mechero Bic de color siena pálido que al mismo tiempo era mi talismán. A partir de ese momento ya nunca tuve suerte. Y la prueba de ello es que ya tengo demasiados años, una gilipollofobia que va en aumento, y esa maldita lítost que me acompaña con tesón de acémila silvestre a todos los lugares.

Espero que NO me felicites.

14 DE ENERO 2017
He tratado de esconder mi edad tras una peluca a lo Marlene Dietrich, pero lo único que he logrado ha sido un contrato con la Paramount. ¡Para mount estoy yo!

14 DE ENERO 2016
¡Mierda! Acabo de cumplir 54 tacos. Creía que no me acordaría pero ahí están los amigos, sobre todo los del Facebook, para restregármelo por la cara. ¡Los quiero tanto! Tanto como una culebra a un ratón. Si sigo cumpliendo muchos acabaré descontándome. No sé, puede que eso sea lo más conveniente. De todas formas, soy inmortal (también inmoral). No pienso morirme nunca. El mundo, tal y cómo lo conocemos, necesita un despotricador. Y yo soy el mejor. El mejor de los peores, pero el único que padece anhedonia y el síndrome de Capgras al mismo tiempo. Pero dejémonos de mamarrachadas y pongámonos serios. Y como no se me ocurre otra manera para alcanzar la seriedad requerida que contarte un poco de mi vida, comenzaré por el principio:

EL PRINCIPIO:

Nací a las seis de la madrugada, aunque algunos historiadores difieren por completo y citan las seis de la tarde como hora más probable. Mi parto se desarrolló a la perfección, si de la perfección omitimos que varias enfermeras tuvieron que agarrarme por los pies y estirar fuerte para que no volviera a meterme en la barriga de mi madre. ¡Allí dentro se estaba tan cómodo y calentito! Como me negaba a llorar, la matrona me pego un cachete en la espalda y yo le oriné en la cara.

Lo que sigue hasta que me convertí en un apuesto hombrecito carece de importancia, sobre todo para conseguir que este jodido texto avance, por lo que omitiré los siguientes 7.300 días y pasaré a relatar de qué manera me convertí en un opositor nihilista…

EL NIHILISTA:

Sucedió un martes tormentoso de noviembre cuando me afeitaba. De repente el reflejo del espejo se puso a gritarme. Entre otras cosas me vociferó que si quería convertirme en una barata repetición de los idiotas que caminaban por las calles, él no se iba a entrometer, pero que debería pensármelo bien; y me aconsejó que me suicidara con lo primero que encontrara a mano y que sirviera como arma letal. Así que le hice caso e intenté apuñalarme repetidas veces con un tubo de pasta dental bicarbonatada que en esos días ofrecía una estupenda relación calidad-precio. Pero en lugar de asesinarme sólo conseguí manchar mi baberito azul. ¡Sí! ¡Me acabo de delatar! Usé babero hasta bien entrada la madurez, pues era la única manera de no mancharme la ropa con las babas que me producía un terrible absceso periamigdalino.

Normalmente, las vidas de las personas son un auténtico coñazo. La mía no lo es menos, así que acabo de optar por pasar directamente al día de ayer. A ese salto en el espacio y el tiempo se le denomina «elipsis». Existen cinco tipos de elipsis: inherentes, expresivas, de estructura, de contenido y alcahuetas-paranoicas. La que voy a usar pertenece al último modelo.

EL DÍA DE AYER:

Me desperté boca abajo. Me levanté de la cama y mientras me dirigía al aseo me rasqué los cataplines con delectación. Después de asearme -para eso está el aseo- abrí la ventana y vomité sobre una buganvilla con brácteas de color amarillo vómito. Diez minutos más tarde me zampé unas tostadas muy poco tostadas regadas con aceite de oliva extra virgen de la marca Koipesol y me tiré un pedo. No fue una ventosidad silenciosa, pues varios gatos salieron corriendo despavoridos en todas direciones, pero me dejó bastante realizado. Me costó más de una hora convencer a Mac, mi Bichón Maltés, para que dejara de olisquearme el culo, pero al final lo conseguí y me sentí muy satisfecho. Tan satisfecho que tuve que hacer dos bises. El primero no se escuchó demasiado, pero el segundo hizo que el techo del cobertizo del vecino se viniera abajo. Eso se tradujo en una monumental bronca entre su mujer, que lo acusaba de avaro por haber comprado «esa mierda» en Ikea y sus hijos, que lo tachaban de pusilánime y calzonazos. Entre la bochornosa pelea y mis meditaciones matinales se gastó la mañana y no tuve más remedio que prepararme la comida: dos huevos fritos, dos pimientos fritos, dos croquetas de jamón fritas, y dos chuscos de pan sin freír. Me bebí dos vasos de agua de Lanjarón y de postre devoré dos tarrinas de tocino de cielo. Eructé un par de veces y volví a meditar, esta vez sobre la sífilis (¿o fue sobre el busilis?)

