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| Piet Mondrian. White rose in a glass (1921) |
Querida amiga:
¿Qué es un contrarrecipiente? Conozco el significado de contraventana, contraindicación, contraataque, contraluz o contracultura. Claro que si me esfuerzo un poco es posible que pueda recordar dos o tres vocablos más con el prefijo «contra», pero mi cerebro es incapaz de asimilar un despropósito como el que protagoniza la pregunta que abre este texto. Y esa ilusión fonética, un contrarrecipiente, es lo que me gritó que me iba a lanzar un abuelo de unos 92 años cuando me pilló podando una rosa blanca que sobresalía hacia la calle desde su minúsculo jardín hace unos pocos días. Al verme acorralado yo le respondí que si él me tiraba un contrarrecipiente yo le pegaría una contrapatada a la integridad estructural de sus contracojones decrépitos. Después le arrojé la jodida flor por encima de la papada que le rodeaba casi por completo la contracabeza y me alejé de ese vejestorio contraamargado y de sus pliegues carunculados. Mientras me largaba tuve que aguantar algunos berridos insultantes sobre mis muertos y sus mascotas, así que decidí darle una lección que no olvidara nunca. Dejé pasar 11 minutos y salté la valla por la parte trasera. Como le pillé totalmente desprevenido no pudo usar su mortífera arma en forma de cachava de madera de abedul sobre mi rozagante cuerpo. Una vez lo tuve bien atado a la pata de una mesa, abrí un libro inexistente sobre buenos modales y estuve cerca de cinco horas enseñándole educación, cortesía y afabilidad. Cuando creí que se había aprendido de una manera aceptable el tema, le puse un examen sorpresa, pero solo fue capaz de sacar un 5. Te juro que estuve a punto de suspenderle el parcial y dejar que recuperara la asignatura en septiembre, pero al final le solté un par de sopapos muy cerca de donde se suele situar la próstata y me largué bailando una versión muy personal de El lago de los cisnes.
Una vez en casa me dediqué a contraproseguir con la lectura del libro que me tiene chiflado y cuyo título Trapalones a trompicones continúa fascinándome. Su autor, Grig Lop Prez (pronunciado Griag Lap Praiz) asegura, entre otras muchas cosas, que si toda la población mundial en edad de tener orgasmos, tuviera uno al mismo tiempo, no pasaría absolutamente nada, simplemente habrían tenido un orgasmo en comandita ecuménica o internacional. Pero si en lugar de tener un orgasmo sincronizado, tuvieran dos orgasmos consecutivos (simultaneados), toda la población planetaria exigiría afectitos postculminatorios urgentes. Y si en lugar de dos orgasmos tuvieran una serie de 17 orgasmos continuados, por supuesto a nivel total, general y universal, el planeta se convertiría en una gran cueva de lujuriosos lascivos hedonistas concupiscentes y entonces él, Grig Lop Prez (pronunciado Griag Lap Praiz), cuya animadversión por la obscenidad y el libertinaje es mítica, se tendría que largar a residir a Ganímedes, Calisto o S/2003 J 2.
(Más tarde)
Recuerdo a mi padre. Y recuerdo su aforismo favorito: «¡Recontracojones dijo la marquesa poniendo las bragas sobre la mesa!». Como podrás observar no era un gran intelectual. Un día que intenté corregirle manifestando que no eran bragas sobre la mesa, sino tetas, es decir, pechos, senos o protuberancias voluminosas, se sintió tan ofendido que intentó tirarme por la ventana. En aquella época vivíamos en un octavo piso. Más tarde se disculpó, pero ya no había vuelta atrás, pues lo había denunciado a los maderos, a los picoletos y al cuerpo de defensores de afrentas intergaláctico. Cuando se enteró de mi traición consanguínea y colateral, volvió a intentar tirarme por la ventana, pero con tan mala suerte que fueron él y un benemérito que padecía tendinitis, bursitis y osteoartritis quienes cayeron y se hicieron añicos. Dicen los médicos que los atendieron que las últimas palabras de mi padre fueron «¡Bragas sobre la mesa!» y las del guardia civil «¡Traedme el águila ahora mismo. Quiero besarla!».
(Mucho más tarde)
Mi idea en estos instantes es introducir el pene húmedo en cualquier enchufe de la luz y producir un cortocircuito. Sé que esa estúpida acción puede llegar a resultar mortal y que la factura del electricista también puede llegar a ser mortal, pero necesito demostrarme que soy capaz de poner en práctica todo lo que se me pasa por la chola. No me preguntes la razón, porque ni yo mismo la conozco. Quizá quiero palmarla electrocutado mientras me descojono de mi salvaje ocurrencia, o simplemente que se hable durante años de mi minga impecablemente carbonizada. Lo único que me molesta de mi repentina idea es que justo ayer compré cinco calzoncillos boxer en algodón elástico de punto sencillo y logos en la cintura de la marca Hugo Boss.
Greg
