septiembre 2018

Email del 16 de septiembre 2018

Henri Matisse. Still life with books (1895)

Hola:

Los hijos de puta, mi relato en 1014 páginas sobre los mosquitos, ya está terminado. Si todo sale como tengo pensado, antes de que finalice la próxima primavera descansará en los anaqueles de las librerías del país y podrá ser disfrutado en toda su extensión. Los compradores de los primeros 100 ejemplares serán obsequiados con una figura -a tamaño natural en plata de ley 925- representando a un mosquito aplastado diseñada por el joyero invidente africano de renombre internacional, Akwetee Onwuatuegwu Ezekwesili. Ya he conminado por medio del soborno -y de un posible pogromo familiar si se niegan- a varios críticos ideológicamente contrarios para que escriban una reseña positiva, por lo que no me extrañaría que llegara a convertirse en una obra fundamental de la creación artística y de la literatura comarcal.

Puede que después de leer el título pienses, no sin razón, que este volumen puede ser una continuación del anterior, Las hijas de puta, el tratado que escribí sobre las moscas, pero no existe ninguna relación. Uno es una novela y el otro un ensayo. El primero fue escrito en tres meses y el segundo en tres meses y medio. Cuando trabajaba en Las hijas de puta sufrí una crisis asmática y durante la redacción de Los hijos de puta fui ingresado de urgencia en un McDonalds. Las diferencias son tantas y tan abismales que solo un badulaque sería capaz de no distinguirlas. Aunque estoy pensando seriamente en un futuro próximo libro al que podría titular Los hijos de puta y las hijas de puta, que versaría sobre algunos de mis mejores amigos y sus familiares más cercanos, pero todavía no lo tengo realmente decidido.

Acabo de acercar mi rostro a uno de los lados del acuario y un pez me ha mirado directamente a los ojos. En su mirada he podido ver claramente la retina, el cristalino y la pupila, pero también una especie de furia controlada y mis calzoncillos reflejados en el vidrio.

Greg

P.D
Mi churrería castañería favorita, regentada por el churrero castañero y detective aficionado García Pérez (si leíste mi email del 15 de febrero sabrás a quién me refiero) ha cerrado sus puertas. En su lugar han abierto una leotardería. Ignoro dónde podré comprar castañas y churros a partir de ahora, pero por lo menos no tendré que desplazarme al centro para adquirir leotardos, mallas o leggings. ¡El barrio está cambiando! ¡Hace más de dos años que no apuñalan a nadie! Siento que nada es como me gustaría que fuese, aunque a veces, intentando que algo sea diferente a como es, pienso que estoy haciendo las cosas equivocadamente. Todo debe ser como es. Si nada es como es, entonces, nada es lo que parece. Si nada es lo que parece, yo no soy escritor y el churrero castañero y detective aficionado García Pérez no es churrero castañero y detective aficionado. Entonces, ¿a quién he estado comprándole los churros y las castañas en los últimos 35 años? Pero, ¿si yo no soy escritor? ¿Qué es lo que soy? Desde luego una profesión cuyo vocablo termine en «or». Quizá estuprador o macroensamblador.

Email del 16 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 15 de septiembre 2018

Thomas Eakins. Gears (1860)

Amiguita:

A menudo medito sobre las ventajas e inconvenientes de los engranajes. Hay gente que piensa en la familia, en su trabajo, en las enfermedades o en el dinero. Yo pienso en engranajes. Y cuando voy muy borracho, en endranajes, que no tengo la más remota idea de lo que serán y para qué diantres pueden ser usados. La mayor parte del tiempo que dedico a pensar en engranajes es tiempo que no dedico a pensar en mujeres denudas. ¡Sí, denudas! ¡Sin ese! No me gusta el vocablo desnudez, pues implica ausencia de ropa interior. Y la ausencia de ropa interior implica a su vez golfería o roñosidad.

Los engranajes pueden ser rectos, cónicos o helicoidales. Personalmente siempre que pienso en ellos me vienen a la cabeza representaciones casi exactas de engranajes helicoidales, que según los expertos suelen ser más gallardos y varoniles, aunque en algunas ocasiones he sentido náuseas ante tanta virilidad y he necesitado hacer uso de mi parte femenina. Ya sabes, probarme vestiditos y faldas e insinuarme a mí mismo frente al espejo. Es una manera de sentirme genitálmente venéreo y eyaculántemente delicioso.