¿Pero qué hago contándote mis interioridades más externas? ¿Acaso tú me refieres las tuyas? Podría comportarme como un ser detestable y detallar algunos de tus secretos inconfesables más bellamente inventados para que los leyeran todos. Pero, ¿qué ganaría con ello? ¿Ser más odiado que amado?. ¡Necesito tanto que me quieran! Bueno, necesito ser querido, pero sin que me lo demuestren. Cuando alguien demuestra su amor, apego o como diantres se quiera llamar a ese conjunto de sentimientos paralizantes que nos ligan a unos con otros, no se puede esperar un final dichoso o trichoso.

Podría seguir y seguir, pero también podría parar y parar. Entre continuar y detenerme existe una fina línea. ¡Mecachis! Ya estoy otra vez con las dichosas líneas. Se supone que este texto era una magnificación de mi eterna juventud pese al paso de los putos años. El tiempo es alto, guapo y posee unas caderas sinuosas, pero yo soy un heterosexual veterano de la antifornicación y puedo resistirme a sus impulsos, que no son más que pasiones modificadas. Hablando de modificaciones: podría modificar mis costumbres y terminar de una vez con esta disparatada manifestación de mis temores más profundos. Poco importa que los suavice por medio del sarcasmo. Los miedos seguirán siendo miedos y las sospechas siempre ocultarán puñales.

14 DE ENERO 2015
No puede ser¡! ¡Otra vez, no! Oh, merde !

14 DE ENERO 2014
Bueno, ya tengo 52 años. El número 52 es asqueroso pero por lo menos es par, pues como sabes, tengo terror cerval a los números impares, sí, esos que no se pueden dividir por dos. En realidad, mi fobia se concentra en ese último numerito con forma de patito… Te contaré un secreto: hace 43 años un amigo mío bastante feo me dio 2 besos en la boca. Desde entonces no puedo soportar la divisibilidad ni la imbecilidad, pero sí la invisibilidad, la alterabilidad, amabilidad, amigabilidad, apacibilidad, aplicabilidad, apreciabilidad, audibilidad, combustibilidad, compactibilidad, compatibilidad, comprensibilidad, compresibilidad, comunicabilidad, concentrabilidad, condensabilidad, conductibilidad, conmensurabilidad, conmutabilidad, contabilidad, contractibilidad, convertibilidad, corregibilidad, corruptibilidad, credibilidad, culpabilidad, debilidad, defectibilidad, desapacibilidad, destructibilidad, digestibilidad, dilatabilidad, disolubilidad, disponibilidad, durabilidad, elegibilidad, estabilidad, estimabilidad, excitabilidad, expansibilidad, falibilidad, fincabilidad, flexibilidad, flotabilidad, fluxibilidad, friabilidad, fusibilidad, habilidad, habitabilidad, honorabilidad, horribilidad, ignobilidad, impasibilidad, impecabilidad, impenetrabilidad, impermeabilidad, impermutabilidad, imperturbabilidad, imponderabilidad, imposibilidad, impracticabilidad, imprescriptibilidad, impresionabilidad, improbabilidad, imputabilidad, inaccesibilidad, inadaptabilidad, inalienabilidad, inalterabilidad, incombustibilidad, incompatibilidad, incomposibilidad, incomprehensibilidad, incomprensibilidad, incompresibilidad, incomunicabilidad, inconmensurabilidad, inconmutabilidad, incontestabilidad, y por supuesto, la inestabilidad, que es el magma que gobierna mis sensaciones y, por qué no, mis emociones.

¡52!, Parece que fue ayer cuando tenía 51 y medio y ya han pasado algunos meses desde entonces. ¿Sabías que en el año 52 de nuestra era, falleció Publio Ostorio Escápula? ¿Y que también en ese mismo año un sujeto llamado Almagor, que residía en una coqueta casita construida con adobe en un pueblecito israelí, fue picado repetidas veces por una avispa predadora (aunque para algunos historiadores no fue más que un avispón) mientras hacía sus necesidades en una porcatera vacía? Al parecer los cerdos, acostumbrados al olor de las deposiciones del fulano, habían abandonado el corral hacía tiempo, instalándose sine die en el vestibulum del gobernador de Roma destinado en esa región.

