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| Odilon Redon. Christ and the serpent (1907) |
Querida:
Cuando vi por primera vez al diablo, éste había elegido un rincón oscuro de mi habitación para manifestarse. Al principio dudé de lo que estaba viendo, pero cuando encendí la luz pude observar mi reflejo en un espejito con marco de hojalata y de aspecto kitsch que colgaba en la pared. Al día siguiente rompí el espejo pisándolo enfurecidamente con los pies y lo tiré al contenedor vecinal. Durante un tiempo no pude quitarme de encima una sensación extraña, parecida a la que se siente cuando has querido cometer un crimen y no has podido llevarlo a cabo porque, de repente, sin previo aviso, has comprendido que eres un auténtico cobarde. Esa sensación cesó una noche calurosa y húmeda, cuando cogí un cuchillo de la cocina y me hice un corte, no demasiado profundo, en el estómago. La sangre goteaba de una forma irregular, como el agua a través de un grifo cuya arandela de goma se ha desgastado por el uso y, sobre todo, por el tiempo. Y sin saber realmente la razón me puse a jugar con ella. Sumergí mis manos en el flujo carmesí y dibujé con los dedos figuras extrañas en la pared. Cuando me cansé de pintar obras maestras, decidí que había disfrutado con la experiencia y me extraje un ojo de la órbita que colgué con mucho cuidado y con la ayuda de un par de chinchetas en el tablón de anuncios de corcho, justo al lado de las tarjetas de mis neurólogos.
Un par de horas más tarde, mientras daba vueltas en la cama, gritando de dolor, me imaginé a mí mismo rodeado de ángeles desnudos. Es curioso, ninguno de aquellos serafines tenía sexo. Algunos se parecían a gente que conocía o había conocido, pero uno de ellos, el que parecía el líder, tenía un rostro que me resultaba extremadamente familiar. Llevaba el pelo largo y una barba muy cuidada. No tardé demasiado en comprender que aquél era Jesucristo o, por lo menos, una copia exacta de las representaciones medievales que de él hacen los artistas. Tanto Jesús como el resto del coro flotaban como burbujas de jabón mientras recitaban una especie de oración que se repetía y se repetía como una letanía perversa. Intenté incorporarme pero una fuerza invisible me mantenía pegado a las sábanas.
-Dejad que me levante. Quiero acariciar a mi ojo -imploré mientras las plegarias de los que ahora parecían monstruos, daban paso a risotadas.
-¡Quiero ponerme el ojo! ¡Necesito mi ojo!
Todo estaba oscuro. De pronto, la luz blanca y parpadeante de un tubo fluorescente me permitió enfocar con cierta nitidez las caras de lo que parecían médicos contemplando mis delirios.
-Tranquilízate. Te pondrás bien. Ya hemos avisado a tus padres -susurró uno de ellos. -Has tenido mucha suerte, chaval.
-¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado? -pregunté mientras trataba de recordar quién era.
En ese instante llegó una enfermera muy guapa y le entregó unos papeles de color amarillo al único que no iba envuelto en una bata verde.
-¿Echis Carenatus? Tenemos que darnos mucha prisa.
Nunca he estado a salvo de las mordeduras de serpiente.
Un saludo
