Email del 19 de agosto 2013

John Baldessari. Money with space between (1994)

Hola:

Por alguna razón inexplicable, no puedo ponerme los pantalones. Algo en mi cerebro impide enviar una orden tan sencilla como esa al resto del cuerpo. Supongo que tendré que salir a la calle sin ellos, quizá con una toalla rodeándome la cintura. Pero ¿qué toalla? ¿La roja o la verde? Bueno, no creo que eso sea importante ahora. Hace algunos años me sucedió algo parecido. De repente, un día no podía ponerme el sombrero, ni siquiera un bisoñé o una servilleta en la cabeza. Esta situación, por llamarla de alguna manera, duró 73 horas; luego todo volvió a la normalidad. Supongo que debería visitar a un neurólogo, o quizás a un psiquiatra. No sé. Todo se está volviendo tan irreal… Hasta mis gustos están cambiando de una forma que me asusta. Ayer vi y, lo que es peor, disfruté, una película titulada «Las aventuras de Joselito en América». ¿Qué es lo que me está pasando?

Si fuera aviador podría autodiagnosticarme y llamar a todo esto que me sucede «incapacitación sutil», pero no soy más que un puto chiflado con aspecto de escarabajo, sobre todo cuando me visto de negro. Cuando estoy completamente lúcido soy capaz de determinar el valor de la desviación de la luz polarizada por un estereoisómero ópticamente activo, pero cuando estoy en un momento bajo, hasta chupar un caramelo se puede convertir en una complicación insalvable.

En mi opinión, creo que estoy pasando una fase descoordinada debida a una fatiga de parte de los materiales cerebrales. La facultad de comprender, juzgar, comparar y deducir es prácticamente inexistente. Pronto me convertiré en una piedra. Cuando esto suceda, ni siquiera podré pedir ayuda. De todas formas, el auxilio no es una de las prioridades humanas, por lo menos en estos tiempos que corren y, sobre todo, en esta sociedad capitalista y demencial, donde la mayor parte de sus individuos prefieren hacer sonar sus joyas al ritmo que mandan los compositores supremos, es decir, patronal (todos), políticos (una gran parte) y gangsters (sin comentarios).

Llegados a este punto, o sea, el cuarto párrafo, no puedo dejar de preguntarme hasta cuándo voy a permitir a mis candorosas células que sigan reproduciéndose con total descontrol. Vivir en un planeta infectado de memez y encefalogramas planos no sale rentable. Es preferible fornicar con el futuro oscuro y sexy del interior de un ataúd magníficamente acolchado, que enfrentarse a la falsa seguridad indiciaria y dejadez entrópica que promulga a los cuatro vientos el bastardo mono erguido.

Un abrazo