En estos momentos, mientras los 52 años me persiguen a todas partes, incluso al baño, trato de meditar sobre un fenómeno inexplicable que me ha sucedido hace 23 minutos. Aún así, intentaré explicártelo de la mejor manera posible: me encontraba diseñando mi futuro con un compás y un cartabón, cuando de repente una luz resplandeciente con forma triangular ha aparecido sobre mi cabeza. Al principio he creído que no era más que parte de la materia gris, que escapaba por mi oreja y flotaba debido a su poco peso y no le he hecho el menor caso. Pero cuando este haz luminoso se ha transformado en un señor con pelo y barba gris, tirando a blanca, y me ha ordenado que me arrodillara ante él, pues era Dios Padre y había venido a fustigarme por ser un «estúpido irresponsable», he sentido una sensación semejante a la que puede experimentar un pomelo maduro cuando es introducido a la fuerza en un exprimidor oxidado. Cuando me he negado a postrarme a sus pies, aduciendo que le olían un poco… mejor no te lo cuento, porque es casi pornográfico lo que ha hecho conmigo.

Si pudiera volver a tener 51 años, creo que me portaría mejor con los idiotas. Ellos no tienen la culpa de ser así. Quizá sus padres o sus abuelos. No sé. Todo es tan confuso. A veces incluso creo que los idiotas heredarán la tierra. Pero cuando esto suceda, espero estar bastante muerto, o por lo menos… bastante borracho.

Una mierda grande.

14 DE ENERO 2013
Acabo de aprovisionarme de tabaco, ansiolíticos, caramelos sin azúcar y Coca Cola light, los únicos manjares con los que alimento al cuerpo, y me dispongo a pasar una semana monástica en mi cuarto, apartado de los zombis humanos y sumido en la más absoluta displicencia. No todos los días uno rebasa el meridiano del número natural cien. Voy a descolgar los teléfonos y los pequeños brotes de alegría que aparecen de cuando en cuando y sumirme en la desesperación que provoca hacerse viejo. Si quieres ponerte en contacto conmigo tendrás que agenciarte un tam-tam o esperar a que mi cerebro digiera lo que le ha caído encima.

Un beso

PD:  ¡Ay, ay, ay!

14 DE ENERO 2012
El mayor problema que conlleva el cumplir años es la cara de tonto que se le queda a uno cuando, de buena fe y, a veces sin ella, los familiares, amigos, adversarios y usuarios agregados de ciertas redes sociales nos felicitan. Sobre todo si, como yo, cumples cincuenta, es decir, medio siglo de vida y te das cuenta de que en unos pocos años estarás en el hogar de jubilados haciendo trampa mientras juegas al dominó o al guiñote con el resto de victimas del tiempo. Hoy ha sido mi aniversario y aunque la gente ha cumplido y me han agasajado con amor y alevosía, no ha significado absolutamente nada para un corazón curtido como el que escribe estas líneas. Tú me conoces, así que no hace ninguna falta que lamente mi mala o buena suerte por cumplir años sin parar y sobre todo por convertirme en el blanco (por un día) de la conmiseración de mis allegados. De todas formas, en estos miles y miles de días, desde que la comadrona aterrada bramó algo así como «¡Dios!, creo que he traído al mundo al eslabón perdido», mientras el ginecoobstetra se encontraba en el lavabo atusándose el bigote, me ha dado tiempo de aprender una lección fundamental de la existencia humana: nunca prestes un orgasmo a alguien que te lo pide con una sonrisa en el rostro, pues no volverás a ver a ninguno de los dos en el futuro.

Recuerdo que cuando tenía dieciocho años y todavía era bastante tonto, más o menos como todos los elementos masculinos o femeninos que llegan a esa zopenca y terrible edad, pensaba que cuando cumpliera los cuarenta el acné seria un recuerdo del pasado y mi vida estaría llegando a su final pausada pero irremediablemente. Ahora, desde la perspectiva de un tipo que cree que ha vivido demasiados años una vida inconsciente y que desde hace unos pocos meses ha decidido seguir viviendo consecuente y juiciosamente, pase lo que pase y a toda costa, el futuro se antoja casual e impenetrable, pero al mismo tiempo necesario e imprescindible, precioso e inevitable.