En cierta ocasión me contoneé con tan poca precisión que acabé luxándome el ilion, el pubis y el isquion. ¡Los tres al mismo tiempo! Pero afortunadamente no perdí los tacones. Siempre he odiado perder los tacones de 17 centímetros que utilizo para los contoneos exuberantes. No comprendo cómo hay tipos que se contonean con manoletinas o zapatos florita, que como tú sabes no son más que merceditas con cierre de hebilla.

Ahora tengo que dejar de escribirte. Llevo un rato escuchando ruidos extraños en el interior de mi diencéfalo y necesito averiguar si son graves y me voy a morir. Si no me muero, es posible que mañana te escriba otra vez. Si por el contrario la palmo, también es posible que te escriba mañana otra vez.

Řehoř L.

P.D
Mi tesis doctoral titulada Somatología del júbilo desenfrenado producido por la práctica de la amplexación anal en las orgías misofóbicas heterosexuales ha sido puesta en entredicho por algún malnacido, aunque en realidad no me importa demasiado, pues he llegado a un punto que me la refanfinfla cualquier cosa, exceptuando la brisa nocturna, por supuesto. No creo que exista nada más agradable en este mundo que recibir ese maravilloso viento suave sobre la cara o el culo.

Email del 15 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 14 de septiembre 2018

Marc Chagall. Rainbow in the sky, a sign of covenant between God and Earth (1931)

Querida:

¡En ocasiones veo heresiarcas carpetovetónicos!

Greg

P.D
La última vez que vi a Dios fue en el culo de un gato. Obviamente se trató de un claro ejemplo de pareidolia, pero te juro por el culo de ese gato, que allí estaba él, con toda la majestuosidad y omnipotencia que se podría esperar de una representación teológico-natural. Cuando me arrodillé para orarle, el minino se volvió y me pegó un zarpazo en el rostro que tardó siete semanas en sanar.

La penúltima vez que escuché la voz de los Santos Apóstoles fue en una huelga de prostitutas. La verdad es que yo no estaba ni a favor ni en contra de lo que ese gremio exigía, simplemente me encontraba sentado en la terraza de un bar tomándome un whisky cuádruple, cuando el grupo pasó voceando por mi lado. Seguramente fue el golpe de una pancarta que se le cayó a una de ellas sobre mi cabeza, o quizá las cuatro partes de la bebida que comenzaron a hacer efecto, o incluso una extraordinaria conjunción de las dos cosas al mismo tiempo, pero de repente oí cantar a cinco de los doce evangelistas dentro de mi cabeza. Lo hacían tan bien que no tuve más remedio que aplaudir como un loco. Lamentablemente el chulo de una de las señoritas que protestaban entendió que yo estaba a favor de que a él y al resto de los individuos de su calaña se les acabara el chollo, y no se le ocurrió otra cosa que intentar estrangularme con una minifalda. A día de hoy, todavía ignoro a quién pertenecía la minifalda, pero puedo asegurar que el chulo acabó detenido y yo pasé 8 días en la UCI (Unión de Créditos Inmobiliarios).

La primera vez que se me apareció una Virgen iba disfrazada de «Ursus el gladiador», por esa razón me llevó bastante tiempo reconocerla. Cuando me dí cuenta de quién era, seguí con mis asuntos como si nada hubiera pasado. No te puedes imaginar lo que me costó descuartizar a aquel tipo. Y más con esa aparición controlando mis movimientos. Al final pude desmembrar satisfactoriamente el cuerpo y acabé colgando sus despojos de una cuerda. Cuando estaba limpiando el suelo de sangre, la visión se esfumó y yo me sentí satisfecho por primera vez en mi existencia.

