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| Henri de Toulouse-Lautrec. The bartender (1900) |
Querida:
Según su versión, fui yo el que le lanzó a la cara el plato de atascaburras gañán. Pero no fue así. El tipo me estaba sirviendo esa delicia manchega y se le ocurrió preguntarme qué me había parecido la ensalada, a lo que yo le contesté que las había comido muchísimo mejores. De repente frunció el ceño (o quizá ceñó el fruncio, no lo recuerdo bien), cogió el plato de la bandeja y se lo aplastó contra su rostro al mismo tiempo que gritaba que yo era un cafre y que me iba a denunciar a las autoridades competentes. Estaba claro que el camarero pertenecía al club C.A. (cenutrios en acción, assholes in action en inglés), por lo que decidí atajar sus berridos poniéndome a cantar a voz en grito. Interpreté la canción principal de Los Payasos de la Tele, ya sabes, el programa de Gaby, Fofó y Miliki (con Fofito) como si de una mirífica pieza de bel canto se tratase, hasta que llegó una pareja de polis que me obligaron, tanto a mí como al camata, que todavía seguía en pleno trastorno ciclotímico invocando a Dios, al Papa Francisco y a su anciana madre, a cerrar los picos de inmediato o seríamos sancionados muy seriamente (sic).
Como la gente no paraba de llegar para ver en qué terminaba el asunto, el dueño del restaurante se vio obligado a intervenir y nos pidió calma a todos. Mientras explicaba que su camarero era un sujeto «especial» y que en ocasiones explotaba como una olla a presión de la marca Taurus, un ratón se le subió a su subordinado anosognósico por la pernera del pantalón y le mordió en los cojones. Por lo menos eso nos dijo a todos volviendo a bramar y demostrándonos que a desgañitarse solo era superado por el padre Yod, el líder espiritual del culto religioso Ya Ho Wha 13. Pero ni su jefe, ni los maderos, ni nadie vio al jodido roedor. Cuando propuse a los polis que llamaran a un loquero capacitado y competente, el camarero con el rostro todavía bastante afeado por algunos trozos de patatas, ajos y bacalao dibujó un gesto altivo con las manos y se convirtió delante de todos en Shub-Niggurath, la cabra negra de los bosques concebida por Lovecraft, aunque sin sus diez mil vástagos, afortunadamente.
Lo que sucedió a continuación es algo que está por encima de lo que un vulgar humanito de cara abuhada y occipucio aherrojado como yo puede llegar a comprender, y mucho menos a explicar, pero desde entonces nunca he vuelto a ser el mismo hijo de puta embarullador y embustero.
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