Email del 9 de octubre 2012

Mykola Yaroshenko, The prisoner. 1878

Querida:

En esta época de mi vida existen pocos momentos agradables, por eso no puedo evitar sentirme tan pequeño como un zunzuncito. A veces ensayo sonrisas delante del espejo, pero como son claramente forzadas el reflejo del vidrio las devuelve a mis retinas donde una serie de nervios ópticos se desentienden y las trasladan a mi cerebro, que rápidamente las descalifica y las invalida. Mientras esto sucede, los restos de Clonazepam que congelan mi sangre y narcotizan por completo el sistema nervioso central, me producen angustia, mareos y serias dificultades en la coordinación psicomotriz, afectando a las emociones y la forma en que estas se escabullen de los problemas. Cuando estoy sedado, no me importa acertar o volver a equivocarme. Cuando el Rivatril controla mi cuerpo, sé que no tengo nada que temer, porque de la misma manera que elimina la sensación de ahogo, el insomnio o las pesadillas, me castiga un poco cada día. Y saber que estoy tan cerca de ese misterio incomprensible en que he convertido los comienzos, las conclusiones, los principios de los finales o las rendiciones incondicionales me reconforta. ¡Hasta el más abyecto de los mortales necesita una recompensa!

No logro comprender qué significa todo esto. Me refiero a este incesante vaivén de desasosiegos y agitación que envuelve cada una de las oportunidades y su precio. Quizá, al final, todo se reduzca a un éxtasis indefinido que carece de explicación. Es posible que el papel de preso o carcelero sólo sea una burla insoportable, un avance en retirada o los restos del pasado resbalando entre una marea de rencores retrasados. ¿Estoy condenado? Me siento como si fuera a morir. Ni siquiera estoy completamente seguro de que no esté muerto ya. Ni siquiera estoy seguro de que algo exista. ¿Quién soy yo?

Los pedazos que se extienden por el suelo y que no tienen forma definida pertenecen a mi cuerpo. Nadie puede recogerlos porque sólo se materializan cuando estoy solo. Mientras codifico la perfecta inutilidad de mis visiones, la trampa de la realidad  golpea el remolino sensorial en que se han convertido los bordes y las esquinas de mi razón. Ni siquiera soy capaz de hilvanar una melodía que acabe con la discordancia de los hechos. Podría arrojarme por la ventana, pero antes tendría que aprender a abrirla. Pero incluso si aprendiese, ¿quién sería capaz de volver a cerrarla? Huyo porque no tengo tiempo.

Un saludo.