Email del 25 de marzo 2021

 

Gustav Klimt. Love (1895)

Se llamaba Carolanne Richelieu. La conocí en Aix-en-Provence, nos prometimos en Friburgo de Brisgovia, nos casamos en Trentino Alto Adige y terminamos viviendo juntos en Benimaclet, un pequeño y pintoresco barrio de Valencia. Al principio, todo lo que ella hacía o decía, incluso todo lo que pensaba o creía, se me antojaba como el culmen de la evolución humana. Pero con el tiempo su carácter se agrió y cuando se convirtió en una persona excesivamente atrabiliaria comencé a odiarla vivamente. Y ese odio me llevó poco a poco a cambiar su gabacho nombre por otro no mucho menos franchute: ¡Milady de Winter! Ella a su vez se dirigía a mí llamándome Merdeuxgreg. 

Cada vez que me dirigía a la espía de su propio apellido y le comunicaba mis ganas de divorciarme, ella resoplaba como las ballenas de Melville. Un día incluso planifiqué el descasamiento: podríamos divorciarnos en Madrid, así yo aprovecharía para visitar a mi prima Eloísa y luego organizaría un pequeño banquete de liberación en Chinchón al que asistiría solo yo. Obviamente, cuando le comuniqué mis planes a la persona que se había convertido en mi enemigo, esta se limitó a interpretar de forma burlona, despectiva y con unos sutiles cambios una conocidísima canción infantil.

Merdeuxgreg, gentil Merdeuxgreg.
Merdeuxgreg, je te plumerai.
Je te plumerai le bec.
Et le bec, et le bec.
Merdeuxgreg, Merdeuxgreg!
Je te plumerai le bec.

Recuerdo el día en que me deslicé como una serpiente debajo de su cama. Lo que no recuerdo es la razón. Quizá por eso salí disparado cuando me di cuenta de que era una completa estupidez. Más tarde, mientras ella se acostaba, me deslicé como otra serpiente, no necesariamente de la misma especie que la anterior, y me oculté dentro del espacio protegido por los faldones que colgaban como un moco de cocaína de la mesa camilla. Y permanecí allí en posición de ovillo toda la noche. Por la mañana, mientras desayunaba, escuché a Carolanne, todavía en su cama, tirarse un pedo bastante ruidoso que luego me dedicó. 

Un par de horas más tarde, decidí que ya había aguantado demasiado y opté por el asesinato. Mientras la golpeaba repetidamente en la cabeza con una barra de pan integral congelado me acordé de Thomas De Quincey. Cuando procedí a emparedarla en uno de los armarios empotrados sufrí una distensión muscular en el costado derecho. Pero antes de la hora de la comida Milady ya no era una presencia física demostrable y yo volví a sentirme libre. 

Para gozar en todo su esplendor de esa libertad me dediqué a viajar durante meses. Visité Marruecos, Argelia, Libia y Egipto. En Fayún me enamoré de una turista procedente de Wollongong (en Nueva Gales del sur, Australia). En Hurghada ya nos habíamos comprometido y en Idfu nació nuestro primer hijo, una preciosa niñita a la que bautizamos Carpentaria.