Email del 13 de septiembre 2018

Annibale Carracci. Man with monkey (1590)

Querida:

La gente suele cambiar. Cambia de hogar, marca de ropa interior, crema revitalizadora, de gimnasio, de cerveza, de posición sexual, de amante, de programas favoritos, de supermercado, de bolso o mariconera e incluso de hábitos. Los que ayer adoraban respirar el aroma de la tierra mojada hoy prefieren esnifar lo que queda tras la tierra quemada. Eso es lo que le sucedió a Roro, un amigo mío que se llamaba Roberto Rosales. Todavía hoy no consigo entender lo que sucedió o cómo pudo llegar a suceder, aunque conservo cierta esperanza de que algún día alguien será capaz de averiguar el por qué de toda esa mierda.

Roro carecía de un cuerpo perfecto, pero era alto, de unos 185 centímetros y con los brazos un poco mas largos que el resto de mortales. Quizá por esa razón en el colegio le apodaron «Roro, el chimpancé». Su nariz era un poco más grande que la de un judío de pura sangre medio y en ocasiones me recordaba a una rapaz, sin embargo, en la mili se dirigían a él como «Roro, el mono narigudo». Exceptuando esas dos desgracias y la manera de caminar, más parecida a la de un pongo al que han amputado las piernas por medio de un soplete de acetileno, Roro era un tipo corriente al que le gustaba ir al zoo a visitar a los primates. En ocasiones incluso intentaba mantener complicadas conversaciones con ellos, aunque las respuestas de estos eran en forma de escupitajos o trozos de heces.
-¡Eh, tú mono! ¿Sabes que uno de mis nombres es Roro el chimpancé?
-Hola, bolita. Acércate a los barrotes. Yo soy de los tuyos. ¡Soy Roro el mono narigudo!

Pero, desde hacía algún tiempo, dentro de Roro habitaba otro Roro. ¿Roro el gorila? No creo, los gorilas son simios gentiles y pacíficos y el primate que crecía en la cabeza de «Roro, el chimpancé», «Roro, el mono narigudo» era de diferente género. Recuerdo que unos días antes de que sucediera «eso», me lo encontré sentado en un banco del parque y con la mirada puesta en una de las ramas de una jacaranda bastante impresionante. Cuando le pregunté que era lo que miraba, simplemente se volvió y me preguntó dulcemente si le dejaba espulgarme. Cuando le contesté que alguien me esperaba en algún lugar para hacer no se qué volvió a dirigir su mirada a la rama y ni siquiera se molestó en despedirse. Lo siguiente que supe de él es que estaba detenido por matar a sus padres, a su hermana, a su novia, a su perro, al perro de su novia y al periquito de la hermana de su madre, recientemente fallecida. Mientras le conducían esposado de la comisaría al juzgado, Roro empujó a los dos policías que lo escoltaban y trepó a un árbol desde donde chilló a la gente que no dejaba de mirar, aunque fue rápidamente inmovilizado. El resto es todavía más triste: durante el juicio fue incapaz de articular una sola palabra y a menudo era expulsado y acompañado por las fuerzas del orden a una sala contigua, para que no pudiera seguir quitando las pulgas a su abogado, al fiscal y hasta a la secretaria judicial. El primer día de su condena de 16 años intentó arrancar de un mordisco la oreja de otro recluso y fue apuñalado 37 veces. Increíblemente sobrevivió.

Te cuento esto porque, aunque quería contarte lo otro, lo otro se dispersó en mi mente y allí se fraccionó en varios «otritos».

Zorromondongoncio López Pérez

PD:
Estoy casi seguro de que algunos conocidos de Instagram que siguen mis textos por recomendación psiquiátrica, acabarán preguntándome qué diantres quiere decir o de qué remota parte de mi psique he sacado el nombre de la firma que he utilizado para legitimar el texto anterior. Trataré de explicarlo lentamente como si cada uno de los posibles lectores de esta posdata fueran retrasados mentales. Todo empezó hace 14 años, cuando rellené los papeles pertinentes para cambiar de nombre, pues Gregorio, además de no gustarme nada, me recordaba -y me sigue recordando- a mi padre, y francamente prefiero un nombre que en lugar de recordarme a mi progenitor me recuerde a una lechuga o simplemente no me recuerde nada. Por supuesto el nombre elegido fue Zorromondongoncio, que además de parecerme realmente bonito, me recordaba al efecto que causa el estroncio sobre la córnea de un otárido cuando se lo introduces como castigo por no haber obedecido ciegamente las órdenes. Todo fue bastante bien hasta que me presenté en las oficinas de registro civil con los 34 formularios rellenos y un bocadillo de anchoas. El tipo que me atendió, tras separar el bocadillo de los papeles y entregármelo con cara de pocos amigos, procedió a leer los 34 documentos mientras yo me entretenía tarareando la melodía de Prometo no correrme en tu boca de Frank Zappa. Al cabo de unos minutos fijó su mirada sobre la mía, se rascó la punta de la nariz y me soltó sin inmutarse que el nombre elegido no era aceptable (sic). Cuando le pregunté la razón, simplemente me dijo que no significaba nada y no podía reconocerse. Yo le respondí que sí significaba algo, significaba «aquel que sube y baja y vuelve a subir y vuelve a bajar y al subir por tercera vez se rompe la aponeurosis plantar y tienen que escayolarle la pierna», pero a él no pareció importarle demasiado mi explicación y simplemente me preguntó que en qué idioma. Por supuesto la situación se estaba volviendo tóxica y yo sentí que debía hacer algo. Y lo primero que se me ocurrió fue pegarle un bocadillazo de anchoas en la cara y después amenazar a su padre y a su madre con una muerte lenta y dolorosa. Al final tuvo que hacer acto de presencia la Guardia Civil, la Policía Local, la Policía Nacional, la Policía Comarcal, la Policía Comunitaria y la Policía Europea. Entre todos me agarraron fuertemente y me llevaron a la comandancia de la guardia civil, pero al rato pasó algo extraño y los picoletos dejaron que fueran los cuerpos policiales los que se hicieran cargo de mi caso. Como ninguno de dichos cuerpos se decidía a imputarme, se lo echaron a los chinos y ganó la policía nacional. Así que me encerraron en una especie de jaula de 2 x 3 metros y me acusaron de agresión con bocadillo y amenazas a familiares difuntos. Cuando se celebró el juicio, un año después, el juez me condenó a 2 años de cárcel y a ser azotado 33 veces en la plaza mayor.

Por esa razón, aunque legalmente sigo siendo Gregorio López Pérez, en realidad prefiero que la gente que me aprecia me llame Zorromondongoncio.