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| Leah Saulnier. Bullshitter (Unknown year. Ni falta que hace) |
«Siempre recordaré con nostalgia… ¿Nostalgia, yo?
Siempre recordaré con cariño… ¿Cariño? ¡Qué cojones es eso!
Siempre recordaré…»
(Adagio de los depravados. Versos 78-79-80)
Me gusta vivir entre vacas. Las prefiero a la mayor parte de humanos. Pero también me lo paso en grande rodeado de perros, gatos, cerdos, cabras, ovejas, velociraptores de plástico fabricados en China o Taiwan, armarios roperos empotrados, sandalias gladiadoras sin pies en el interior, mucosidades alienígenas esputadas con precisión, prospectos troceados y supositorios de glicerina. ¡Y guillotinas! Nadie necesita que le recuerde que está aquí, en esto que llamamos existencia, porque sus padres, y antes los padres de sus padres, intentaron obtener un poquito de placer de un jodido y rápido polvo. Claro que entonces quizá no se denominaban así. Para ellos significaba amor puro y duradero, semejante al que representan un par de alianzas de oro con incrustaciones de piedrecitas refulgentes parecidas a las que intenta vender el canal Galería del Coleccionista. Yo colecciono desacuerdos, emociones tiroteadas, fluidos corporales repletos de virus, vacilos y gérmenes, inmundicias amarillentas poco o nada compactadas.
«Hecho de menos acariciarte… Jajajaja. ¡Esa si que es buena!
Hecho de menos oler tu piel y beber de tu boca… Sinceramente, yo prefiero oler y beber mistela.
Hecho de menos…»
(Adagio de los depravados. Versos 189-190-191)
Adoro oler el estiércol. El estiércol que producen las vacas. Lo prefiero a oler el de los humanos. Pero también me lo paso en grande olisqueando el de perros, gatos, cerdos, cabras y ovejas. Me recuerda que en otra vida cagaba. ¡Sí! ¡Qué lejos queda todo aquello! No me refiero al hecho de defecar, sino a todo lo que implicaba tener que comportarse como un invento fallido. Como un conjunto peligrosamente equilibrado de sensaciones enfermizas a punto de detonar. En otras palabras, como un individuo nacido de madre. Supongo que cualquiera que lea este texto será capaz de distinguir -o por lo menos definir en su correcto significado- el vocablo «individuo». Tampoco es algo que me quite el sueño, sobre todo porque soy insomne. Gracias a ese padecimiento podré salir de la cárcel en trescientos o cuatrocientos años a lo sumo, cuando vierta los restos de un bukake antiguo y muy concurrido en la planta potabilizadora de la ciudad donde vivo. ¡Porque yo vivo! ¡Yo vivo! Aunque si lo que creo que es vivir es vivir, debería pensar en morir y morir. Dos veces, es decir, doble acción, seguridad máxima.
«Me gusta ver rielar a las margaritas… ¡A mí pisotearlas!
Me gusta sentir las sonrisas de los niños… ¡Piensa que esos niños crecerán y se convertirán en alcahuetes y psicópatas!
Me gusta…»
(Adagio de los depravados. Versos 234-235-236)
P.D.
¿Salir a la calle con un polar sin camiseta debajo es de guarros, miserables o inadaptados? ¿O incluso de depravados?