Email del 14 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 13 de septiembre 2018

Annibale Carracci. Man with monkey (1590)

Querida:

La gente suele cambiar. Cambia de hogar, marca de ropa interior, crema revitalizadora, de gimnasio, de cerveza, de posición sexual, de amante, de programas favoritos, de supermercado, de bolso o mariconera e incluso de hábitos. Los que ayer adoraban respirar el aroma de la tierra mojada hoy prefieren esnifar lo que queda tras la tierra quemada. Eso es lo que le sucedió a Roro, un amigo mío que se llamaba Roberto Rosales. Todavía hoy no consigo entender lo que sucedió o cómo pudo llegar a suceder, aunque conservo cierta esperanza de que algún día alguien será capaz de averiguar el por qué de toda esa mierda.

Roro carecía de un cuerpo perfecto, pero era alto, de unos 185 centímetros y con los brazos un poco mas largos que el resto de mortales. Quizá por esa razón en el colegio le apodaron «Roro, el chimpancé». Su nariz era un poco más grande que la de un judío de pura sangre medio y en ocasiones me recordaba a una rapaz, sin embargo, en la mili se dirigían a él como «Roro, el mono narigudo». Exceptuando esas dos desgracias y la manera de caminar, más parecida a la de un pongo al que han amputado las piernas por medio de un soplete de acetileno, Roro era un tipo corriente al que le gustaba ir al zoo a visitar a los primates. En ocasiones incluso intentaba mantener complicadas conversaciones con ellos, aunque las respuestas de estos eran en forma de escupitajos o trozos de heces.
-¡Eh, tú mono! ¿Sabes que uno de mis nombres es Roro el chimpancé?
-Hola, bolita. Acércate a los barrotes. Yo soy de los tuyos. ¡Soy Roro el mono narigudo!

Pero, desde hacía algún tiempo, dentro de Roro habitaba otro Roro. ¿Roro el gorila? No creo, los gorilas son simios gentiles y pacíficos y el primate que crecía en la cabeza de «Roro, el chimpancé», «Roro, el mono narigudo» era de diferente género. Recuerdo que unos días antes de que sucediera «eso», me lo encontré sentado en un banco del parque y con la mirada puesta en una de las ramas de una jacaranda bastante impresionante. Cuando le pregunté que era lo que miraba, simplemente se volvió y me preguntó dulcemente si le dejaba espulgarme. Cuando le contesté que alguien me esperaba en algún lugar para hacer no se qué volvió a dirigir su mirada a la rama y ni siquiera se molestó en despedirse. Lo siguiente que supe de él es que estaba detenido por matar a sus padres, a su hermana, a su novia, a su perro, al perro de su novia y al periquito de la hermana de su madre, recientemente fallecida. Mientras le conducían esposado de la comisaría al juzgado, Roro empujó a los dos policías que lo escoltaban y trepó a un árbol desde donde chilló a la gente que no dejaba de mirar, aunque fue rápidamente inmovilizado. El resto es todavía más triste: durante el juicio fue incapaz de articular una sola palabra y a menudo era expulsado y acompañado por las fuerzas del orden a una sala contigua, para que no pudiera seguir quitando las pulgas a su abogado, al fiscal y hasta a la secretaria judicial. El primer día de su condena de 16 años intentó arrancar de un mordisco la oreja de otro recluso y fue apuñalado 37 veces. Increíblemente sobrevivió.

Te cuento esto porque, aunque quería contarte lo otro, lo otro se dispersó en mi mente y allí se fraccionó en varios «otritos».

