Email del 2 de enero 2020

Henri Rousseau. The wedding party (1905)

Querida:

La madrina de la cosmiatra me envió a la mierda. Cuando me disculpé amablemente, ella intentó convencerme de que lo mejor que podía hacer por la humanidad era introducir la cabeza en una remachadora. Todo comenzó cuando al ir a besar a la novia pisé sin querer un pie de esa especie de prónuba perfectible. Aunque estuve a punto de enviarla a ese lugar lleno de moscas donde se suele enviar a la gente que en realidad merece ser asfixiada lentamente hasta la muerte, decidí volver a pedirle perdón. Como respuesta me hizo un gesto muy feo con ambas manos, así que me di la vuelta y me dirigí hasta donde se encontraba el novio y me puse a charlar con él y con un tipo con cara de aceitera pringosa que resultó ser el marido de la tipeja. Cuando me cansé de escuchar sandeces me senté al lado de la piscina y me la saqué. Sí, me saqué la minga y la agité como si estuviera preparando un cóctel maravilloso. Mientras la zarandeaba de un lado a otro pensé en qué diantres hacía en esa jodida boda. Y cuando el padre del novio y la abuela de la novia intentaron enrollarme un mantel a la cintura, todavía seguía meditando sobre dicha cuestión. Pero cada vez que podía me arrancaba el tapete y lo lanzaba lo más lejos posible. ¡Hasta que llegó la Policía! Uno de los agentes intentó hacerme una llave de kárate pero yo le solté una patada de kung-fu en pleno rostro. Su compañero pretendió estirarme del pelo de la cabeza pero cuando reparó en que la llevaba totalmente afeitada se deprimió bastante y alguien tuvo que ir a convencerle de que la vida es maravillosa. Mientras algunos de los invitados y el poli karateka me perseguían dando vueltas y vueltas a la mesa de los aperitivos, me quité como pude el pantalón y los gayumbos y los arrojé hacia atrás. El pantalón se enganchó en un moño con diadema y el calzoncillo terminó en lo más alto de la tarta nupcial, proporcionándole un aspecto muy avanzado a su época. Al final una señora de unos 97 años me puso la zancadilla y caí de bruces al suelo. En ese mismo instante los dos polis, un tercio de los convidados y tres camareros se tiraron encima de mí mientras alguien me ponía una servilleta rasposa sobre el pubis.

Por supuesto terminé en comisaría, donde el sargento de guardia me explicó que no es saludable sacarse el miembro delante de más de una persona, dos a los sumo. Cuando pregunté si me podía ir a casa, uno de los agentes se levantó de su mesa y me respondió que por supuesto que sí, pero que antes debería esperar a que alguien trajese mis ornamentos triunfales, es decir, mis pantalones y mis calzones. 

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