Email del 19 de octubre 2012

Richard Prince, Nurse Series, 2004

Hola:

Me quedan unos 20 minutos para salir hacia el dentista, mientras espero voy a tratar de explicarte lo que hice ayer: prácticamente nada, como suele ser habitual en mí en estos últimos meses. Bueno, por la tarde aun practiqué trabajos manuales, pues construí, más que nada para matar el tiempo, un muñequito vudú con mi cara. La verdad es que nunca he creído en esas paparruchas, pero te puedo asegurar que funcionan, aunque no como uno esperaría, pues cuando clavé el alfiler en la cabeza sentí un dolor punzante y bastante insoportable en la rodilla. Claro que todo pudo ser una casualidad y realmente tengo un cáncer de rótula. No sé, quizá no puse el empeño suficiente en la fabricación del monigote pero no me no importa, esta tarde lo retocaré e intentaré superarme.

Por lo demás, el día fue una perfecta repetición de los anteriores: compaginé la euforia con el estancamiento emocional y por la noche, antes de acostarme dediqué media hora a perfeccionar mis maullidos. Ah, claro, ¡no te lo he contado! Llevo aproximadamente un mes maullando a ciertas horas para molestar a mis vecinos. Aunque al principio no me salían bien y más que los de un gato parecían los lamentos de Santa Teresa, poco a poco he ido cogiéndole el tranquillo y ahora es imposible distinguir los sonidos que salen de mi laringe de los de un minino sietemesino.

Ahora te tengo que dejar. Esta tarde si me siento con ganas volveré a escribirte. El odontólogo me espera para hacerme una masacre y no me gusta hacer esperar a los carniceros, ni siquiera a los que tienen un título. Si no recibes noticias mías en unos tres o cuatro días es que he fallecido. O eso o que me he fugado con la enfermera.

(Más tarde)

Al final no te he enviado el email; he preferido hacerlo cuando volviera del estomatólogo. Voy a tratar de contarte todo lo que ha sucedido en su consulta, aunque todavía tengo dormido hasta el hígado. Como siempre sucede en estos casos, lo primero que me han hecho ha sido inyectarme unos cuatro litros de anestesia con un sabor amargo y repugnante que me ha producido violentas arcadas. Al principio creí que a la doctora le había dado un calambre en la mano, ya que durante cinco interminables minutos no  dejó de bombear veneno sobre mi pobre encía. Menos mal que al final, y seguramente debido al precioso color azul cobalto que iban adquiriendo mi cara y parte de mi cuerpo, retiró la jeringuilla con un movimiento brusco  y me dejó descansar de suplicios durante un ratito. Mientras meditaba sobre la que se avecinaba, la enfermera estornudó unas 40 veces y en ningún momento vi que se lavara las manos. Claro que usaba guantes de látex, pero eso me puso bastante nervioso.

Por fin llegó el momento largamente temido y, con el sillón en posición horizontal, ambas se pusieron encima de mí y me llenaron la boca con un millón de instrumentos fríos como el hielo. Mientras me hurgaban y revolvían mantuvieron una bonita conversación intelectual que voy a tratar de reproducir en su totalidad.

DOCTORA: ¿Te acuerdas de Fina? Esa chica gordita que da saltitos de alegría cuando alguien pronuncia la palabra «electromagnético».
ENFERMERA: Ah sí, Estuvo aquí hace un par de meses ¿no? Le practicaste una ortodoncia.
DOCTORA: Esa, esa. ¿Sabes lo que le ha sucedido a su hijo pequeño?
ENFERMERA: ¿Qué le ha pasado?
DOCTORA: La semana pasada coincidí con su suegra en la peluquería y me lo contó. Un día, hace aproximadamente un mes, sin motivo aparente y mientras se comía una piruleta, el niño, creo que se llama Cosme, sufrió una repentina parálisis total.
ENFERMERA: ¡No me digas!
DOCTORA: Como lo oyes. Cuando llegó a su casa el médico de urgencias intentó quitarle la piruleta de la mano y le fue completamente imposible. No olvides que estaba completamente paralizado. Ni siquiera con la ayuda de una vecina y del delegado de la escalera lo pudieron conseguir. Al final tuvieron que llamar a un cerrajero de guardia.
ENFERMERA: ¿De guardia?
DOCTORA: Era domingo. (Dirigiéndose a mí) Gregorio, ahora igual te va a doler un poco.
YO: ¡Aaaaaahhhhhhhh!
DOCTORA: Tranquilo, no es nada. ¡Bueno! Como te decía, cuando lograron arrancarle el caramelo de las manos lo metieron en una ambulancia y lo trasladaron rápidamente al hospital.
ENFERMERA: Pobre niñito. Si es muy pequeño…
DOCTORA: Siete añitos.
YO: ¡Unga!, ¡Unga!
ENFERMERA: ¿Unga?
DOCTORA: Aguanta un poco…
ENFERMERA: Con tantos trastos en la boca no te entendemos, cariño.
DOCTORA: ¿Por dónde me había quedado?
ENFERMERA: Siete añitos.
DOCTORA: Eso, siete años. Creo que ya ha salido del coma, pero aún está ingresado. ¡Angelito!
ENFERMERA: A mi prima Rebeca la operan mañana de hemo…
YO:  ¡Ouaaaaahhhhhh!
DOCTORA: Sí, ahí duele, y eso que estás anestesiado. ¿Hemorroides?
ENFERMERA: Sí, pobrecita. Tiene tres. No tienes idea de lo que sufre. Pero es una cachonda y las ha bautizado.
DOCTORA: ¿Noooo?
ENFERMERA: Ya te digo. Juan, Perico y Andrés.
DOCTORA: ¡No puedo creérmelo! Es de locos. Las almorranas son femeninas. ¿Por qué les ha puesto nombre de tios?
ENFERMERA: Me imagino que porque a ella le chiflan los tios.
DOCTORA: ¡Toma, y a mí!
ENFERMERA: A mí también.Tiene tres hijos de cuatro padres diferentes.
DOCTORA: No me salen las cuentas…
YO: ¡Ouaaaaahhhhhh!

Como podrás suponer, han sido unos 45 minutos muy desagradables. Imagínate que al dolor le sumas esa estúpida conversación. Ha habido un momento en que he pensado seriamente darles una patada de kárate a cada una y salir corriendo. Por lo menos ya ha pasado todo. Tengo la quijada somnolienta pero creo que soy capaz de pronunciar «constitucionalmente» sin morderme la lengua. Ahora me voy a pegar una ducha reconfortante y después me iré a la mercería a robar un par de calzoncillos.

Besos.