Zorromondongoncio López Pérez

PD:
Estoy casi seguro de que algunos conocidos de Instagram que siguen mis textos por recomendación psiquiátrica, acabarán preguntándome qué diantres quiere decir o de qué remota parte de mi psique he sacado el nombre de la firma que he utilizado para legitimar el texto anterior. Trataré de explicarlo lentamente como si cada uno de los posibles lectores de esta posdata fueran retrasados mentales. Todo empezó hace 14 años, cuando rellené los papeles pertinentes para cambiar de nombre, pues Gregorio, además de no gustarme nada, me recordaba -y me sigue recordando- a mi padre, y francamente prefiero un nombre que en lugar de recordarme a mi progenitor me recuerde a una lechuga o simplemente no me recuerde nada. Por supuesto el nombre elegido fue Zorromondongoncio, que además de parecerme realmente bonito, me recordaba al efecto que causa el estroncio sobre la córnea de un otárido cuando se lo introduces como castigo por no haber obedecido ciegamente las órdenes. Todo fue bastante bien hasta que me presenté en las oficinas de registro civil con los 34 formularios rellenos y un bocadillo de anchoas. El tipo que me atendió, tras separar el bocadillo de los papeles y entregármelo con cara de pocos amigos, procedió a leer los 34 documentos mientras yo me entretenía tarareando la melodía de Prometo no correrme en tu boca de Frank Zappa. Al cabo de unos minutos fijó su mirada sobre la mía, se rascó la punta de la nariz y me soltó sin inmutarse que el nombre elegido no era aceptable (sic). Cuando le pregunté la razón, simplemente me dijo que no significaba nada y no podía reconocerse. Yo le respondí que sí significaba algo, significaba «aquel que sube y baja y vuelve a subir y vuelve a bajar y al subir por tercera vez se rompe la aponeurosis plantar y tienen que escayolarle la pierna», pero a él no pareció importarle demasiado mi explicación y simplemente me preguntó que en qué idioma. Por supuesto la situación se estaba volviendo tóxica y yo sentí que debía hacer algo. Y lo primero que se me ocurrió fue pegarle un bocadillazo de anchoas en la cara y después amenazar a su padre y a su madre con una muerte lenta y dolorosa. Al final tuvo que hacer acto de presencia la Guardia Civil, la Policía Local, la Policía Nacional, la Policía Comarcal, la Policía Comunitaria y la Policía Europea. Entre todos me agarraron fuertemente y me llevaron a la comandancia de la guardia civil, pero al rato pasó algo extraño y los picoletos dejaron que fueran los cuerpos policiales los que se hicieran cargo de mi caso. Como ninguno de dichos cuerpos se decidía a imputarme, se lo echaron a los chinos y ganó la policía nacional. Así que me encerraron en una especie de jaula de 2 x 3 metros y me acusaron de agresión con bocadillo y amenazas a familiares difuntos. Cuando se celebró el juicio, un año después, el juez me condenó a 2 años de cárcel y a ser azotado 33 veces en la plaza mayor.

Por esa razón, aunque legalmente sigo siendo Gregorio López Pérez, en realidad prefiero que la gente que me aprecia me llame Zorromondongoncio.

Email del 13 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 12 de septiembre 2018

Ferdinand Hodler. Blick ins Unendliche (1904)

Amiga:

¿Sabes cuál es la noticia más importante (no política) para el periódico que he leído hace un rato? Pues que Paul McCartney, también conocido como Paul Macarronazo, había visto a su mujer Linda -fallecida hace años- en forma de ardilla blanca trepando por el tronco de un pino. Desde luego ni el ex-Beatle ni el diario especifican si se trataba de un Pinus taeda, elliotis, echinata o palustris. Bueno, la verdad es que el rostro de Linda siempre me pareció que tenía ciertos rasgos rodénticos, pero tampoco es para que el que fue su marido durante tantísimo tiempo vaya pregonándolo a los cuatro vientos. Yo en cierta ocasión vi, o igual me pareció ver, a un ciervo que en aquel momento me recordó a mi tío Alfredo, sin embargo, cuando me coloqué a una distancia prudencial, advertí que en realidad era mi tío Alfredo imitando a un músculo gastrocnemio. Cuando me acerqué a él y le pregunté qué sentido tenía esa acción, me confesó que siempre había querido ser minúsculo. Deberías haber visto su cara cuando le expliqué las diferencias fundamentales entre los vocablos «músculo» y «minúsculo». Pero no quería hablarte de mi tío, ni siquiera de mi tía, su esposa, una mujer liposoluble que adoraba a Kandinsky, aunque según confesaba no sabía si era herrero, castañero o taxidermista. De lo que realmente quiero hablarte en este email es sobre las sensaciones. Ya sabes, esas hijas de puta que se parapetan en la mente para hacernos la existencia más insoportable todavía. Según escribió el experto en emociones Wilfried Akerman en su obra maestra tantas veces reeditada Repleción viscosa, solo existen tres tipos de sensaciones: buenas, regulares y malas. Sin embargo su coetáneo Richard Ackerman (con «c» entre la «a» y la «k») manifiesta que realmente, y después de estudiar el tema concienzudamente, está en condiciones de asegurar que existen entre 25 y 289.653 tipos de sensaciones. Para mí, cada sensación es única, al igual que el berrinche que ocasiona. Recuerdo una vez que Soraya, una amiga, me dijo que mis mofletes le recordaban al culito de un bebé. Al principio su ocurrencia me hizo gracia, pero cuando la analicé en la soledad de mi habitación, casi me desmayo. ¡La tipa esa comparaba mi cara con un trasero! Al día siguiente me acerqué a su casa por la noche y pinté sobre las paredes de su finca «Soraya se atafaga mientras utiliza el alcadafe». No pasó nada. Supongo que nadie comprendió la indirecta, por lo que seguí con mi vida. O quizá seguí a mi vida. Ella siempre parece que va por delante de mí.

