Email del 4 de septiembre 2018
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| Vincent van Gogh. Autorretrato con oreja vendada (1889) |
Querida:
Me encontraba viendo un episodio de La abeja Maya titulado La parihuela y el moscardón neoludita, cuando de repente noté que mi oreja derecha se transformaba en la oreja izquierda. Sin embargo la oreja izquierda seguía con su papel de oreja zurda, con lo cual me encontraba con dos orejas izquierdas y ninguna diestra. Cuando llamé a urgencias el tipo que me descolgó el teléfono me lo colgó a lo bestia nada más escuchar que mi oreja derecha se había transformado en mi oreja izquierda. Ni siquiera me dio tiempo a decirle que mi oreja izquierda seguía siendo mi oreja izquierda y se comportaba como cualquier oreja izquierda. Como el tipejo del hospital me había colgado antes de explicarle la asombrosa transformación auricular, llamé a la puerta de mi vecina para ver si ella era capaz de consolar mi tremenda angustia, pero sin ni siquiera abrir la puerta, me gritó desde el interior que por favor la llamara diez minutos más tarde, que en ese instante estaba consolando la angustia de su exmarido, el fundador hebefílico del culto a la Nueva zanja neocatecumenal. Como no sabía qué hacer, me dirigí al aseo y me aseé. Cuando salía de asearme recordé que no había entrado a asearme, sino para ver de cerca mis dos orejas izquierdas en el espejo, así que volví a entrar y volví a asearme, pero a mitad del acicalamiento reparé en mi lado derecho y pensé que las cabezas sin orejas, o incluso sin una oreja, eran realmente asquerosas, así que me volví y vi el otro lado, el de al lado, con sus dos orejas paralelas. Si te dijera que me entraron ganas de echar la papa no te mentiría, pero en lugar de ponerme histérico intenté arrancarme la oreja usurpadora. Como no pude conseguirlo, y ya que seguía en el baño, me di uno reconfortante con las sales minerales con aroma geosmínico que había robado una semana antes en una perfumería del barrio. Mientras chapoteaba con los brazos imitando el salto de un rorcual común, escuché al vecino de enfrente berrear como un poseso e imaginé que la consolación había tenido éxito, así que me sequé, me vestí y me volví a dirigir a la casa de la vecina, que volvió a gritarme que estaba consolando a su exmarido. Cuando le pregunté cuántos maridos había tenido me desperté. Lo primero que hice fue pasarme las manos por las orejas para comprobar que estaban en sus sitios y después, con la indefinida imprecisión que caracteriza a casi todos los López Pérez, encendí la jodida televisión.
Joichi el desorejado
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