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| Franz Marc. The dream (1912) |
Querida:
¡Qué suerte tienen las Turritopsis! Son casi inmortales y no necesitan justificar su paso por esta vida. Yo no soy una medusa, sino un tipo que intenta escribir mejor cada día. El problema es que cada uno de esos días es un infierno. Y no lo digo por los dolores de parto inherentes a la creación artística, sino por la mala suerte que arrastro desde el 14 de enero de 1962 y que se incrementó de forma exponencial a partir de 1986, año en que tomé conciencia en lugar de seguir tomando absenta, orujo, tequila o mezcal. ¿De qué diantres tomé conciencia? Supongo que de infinidad de cosas. Y creo que ese fue el verdadero problema, el punto de inflexión, pues a partir de ese instante empecé a caminar de una manera retorcida, casi doblada. El peso de todas esas (demasiadas) cosas me impedía recuperar la verdadera y exitosa verticalidad de la que hacía gala hasta entonces. Pero también comencé a tener sueños engurruñados, plisados y circunscritos. Algunas de esas pesadillas ya las conoces, pues te las he contado en numerosas ocasiones. Otras las he escrito en este mismo blog, quizá un poco tamizadas para no herir demasiadas sensibilidades. ¡Hay tanta gente excesivamente susceptible!
Pero hoy es un día especial. Y es especial porque a falta de días realmente especiales he decidido que hoy fuera una jornada especial. Por esa razón voy a transcribirte el sueño que tuve ayer sin ninguna clase de autocensura. Y lo que es más importante, sin publicidad antes, durante o después de la narración de dicha alucinación desasosegante. Para hacer más sencilla la redacción, y sobre todo, para mantener la tensión hasta el final, voy a escribirlo en primera persona y utilizando el tiempo presente.
«Estoy intentando introducir la cabeza en la vagina de una prostituta cuando, de repente, cae el telón y el público aplaude entusiasmado. Está claro que ambos, la furcia y yo, somos actores y la vagina es de goma o látex. Saludamos al público y nos retiramos. Pero como soy actor hasta la médula, me marcho con unos sublimes movimientos cuasigallináceos que estremecen al director de la obra que observa todo desde una esquina. Cuando estoy a punto de entrar al camerino, el director me regala una víscera de fibra sintética, seguramente tergal o rayón, y me pide matrimonio. En ese momento mi hiperheterosexualidad estalla como los frutos del árbol del habillo, y le clavo la víscera de tela en el ojo derecho, con tan mala suerte que se le queda incrustado un minúsculo filamento entre la conjuntiva y la esclerótica que le produce un cáncer fulminante y terminal que acaba con su vida antes de que me de tiempo a desmaquillarme.»
A partir de ese momento el sueño pierde el sonido y continúa durante unos minutos como el cine mudo, por lo que no me entero de nada, pero en cuanto se corrige el error me despierto y tengo que correr al aseo. La hiperplasia benigna de próstata, ya sabes. Vuelvo al catre e intento concentrarme a ver si soy capaz de reanudar la misma pelícu…, quiero decir, el mismo sueño, pero en cuanto entro en fase REM todo resulta muy diferente…
«Una mujer está intentando meter la cabeza por mi uretra cuando de repente cae el telón y el público nos abuchea. Está claro que somos actores porno y mi uretra es demasiado estrecha para el cabezón (talla 62) que se gasta la individua. Salimos disparados por la puerta de emergencias antes de que los espectadores logren lapidarnos. Intento coger un taxi, pero ninguno quiere parar, quizá porque llevo la pilindrina fuera. Me la meto con la discreción de una alcahueta y enseguida paran 94 taxis. Cuando me decido por uno vienen corriendo 94 personas y me dejan sin transporte. Vuelvo a levantar la mano para detener otro, pero lo único que consigo es que la gente que camina por la calle note la mancha blanca dejada por el desodorante en mi axila. Avergonzado la emprendo a zapatazos con mis sobacos hasta que en un momento dado regresan los 94 taxis y me exigen que pague la cuenta. En ese momento me despierto aterrorizado y no me queda otra opción que llamar a El Teléfono de la Esperanza y pedir que me envíen cuatro señoritas esperanzadoras.»
Greg