Por curioso que pueda resultarte, nadie, ni siquiera yo, tiene muy claro para qué diantres sirve una sensación. Particularmente siempre he pensado que es preferible no sentir que sentir o creer que uno siente o incluso tratar de que otros crean que sienten. Porque en realidad, ni los unos ni los otros sienten. Y si sienten algo es preferible denominarlo engurriamiento o acoceamiento. Y ya puestos, te dejo, pues he de pelar un pimiento. ¡Joder, que rima más rebonica y resalada me ha salido! Pero es verdad, hoy tengo para comer aguacate con gambas y pimiento asado al aceite de huevas de trucha de río. ¡Y todavía tengo que robar el pimiento, el aguacate y las truchas de río!

Greg Akermann (con dos enes)

Email del 12 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 11 de septiembre 2018

Lucian Freud. Man with leg up (1992)

Querida:

Repantingado o repachingado. Como quieras. Arrellanado. Tirado. Como el hombre con las piernas levantadas de Lucian Freud. Me gusta contemplar como el aire intenta mover mi pene. Solo yo puedo moverlo. Lo muevo. En estos momentos lo aparto hacia los lados. Tú no puedes verlo. Sé que te gustaría verlo. Ni siquiera yo puedo verlo. La luz está apagada. Las ventanas cerradas. Pero noto la frustración del aire. Y soy capaz de interpretar cada una de esas exquisitas contorsiones con las que quiere amedrentarme. Ahora cojo mi pene con una mano mientras con la otra lo acaricio, como si fuera un cachorro rechazado. Me mira fijamente. Lo miro en derredor. La ventana se abre como las piernas de una furcia. La luz. La luz. Me recuerda a Michelangelo Merisi. Mi pene. Y la luz. Desvinculada del firmamento. Alejada del marco. Los colores. Necesito poner la boca sobre un pezón. Mi pene. Las microformas naturales. El distanciamiento emocional. La luz.

Sin embargo todo se reduce a una sensación tan alejada de la poesía, que hasta me produce carcajadas cuando intento comportarme como lo que no podría llegar a ser ni en un trillón de años. Es cierto que estoy tirado y que mis partes íntimas, aunque no tan íntimas, pues las conoce un buen número de humanas, se encuentran a merced del aire. Pero de ahí a interpretar los gestos invisibles de una jodida mezcla gaseosa como un reflejo de la irrealidad que golpea mi existencia… Creo que si fuera un poco más coherente conmigo mismo acabaría momificado. No te voy a explicar la razón por la cual rehuso ser congruente, ni la forma en que un cuerpo ajado como el mío terminaría embalsamado, pero si quieres, puedo enumerarte las razones por las cuales debería tomar conciencia de que el juego, tal y como hasta ahora lo conocía, ha terminado. Y que si no quiero ser reutilizado como materia gris en descomposición para fertilizar algunas apariencias, necesitaría alejarme lo más rápido posible de todo lo que me rodea. Ahora. Sin necesidad de despedidas. Hasta nunca, no hasta la vista.