Hasta donde alcanza mi cansada memoria, nunca he celebrado un cumpleaños, por eso nunca he tenido que pasar horas y horas ensayando un estúpido gesto bondadoso, cándido e ingenuo delante del espejo como respuesta muda e hipócrita frente a una congratulación. El único tiempo que pierdo reflejado en el espejo es el que dedico a quitarme espinillas y enviarlas a uno de mis enemigos por correo ordinario con un remite falso o inexistente. El tiempo es demasiado precioso y además transcurre a una velocidad tan endiablada que puede llegar a dar vértigo -sobre todo a los individuos que padecen cervicalgia- y despilfarrarlo en improductivas bagatelas no es más que un acto de osadía y atrevimiento estéril digno de una mente simple e ingenuamente ofuscada.

Podría comportarme como un imbécil y contarte que en todos estos años he aprendido lo necesario para subsistir otros cincuenta tacos, pero no sería más que otra mentira. ¡Nunca se aprende lo suficiente! De alguna u otra forma, por lo menos en mi caso, el niño escondido entre la carne del cerebro del hombre, me recuerda letánicamente que nada es lo que parece y que todo lo que brilla irremisiblemente acabará fundiéndose como una bombilla marca Philips u Osram.

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Email del 12 de enero 2020

Roy Lichtenstein. Bread in bag (1961)

La originalidad revolucionaria de mi bolsa de lino radica en los bordados que la decoran, no en su utilidad, aunque a menudo la empleo para guardar tanto el pan de molde como las barras, baguettes, y en algunas ocasiones, sobre todo cuando mi memoria falla, algunos churruscos completamente cubiertos de hongos filamentosos. Sin embargo sus dibujitos bordados trabajosamente por alguna mujer hindú laboralmente explotada son semipornográficos, pues si se miran a una distancia lógica y natural parecen lotos de la India, pero si se acerca la vista a menos de 20 centímetros uno repara en seguida en que no son sino figuras de cornacas dalits sodomizando a elefantes asiáticos. Pero lo que en realidad más me maravilla de mi bolsa de lino son sus asas de bandolera con incrustaciones de semillas de abelmosco y el bolsillo frontal con forma de carúncula de faisán. En esa especie de minifaltriquera guardo el dinero que voy ahorrando con las sisas que le hago a mi mujer cuando me envía a comprar el pan.

Mi señora es violagambista, aunque no es capaz de tocar ni una sola nota en la viola, ya sea de gamba, pomposa o de cinco cuerdas. El instrumento que mejor se le da es el silbato. Con él ordena y desordena, organiza y desorganiza, dispone y predispone, y en ocasiones le sirve para llegar al orgasmo. Mientras ella se encuentra demasiado ocupada organizando su vida yo trato de disponer de mi tiempo investigando sobre mi preciosa bolsa de lino. Hasta ahora he averiguado que fue confeccionada en el estado de Himachal Pradesh, probablemente en Dharamsala. También estoy seguro de que pertenece a una serie de bolsas de lino numeradas, especialmente fabricadas para selectos coleccionistas occidentales. La mía es la número 47 de 100 y está firmada por su diseñador, un tal Maharani «Vuitton» Bhattacharya.

Ayer fue la primera vez en la que tuve el suficiente coraje como para atreverme a lavar mi bolsa de lino. Al principio estaba bastante nervioso, pero al cabo de un par de horas me tranquilicé y la lavé a mano con Norit, el detergente del corderito que tiene fama de ser el mejor para limpiar las prendas delicadas. ¡Y mi bolsa de lino lo es! Estaba acabando de aclarar por segunda vez cuando mi mujer se dio cuenta de lo que hacía y me obligó a lavarle 12 bragas, la mitad de ellas «granny panties style«, así que hasta media hora después no pude tender mi bolsa numerada. Para entonces se había secado mientras estaba apoyada en un lateral de la palangana y su forma se alteró un poco. De nuevo tuve que mojarla, enjabonarla y aclararla y mientras la tendía con toda la precaución posible decidí matar a las 12 bragas de mi mujer. Me armé con un cuchillo kukri y desgarré cada una  de esas malditas con una especie de sadismo boyante que hizo que tuviera que secarme la comisura de los labios en varias ocasiones. Después me inventé una mentira superintencionada bastante bien bosquejada (un ladrón de bragas se las había llevado apuntándome con un revolver) que logró convencerla por completo.

Hoy es domingo y como todos los fines de semana estoy solo en casa. Ahora mismo trato de acariciar a mi bolsa india. Mientras lo hago le susurro que es la única bolsa que me importa. Y que nada en el mundo puede compararse a ella.¡ Ni siquiera las bolsas de Mercadona, Alcampo o Lidl. Esta mañana me hice tres fotos desnudo que acabo de regalarle. Pero no me dice nada. Igual he sido demasiado brusco. O puede que solo esté interesado en varones hindúes. O quizá es una bolsa LGBT. No sé. Me siento un poco triste y preocupado. ¡Pero no me pienso rendir tan fácilmente!

