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| Piet Mondrian. Irrigation ditch with mature willow (1902) |
Holaaaaaaaaaa:
Estoy sentado en mi despacho. Frente a mí tengo un relato que escribí en 1997 titulado Los vigilantes de la acequia que trata sobre un grupo de vigilantes que vigilan una acequia, evidentemente. Durante 35 años los tres hombres y dos mujeres que forman el grupo de vigilantes, vigilan la acequia en turnos de 12 horas sin que suceda nada reseñable, más allá de alguna obstrucción o pérdida de volumen de agua. Cuando el grupo de tres hombres y dos mujeres se jubila, el ayuntamiento propone dinamitar la acequia y así evitar tener que contratar a otro grupo de vigilantes y de paso ahorrarse cinco sueldos. Pero el día en que los dinamiteros preparan las cargas, un monstruo verde con forma de vasija kilix, sin ojos, con 34 pares de patas y una severa indisciplina hídrica, emerge con aspecto cabreado y se traga al capataz y al ayudante del ayudante del capataz, emitiendo un eructo de 900.000 decibelios que hace que todas las vacas que pastaban por los terrenos adyacentes acaben encima de algunos árboles y tejados. Cuando el resto de dinamiteros salen corriendo aterrados en todas direcciones, el monstruo desaparece por uno de los canales. El alcalde, que no quiere perder las próximas elecciones, después de meditarlo concienzudamente, propone al consistorio contratar a otros cinco vigilantes para que continúen vigilando la acequia en turnos de 12 horas durante otra legislatura.
G
PD:
La diferencia más importante entre hoy y ayer, quizá la única diferencia, radicaría en el número de bostezos resultantes. Estoy casi seguro de que ayer bostecé en más ocasiones que hoy, claro que todavía es pronto, pues queda medio día y en ese lapsus de tiempo soy muy capaz de batir mi propio récord. Pero si comparamos, o mejor, si sumamos los bostezos de ayer -y los que llevo en el día de hoy por el momento- con los de otras jornadas anteriores, el número resultante me produce cefalalgia y somnolencia. ¡Y muchos más bostezos! ¿Sabes qué es lo más interesante que me sucedió ayer? Un picor en el antitrago de una oreja. ¡Te lo juro! ¡Una maldita picazón auricular! Y encima duró unos pocos segundos porque me rasqué demasiado pronto. ¿Y sabes qué fue lo más destacable de antes de ayer? Escuchar el eco producido por el ruido de una ventosidad, probablemente emitida por un vecino o quizá por un gorrión o una paloma.