Greg

Email del 11 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 10 de septiembre 2018

John Singer Sargent. Man screaming (1895)

Hola:

Te escribo este email mientras me hacen una anoscopia. Ante mi insistencia en usar la tablet durante el largo proceso de martirio por retaguardia, el doctor Fabriciano no ha tenido más remedio que claudicar. En estos instantes, tanto el médico como las dos enfermeras se lo están pasando pipa conversando sobre desastres aéreos mientras dirigen el espéculo a través  de mis entrañas rectales. Bueno, en realidad solo quería decirte que me alegro de ser heterosexual y que si en alguna ocasión vuelvo a repetir que la existencia es una puta mierda quiero que me golpees con un ladrillo en la cabeza, pues es mucho más que una puta mierda.

G

PD: El proctoscópico doctor Fabriciano me ha dicho que aunque tenga 56 años, mi trasero parece el de un joven de 25. Y aunque las dos enfermeras no han estado en absoluto de acuerdo con él, no sé si darle las gracias o salir corriendo.

Email del 10 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 9 de septiembre 2018

Piet Mondrian. Irrigation ditch with mature willow (1902)

Holaaaaaaaaaa:

Estoy sentado en mi despacho. Frente a mí tengo un relato que escribí en 1997 titulado Los vigilantes de la acequia que trata sobre un grupo de vigilantes que vigilan una acequia, evidentemente. Durante 35 años los tres hombres y dos mujeres que forman el grupo de vigilantes, vigilan la acequia en turnos de 12 horas sin que suceda nada reseñable, más allá de alguna obstrucción o pérdida de volumen de agua. Cuando el grupo de tres hombres y dos mujeres se jubila, el ayuntamiento propone dinamitar la acequia y así evitar tener que contratar a otro grupo de vigilantes y de paso ahorrarse cinco sueldos. Pero el día en que los dinamiteros preparan las cargas, un monstruo verde con forma de vasija kilix, sin ojos,  con 34 pares de patas y una severa indisciplina hídrica, emerge con aspecto cabreado y se traga al capataz y al ayudante del ayudante del capataz, emitiendo un eructo de 900.000 decibelios que hace que todas las vacas que pastaban por los terrenos adyacentes acaben encima de algunos árboles y tejados. Cuando el resto de dinamiteros salen corriendo aterrados en todas direcciones, el monstruo desaparece por uno de los canales. El alcalde, que no quiere perder las próximas elecciones, después de meditarlo concienzudamente, propone al consistorio contratar a otros cinco vigilantes para que continúen vigilando la acequia en turnos de 12 horas durante otra legislatura.

G

PD:
La diferencia más importante entre hoy y ayer, quizá la única diferencia, radicaría en el número de bostezos resultantes. Estoy casi seguro de que ayer bostecé en más ocasiones que hoy, claro que todavía es pronto, pues queda medio día y en ese lapsus de tiempo soy muy capaz de batir mi propio récord. Pero si comparamos, o mejor, si sumamos los bostezos de ayer -y los que llevo en el día de hoy por el momento- con los de otras jornadas anteriores, el número resultante me produce cefalalgia y somnolencia. ¡Y muchos más bostezos! ¿Sabes qué es lo más interesante que me sucedió ayer? Un picor en el antitrago de una oreja. ¡Te lo juro! ¡Una maldita picazón auricular! Y encima duró unos pocos segundos porque me rasqué demasiado pronto. ¿Y sabes qué fue lo más destacable de antes de ayer? Escuchar el eco producido por el ruido de una ventosidad, probablemente emitida por un vecino o quizá por un gorrión o una paloma.

Email del 9 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 6 de septiembre 2018

Rene Magritte. The use of the word (1936)

Querida:

El polvo ya no descansa encima de algunas de esas palabras. Las que tuvieron que ser marginadas porque resultaron previsibles e inevitables y ahora se arrastran como lagartos por el suelo. ¿Alguien es capaz de adivinar hacia qué lado de los cuatro posibles se dirigen? Yo sí, o por lo menos eso trato de creer mientras contemplo como algunas se acomodan y asolean debajo de la ventana. El resto, las que no poseen el gen de la paralización o el impedimento continúan su trayecto hacia alguna parte. Me gustaría inundarlas con la mirada, pero sin ahogarlas al hacerme visible. Ya sabes, como ese ojo estructuralmente desproporcionado que en los grabados antiguos observa en la distancia.

