Email del 10 de octubre 2012
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| Francis Bacon, Figure In Frame, 1950 |
Hola
Te imaginas que cada uno de nosotros, los perdedores en este juego de egos y poder en que se ha convertido la existencia fuéramos lo suficientemente valientes como para suicidarnos en masa y dejar el planeta o lo que queda de él en manos de los que ahora lo controlan? Llegaría un momento en que éstos se destrozarían a sí mismos y algunos incluso se degradarían al nivel de esclavos para poder sobrevivir, pero cuando llegaran a ese nivel, nuevamente la idea del suicidio se convertiría en su única opción y el ciclo volvería a empezar. La población de estos potentados decrecería hasta que subsistiera sólo uno, que se convertiría en Dios de la nada, sin vasallos a los que amedrentar, sin prisioneros a los que condenar. Cuando, al fin, esta única y solitaria deidad muriera de aburrimiento, repleto de dinero y pertenencias, la vida volvería a abrirse camino y los vegetales y los animales cohabitarían en silencio. El silencio que produce el total exterminio de la razón, sometida al instinto salvaje y primario.
Hace unas semanas intenté convertir esa idea en un cuento, pero poco a poco el planteamiento inicial fue derivando hasta convertirse en un texto eutanásico. Un accidente que ocurrió hace ahora ocho días ha trastocado por completo la finalidad de la historia y en estos instantes soy incapaz de continuarla, por lo que voy a transcribirte lo que tengo, que no es demasiado, pero sí suficiente como para olvidarlo por completo. Lo titulé «El asesino» y trata sobre cierto tipejo que tú conoces bien:
G sujetaba una pistola con la mano temblorosa cuando la policía entró en su casa. En el suelo, su propio cadáver yacía en posición genopectoral y la sangre manaba a borbotones de su cabeza. Cuando el sargento mayor, un tipo regordete y de aspecto bonachón le arrancó el arma, G sólo pudo balbucear unas palabras.
-«Me he matado. Me he matado, lo siento»-
-«Tranquilícese, siéntese ahí y cuénteme lo que ha sucedido»- replicó un agente vestido de paisano y que parecía tener toda la autoridad en este y cualquier otro asunto.
-«Me he matado, yo no quería hacerlo pero él insistió»-
-«¿Él le pidió que le disparase?»-
-«Sí, el me lo suplicó»- explicó el presunto asesino lloriqueando.
-«¿Cómo se llama usted y cuál era el nombre del tipo al que ha matado?» -volvió a preguntar el agente.
-«Yo me llamo Greg y él era yo; él se llamaba Greg y yo lo he matado. ¡Dios, lo he matado!»-
Mientras el forense estornudaba, uno de los polis trataba de tomar las huellas del finado. Al mismo tiempo, un compañero que tartamudeaba al respirar ofreció un vaso de agua al verdugo. Este lo bebió de un trago y se puso a llorar desconsoladamente.
-«¿Qué va a pensar mi madre? Mi padre se va a enfadar mucho. Soy un asesino. Ahora soy un asesino.»-
-«No se equivoque, usted no es un asesino, es un suicida. No ha matado a nadie, se ha matado a usted mismo» -se limitó a corregir el sargento.
-«Sí, ya no podía aguantarme más. Lo siento, lo siento mucho…»-
-«Trate de pensar en lo que ha sucedido y cuéntemelo despacio» -replicó el sargento
-«Yo estaba en la cocina, trataba de prepararme el desayuno» -dijo G -«de pronto, él entró, me puso esa pistola en las manos y me suplicó que acabase con todo».-
-«¿Y?»-
-«Al principio creí que se trataba de una broma y no le hice el menor caso, pero de repente me agarró por los hombros y me dijo unas cosas muy feas…»-
-«¿Qué le dijo?» -preguntó un policía mientras bostezaba.
-«Me dijo que yo no era más que un cobarde insolente, pero al fin y al cabo un cobarde, y un idiota despreciable al que nadie quería. Me dijo que matándole me mataría a mí mismo y que así acabaría con esta vida insufrible que ambos llevábamos. ¡Soy un asesino! He cruzado otra puerta, he cruzado la última puerta. No merezco seguir viviendo».-
-«Vamos a ver. Usted no está vivo. Acaba de asesinarse. Y eso no tiene remedio»- exclamó el sargento.
-«No, estoy vivo. Él está muerto. Yo lo he matado».-
-«Pero él era usted» -volvió a corregir el policía que tartamudeaba al respirar.
-«Sí, él era yo»- contestó G -«ambos vivíamos en mi propio cuerpo. Y lo llevábamos bien, hasta que hace unos días insistió en salir…»
-«¿Salir? -Preguntó el forense mientras trataba de limpiarse las gafas con los dedos».
-«Sí, quería salir de mi cuerpo y adueñarse del todo. Ya no soportaba ser yo. Quería ser él. ¿No lo entiende? Quería ser él mismo. Y lo he matado».-
Como podrás ver, no es nada del otro mundo, por lo menos en el punto en que he dejado la historia, pero es posible que tú le encuentres un desenlace. Tu final podrá ser distinto al que yo tenía pensado, pero ¿acaso todos los finales, de una forma u otra, no son iguales? Particularmente, hubiera deseado que el G asesino hubiera sido condenado a vivir eternamente, pero como eso sería llegar demasiado lejos, dejo a tu inteligencia y perspicacia las páginas venideras. Puedes cambiar lo que no te guste, puedes incluso imprimir esas líneas en un folio y doblarlo hasta conseguir hacer una pajarita o un barco. Me es indiferente.
Como escribió Kierkegaard en su admirable «La enfermedad mortal», «La desesperación se condensa en proporción a la conciencia del Yo». Y como mi Yo actualmente carece de la fuerza y perspectivas necesarias para seguir jugando partidas amañadas, ha decidido dejar de Ser, o por lo menos intentarlo sin sufrir el gozo del despropósito.
Saludos.
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