Email del 30 de septiembre 2018

Rene Magritte. The happy donor (1966)

Amiga (Nota: aunque te considero de esa manera, no creo que sirva para nada tener y mantener amigos):

La mayor parte de la gente utiliza el mismo amuleto… quiero decir… bueno, ya sabes, cuando las cosas no se parecen a lo que uno había previsto, se recurre a pensar en los viejos tiempos. Yo en ocasiones, también lo hago, pero no me sirve de gran cosa, pues los viejos tiempos no fueron tan buenos, o si lo fueron, han acabado totalmente distorsionados gracias al continuo paso de los días y de las noches, con lo que no resultan lo suficientemente fiables como para convertirlos en una referencia. Pensar sobre unos recuerdos adulterados se me antoja una acción tan inútil como llegar a la conclusión de que el futuro será una época increíble en la que no cometeremos errores (Nota: al hablar de periodos humanos no existe nada que pueda ser tildado de extraordinario).

No soy feliz porque no creo que exista ese estado de ánimo. Pero puedo estar equivocado, ya que la mayor parte de los habitantes del planeta están convencidos de que, no solo existe, sino que es el verdadero tesoro. Sin embargo, si das a elegir entre ambos cofres a cualquiera, me refiero entre el «tesoro felicidad» y el «tesoro dinero»… (Nota: no volver a utilizar ambos términos para provocar una reacción que pueda someter al lector-individuo a una catarsis emocional fraudulenta).

Vicente Corberá Sancho era un individuo del montón. Un día descubrió que no era feliz, pero ya era demasiado tarde pues acababa de cumplir 89 años. La primera idea que le pasó por la cabeza fue salir a la calle y hacer todas las gamberradas factibles en el mínimo tiempo posible, pero se confundió con ambos términos y ambas terminaciones en «ible» y cuando sus pies y las ruedas de su tacatá metálico tocaron el suelo de la avenida donde vivía, lo que hizo… ¡Sí!, fue algo aborrecible, inadmisible y muy muy muy discutible, pero por lo menos salió en la portada de todos los periódicos al día siguiente. ¿Qué hizo? ¿Qué hizo? (Nota: nunca se debe terminar un párrafo con una pregunta. Tampoco con dos preguntas o la misma duplicada).

Creo que este es el único email de todos los que te he enviado en los últimos ocho años que no puede ser catalogado. Me refiero a que no es ni serio ni humorístico. Seguramente es tan flojo o más que los anteriores, pero es diferente. Carece por completo de cadencia armónica y cada párrafo se asemeja a un pegote. ¿Y la historia de Vicente Corberá? Parece que la haya inventado un misacantano caquéctico, asténico y atafagado que padeciese de tenesmo rectal. Pero no me importa. ¡No me importa nada en esta vida!, excepto el continuo movimiento del aire, que carece por completo de forma. (Nota: en un principio iba a utilizar la frase «la blanca espuma de la cerveza» en lugar de «el continuo movimiento del aire». Al final me decidí por la segunda porque era la menos espantosa de las dos).

Greg (Nota: aunque cuatro párrafos después sigo sin ser feliz, noto que me quiero y sé que si fuera factible copularía conmigo mismo para ver qué sucede).