Email del 12 de enero 2020

Roy Lichtenstein. Bread in bag (1961)

La originalidad revolucionaria de mi bolsa de lino radica en los bordados que la decoran, no en su utilidad, aunque a menudo la empleo para guardar tanto el pan de molde como las barras, baguettes, y en algunas ocasiones, sobre todo cuando mi memoria falla, algunos churruscos completamente cubiertos de hongos filamentosos. Sin embargo sus dibujitos bordados trabajosamente por alguna mujer hindú laboralmente explotada son semipornográficos, pues si se miran a una distancia lógica y natural parecen lotos de la India, pero si se acerca la vista a menos de 20 centímetros uno repara en seguida en que no son sino figuras de cornacas dalits sodomizando a elefantes asiáticos. Pero lo que en realidad más me maravilla de mi bolsa de lino son sus asas de bandolera con incrustaciones de semillas de abelmosco y el bolsillo frontal con forma de carúncula de faisán. En esa especie de minifaltriquera guardo el dinero que voy ahorrando con las sisas que le hago a mi mujer cuando me envía a comprar el pan.

Mi señora es violagambista, aunque no es capaz de tocar ni una sola nota en la viola, ya sea de gamba, pomposa o de cinco cuerdas. El instrumento que mejor se le da es el silbato. Con él ordena y desordena, organiza y desorganiza, dispone y predispone, y en ocasiones le sirve para llegar al orgasmo. Mientras ella se encuentra demasiado ocupada organizando su vida yo trato de disponer de mi tiempo investigando sobre mi preciosa bolsa de lino. Hasta ahora he averiguado que fue confeccionada en el estado de Himachal Pradesh, probablemente en Dharamsala. También estoy seguro de que pertenece a una serie de bolsas de lino numeradas, especialmente fabricadas para selectos coleccionistas occidentales. La mía es la número 47 de 100 y está firmada por su diseñador, un tal Maharani «Vuitton» Bhattacharya.

Ayer fue la primera vez en la que tuve el suficiente coraje como para atreverme a lavar mi bolsa de lino. Al principio estaba bastante nervioso, pero al cabo de un par de horas me tranquilicé y la lavé a mano con Norit, el detergente del corderito que tiene fama de ser el mejor para limpiar las prendas delicadas. ¡Y mi bolsa de lino lo es! Estaba acabando de aclarar por segunda vez cuando mi mujer se dio cuenta de lo que hacía y me obligó a lavarle 12 bragas, la mitad de ellas «granny panties style«, así que hasta media hora después no pude tender mi bolsa numerada. Para entonces se había secado mientras estaba apoyada en un lateral de la palangana y su forma se alteró un poco. De nuevo tuve que mojarla, enjabonarla y aclararla y mientras la tendía con toda la precaución posible decidí matar a las 12 bragas de mi mujer. Me armé con un cuchillo kukri y desgarré cada una  de esas malditas con una especie de sadismo boyante que hizo que tuviera que secarme la comisura de los labios en varias ocasiones. Después me inventé una mentira superintencionada bastante bien bosquejada (un ladrón de bragas se las había llevado apuntándome con un revolver) que logró convencerla por completo.

Hoy es domingo y como todos los fines de semana estoy solo en casa. Ahora mismo trato de acariciar a mi bolsa india. Mientras lo hago le susurro que es la única bolsa que me importa. Y que nada en el mundo puede compararse a ella.¡ Ni siquiera las bolsas de Mercadona, Alcampo o Lidl. Esta mañana me hice tres fotos desnudo que acabo de regalarle. Pero no me dice nada. Igual he sido demasiado brusco. O puede que solo esté interesado en varones hindúes. O quizá es una bolsa LGBT. No sé. Me siento un poco triste y preocupado. ¡Pero no me pienso rendir tan fácilmente!

Remigio García