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| Gustav Klimt. Cows in the barn (1901) |
CENTRO-DERECHA ES SINÓNIMO DE FASCISMO.
Mi primer y único contacto con Lucerita, la vaquita totalitarista de Somosierra, fue posible gracias a la inestimable ayuda de Crispín Mosqueira de O Saviñao, un runruneador vacuno gallego residente en Madrid que hizo todo lo que estuvo en su mano para que mi entrevista con la res autócrata llegara a buen puerto. En aquella época yo trabajaba para el periódico Este Oriental Levantino y necesitaba un pelotazo en toda regla para seguir manteniendo mi tren de vida repleto de lujo, mujeres sin ropa y visitas ininterrumpidas a los burdeles de moda. Sin embargo nada sucedió como tenía pensado, pues en la víspera del encuentro con Crispín sufrí un dolorosísimo desprendimiento testicular que me inabilitó durante tres semanas. Mi segundo encuentro con Lucerita, programado dos meses después del primero se truncó nuevamente. Esta vez por culpa de Crispín que fue tiroteado por un juez hermafrodita mientras realizaba sus 300 flexiones asimétricas diarias en el parque de El Retiro. Como sus heridas no eran de extrema gravedad la cita se pospuso hasta marzo. ¡Pero el hado de las confluencias y los acercamientos no había dicho su última palabra! Dos horas antes de la entrevista sufrí un derrame parcial de pituitaria y fui intervenido quirúrgicamente de urgencia. Como los médicos y sus esposas dictaminaron que debería permanecer ingresado por lo menos dos meses y dado que en abril Lucerita iba a comenzar su clásico periplo derechista anual, se decidió por comandita que el bovino racista me visitara en la planta hospitalara. Y así sucedió. El 12 de abril, Lucerita, su cuidador, el traductor vacuno-humano y Crispín de O Saviñao se presentaron en el hospital donde fueron recibidos con honores por el director médico del centro que les cantó entera el «Falangista soy» mientras agitaba con emoción unas banderas de Islandia. Luego subieron a Lucerita y al traductor al ascensor autoportante mientras el cuidador y Crispín decidían esperar esnifando coca en los aseos de la cafetería. La entrevista no podía durar más de 20 minutos, que es el tiempo establecido por el gremio de ganaderos oscurantistas de Lugo y Pontevedra, por lo que opté por hacerle la interviú desde la cama. Tras los saludos de rigor comencé a dispararle preguntas como si fuese una metralleta. Ella respondía siempre con los mismos mugidos desganados mientras el traductor miraba continuamente su reloj de pulsera.
La entrevista junto a un articulito sobre las vacadas y el absolutismo salió publicado el domingo siguiente y no fue leído por casi nadie. Algún imbécil de los de «arriba» decidió imprimir la conversación con Lucerita sin traducir, por lo cual nadie pudo entender sus mugidos, bramidos y remudios. A mí me despidieron en cuanto me dieron el alta en el hospital y terminé viviendo en el chasis de lo que muchas décadas antes había sido un Seat 600 aparcado frente a un club de alterne. Desde ese mismo vehículo he escrito este texto.
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