Remigio García

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Email del 11 de enero 2020

Francis Bacon. Lying figure in a mirror (1971)

En mis innumerables intentos por transigir con las normas dictadas por esta comunidad meliorativa y desconectada emocionalmente que algunos -sobre todo los sujetos dotados del poder de la cosmovisión o los que arrinconan al tiempo coleccionando amañadas indulgencias- denominan sociedad, he llegado a un punto en el que mi naturaleza personificada se ha distanciado por completo del «yo soy», «quizá fui» y «debería volver a ser», para adoptar de mala gana el mantra sagrado de los idiotas, que no es otro que «ojalá pudiera». Todos sabemos, por lo menos una inmensa mayoría de nosotros, que los imbéciles sufren por sus propias imbecilidades y por las imbecilidades del resto de imbéciles. Sin embargo no soportan que las imbecilidades de los más imbéciles sean superiores a las suyas propias, por lo cuál suelen dedicar todas las horas que proporcionan el día y la noche intentando recomponer una imbecilidad insólita, suprema y cósmica que se transforme en un prototipo.

Propongamos unos pocos, aunque no necesariamente variados, ejemplos de imbecilidades cósmicas paradigmáticas escupidas por la boca o la pluma de algunos varones idiotas nacidos de madres cuya idiotez no ha podido ser comprobada.

EJEMPLO Nº 1 (Extracto del texto «El loco»)
Conozco a un tipo muy viejo… ¡Bueno, en realidad ese tipo soy yo! A menudo se me tacha de veleidoso, aunque deleitoso, y de miembro improductivo de la sociedad. Me alegro de no haber nacido mujer, pues en ese caso se podría añadir a las dos definiciones anteriores la de mujerzuela poliándrica y mantenida cuyos ciclos catameniales no necesitan la aquiescencia de Dios Padre todopoderoso.

EJEMPLO Nº 2 (Extracto del artículo científico «Pensées«)
Lo único sensato que he hecho en toda mi vida ha sido perder decilitros y decilitros de semen frente a la fotografía de una vagina abierta! ¡Siempre la misma vagina! ¡Siempre la misma fotografía! Por esa razón he tenido que restaurarla en varias ocasiones. La recompuse en el 78. Volví a retocar sus imperfecciones en 1999. En el 2008 intenté repararla lo mejor posible, sobre todo alisando las esquinas y limpiando algunas gotas de esperma y esmegma resecas. Pero no fue hasta finales del 2016 cuando me atreví a escanearla y utilizar con ella algunos programas fotográficos realmente avanzados. ¡Me siento como un taumaturgo alquimista del Photoshop! ¡Por supuesto, versión CS5! Pero nadie debería engañarse: ¡también soy un sucio espástico escopofílico y un concupiscente genital.

EJEMPLO Nº 3 (Extracto de la conferencia magistral titulada «Degeneración evolutiva»)
Las doctrinas mefíticas que normalizan y regulan esta sablista y exangüe sociedad abstrusa nos están transubstanciando en algo similar a macrófagos disquinésicos que sobreviven fagocitándose analépticamente a sí mismos. Y mientras intentamos encontrar un sentido a tanto dislate, algo muy dentro de nuestros alopécicos cojones y coños consumidos por esa magnitud llamada «tiempo» nos conmina inmisericordemente a colgarnos de la viga más acerada. Pero antes, antes tenemos que lavarnos las jodidas bocas…

Como podremos observar, la imbecilidad número tres es la más extravagante y la que mayor malquerencia acumula. Eso no significa que las dos primeras proposiciones (ejemplo 1 y ejemplo 2) no sean absolutamente perturbadoras o desquiciantes. El problema estriba en que los tres ejemplos provienen del mismo individuo (sujeto GL-432), diagnosticado con TID (Trastorno de identidad disociativo) desde los siete años, TDD (Trastorno de despersonalización-desrealización) desde los ocho años, AD (Amnesia disociativa) desde los 9 años y FA (Fístulas anales) desde los 33 años.

¿Acaso nos enfrentamos a un colmo de imbecilidad trabajosamente elaborada?

FICHA (PÚBLICA) GL-432
A-Hombre de 57 años, nacido en Valencia.
B-Su padre fue un enfermo emocional con serios trastornos egóticos.
C-Proclive a la masturbación compulsiva.
D-Embustero, calumniador y cuentista.
E-Autor de libros sobre empalamientos, decapitaciones y canibalismo.
F-Putero, proxeneta, estadista y diplomático.
G-Premiado por la RAE por su uso de vocablos poco comunes.
F-Asesinado pocas horas antes de su 58 cumpleaños por un kioskero semita yerto.