Ahora estoy tumbado y el techo se aproxima. Cuando llegue a menos de dos centímetros de mi cuerpo sabré que todo ha terminado. Mientras espero que eso suceda, intento cantar una canción que me enseñó un amigo hace muchos años. Pero como he olvidado por completo la letra, me invento las estrofas. El problema es que mi vocabulario se ha quedado muy mermado. Necesito disponer de algunas de las palabras que en estos instantes se dirigen hacia alguna parte, o incluso de las que permanecen acomodadas tostándose con los pedacitos de sol descompuesto que se filtran por la ventana.

Es curioso, la lámpara colgante va a atravesar mi torso y lo único que me preocupa es si el proceso será demasiado doloroso. Y mientras le sigo dando vueltas a ese pensamiento, el horizonte artificial que dibuja mi aliento se transforma en una especie de totalidad confusa y arriesgada. Me encantaría poder volver atrás y matarme a mí mismo. Sin embargo voy a ser asesinado por una imagen fantástica. ¡La realidad siempre es un impedimento!

G

Email del 6 de septiembre 2018 Leer más »

Email del 5 de septiembre 2018

Francisco de Goya. Perro semihundido (1819-23)

Todos los sistemas funcionan a la perfección (cuento breve escrito con la nariz, por medio de un bolígrafo Roller pegado con esparadrapo a ella)

«-Mi trabajo es explicar a todos los mortales que realmente son inmortales, aunque solo un 0.1 % llega a creerme y confiar en la mierda que les vendo. Sin embargo con la pasta que le saco a ese pequeñísimo porcentaje puedo vivir como un rey. Bueno, quizá como un rey no, pero sí como un archiduque.


Quien así se expresaba era un tipo al que odiaba con todas mis fuerzas, pero al que le suministraba drogas y putas. El me pagaba una buena pasta y yo hacía como que estaba fascinado por su palabrería. Pero cuando todas mis putas se largaron con todas mis drogas y me dejaron semihundido y con una mano delante y otra detrás, no tuve más remedio que decirle lo que en realidad pensaba de él y de sus memeces, aunque ni siquiera se inmutó. Se atusó el bigote con la mano derecha y volvió a demostrarme que era un gran charlatán.


-No importa. Siento que las furcias te hayan robado las drogas. También siento que creas que soy un aprovechado con serios problemas cerebrales. ¡Ningún oportunista es tonto! Recuérdalo siempre. Mi trabajo sigue siendo el mismo. Ya sabes, trato de explicar a todos los mortales que realmente son inmortales, aunque solo un 0.4 % llega a creerme y confiar en la puta mierda que les vendo. Sí, no pongas esa cara. ¡Un 0.4! He mejorado mi técnica desde la última vez que te conté lo que trato de contarte en este momento y lo que siempre te cuento en cualquier lugar donde podamos coincidir. Pero tal y como te digo en todas esas ocasiones, con la pasta que le saco a ese pequeñísimo porcentaje puedo vivir como un rey. Bueno, quizá como un rey no, pero sí como un vizconde.»


FIN

Si piensas que es una jodida mierda, pégate un boli o una pluma a la nariz e intenta escribir algo. Poco importa si lo que puedes escribir carece por completo de sentido. Hace unos meses, cuando escribí ese poemario con la oreja, dijiste que eso lo podía hacer cualquiera que estuviera lo suficientemente zumbado como yo. ¡Eso me dejó indispuesto durante tres días! Y durante las noches de esos tres días medité y medité y medité sobre la imbecilidad y la isocronía. Por esa razón quise demostrarte que te equivocabas, y no se me ocurrió otra manera más que escribir un minicuento con un ojo. Como me fue completamente imposible sujetar un bolígrafo al ojo cambié el plan a la napia y me entrené concienzudamente durante tres largas semanas. Y hoy, por fin, he sido capaz de demostrarte que no soy un badulaque. Te chinchas (o te jodes, como te venga bien en este momento)

Ñeñoñio López

Email del 5 de septiembre 2018 Leer más »