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| Unknow french artist. A birth scene (1799) |
Nadie pudo demostrar que yo fuera el que se comió el último huevo duro. Seguramente porque vivía solo. Pero el huevo duro había desaparecido de la nevera. Era un huevo duro blanco, de gallina castellana negra y su cáscara estaba perfectamente limpia, sin residuos fecales de la ponedora, pues el día anterior me había tirado 15 minutos limpiándolo a conciencia debajo del grifo. Por eso, cuando abrí la nevera y vi que no estaba en la huevera de la puerta, lo primero que pensé fue que un ladrón había entrado en mi casa y me había robado el huevo duro. Lo segundo que pensé fue lo mismo que el primer pensamiento, pero en inglés. Lo tercero que pensé fue lo mismo que el segundo pensamiento, pero en italiano. ¡Ventajas de ser políglota! Sin embargo la falta del huevo duro me sumió en una depresión que duro 23 años. De esos 23 años, casi la mitad me los pasé entrando y saliendo de hospitales psiquiátricos y cuando al fin me dieron el alta y volví a pisar mi antigua casa no me lo podía creer. Lo primero que hice fue comprar víveres y meterlos en la nevera. Claro que antes tuve que enchufar la nevera. Y así, con la nevera enchufada y repleta de alimentos y alguna cerveza viví feliz y en armonía durante cuatro horas, porque la siguiente vez que la abrí vi que había desaparecido la col de Bruselas. En lugar de ponerme nervioso me contenté con pensar que quizá no había comprado col de Bruselas, así que volví a abrir la jodida nevera y faltaba el brick de leche semidesnatada. Y al cabo de un minuto volvía a abrir la nevera y no estaba el pack de seis yogures con trozos de frutas. ¡Cada vez que abría el refrigerador faltaba algo! El jueguecito de abrir y cerrar la nevera duró unos 15 minutos y al final ya no pude ni abrir la nevera porque había desparecido también. Y cuando salí gritando de la cocina me volví para comprobar que ya no existía. Me dirigí al váter y mientras trataba de encerrarme sentí cómo desaparecía el comedor, los tres dormitorios y el pasillo. Es curioso, sentía ganas de llorar pero empecé a reírme como un poseso y me bajé los pantalones y los calzoncillos y me senté en la taza. De repente los pantalones y los calzoncillos ya no existían. Tampoco el resto de la ropa. Pasó un minuto y todo el aseo desapareció, excepto la taza que era mi silla y yo.
Ya han pasado 12 años. Desde entonces sigo sentado desnudo sobre la taza del váter. Ignoro dónde estoy. Todo es negro, pero sé que pasa el tiempo porque cada 20 minutos una voz extremadamente bien modulada me lo indica. No necesito comer. No necesito orinar o defecar. No puedo ver lo que sucede en el otro lado porque no hay otro lado. Mi lado es único. Sé que me he convertido en inmortal. Quizá en deidad de segunda clase. Pero permanecer sentado en la taza cósmica me produce un poco de vergüenza cósmica. ¡Todo es cósmico! Incluso lo que no es cósmico. Como no tengo grandes cosas que hacer, a menudo pienso en el huevo duro de gallina castellana negra con el que comenzó todo. ¿Será un huevo duro de gallina castellana negra cósmico? ¿Podré verlo alguna vez flotando sobre mi cabeza? Mi cabeza es cósmica. ¡Zigoto bienaventurado! ¡Ya no tengo cabeza! ¡Tampoco tengo cuerpo! Pero puedo ver la taza bailando en el espacio! El espacio es cósmico. Mientras la letrina se aleja danzando empiezo a comprender que ese cagadero no es más que una representación exacta del verdadero Dios, ese que nos ha estado puteando durante milenios, y que todo lo demás, incluido el huevo duro de gallina castellana negra o cualquier ser o cosa que alguna vez existió, solo fueron pedazos de excrementos que por algún motivo se quedaron pegados alrededor de la bajante del inodoro. Los excrementos son cósmicos.
Zaratustra ya no caga en Benimaclet…
Greg