¿Significa todo esto que finalmente conseguiré perfeccionar un estereotipo insuperable?

(NOTA: Este artículo continuará el próximo 25 de diciembre del año 2025, el 30 de mayo del año 2030 o el 45 de noviembre del año 2045)

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Email del 8 de enero 2020

Andre Lanskoy. Diary of a Madman (XX cent.)

Querida:

Hace exactamente 5475 días comencé un diario personal al que bauticé como Memorias de mis últimos días y mis últimas noches. Detrás de ese título tan melodramático se guarecían, y todavía se guarecen, algunos de los pensamientos más espeluznantes excretados por mi encéfalo. Pero como soy de los que creen que unos pocos ejemplos valen más que miles de palabras te transcribiré algunas entradas escogidas al azar.

-22 de febrero 2007:
Esta mañana he mantenido una conversación con un sordomudo, una mudomanca, un sordocojo, dos mudosciegos y un perro completamente acongojado por llevar un collar de protección troncocónica rodeándole el cuello. La verdad es que salvo al can, no he sido capaz de entender nada de lo que decía el resto del grupo. Luego he visitado a mi abuelo Vicente Pérez, que lleva muerto desde 1984, y he cantado tres salmones frente a su tumba. La mayor parte de la gente canta salmos a sus muertos, yo prefiero cantar pescados azules.

-5 de mayo 2009:
Todavía sigo sin saber la razón por la cuál la conjugación «escrocija» del verbo inventado «escrocijar» no se tilda en la segunda vocal.

-12 de agosto 2011:

Ayer me fui de caza menor. En realidad se podría decir que de caza minúscula, ya que lo que abatí fueron dos bichitos que trotaban alegremente por mi monte de Venus. Ahora flotan en un tarro lleno de vodka Miskaya Kristall, pues no tenía alcohol y quiero conservarlos para estudiarlos. Cuando los haya examinado por completo me los beberé junto al vodka y después bailaré berezniakas y jopaks hasta el amanecer.

-25 de mayo 2009:
Nada más levantarme he sentido la necesidad de escrocijar junto a un burro. Por esa razón he desayunado de la forma más rápida posible y me he dirigido al corral del tío Paciano, sito en las afueras de la ciudad, con el propósito de que me dejara escrocijar junto a uno de sus borricos. Pero cuál ha sido mi sorpresa al comprobar que el establo del tío Paciano es ahora un supermercado Alcampo. Al final he tenido que regresar a casa sin escrocijar, malhumorado y con tres bolsas de compra repletas de productos que no necesito.

7 de diciembre 2013:
Esta tarde he quedado con Paqui para conversar sobre la muerte. La última vez que intentamos abordar este delicado tema acabamos charlando sobre una carrandanga de arpeos. Espero que hoy seamos capaces de entrar de lleno en la materia sin el uso continuado de difugios, efugios y subterfugios. Mañana he quedado con su marido, Paco, para tratar de terminar de una vez con el tema (los tumores epiteliales seudoepiteliomatosos) sobre el que llevamos varios meses discutiendo y discutiendo sin llegar a ninguna clase de conclusión objetiva.

14 de enero 2016:
Hoy es mi anoaños. Mi ano cumple 56 años. ¡Supongo que el resto del cuerpo también! ¿Pero a quién le interesa el resto de mi cuerpo? Por lo menos sé que a mi proctólogo sí le interesa sinceramente mi ano. Y eso ya es algo. Aunque siempre está diciendo que necesita una limpieza urgente de pólipos. Pero yo siempre le digo, «Si cagar es humano, errar es divino», aunque nunca he llegado a saber lo que realmente quiero decir con esa estupidez.

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Email del 7 de enero 2020

Frank Frazetta. Drácula meets wolfman [Appeared on the cover of comic book ‘Creepy #7’] (1965)

Amiga:

Estoy escribiendo mi primera novela de terror. Todavía no le he buscado un título definitivo, pero creo que puedo adelantarte algo sobre el argumento, que trata sobre un tal Goyo Domenech, también llamado Ovulito de Masamagrell, trabajador pírricamente modélico en una fábrica de fluoropolímeros, padre de dos niños hipnagógicos y hombre lobo en las noches de luna llena. Novelas sobre licántropos las hay a montones, sin embargo, lo que creo que hace a esta superior al resto es que mi hombre lobo es incontinente. ¡No existe ningún monstruo clásico con pérdidas de orina! ¡Ni uno solo! Por esa razón he pensado que si se convierte en un éxito de ventas, iniciaré un ciclo en el que estarán representados, Drácula, Frankenstein, la momia, el hombre invisible, el fantasma de la ópera, el monstruo de la laguna negra y el Dr. Jekyll & Mr. Hyde, todos ellos, por supuesto, ataviados con pañales y sufriendo los problemas intrínsecos derivados de la incontinencia urinaria orgánica con rebosamiento.

