Email del 17 de septiembre 2018

Pablo Picasso. A muse (1935)

Queridísima amiga (no, no soy Carmen Sevilla):

«Caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente… ¡Espera! aunque sé que eres una persona bastante ilustrada quizá sería necesario explicarte algo: un chocho es un altramuz y follar, entre otras cosas, significa hacer ruiditos con la boca. Pues eso, caminaba por la calle comiendo chochos y follando alegremente cuando de repente me encontré con Anunciarelorgasmo, el mote con el que conocemos en el barrio a Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…»

… ¡Una puta mierda! Además de resultar machista, el humor es de barra de puti-club de barrio deprimido. ¡Debo comenzar de otra manera! ¿Pero de qué manera? Después de casi 1000 emails en cinco años ya no se me ocurre nada. Podría romperme una pierna y… ¿Pero qué coño digo? Si me rompo una pierna nadie va a saber que me he roto una pierna solo leyendo el texto, y además, aunque describa en la puta redacción cómo me he roto la jodida pierna, ¿a quién cojones le va a importar? Necesito una idea ahora mismo o… ¿O qué? ¿Ya vuelvo a amenazarme? ¿Voy a terminar, como hace unos años, enviándome a mí mismo a cuatro matones para que me apalicen? La solución debería ser más sencilla.

«Caminaba por la calle masticando la carne de una pata de cangrejo que me había regalado minutos antes mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

Debo tener una especie de fijación extrema con Marisa y con la carrera de Magisterio. Así no llegaré muy lejos. Por lo menos no más lejos de lo que se esperaría en un tipo con un cociente de inteligencia tan espectacular como el mío. Creo que debería sustituir el verbo caminar por otro. Quizá eso le infundiera más enjundia a la oración.

«Estaba sentado sobre el puf que me trajo de Marruecos mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

Lo volveré a intentar…

«Me encontraba sentado sobre el puf marroquí que alguien me había regalado hacía unos pocos años, cuando de repente sonó el timbre de la puerta. Me levanté de un brinco felino y miré por la ventana. Abajo estaba tan guapa como siempre mi amiga Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…» 

¡No logro entenderlo! Es como si una fuerza invisible se hubiera apoderado de mi cerebro y me obligara a citar una y otra vez a Marisa. ¿Y lo del timbre de la puerta? Es alucinante. ¡No conozco a nadie que tenga timbres en las ventanas! En serio, me encuentro preocupado. Desde que la musa se largó dando un portazo cuando quise obligarla a que trabajara más horas por menos sueldo, mi vida se ha convertido en una gaceta mal ilustrada. Si tuviera valor me haría espontáneo. Espontáneo en una corrida. En una corrida de toros. ¡Tengo una idea!

«El sexto morlaco de la tarde apareció como si fuera una montaña de pelos y músculos. En el ruedo le esperaba El Greg de Benimaclet dispuesto a enseñarle lo que significa el término «arte». En la grada los aplausos atronaban, aunque a veces, cuando el viento soplaba del lado oportuno, se escuchaba una voz femenina gritando «no al maltrato animal». Era, por supuesto, Marisa Ribalta, la chica que se pagó la carrera de Magisterio…»

¡Lo he decidido! Voy a presentarme ahora mismo en casa de Marisa y a pedirle respetuosamente que se traslade a vivir a Kirkuk, en Irak. No puedo seguir de esta manera. O ella o yo sobramos en el barrio. Necesito escribir algo, lo que sea, sin que su nombre y su carrera se conviertan en protagonistas indiscutibles. ¡Pero si ni siquiera terminó Magisterio! ¡Y ahora pesa 147 kilos! ¡Y su último marido era galactosémico! Y…

El Greg de Benimaclet