Me siento tan excitado con la idea, que he decidido llamar a dos desexcitadoras profesionales que me van a cobrar 400 euros por devolverme al estado anterior a la excitación. Te mantendré informada.

Greg

P.D.
Te mantendré informada sobre los aspectos literarios de mi serie sobre monstruos con pérdida del control de la vejiga, no sobre la técnica de las dos desexcitadoras profesionales.

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Email del 4 de enero 2020

Cassius Marcellus Coolidge. No graft here (XIX-XX cent.)

Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez. El caso de Consolación, que aunque estaba aquí, venía de allí.

El cadáver estaba escondido entre los matorrales, cerca de la atarazana de la familia Rivera. Tanto el sargento Isbert como el churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez intentaban sonsacar algo más que sollozos a Consolación, la mujer que denunció el hallazgo.
—Ha sido horrible. ¡Horrible!
—Lo entiendo, señora, pero por favor, concéntrese y cuéntenos todo lo que sepa —contestó el sargento mientras se peinaba con la mano un cabello que ya no existía.
—Iba caminando por aquí… bueno, por allí… la verdad es que iba de aquí hacia allí y luego de allí, ¿lo ven? hacia más allá…
—Se-ño-ra Consolación, trate de ser más ob-je-ti-va —susurró el churrero castañero García Pérez.
—¡Lo siento! Caminaba hacia allí. Empecé a caminar desde el patio de mi casa, pero cuando… ¡Perdónenme otra vez! Iba hacia allí, como les decía, cuando me fijé en una nariz que estaba tirada en el suelo. Me acerqué a comprobar si era una nariz humana o de un muñeco, porque detrás de una nariz, ya sea humana o de un maniquí, siempre hay pegado un cuerpo. Pues eso, me acerqué así, agachada como si fuera una squaw sioux y con pasos muy resueltos, aparté con las manos la aliaga y lo vi. Era un cuerpo de hombre, aunque la nariz era muy respingona, más de mujer, saben ustedes. Entonces corrí desde allí hasta allá, me senté sobre una piedra muy basta y me puse a llorar. Luego me dirigí desde allí hasta el cuartelillo y le conté lo que había visto al guardia que me atendió.
—Dígame, se-ño-ra Consolación, ¿qué hacía ca-mi-nan-do por aquí?
—Oh, no caminaba por aquí, caminaba por allí. Ya se lo he dicho tres veces. Caminaba de allí hacia ese otro lado.
—¡Por favor, señora!
—Lo siento, coronel…
—De momento soy sargento. Responda a la pregunta del señor Pérez García.
—Ejem, sar-gen-to. Es García Pérez. ¡Conteste a la pre-gun-ta señora Concepción!
—Es Consolación, señor López García.
—¡Perez! ¿García Pérez!!
—Ay, es que mi marido se apellida López. ¡López García! Rogelio López García y me he confun…
—¡Señora Consuelo, ¿va a contestar a la pregunta del señor García?
—¡Consolación! ¡Consolación!
—Me da igual si es Consolación, Consolador o Agripina. Conteste a la pregunta del señor López.
—Sar-gen-to, la memoria le falla demasiado. Debería comer más a-li-men-tos con hierro. ¡Ya le he re-pe-ti-do en varias o-ca-sio-nes que es García Pérez!
—¡Me rindo! Me voy al cuartel. Señor García Lóp… ¡Pérez! Ocúpese usted de terminar el interrogatorio a la señora… ¡esta!
—Y ahora, que estamos solos, se-ño-ra Consolación, responda a mi pre-gun-ta, por favor.
—¿Qué pregunta?
—¡La pre-gun-ta que le hice hace 10 mi-nu-tos!
—¡No la recuerdo! ¿Puede hacérmela otra vez, señor Sánchez?
—No es San… ¡Le re-pe-ti-ré la pregunta: ¿qué hacía usted ca-mi-nan-do por esta zona?
—Bueno, yo trabajo en la fábrica de cuerdas de los Rivera. Salía de trabajar y me dirigía hacia allí desde …
—¡Se-ño-ra! ¡Estoy a punto de un a-ta-que de nervios!
—¡Ya le he contestado! ¡Trabajo en la atarazana!
—Dí-ga-me, ¿cuando vio la nariz, usted…?
—¡Horrible! Estaba mojada. ¡Puaj! ¡Repugnante!
—Es normal, se-ño-ra Consuelo, ese lí-qui-do se llama «purga».
—Señor García, llámeme Consuelín. ¡Nadie me llama Consuelo! Su cara me recuerda a la de un churrero que dirigía una churrería castañería en la calle Lupercales.
—Bueno, esto es todo por ahora. Puede marcharse. Ha sido de gran ayuda.
—¿Por qué no se vienen usted y el sargento a cenar esta noche a mi casa? Podríamos discutir sobre el caso con Rogelio, mi esposo. ¡Y luego jugar al parchís! ¡O a la oca! ¿Señor Sánchez García? ¿Dónde está usted? ¡Vaya, se ha ido! ¡Se ha largado de aquí por allí y me ha dejado con la palabra en la boca! ¡Bueno, pues yo me voy por allá a casita, ¡hala!

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Email del 2 de enero 2020

Henri Rousseau. The wedding party (1905)

Querida:

La madrina de la cosmiatra me envió a la mierda. Cuando me disculpé amablemente, ella intentó convencerme de que lo mejor que podía hacer por la humanidad era introducir la cabeza en una remachadora. Todo comenzó cuando al ir a besar a la novia pisé sin querer un pie de esa especie de prónuba perfectible. Aunque estuve a punto de enviarla a ese lugar lleno de moscas donde se suele enviar a la gente que en realidad merece ser asfixiada lentamente hasta la muerte, decidí volver a pedirle perdón. Como respuesta me hizo un gesto muy feo con ambas manos, así que me di la vuelta y me dirigí hasta donde se encontraba el novio y me puse a charlar con él y con un tipo con cara de aceitera pringosa que resultó ser el marido de la tipeja. Cuando me cansé de escuchar sandeces me senté al lado de la piscina y me la saqué. Sí, me saqué la minga y la agité como si estuviera preparando un cóctel maravilloso. Mientras la zarandeaba de un lado a otro pensé en qué diantres hacía en esa jodida boda. Y cuando el padre del novio y la abuela de la novia intentaron enrollarme un mantel a la cintura, todavía seguía meditando sobre dicha cuestión. Pero cada vez que podía me arrancaba el tapete y lo lanzaba lo más lejos posible. ¡Hasta que llegó la Policía! Uno de los agentes intentó hacerme una llave de kárate pero yo le solté una patada de kung-fu en pleno rostro. Su compañero pretendió estirarme del pelo de la cabeza pero cuando reparó en que la llevaba totalmente afeitada se deprimió bastante y alguien tuvo que ir a convencerle de que la vida es maravillosa. Mientras algunos de los invitados y el poli karateka me perseguían dando vueltas y vueltas a la mesa de los aperitivos, me quité como pude el pantalón y los gayumbos y los arrojé hacia atrás. El pantalón se enganchó en un moño con diadema y el calzoncillo terminó en lo más alto de la tarta nupcial, proporcionándole un aspecto muy avanzado a su época. Al final una señora de unos 97 años me puso la zancadilla y caí de bruces al suelo. En ese mismo instante los dos polis, un tercio de los convidados y tres camareros se tiraron encima de mí mientras alguien me ponía una servilleta rasposa sobre el pubis.

Por supuesto terminé en comisaría, donde el sargento de guardia me explicó que no es saludable sacarse el miembro delante de más de una persona, dos a los sumo. Cuando pregunté si me podía ir a casa, uno de los agentes se levantó de su mesa y me respondió que por supuesto que sí, pero que antes debería esperar a que alguien trajese mis ornamentos triunfales, es decir, mis pantalones y mis calzones. 

G

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Email del 1 de enero 2020

R. B. Kitaj. The rise of fascism (XX-XXI cent.)

Hoy me he levantado con aliento a fiambrera y con los ojos francamente exoftálmicos y del color de las mezclas bituminosas. Supongo que la culpa la tienen todos esos infrahumanos infrangibles mononucleóticos provenientes del inframundo de los fascistas anormales cacoquímicos o discrásicos intelectuales que celebran el cambio de año hasta las siete de la mañana e infravaloran a los que, como yo, están convencidos de que el silencio es la maldita única solución. A todos ellos les deseo lo peor para este jodido año que comienza, es decir, dolor ovárico para ellas e irritación hemorroidal con sangrado para ellos.

Que así se escriba y así se cumpla.

G 

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